No saben, no contestan

Ni una palabra (alguna pamplina sobre la “legalidad” y demás no cuenta, como es lógico) sobre el escandaloso reparto de dineros públicos en la Diputación para sostener su aparato de propaganda “amigo”, es decir, la prensa y otros medios mantenidos. Y conste que a lo atizado pro Diputación, algunos de esos medios reciben, además, pródigas derramas de la Junta y otros instituciones gobernadas por el PSOE. Es un escándalo que explica el silencio clave de esos medios mantenidos o mediopensionistas en asuntos claves para la información cabal del ciudadano, pero un elemental sentido del deber debería obligar moralmente (¿) a los repartidores a explicar su conducta. Ahora los onubenses saben  porqué unos decimos lo que ocurre y otros callan o incluso cuentan una milonga contraria a la realidad. El Mundo ha recibido cero euros de la Dipu. El pequeño Odiel, pongo por caso, más de medio millón.

Bueyes y mulas

No se ha disipado aún el eco de la polémica hábilmente organizada en torno a la retirada de los crucifijos de los centros escolares, cuando aparece el escandalillo ridículo de las fiscalas de la Audiencia Nacional forcejeando por un ‘belén’ mandado instalar por una de ellas y finalmente retirado por orden del segundo jefe de la institución ante las protestas y a petición de una colega. En la Audiencia Nacional no se escandaliza ni protesta nadie porque unos narcos recobren su libertad por descuido del juez o por tantas otras extravagancias que, como es lógico y natural, ocurren en un órgano tan complejo, pero la sola presencia de un “misterio”, como se decía en la España tradicional a la representación de la sagrada Familia, es objeto, como pueden comprobar, de una ardua polémica que ocupa a los medios y al país hasta dividirlos los divide en bandos opuestos. Ya hace un par de años una directora mujaidina ordenó arruinar el ‘belén’ que en un Instituto de Mijas habían elaborado los alumnos de 1º de ESO, creo recordar, y hasta el Vaticano, por boca del predicador del Pontífice, hubo de intervenir dedicando al hecho una dura admonición. Y que si quieres arroz. El proyecto laico del Gobierno y su partido han encontrado en estos ruidos un excelente fondo para ocultar el clamor de esos miles de parados que diariamente caen por el desgalgadero de la crisis mientras el Gobierno “socialista obrero” dedica un pastón del PIB para cubrir la golfada de la banca o beneficia a banqueros y banquistas con un indecente trato fiscal colado, además, de matute en el Consejo de Ministros, en la letra chica de un decreto-ley que, paradójicamente, viene a enmendar una ley general. ZP es un mago, no cabe negarlo, en el arte sibilino de manejar diminutos agravios y conflictos para tapar el agujero negro de su política oportunista, pero esos contenciosos de pacotilla han acabado quebrando al país y dividiéndolo en dos como en una pesadilla maniquea a cambio, insisto, de contribuir a escamotear los problemas auténticos que padece la sociedad. Actúa como esos hampones entre los que uno tiene la misión bronquista de organizar el tifostio para permitir al carterista o al descuidero, aprovechando el disturbio, actuar impunemente.

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El ‘belén’ o ‘nacimiento’ es considerado por la sociología de la religión como una representación  plástica de un mito integrador basado en la revalorización de la pobreza y la aceptación de la humildad como valores supremos, algo que sorprende que irrite tanto a esos salvadores de los pueblos que, instalados cómodamente en sus nóminas, se afanan en modernizarnos librándonos de toda pulsión supersticiosa o irracional, en nombre de un laicismo positivo, realmente invasor a estas alturas, que en Italia, sin ir más lejos, ha sido volteado por la Justicia a las primeras de cambio. Pero al margen de la estrategia, bastante simplona por otra parte, lo que resulta más dudoso es que estas obsesivas minucias simbólicas preocupen y ocupen más a los gobernantes que la marcha catastrófica de la enseñanza, por no hablar del crac que está suponiendo la crisis. La número 3 del PSOE, Leire Pagin, ha declarado hace poco que ella mantiene en su casa un ‘belén’ pero se siente obligada a explicar que lo hace porque fue un regalo que le hicieron en Perú y porque, de uno modo u otro, no deja de ser una suerte de incitación a la intimidad familiar y a la cohesión social. Mala cosa que haya que justificar –¡en España!—un ‘belén’ navideño que seguramente no tendrán ganas de montar en las suyas esos perdedores que, minuto a minuto, se despeñan por la brecha crítica de la ruina. El laicismo es un cuento o un lujo de ciertas democracias, pero sobre todo es una cortina de humo. Yo he visto a muchos de esos laicos presidir de chaqué liturgias y procesiones. Donde no los he visto nunca es en la majada con los pastores.

El oleoducto y Doñana

La Junta se ha salido con la suya en el Consejo de Participación del Espacio Natural de Doñana al ganar la votación en la que se discutía si el proyecto de oleoducto Huelva-Badajoz del “amigo político” Gallardo debía rechazarse de modo inmediato, sin aguardar a la evaluación de riesgos que haga el Estado, o por el contrario, esperar el resultado de esa evaluación que hay que ser un lila para no comprender que está atada y bien atada. Ahora bien, se vio en el brete de verse votada en contra por ecologistas, alcalde, científicos y hasta el presidente de la Comisión, Ginés Morata, que estimó que el oleoducto es, a su juicio, “incompatible con el espacio natural de Doñana y su sostenibilidad”. Un resultado que debería hacer pensar, aunque mucho me temo que ese negocio está atado y bien atado.

Paga de tránsfuga

A Juan Serrato, cabeza del transfugazo de Gibraleón que arrebató la alcaldía al PP, separado farisaicamente de la militancia del PSOE y luego rehabilitado al frente de su lista electoral, acaba de ser nombrado de nuevo diputado provincial, con lo que las aguas vuelven definitivamente a su cauce y todo queda como estaba. Así es la realidad de la política en Huelva, en éste y en tantos otros casos, con Roma o Cartago pagando traidores sin el menor problema, quizá para que cunda el ejemplo. Hay pactos antitransfuguismo y trucos para rehabilitar a los tránsfugas y organizadores de transfugazos como Serrato. Lo que no hay es voluntad alguna de desarraigar ese espíritu antidemocrático que todos condenan pero casi todos amparan. Serrato no iban a quedarse fuera de esa norma. Bien, pues ya lo tiene todo.

Los muertos civiles

La escaramuza –porque pasará, ya lo verán—sobre la recuperación de la memoria vindicativa no es exclusiva de España. Sabemos que en Francia y en Alemania también se han intentado movimientos similares, cerrados con mayor o menor celeridad en cuanto se le vieron las orejas al lobo. Se buscan, por lo general, culpables ya desaparecidos, una generación extinta a la que se achacan, con razón, los crímenes más graves. Pero hay también otra memoria que reconstruir y es la de los sancionados tras las respectivas liberaciones por razones menos sangrantes, aquellos ‘colaboracionistas’ en su mayoría que prestaron su ayuda al régimen opresor. Un libro de Anne Simonin (“Le Déshonneur dans la République”, Grasset) acaba de acometer la interesante tarea de revisar en Francia los procesos, no de los traidores formalmente acusados o castigados en su día, sino de la vasta ola (unos 100.000 afectados, quizá más), de franceses que fueron juzgados por colaboraciones menores pero susceptibles de ser encuadradas en la dura calificación de “indignidad nacional”, que los condenó, en muchos casos de por vida, a una auténtica muerte cívica. Se trataba, según parece deducirse, de salvar el inconveniente que significaba la masiva colaboración, si no adhesión franca, de demasiados ciudadanos a la causa de Vichy y el general Pétain, aunque sólo fuera de aquellos que habían actuado libremente contra la unidad de acción y los derechos elementales de los franceses, causas que se vieron en el dudoso ambiente de las llamadas “cámaras cívicas” sin duda en la lejana estela del viejo concepto revolucionario de la “lesa nación” definido en la gran Revolución y exacerbado por el Terror. Cien mil franceses se vieron condenados de por vida al sinvivir de una muerte civil y Anne Simonin se acerca a esa tragedia con tacto compasivo. Pocas veces es fácil juzgar fuera del contexto. Casi nunca usando tipificaciones ambiguas.

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Aquí hemos conocido todos, durante la dictadura, muchos “muertos civiles”, funcionarios desplazados y rebajados en sus categorías cuando no degradados, zombis discretos que han arrastrado su existencia bajo la mirada atenta del vecino, definitivamente derrotados, por lo general, por un baldón indeleble. Como ahora se pretende quemar en efigie a otros muchos que no es que no merezcan una sanción patria, sino que no parece justo encomendar el procedimiento –desvaídas ya las pruebas, muertos los testigos en su inmensa mayoría– a manos inexpertas o apasionadas. Simonin estudia el caso de los intelectuales de su país, perseguidos seguramente con una saña excesiva mientras otros eran objeto de latría y hasta el país caía en manos de un genio como Mitterand que había vivido con dos caras los malos tiempos como todo el mundo sabe ya afortunadamente. Hace poco, un crítico se tentaba la ropa ante el rumor de que Jean Moulin, el héroe mítico de la Resistencia, fuera…, bueno, cualquier cosa menos lo que cuentan que fue. Y se explica el temor, porque la memoria es objeto de una ciencia conjetural que es la Historia y, en consecuencia, su manejo ha de llevarse a cabo con tacto y mesura, y siempre por profesionales probados, nunca por aficionados entusiastas de una causa o de la otra. La autora teme que investigaciones de esta naturaleza se funden en conceptos que acaban revelándose como un útil inflexible y rígido para nada garantizador de la equidad y menos todavía de una Justicia absoluta. Habría que enterrar con decencia a los muertos, por supuesto, y ya de paso cubrir con tierra de olvido ese siglo XX terrible que casi ningún país ha olvidado del todo pero que va quedando ya inalcanzablemente lejano. Con el delito de “lesa nación” tuvo el verdugo sobrado trabajo, tantas veces injusto. La muerte civil resulta menos súbita pero no deja de implicar una paraexistencia no pocas veces digna de compasión.

Los AVES de la ministra

Malfario se llama lo de Magdalena Álvarez con los Aves, con el de Barcelona primero, con del derrumbamiento del otro día, con la paralización ahora de las obras de construcción del que unirán Madrid con Granada, probablemente demorada durante otros diez años. Esta vez se trata de que este tercer proyecto –el primero, del Gobierno Aznar, fue boicoteado por la Junta—atraviesa un acuífero y cuenta, en consecuencia, con el visto malo de Medio Ambiente, por lo que hará que trazar un nuevo recorrido que desperdicia veinte kilómetros del planificado de los cuales 10 ya están construidos. Total, diez años de demora y veinte millones tirados por la borda en plena crisis. Imaginen las demás provincias pendientes cuándo les tocará a ellas ver cumplidas sus expectativas.