Ciegos en Gaza

Retomo (en plural) el título de la espléndida novela publicada por Aldous Huxley en 1936 para referirme al conflicto que acapara la actualidad internacional, la invasión israelí de Gaza, una de esas tragedias en apariencia irresolubles por sus antecedentes tanto como por la iracundia desatada en ambos bandos combatientes. Para empezar ese conflicto terrible ha logrado partir en dos la opinión europea, tras la que actúan de modo subliminal –descontando el tradicional antisemitismo o la aversión al mundo islámico– unas simpatías políticas mal fundadas por lo general, hasta el punto de lograr una identificación de la opinión dividida con el dualismo clásico de la izquierda y la derecha. Las propagandas compiten en difundir imágenes deplorables de las consecuencias de una invasión a la que se contrapone, aunque en términos suaves, la actitud provocadora del rival, contribuyendo a crear un confuso estado de opinión resuelto en síntesis maniqueas tan poco razonables como la que gira en torno al concepto de proporcionalidad del medio empleado para responder a la agresión o ejercer el derecho a la autodefensa. Hay páginas negras por ambas partes en la historia de esta vieja contienda, pero de verdad alguien ha pensado cual sería la “proporcionalidad aceptable” en una situación de autodefensa que ha de contar con un enemigo que utiliza como escudo a la población civil y que, eventualmente, tiene que contar con la enemiga de una enorme población adversaria? Algo parecido se preguntaba hace poco André Gluksmann mientras Henri-Lévy afinaba el tiro para concluir que lo razonable sería librar a Palestina de Hamas y dejarse de cuentos. No hay proporción en la guerra, más allá de la comedia de la normativa convencional, ésa burla estética de la espantosa realidad que supone siempre el uso de las armas. Y si la hay, que se diga, que se moje cada cual proponiendo qué nivel de fuego sería justo emplear por parte de los agredidos, qué tipo de daños parecerían aceptables en función de las armas empleadas, hasta qué punto puede luchar un ejército contra un enemigo indiscernible de una población civil, por cierto poco o nada pacífica en amplios sectores. Dos ciegos enfrascados en una lucha muerte. Hablar de proporcionalidad en cada caso no es más que una trampa.

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Se ha señalado también estos días que el conflicto en cuestión fue desproporcionado desde el principio, y se ha dicho, con mucha razón, que cualquier proyecto de ayuda para ponerle fin o para atenuar su desastre pasa indefectiblemente por renunciar a la incondicionalidad previa, entre otras cosas (Gluksmann otra vez) porque en Gaza no se está combatiendo por conseguir que se respeten unas reglas del juego (¿cómo sería eso posible?) sino por establecerlas, dado que nunca existieron. Jericó destruida, incendiada, pasada a cuchillo hasta el último de sus seres vivientes: he ahí una imagen que sólo puede propiciar que se busquen otras igualmente desoladoras para agraviar al bando de enfrente. Pero ¿quién es el guapo que dice hasta dónde se puede destruir, qué daños son razonablemente aceptables dadas las circunstancias, qué armas serán consideradas pasables o cuáles rechazadas, hasta qué punto tendría que respetarse el ataque lanzado desde posiciones blindadas por la presencia de civiles? Occidente no pensó bien lo que hacía cuando desplazó al pueblo palestino, pero no olvidemos que han sido los propios islámicos quienes se han visto forzados a acciones no menos trágicas que las hoy atribuidas a Israel: piénsese en lo que ocurrió en Jordania. No se arreglará nada, en fin, mientras mantengamos posiciones incondicionales –fanatismo por fanatismo– en lugar de buscar un remedio, seguramente exterior al conflicto, y entender que la gran culpa de Israel es, hoy por hoy, ser más fuerte que su agresor.

Amargos frutos

Nada, que no lo aceptan siquiera. Insiste el consejero de Empleo (¿) en que “las medidas de la Junta para relanzar la economía y reducir el paro están dando sus frutos”. Pues, menos mal, porque en caso contrario la realidad se habría salido de la estadística. No admiten que vamos navegando al pairo y que eso es precisamente lo peor de la situación, y nada parece anunciar que vayan a cambiar de actitud, dispuestos como parecen a mantener ese ‘sansonismo’ que podría provocar que el templo se nos venga encima a todos y no sólo a los sansones. Hace falta desahogo, en cualquier caso, para hablar de buenos frutos tras empaparse de esos números rojos que nos hunden a la cola de España y nos alejan cada día más de Europa. Claro que el consejero es un mandado que poco pinta en las grandes decisiones. Bastante tiene él con hacer su papel desdramatizador como un figurante más y con dar la cara mientras los propios sindicatos esconden las suyas.

Culpas y números

Poco tiempo le ha concedido la realidad a la portavoz sociata en el Ayuntamiento de la capital que acusaba al alcalde de Huelva de ser la causa del paro. No es que semejante dislate precise prueba en contrario, por supuesto, pero ahí están los números de la propia Junta y del Ministerio “amigos” para descubrir la verdad: que en nuestra provincia, durante el año pasado, el desempleo creció en más de un  36 por ciento alcanzando un total de más de 42.000 parados. Aquí como en el resto de la región, lo que ocurre es que no se ha enfrentado la crisis con medidas razonables, sino que se anda esperando a que algún milagroso efecto coyuntural la resuelva desde fuera. ¿Culpas del paro? Cualquier portavoz/a debería saber que, en todo caso, más razonable es hablar de responsabilidad por la falta de políticas contra él.

Keynes en tanga

Todo el mundo económico anda pidiendo ayudas al Estado –es decir, al contribuyente– para sobrevivir en la crisis. Alegan, sector por sector, que no tiene sentido salvar al sistema financiero dejando pudrirse con indiferencia a los demás sectores, sobre todo teniendo en cuenta que han sido los banqueros quienes –en su versión de especuladores—han organizado esta zapatiesta. ¿Por qué no subvencionar a la agricultura o a la pesquería si llueven millones sobre los bancos? En EEUU la cosa ha llegado al punto de que los líderes de la industria del porno acaban de reclamar al Congreso que les libre un pelotazo de 5.000 millones de dólares para sacar del congelador su encogida industria, jibarizada por los efectos criogénicos de la crisis, del mismo modo que la fomentó durante tantos años la cálida prosperidad. Alegan esos pornócratas que el personal se ‘enfría’ con la insolvencia, que la crisis, con sus espectaculares pérdidas y batacazos, ha acabado por relegar esa demanda afrodisíaca de vísceras hasta el punto de amenazar la supervivencia de tan ilustre actividad empresarial, e incluso estiman que corresponde al Congreso “rejuvenecer” el apetito sexual embargado o perdido por la jodida depresión. “La gente está demasiado deprimida para ser activa sexualmente”, sostienen esos próceres-mendigos, deslizando subliminalmente la especie de que la actividad sexual, tal vez hasta la reproductora, no es autónoma y responde a la naturaleza, sino que, al menos en buena medida, es producto del estímulo pornográfico. Esto es ya el saqueo del erario, el envés del sueño intervencionista que, bien mirado, está hoy en la mente de todo el planeta productivo. Lord Keynes advirtió en 1924, si no me falla la memoria, que tras la primera Gran Guerra, Occidente habría pasado una página decisiva de su historia: aquella que creyó a pie juntillas en la Mano Invisible y el “laissez faire” como el camino no solamente idóneo sino único hacia la prosperidad: el Estado debía intervenir ayudando, mal que pesara a los liberales. Se ha dicho con razón que aquel sabio no trataba de destruir el capitalismo sino de salvarlo. Esta temporada eso lo comprenden ya hasta los manijeros del porno.

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Los observadores señalan que, en efecto, actualmente los consejos de Keynes son seguidos, en régimen de estricta observancia, por la inmensa mayoría de los países. Marean las cifras de los planes de relanzamiento y el saliente Bush declara en exclusiva en este periódico que si él actuó con energía contra la libertad de ‘San Mercado’, no fue por capricho sino porque sus gurús le aconsejaron hacerlo anunciándole, en caso contrario, una segura recesión probablemente peor que la del 29. Sin ir más lejos, en España se ha decidido de un plumazo y sin pensarlo dos veces destinar un buen bocado del PIB a tapar los agujeros del sistema y engrasar los mecanismos de esa formidable fábrica de fraude y mangancias que suelen representar los humoristas con chistera y chaqué. Y que no se diga que eso es natural dada la condición izquierdista del Gobierno porque hasta antier por la mañana el Gobierno era más liberal que Smith y Hayes juntos y revueltos. A lo que aún no hemos llegado es a pedir dinero para animarnos la pajarilla, pero todo se andará, posiblemente, si a nuestra gobernancia no se le ocurre nada mejor para combatir el expolio y la sociedad desigual que repartir pasta por un tubo, precisamente a los que más pasta tienen en este país que ya va por los tres millones de parados y en busca de los cuatro. Es verdad que sobre la sexualidad de Keynes se ha hablado mucho, demasiado para mi gusto, pero dudo que, si volviera por estos lares con su ideal distinguido y su Bloomsbury sensato, estuviera de acuerdo con que para salir de la recesión hay que largarle dinero a los negociantes del putiferio. La crisis nos va a enseñar mucho. De momento, ha resucitado a Keynes para meterlo en una cama redonda.

El pleno empleo

Dicen desde la Junta que este no es el momento de dar el campanazo ultrakeynesiano de lograr el pleno empleo. Su portavoz especifica, incluso, que “la crisis económica no lo permite ahora mismo”, como si ese compromiso de Chaves no contara ya dos o tres legislaturas, casi tanto como los compromisos referentes a las habitaciones hospitalarias individuales o al olvidado salario social, entre tantas cosas prometidas.¿Pleno empleo con un millón de parados en lo alto? El problema de la Junta no es que no pueda maniobrar en esta coyuntura sino en prometer absurdamente lo que no podía con el descaro más demagógico. Chaves debería salir ahora a explicarle a los defraudados que él no tenía ni idea de la que se avecinaba, por más que se lo avisaran tantas voces. No iba a servir de mucho, pero como pedir excusas por habernos tomado por tontos durante tantos años.

Sentido común

Se pregunta con razón un lector que nos escribía ayer si de verdad un mastodonte burocrático tan costoso como la Diputación es imprescindible en un Estado autonómico, y alega a favor del no el caso de otras comunidades autónomas, alguna tan relevante como Madrid, que carecen de Diputación porque sus servicios dejaron de ser necesarios al contar con una Administración autónoma. Mucho sentido común hay en su planteamiento, aunque también no poca ingenuidad, dado que no es imaginable la hegemonía del PSOE y su auténtico “régimen” sin ese refugio sin fondo que lo mismo paga propagandas que coloca “arrecogíos” para garantizar la unidad del partido. Ése es un debate pendiente, desde luego, que nunca se producirá porque n unos ni otros –vaya por delante—estarían por la labor.