La bala alojada

Un dolor en el costado y cierta inquietante inflamación en el mismo han llevado hasta el quirófano a un anciano al que los manitas de la cirugía le han extraído una bala recibida en la trinchera, cuando apenas le apuntaba el bozo, durante la guerra civil. Los militares y los castizos le llaman a eso una “bala alojada”, como si esa gótica y plúmbea maldición que es el proyectil viniera a ser un silente inquilino en cualquiera de las íntimas buhardillas que posee el cuerpo del hombre. En la postguerra hambrienta y fantaseada que ahora atrae tanta atención, había mucho “mutilado” que presumía con las criadas de tener alojada una bala, preferentemente de Belchite o del Ebro, cuando no de llevar encima un baratillo de metralla –roja o azul, que eso era lo de menos ya– que le procuraba asiento reservado en los trenes de la época y acceso al economato. Lo que no podíamos imaginar entonces es que, tantos años después, cuando apenas quedaran ya testigos vivos y legítimos de aquella tragedia, iba a haber tanto vividor escarbando en la mala memoria en busca de unas esquirlas olvidadas hace años incluso por la biología. Creo que ese último ex-combatiente mejora por momentos, por fortuna, libre ya de una bala desapercibida que hizo tan buenas migas con su cuerpo serrano como para no incomodarlo en tres cuartos de siglo, lo cual me parece un estupendo ejemplo para los memoriosos y escarbadores que andan a la greña con quienes sostienen, no sé con qué fundamento, la verdad, que la famosa instantánea de Robert Capa –la del miliciano alcanzado y el fusil en el aire– no fue más que un montaje con figurante y todo. Tendría guasa que ese icono resultara no ser más que ojana mientras que lo que llevaba en el lomo el anónimo abuelete del cuento fuera una bala de verdad.

xxxxx

No iremos a ninguna parte exhumando los restos imaginarios de nuestra proeza fratricida, ya lo verán. Bono dice antier en Toledo que el PSOE ha reconstruido más iglesias que nadie en la Historia y, a la mañana siguiente, FJL le contesta en la radio, en plan Queipo pero sin pistola, que más quemaron todavía, y menos mal que no se le fue la mano, porque no habría mentido si hubiera dicho que, para reconstructor de iglesias, nadie como aquel dictador bendecido por Roma cuyo servicio de “Regiones Devastadas” levantó más templos que el Císter y Cluny juntos, aunque fueran de segunda mano. Para esto está sirviendo la campaña memorialista que prospera a la sombra fúnebre del abuelo de ZP y que éste compara a la víctimas del terrorismo actual, como si se le escapara que entre aquellos muertos y los recientes media una paz tan larga –bastante más larga que su propia vida– que no permite volver atrás como no sea al alto coste que estamos comprobando. Por mí como si abren todas las fosas del mapa al unísono, a ver si me entienden, que ni yo ni los míos tuvimos arte ni parte en aquella carnicería, no como otros, por cierto, tal como ahora unos quiroprácticos han abierto a ese viejo soldado como quien exorciza a un poseído de un demonio silencioso. Y no es que uno desprecie la memoria, como Chateaubriand, ni la asocie, como Montaigne, a los flojos de cabeza, sino, simplemente, que ve en la bala durmiente del octogenario un símbolo magnífico del discreto olvido que hizo posible estas paces que vivimos, y en el empecinamiento de los fosores una bomba de relojería. Podemos dar marcha atrás si queremos, por descontado, y hasta remontarnos de bala en bala hasta la quijada de Caín, pero eso no nos va a devolver a las víctimas. Antier mismo emplazaba ya otra guerra civil un separatista catalán para dentro de un cuarto de siglo, en caso de que España se empeñe en mantener viva la enseñanza del español, y al día siguiente le escenificaron una en miniatura a María San Gil los titirimundis de una Galicia inventada que ellos escriben con zeta. Una bala alojada es una gran metáfora. El toque está en saberla interpretar.

Argumento servido

Es natural que el gobiernillo de la colonia de Gibraltar minimice el enorme destrozo provocado por el vertido del “New Flame” en las playas de Algeciras. ¿Qué va a hacer, va a pintar él la situación peor que la pintan la Junta y el Gobierno, que dicen que no es para tanto y hasta se oye por ahí la voz del partido acusando de antipatriotas a quienes osen denunciar el desaguisado? ¿No ha llegado a decir en sede parlamentaria la consejera de Medio Ambiente a una interpeladora que se estaba confundiendo el “zapapote” con “ovas de boquerón”? ¿Y no le han diferenciado a ese “zapapote” del gallego, calificándolo de “tortas de arena con fuel”? Pues ya me dirán qué van a hacer los llanitos sino acogerse a sagrado bajo el paraguas que la Junta le sostiene solícita al “Gobierno amigo” y que es el mismo con que el propio Chaves le arreaba antaño al “Gobierno enemigo” en las manifestaciones. Esto ha sido como lo del “Prestige” pero con premeditación y alevosía por parte de nuestras burocracias. A Gibraltar se la han puesto entre Chaves y ZP como se las ponían a Fernando VII.

Los polvos de Trillo

El cierre de Rhodia está demostrando una vez más que el PSOE barrerista no le interesa nada tanto como cargarse, como sea, al alcalde de la capital. Escuchen a Barrero atribuir ese cierre y lo que venga a la “inseguridad jurídica” que estaría provocando (¡) ese alcalde incómodo o al pobre Trillo –el candidato imposible al que Rodríguez barrió dos veces hasta acabar echándolo a los leones– exhibir su talento paremiológico repitiendo, sin el menor sentido, que “de aquellos polvos vienen estos lodos”. O sea, que ahora resulta que la culpa de que el paro se dispare y crezca en toda la provincia más que otras partes es del dichoso alcalde y no de Chaves, “cuyas” son las competencias (como diría Tierno) o del mismísimo ZP a quien dicen los ingenuos y algún que otro pringao que van a ir a pedirle árnica a la Moncloa. ¡Pero si viene a Doñana y no es para acercarse a dar una vuelta por aquí! Vayan, vayan a la Moncloa que, al fin y al cabo, la hizo un virrey del Perú.

La hembra o el negro

Unos amigos míos, viejos profesores madrileños, han elaborado una curiosa encuesta sobre el serial de las elecciones americanas, descubriendo la curiosa manera en que la supina ignorancia de la mayoría se disfraza de opinión informada en una sociedad medial. Sólo uno de cada seis encuestados –elegidos todos ellos en el último escalón universitario– sabe con cierta precisión qué cosa son, en realidad, esos “caucus” de los que se hablan sin parar en todos los telediarios, apenas cuatro de cada cien es capaz de describir con solvencia ese proceso electoral en su conjunto, un porcentaje que de vergüenza consignar (casi un cuarenta pro ciento) cree, a estas alturas, que la batalla se reduce al pulso entre Obama y la Clinton, como si los republicanos no existieran y, ni que decir tiene, la inmensa mayoría se declara incapaz de pronunciarse por uno u otra, a los que apenas adscriben mentalmente a su circunstancia, es decir, a la raza de él y al sexo de ella. Bueno, en esto último parece que no andan muy lejos los encuestados de los propios demócratas yanquis, cuya perplejidad e indecisión explican no pocos observadores indígenas en función, precisamente, de esas circunstancias, esto es, de la dificultad que supone para la mayoría americana elegir entre una mujer y un negro que, encima, no son gays ni el uno ni la otra, lo que pondría las cosas mucho más fáciles. Esa muchedumbre solitaria es bastante más conservadora de lo que suele creerse, pero a mí nadie me asegura que la nuestra no lo fuera también. Pero lo que me interesa del caso es la evidente fragilidad de una información que, en niveles primarios, actúa, sin duda,  como un estímulo tal vez decisivo, pero que no es capaz de proporcionar al ciudadano un mensaje suficiente que le permita orientar racionalmente su voto a poco que la disyuntiva se salga de lo previsto, a saber, elegir entre dos varones blancos. USA no es la edípica Argentina ni la culta Europa. Y me temo que España tampoco.
                                                                 xxxxx
Habrá que revisar nuestro precipitado entusiasmo por las posibilidades que la sociedad medial ofrece al individuo mediatizado. Un bombardeo incesante sobre los jodidos ‘caucus’, por ejemplo, apenas si es capaz de proporcionar a la masa una vaga imagen de lo que en ellos se cuece, y no parece verosímil que nuestros ‘medios’ alcancen alguna vez la capacidad para ilustrarla sobre los procesos complejos, incluidos los que se desarrollan ante las propias narices concernidas. Aquí y en USA, repito, a la vista de los resultados de que vamos disponiendo, en razón de que la información proporcionada por esos ‘medios’ puede que sea fulmínea y universal pero es también, inexorablemente, superficial y efímera. En el círculo de Dwight Mc Donald se bromeaba diciendo–anticipando la situación que el tiempo acabaría por traer– eso de que el dilema a la hora de elegir entre una mujer y un negro sólo podría solventarlo que uno de los dos desafiara al sentido conservador en el terreno del sexo, lo que aplicado al caso vale tanto como decir que la elección estaría decidida de antemano si Obama o Hillary fueran ‘gays’, pero supongo que más les hubiera valido revisar el optimismo relativo que ellos mismos mantenían, a pesar de los pesares, en torno a esa que, con tanto desprecio, llamaban “mass cult”, cultura de masas. Total, que medio mundo hablando de los ‘caucus’ pero sólo una ínfima minoría es capaz de enjaretar, siquiera medianamente, un retrato fiel de las elecciones de aquella cuestionada democracia que, a medida que va mostrando las tripas del sistema, desmiente el idilio que pintó Tocqueville. Y encima, atrapada por la ingenua pero grave singularidad que supone la irrupción de unos candidatos difícilmente imaginables bajo la peluca de Washington. Es posible que la vida se haya complicado tanto que el viejo sistema ideado por los áticos no sea ya capaz de disipar sus incertidumbres. Una idea que puede poner los pelos de punta a todo buen demócrata, pero que ningún demócrata razonable debería echar en saco roto.

Compromisos previos

Los pactos postelectorales son éticamente inobjetables e, incluso, benéficos en la medida en que pueden contribuir, según las circunstancias, a eso que le llena la boca a los políticos cuando los necesitan: a la gobernabilidad. Ahora bien, si los pactos son lícitos y benéficos, ¿por qué los condenan los mismos que los firman? ¿Y por qué los suscriben algunos con aquellos a los que han satanizado antes del recuento? ¿Por qué va de asustaviejas Chaves con el fantasma de la misma “pinza” con que a él lo ha salvado el PA en varias ocasiones¿ Libres de pactar con quien resulte razonable, los partidos deberían comprometerse, en cambio, a no aliarse nunca con aquel al que han acusado antes de ladrón, cacique o incapaz de sacramento. IU y el PA, sin ir más lejos, ya que dicen lo que dicen del PSOE y de Chaves. O el propio PSOE, que no debería pagar por el Poder el precio del insulto y el desprecio más absoluto. Los electores deberían saber que su voto no acabará en manos de quien nunca hubieran votado. Fuera de eso no hay más que cambalache.

La dura realidad

No es razonable enfrentarse a la industria, tampoco idealizarla. La inversión actúa como la bandada de tordos que se echa sobre el olivar y levanta el vuelo cuando lo ha esquilmado. Creer otra cosa es vivir en la luna. Ahí está nuestro Polo, condición “sine qua non” hoy por hoy de una capital que casi ha triplicado su población gracias a él, pero que ha de pagar un alto coste por mantenerlo. Si se presiona a esos tordos, se irán, como acaban de anunciar que se piran los de Rhodia; si se les da carta blanca, peligraría la propia vida de la ciudad. Observen el desconcierto actual: UGT trata de pescar en río revuelto a costa de los 700 nuevos parados, CCOO dice haber sido engañada por la patronal, alguna bocaza de la oposición municipal salta como un resorte contra el alcalde, faltaría más, y el PP le devuelve el pelotazo diciendo que la competencia y responsabilidad del empleo es del Gobierno y de la Junta. ¿No será más bien de todos, nuestra, de ustedes, del vecino del sexto? Si algo queda claro es que el colapso de Rhodia debe servir de ejemplo todos.