‘Full Monty’ 1808

Pase lo de la exhibición de los bomberos, lo de los policías municipales y las amas de casa, incluso lo de los seminaristas y curillas vaticanos: el calendario erótico es una moda imparable. Ahora bien, concelebrar la batalla de Bailén exponiendo en un cartel a dos chicas desnudas envueltas en una enseña patriótica, da una idea de por dónde van los tiros de esa conmemoración que hace temer lo peor por más de un concepto. Ya verán como no dice nada tampoco en esta ocasión la legión feminista que cobra en nuestras instituciones y que protestaría, seguro, si el del infumable cartel fuera alguien de otra cuerda política. Ni un garrochista ni un coracero ni un dragón: tías en pelota. Parece claro que, ya de entrada, desde el propio cartel anunciador, la conmemoración de aquella guerra decisiva no anda en manos muy solventes.

Patrimonio en Almoneda

El cuidado y vigilancia de nuestro patrimonio histórico es uno de los fracasos consagrados de Cultura. La ruta dolménica está para verla, solitaria como la una, y no en una sino en varias ocasiones un tractor cualquiera ha echado abajo un monumento megalítico como quien no quiere la cosa y ante la más absoluta impunidad. Lo último es lo de Ayamonte, el abandono del yacimiento fenicio saqueado o simplemente destrozado desde hace meses (la última vez hace días), sin que la autoridad –ni la Junta, ni el ayuntamiento, ni los agentes gubernativos– hagan nada por protegerlo. Claro que en este caso, como en otros muchos anteriores, el yacimiento está en una zona edificable y eso complica las cosas o puede complicarlas, no sé si me explico. Lo que está claro es que enviar al Seprona una vez perpetrado el vandalismo no conduce a nada. Y una pregunta: ¿por qué se inhiben las demás autoridades?

La receta del perfumista

No acabo de entender la escandalera organizada por la ocurrencia de un psicólogo cognitivo de la Universidad Hebrea de Jerusalem, Benny Shanon, de que la aventura de Moisés en el Sinaí se explica solamente por el uso de psicótropos, concretamente por la eventual ingestión, por parte del profeta, de corteza de acacia, árbol frecuente en la zona y de conocidas propiedades alucinógenas. El argumento psicodélico ha resonado muchas veces sin gran éxito en torno a los grandes espirituales, empezando por el autor del Apocalipsis, del que se aventuró que habría escrito su obra bajo los efectos del lisérgico presente en cierta avena loca pródiga en Patmos, pero sin olvidar al propio Cristo, del que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, como es natural, hubo una temporada en que se anduvo insistiendo en que habría utilizado ungüentos narcóticos para lograr sus prodigios. En cuanto al “hallazgo” de Shanon, tampoco es gran novedad porque es bien conocido de toda la vida el famoso pasaje de “Éxodo” (30, 22 y ss.) en el que Dios revela a Moisés la famosa “receta del perfumista” para hacer la unción sagrada y en la que, en efecto, se incluyen como ingredientes la acacia y la “caña de olor”, tradicionalmente identificada por algunos autores con el ‘cannabis’ de nuestros días. Es la vieja tentación materialista que propone alegremente “explicar” (Goldmann distinguía claramente entre “explicar” y “comprender”, no se olvide) la tradición sobrenatural en claves ordinarias, que poco tiene que ver con el esfuerzo deductivo de otros científicos por dar sentido material a ciertos contenidos míticos, tales como reducir la lluvia de fuego de Sodoma a la caída de un meteorito o el diluvio universal que recuerdan tantas mitologías al simple efecto de una desglaciación. Hace poco escuché en la ‘digital’ a un ufólogo convencido de que el carro de fuego que arrebató al profeta Elías no era más que un ovni y su subida al cielo una abducción corriente y moliente. Cualquier cosa, a este paso. El envés inconveniente de la sociedad medial acoge cualquier improvisación aventurera sin mayor preocupación hermenéutica.

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Nadie duda que en los misterios de Eléusis el milagro de la iluminación colectiva de los asistentes se debía a la bebida del “kykeón”, cuya virtud alucinante produciría la “epopteia” o visión suprema, como la llama Eliade, del mismo modo que, por descontado, la orgía dionisiaca debía ser el producto de fuertes estimulantes. Shanon reduce ahora a alucionaciones nada menos que la imagen de la Zarza Ardiente o la visión de Dios, quizá olvidando que en la Antigüedad ese tipo de prodigios cabe holgadamente en el imaginario colectivo. No hay más que seguir el ánimo de Eurípides cuando descubre la frenética orgía de las ménades –que hay que suponer potenciada por algo más que por el vino ritual–, recordar la fuente inagotable de vino que testimonia Diodoro, o los odres vacíos que, encerrados a cal y canto durante la noche, aparecen rebosantes por la mañana, según  cuenta Pausanias. Por lo demás, no encuentro justificada la razón de que el uso de drogas era habitual en los rituales hebreos, aunque ciertamente lo fue en otros muchos. A uno le da igual, no hay ni que decirlo, pero la verdad es que da la impresión que tenemos encima una tormenta iconoclasta, empeñada en echar abajo el complejo mitologema de los viejos tiempos a base de argumentaciones casi siempre improvisadas e indefectiblemente surgidas de la sugestión neomaterialista que contribuye a la desacralización del mundo propia de las sociedades industriales, que fura vaticinada por Weber y desarrollada por una impresionante nómina de fenomenólogos posteriores, con Paul Berger y Thomas Luckmann a la cabeza. Poco tiene que ver la inspiración científica con la ocurrencia oportunista, sin embargo. Hacer de Moisés un “narconauta”, como dice Escohotado, lo demuestra de sobra.

La cuota andaluza

Es para troncharse eso de que la autonomía andaluza, el montaje de Chaves, considera como “cuota andaluza” en el Gobierno de la nación la presencia de Moratinos o de Bernat Soria reforzada, eventualmente, por Magdalena Álvarez. ¿A quién querrán convencer de esa pavada estos muñidores cuando ni siquiera las propias quinielas del gobiernillo andaluz levantan el menor interés, fuera de los grupos concernidos? Una comunidad con más diputados que ninguna, no tendría necesidad, por lo demás, de inventarse pamplinas como ésta que descubren más la falta que la sobra. Andalucía cuenta a la hora de las elecciones y pare usted de contar. Precisamente su fidelidad relativa la sitúa en la peor posición para poder exigir a Madrid ni cuotas ni presencia alguna.

La paja y la viga

Lleva razón la concejala Parralo cuando dice que el Defensor del Ciudadano debe ser designado por el Pleno y no por Alcalde, y la lleva cuando dice que en las demás provincias andaluzas donde existe así se procede. Lo que le falla es el argumento, decir que si lo nombra el alcalde ya no tendrá “independencia, objetividad ni ecuanimidad” el nombrado, puesto que ello implicaría que una legión de decisivos cargos andaluces, nombrados a dedo por Chaves, no serían ni independientes, ni objetivos, ni ecuánimes. Y en fin, relacionar la dependencia con el sueldo ya pasa de la raya, en especial en quien debe de estar familiarizada, por su experiencia partidista, con el inabarcable pesebrismo que vive de nuestros impuestos al servicio del “régimen”.

Sacar el santo

El ‘conseller’ catalán de Medio Ambiente –un antiguo “Bandera Roja”, según parece– ha aprovechado los funerales de un abad de Monserrat para pedirle a la Moreneta que interceda ante la pertinaz sequía: “Sabes que soy agnóstico, pero si puedes hacer algo, hazlo”, le ha dicho el tío a la Virgen, en lo que me parece que no deja de ser un supremo acto de fe. Me ha recordado la historia de don José Moya, un cura de pueblo a quien traté familiarmente, que hubo de enfrentarse en una ocasión al alcalde franquista que, de orden del Gobernador Civil, le exigía rogativas para entretener al personal. Don José, que era hombre campestre y versado en las cosas de la Madre Naturaleza, fue resistiéndose hasta el momento en que el alcalde, acompañado de la Guardia Civil, lo conminó a sacar la Virgen sin excusa ni pretexto, exigencia ante la que cedió, como es natural, pero no sin advertirle rotundo: “Mira, ¿sabes que te digo?, que la saques si quieres, ¡pero que sepas que el tiempo no está pa llover!”. La costumbre de “sacar el santo” es ancestral y universal y, como se sabe, fue instituida en el siglo IX por el papa León III sobre la base de una costumbre que inició un obispo vienés casi quinientos años antes, lo que no quiere decir que constituya un rito exclusivo de los cristianos. Hay constancia de rogativas islámicas en Al Andalus al filo del temido año 1000, aunque en realidad se trata de un rito neolítico como lo prueban las danzas propiciatorias de tribus primitivas en América o África y las que todavía  celebran, entre otros pueblos, los mapuches argentinos o los indiecitos bolivianos con el jefe Evo a la cabeza. Incluso hay rituales conminatorios como esos que lanzan la imagen sagrada al río en caso de fiasco, o algunos norteafricanos consistentes en tirar a la charca reseca al santón fracasado en la plegaria. La doctora Teresa se apuntó un tanto de órdago provocando la lluvia implorada por unos campesinos desesperados que le salieron al encuentro en uno de sus viajes, y algo parecido se cuenta de Hernán Cortés en su aventura mexicana. El ‘conseller’ es un primitivo. Y sin saberlo, también un hombre de fe.

 

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 Nos está saliendo por un ojo de la cara el complejo prejuítico contra los pantanos y los trasvases y el colmo es ver a la dirigencia roja que niega el agua sobrante al Sur echarse a la rogativa celeste. Mucho más prácticos, los monjes budistas del monasterio de Panillo, en el pueblo aragonés de Grau, se han hecho con un tractor y una buena cuba que les permite afanar diariamente los seis mil litros diarios que necesitan, mientras celebran el Año de la Rata soplando sus enormes tubas y bailando sus coreografías ante la imagen dhármica y sonriente del bienaventurado Gautama. ¡“Fíate de la Virgen y no corras”!, dice irónicamente el adagio. En Cataluña, en Murcia, en Valencia, en Córdoba o en Navarra se saca hoy el santo como remedio de una ineficiencia imperdonable que junta devotamente los dedos cuando la seca vacía los pantanos pero se pasa la vida mano sobre mano. Un poco en la línea de los budistas de Panillo, Juan Pablo II era más partidario del Plan Hidrológico del PP anulado por el PSOE que de sacar el procesión –“Ad petendam pluviam”–  a san Isidro Labrador a la Virgen del Espino. Tiene guasa que un papa tan conservador pase por la izquierda a un ‘conseller’ tan agnóstico pero que le reza a la Moreneta.