Buenos padrinos, mal convite

La provincia de Cádiz, representada por la plana mayor del PSOE en estos años de hegemonía absoluta (el propio Chaves, Carmen Romero…) no ha logrado, sin embargo, levantar cabeza en treinta años. Así de desprende del estudio “Cádiz, pobreza y exclusión social” elaborado por la asociación Pro Derechos Humanos, y en el que aparece en último lugar del ránking español, es decir, como la provincia más pobre de la nación. Uno de cada diez gaditanos estará en situación de “pobreza grave” y riesgo de de exclusión social al verse obligados a vivir con una renta por debajo del 25 por ciento de la renta media disponible, hablando en plata, con doscientos euros mensuales. Un balance desastroso, sin duda, y pésimo convite para tan destacados padrinos.

El paro onubense

Otra vez la polemiquilla (¿cuánta gente toma en serio las declaraciones y rifirrafes de este personal?) sobre el desempleo en la capital, ahora con motivo de los primeros proyectos presentados por el Ayuntamiento para aplicar la cicatera ayuda concedida para el Fondo de Inversión Local. Como si la crisis y el problema del paro fueran tarea del alcalde y no de la Junta y del Gobierno de la nación, y como si un plan como ése –un remiendo, se pongan como se pongan y si no ya lo veremos—hubiera que ejecutarlo de un zapatazo. La Junta misma tienen tasas de no ejecución presupuestarias realmente increíbles en una región colista pero, en cualquier saco, hay que insistir en que en la gestión del empleo un Ayuntamiento puede tener intervenciones circunstanciales como ésta pero es a Sevilla y a Madrid a quien toca esa responsabilidad.

Noticias de África

No dejan de llegar noticias de África, todas, ni que decir tiene, desoladoras, crónicas de terribles catástrofes humanas perpetradas al socaire no sólo de la indiferencia sino de la complicidad del llamado “mundo libre”para el que el gran continente olvidado significa poco aparte de los negocios que sigue proporcionando. Noticias de tipo muy diferente, pero todas lamentablemente evidenciadoras de que un entendimiento entre civilizaciones tan contrapuestas –y no sólo en las áreas islamizadas– resulta hoy difícil y una alianza carece de sentido. En Francia se ha vivido últimamente una tragedia con final feliz: la liberación de una muchacha argelina nacionalizada francesa, Fatomata Konta, que fue secuestrada por sus propios familiares en Argelia y sometida a ultrajes y violencias durísimas por haberse negado a aceptar un matrimonio de conveniencia. Un caso entre miles, por supuesto, como bien sabemos en España, y que para que se hagan una idea, constataremos que sólo en la región alrededor de París se calcula oficialmente que hay en estos momentos al menos 70.000 jóvenes amenazadas de matrimonios forzados, aparte de las famosas mutilaciones perpetradas sistemáticamente dentro y fuera del país. Por otro lado está pendiente el sangriento conflicto del Congo, esta llamada “segunda guerra” en la que incomprensiblemente los poderes internacionales se niegan a intervenir contra los tutsis rebeldes del general Nkunda, rival de Kabila jr. Otra catástrofe, sobre un fondo de coltán y diamantes, que dura ya demasiado y junta a sus millones de muertos (cinco en la “primera guerra”) sus multitudes de fugitivos y refugiados. África en boca de todos, pero África olvidada, lejano y prohibitivo paraíso del gran turismo, mina inacabable de tesoros para los más audaces. Y luego, la tragedia de Zimbawe, la inmensa taifa de Robert Mugabe, ahora también asolada por una temerosa epidemia de cólera de la que el tirano, siguiendo la moda, culpa absurdamente a ‘Occidente’, así en general, y a Gran Bretaña en particular. El noticiero africano se resume en unas pocas columnas a pesar de su conmovedora gravedad. La verdad es que, como se ha dicho alguna vez, ese ‘Occidente’ se entera de lo que allí ocurre por las páginas bursátiles.

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África pilla a trasmano a la conciencia occidental, incluso su imagen nos la da muchas veces la imaginación –la obra impresionante de Raymond Roussel o el relato de Francisco Ayala “La cabeza del cordero”, fueron escritos con inverosímil propiedad sin conocer aquella realidad–, ‘imaginada’ como quien dice con rara virtualidad. Como se finge ignorar desde las viejas metrópolis el fracaso estrepitoso del proceso descolonizador de los 60 y el escándalo de las oligarquías nativas, aliadas del colonialismo disfrazado que funciona desde entonces. Una simple relación de las guerras registradas desde aquellos tiempos resulta estremecedora, pero ¿quién se acuerda ya de la guerra de Biafra o de las matanzas del Sur? Hoy ni siquiera la tragedia de Sudán –como la congoleña, como otras varias—figuran ya en la agenda de los organismos internacionales a pesar de andar todas ellas latentes o incluso activas, y de sumar entre todas muchos millones de víctimas. Quizá haya que admitir que esas naciones están comprendidas todavía entre aquellos “pueblos sin historia” o “pueblos de la Naturaleza” que estudiaban sin quitarse el salacot nuestros etnólogos y antropólogos clásicos. Sólo que hoy tienen voz y voto en la ONU, cuota imaginaria de polución y embajadas fantasmales ante la organización internacional en representación tantas veces de pueblos miserables y avasallados. África no existe fuera del mercado. Ése será algún día uno de los crímenes más indefendibles del dudoso humanismo del siglo XXI y quién sabe si algo peor.

Guerras de inmigrantes

Lo ocurrido en La Mojonera –30 por ciento de población inmigrante–, con su balance de altercados e incendios, daños y víctimas, no es, digan lo que quieran los sindicatos y otros buenistas, ni una “acción puntual” (sic) ni una serie de “incidentes aislados”. No es una contienda, claro está, ni una guerra declarada, pero sí constituyen el resultado de muchas tensiones que la disparatada organización del fenómeno migratorio no tiene más remedio que acabar provocando. Ya hemos visto luchas entre españoles y moros, entre moros y gitanos y ahora entre negros subsaharianos y moros, es decir, guerras intestinas de la marginalidad, tensiones explicables desde la ciega presión de la lucha por la vida. Esos conflictos los protagonizan ellos pero son imputables a una sociedad y a un poder que cierran los ojos para no ver ese drama mientras no estalla.

Boca cerrada

Se podía haber ahorrado la presidenta de la Diputación ese burdo ejercicio partidista de defender al alcalde de Getafe y presidente de la FEMP que calificó a los votantes de derechas (diez millones de españoles, el 42 por ciento de su propio pueblo) de “topitos de los cojones”. Y más aún para atacar al PP por exigir que dimita como representante de todos los Ayuntamientos y Diputaciones españolas un sujeto que gasta esa mentalidad y ese vocabulario. Ya nos dirá la señora presidenta qué estaría diciendo ella misma –y con ella el Gobierno de la nación– si desde enfrente se tacha de “tonto de los cojones” a los votantes del PSOE. Pedir perdón no basta cuando la injuria es irreversible. Y a un alcalde, además, hay que exigirle un tacto del que, evidentemente, carece se “monterilla” procaz.

La olla a presión

Los movimientos callejeros –incluyendo el que hace tres años se prolongó durante tres semanas en París—no están organizados o quizá sea más previsor decir que no lo están todavía. Lo que está ocurriendo en Grecia, por ejemplo, en Atenas y en Salónica pero también en otros puntos del país, con su balance de establecimientos incendiados, saqueos de comercios y destrozos por doquier, no parece que pueda explicarse solamente como una reacción indignada ante la muerte de ese joven al que un policía acorralado descerrajó tres tiros en el pecho, como lo ocurrido en París en la ocasión mencionada o en 2007 con motivo de cierto choque de tráfico en el que se vio implicado un vehículo de la policía, no fueron ni mucho menos, a mi entender, ‘sólo’ la respuesta a esos motivos sino la expresión violenta de hondas tensiones sociales y económicas represadas durante demasiado tiempo, especialmente en el ámbito de la ‘banlieue’ y barrios marginales. Lo  mismo, más o menos, que cabe decir de los graves incidentes registrados en Holanda hace un año con el motivo aparente de la muerte de un joven, también a manos de la policía. Los tiempos de la guerrilla urbana eran otra cosa, no cabe duda, y desde luego no parece o no parecía hasta hace poco –mientras hemos dormitado en el limbo de la “new age” arrullados por el comecocos del crecimiento indefinido—que estos tiempos sean propicios a su recuperación. Pero ¿podemos estar seguros de eso? Muchos observadores de lo que acontece hoy en Grecia ponen el acento en la situación de la juventud –son sucesos casi exclusivamente juveniles–, su altísimo índice de desocupación, la miseria de retribución que reciben sus trabajos y, en definitiva, ese mal consejero que es el ocio forzado y pobre, tan proclive a la bohemia canina como a la revolución siquiera sea de corto alcance. Cualquier día podemos vernos –en cualquier país de nuestro ámbito—frente a una situación similar.

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Probablemente es una utopía o sencillamente una insensatez pretender que se mantenga ‘sine die’ un estado de cosas como ése: jóvenes descontrolados desde la adolescencia, fracasados en el estudio, enteramente ignorados en el mercado laboral –se ha llegado a insistir en que los aspirantes a un primer trabajo, hablando con propiedad, no eran parados contabilizables en la estadística–, explotados en trabajos oportunistas y cazados, en fin, por ofertas de empleo que apenas garantizan la subsistencia, constituyen un magma peligroso del que, en cualquier momento, por cualquier motivo como estamos viendo, puede surgir incontenible un episodio violento de alcance imprevisible. Que es lo que está ocurriendo en Grecia, con toda probabilidad, y no hay más que echar una ojeada a aquella situación para convencerse de que no se está ante un problema incidental, ni siquiera ante el fracaso del gobierno de centroderecha que gobierna el país, sino frente a un mal escondido del que participan la mayoría de las naciones europeas: la coyuntura especialmente grave que se plantea a la juventud en un sistema que ve tambalearse sus estructuras básicas y, ciertamente, no sabe qué hacer ni por arriba ni por abajo. Es curioso que la mitificación social de la juventud que, sin duda, estamos viviendo en todo Occidente, corra paralela a su olvido o menosprecio práctico en los planes políticos, y por esa misma razón es lógico que en el seno de esos colectivos desactivados a conciencia pero que conservan su energía consustancial, lata el peligro de eventuales estallidos como los que vamos viendo. Hace tres años, Sarkozy recurrió al ejército como De Gaulle había proyectado en el 68, lo que sugiere una valoración altamente alarmista de aquellos disturbios, pero luego se olvidó todo o poco menos, sin proveer proyecto de solución alguno. El fantasma proletario es hoy juvenil e inmigrante. Cualquier día podemos reconocer su cara amenzante.