La Junta, Juan Palomo

En las últimas oposiciones a administradores generales convocadas por la Junta de Andalucía, se presentaron 820 personas y sólo han aprobado dos. Bien, eso es imposible, y sólo un  indocumentado que no haya opositado nunca puede tener la audacia de  montar ese numerito que habrá perjudicado, en algunos casos irreparablemente, a muchos ciudadanos claramente engañados por una convocatoria mendaz. Lo contrario de lo que ocurría antes, es decir, de los aprobados generales o casi se han  prodigado mientras se trató de colocar a quien convenía políticamente al partido. Y una garantía de que, en lo sucesivo, será ese criterio partidista el que primará enteramente en la recluta de personal. Es una vergüenza lo que ha ocurrido en la Administración autónoma desde la preautonomía hasta hoy, pero lo grave es que hoy se están superando los criterios arbitrarios sin el menor disimulo.

Clones sin remedio

Congreso para elegir (“a la búlgara”, ni que decir tiene) al nuevo secretario provincial de las Juventudes Socialistas, Ángel Romero. El electo habla ya investido, para meterse con Nuevas Generaciones, descalificar al PP y pedirle incluso que no haga nada, advertir al personal de que “hay una crisis” que exigirá extremar el esfuerzo político, recordar Guantánamo y, ya de paso, como quien no quiere la cosa, meterse con Esperanza Aguirre. Hechos a troquel, clones de los ‘seniors’, aprendices de aprendices, réplicas de mentores nada estimulantes. De un joven que llega a la política habría que esperar algo más que el gesto simiesco de imitar al jefe y hablar por su boca. Pero algo bueno tiene el asunto y es que ese “revolucionario” es probable que ya nunca sea mileurista.

Quiero sus ojos

Con esa lacónica frase ha cerrado Ameneh, la chica iraní cegada y desfigurada con ácido por un amante majara, su espeluznante testimonio de venganza. A cambio de los ojos perdidos, los ojos abiertos del agresor, en aplicación de la “quisas” o ley del talión vigente en el derecho islámico que, en el caso de lesiones corporales, concede a la parte ofendida el privilegio del perdón o la venganza, a elegir. Es decir, no el derecho medieval, como ha dicho algún despistado, sino la inmemorial providencia del salvajismo primitivo que expresan los códigos antiguos, comenzando por el de Hammurabi, sino la ley vieja que va desde el Antiguo Testamento hasta las XII Tablas romanas y se prolonga hasta nuestros días en el vehículo del fanatismo. “Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal”, leemos en el ‘Éxodo’. “Fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente”, dice el Levítico. “No tengas piedad de él –aconseja el Deuteronomio–: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie”. Al agresor de Ameneh lo ha condenado la justicia iraní a la más cruel de las sentencias que recuerdo (y recuerdo muchas), a saber, a ser cegado recibiendo veinte gotas de ácido en los ojos, aunque según esa normativa arcaica, que valora a la mujer como la mitad del varón, la vengativa habrá de pagarle al castigado, por su segundo ojo, los 20.000 euros que aún no tiene pero confía en recaudar de la ‘solidaridad’ pública. Su madre, su padre, sus amigos se han ofrecido para ejecutar tan inconcebible maldad, justificándose en el carácter ejemplar de la sanción: “No somos salvajes, lo importante es sentar un precedente”, repiten a coro, mientras le piden con insistencia en que no caiga en la debilidad de perdonar. Ojo por ojo. Es la primera vez que se aplicaría semejante barbarie, al parecer, pero todo es empezar.

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¿Es o no es otra galaxia jurídica, axiológica, incluso mental, respecto del nuestro, ese mundo fanatizado? Oigo decir a Gustavo de Arístegui, minucioso conocedor de esas culturas, que en Irán se han ahorcado públicamente, colgándolos de una grúa, a 6.000 homosexuales desde 1979 (a pesar de que, curiosamente, esté autorizado el cambio de sexo) y me entero de que hay en este momento un centenar y medio de menores de edad en el corredor de la muerte iraní aguardando igualmente a ser colgados por delitos cometidos antes de su mayoría de edad, lo cual –conviene recordarlo—no sería una novedad en los EEUU, donde también se han ejecutado menores incluso retrasados mentales. Y lo mismo en Arabia Saudí, en Pakistán, en el Yemen o en Sudán. Pero la verdad es que ni esos horrores resisten la comparación con el caso de Ameneh y su venganza, esa reacción explicable pero históricamente superada por influencia del cristianismo histórico en el ámbito occidental, que Goethe decía que era siempre más feroz en el más débil. Realmente, a la postmodernidad, con sus horcas ambulantes, sus inyecciones letales y sus ácidos cegadores, le queda un largo trecho civilizatorio por recorrer siquiera sea para alcanzar lo que, al menos en las alturas del pensamiento, hace siglos que fue superado. Produce escalofrío escuchar a esa desgraciada clamar por una justicia que no es más que venganza, y a sus deudos y amigos ofrecerse a porfía para ocupar el puesto del verdugo, pero eso el lo que hay para desánimo de los ingenuos (o calculadores) partidarios de la “alianza de civilizaciones” propuesta en su día por el Jatami. Veinte gotas de ácido en los ojos para purgar el pecado de un delito abominable, es cierto, pero que poco podrán conseguir en la reparación del daño. El Estado moderno surge como tal cuando monopoliza el derecho penal y lo sustrae a la venganza de la parte. Fuera de eso lo que hay es primitivismo y barbarie, lo mismo en Teherán que en Florida.

Chaves tira la toalla

Por fin Chaves ha entendido que no es más que una paradoja bastante boba mantener, tal como van las cosas, su promesa del “pleno empleo” para esta legislatura. Si no fue capaz de habilitar las prometidas habitaciones hospitalarias individuales, el salario social o las vacaciones del mama de casa, calculen cómo iba a serlo de crear el empleo necesario para parar esta sangría que, minuto a minuto, nos va acercando a toda pastilla al millón de desempleados andaluces. Por eso ha reconocido ahora que no está en su mano resolver este problema temible, pero también por eso mismo no era más que una necedad aferrarse a la consigna de que las “medidas” de la Junta bastaban y sobraban para darle la vuelta a la crisis. Más vale tarde que nunca, desde luego, aunque no quepa esperar mucho de la coherencia del virrey.

Protestas por el oleoducto

Se han producido en Santos de Maimona fuertes protestas por el proyecto de oleoducto que el tío del hombre fuerte del PSOE extremeño pretende trazar entre aquellas tierras y el puerto de Huelva, bordeando los delicados terrenos del parque nacional de Doñana, con el sólo apoyo de IU. Veremos si en el otro extremo del trazado, en nuestra tierra, se replica ese gesto y si aquí también se inhiben, en caso de producirse, las fuerzas políticas que ladran pero procuran no morder. Pero mucho me temo que ésta es cosa decidida, ZP sabrá por qué, tras escuchar el compromiso público del Presidente a favor de tan cuestionada obra. En Huelva hay prensa muda y servil precisamente porque es propiedad del mismo “emprendedor” y prensa libre. Corresponde a ésta en solitario, avisar de las eventuales consecuencia y darle voz a los objetores.

El animal canibal

Una antropóloga alemana, Olga Ammann, acompañada de un fotógrafo, han convivido una larga temporada con los aborígenes de Papúa-Nueva Guinea con el objeto de escribir un libro sobre la vigencia de la antropofagia, que acaba de ser colgado en la Red por la revista alemana ‘Bild’, se dice que el medio más leído de Europa. Según sus conclusiones, los indígenas en cuestión –“Los últimos papúas”, según la traducción textual que me hace mi amigo el profesor López Pina—mantienen un modelo de vida inalterado desde hace milenios y por completo aislada de cualquier tipo de civilización, lo que les permite, entre otras cosas, practicar el canibalismo, a pesar de su prohibición hace cincuenta años, y no sólo, al parecer, como rito conservado sino como hábito gastronómico, siquiera eventual, como lo demuestra la clara diferenciación de sus gustos y su explícita noción de las diferencias de sabores de las distintas razas. No es la carne blanca la que más gusta al papúa, ni mucho menos, dado su fuerte olor y su sabor salobre, mientras que si lo es la japonesa, verdadera ‘delikatessen’ especialmente –algo que también ocurre, según nuestros ‘gourmets’, con la carne de ciervo—la femenina. Prueba de que no fantasea la antropóloga es la constatación de que entre las tribus en cuestión se mantiene endémica la ‘enfermedad de Kuru’, originada justamente por la ingesta de carne humana. Demasiados indicios hay por ahí de que el canibalismo es congénito a la especie, como lo es a tantas otras, de la que ha sido erradicado por la civilización, o lo que es casi lo mismo, por el hallazgo y difusión de nuevas fuentes de alimentos. Los antropólogos franceses de la época de Soustelle explicaron siempre el sacrificio azteca, por ejemplo, como una liturgia asociada a la necesidad de proveerse de proteínas cárnicas y cosas parecidas han dicho estudiosos como Marvin Harris y tantos otros, algo que debe contribuir a excitar nuestra humildad y rebajar nuestro antropocentrismo moral. Samuel Butler (el del XVII, no el victoriano) proclamaba desde su relativismo moral que el canibalismo era “moral” entre los antropófagos lo mismo que el saludo cortés o las maneras de mesa lo eran entre los caballeros de su época. Mi admirado Michel Lerís hablaba con entusiasmo de los ‘festines caníbales’ de “L’ Afrique fântome” y se quedaba tan tranquilo.

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Pero hay otros indicios que señalan hacia la posibilidad de que esa pulsión ancestral permanezca oculta y sofisticada entre los pliegues de nuestro psiquismo actual, al menos en el sentido en que los surrealistas como André Breton basaban su fantasía libidinal en la idea de que todo deseo de belleza implica un secreto apetito devorador que manifiestan con cierta claridad los propios rituales amorosos o los propios comportamientos infantiles, tantas veces elocuentes. “La belleza será comestible o nos será” proponía Dalí en la misma línea del “canibalismo de los objetos” enunciada por los maestros del movimiento citado. No hay que escandalizarse, pues, de esos comportamiento ‘salvajes’, y menos en un mundo donde la aventura literaria de ‘Hannibal Lecter’, de creer en las crónicas de sucesos, es cosa bien frecuente. Nada hay escrito sobre gustos, como bien demuestra el paladar de los papúas en su preferencia por los japoneses, o el de los japoneses –todo hay que decirlo– que han acabado por imponer a medio mundo y parte del otro la plaga de sus “sushis” contribuyendo quizá a la propagación de esa otra enfermedad de moda, el “anisakis”. No está nada claro que la antropofagia sea una respuesta “económica” de sociedades que carecen de proteínas, en todo caso, cuestión de la que ya se ocupó Harris. Debe de haber algo más profundo, más ancestral y, en consecuencia, más recóndito, en ese impulso devorador del que los papúas no son, tal vez, más que los últimos inocentes.