Beas

Impresentable lo de Beas. Lo de menos es que el autodidacta Mario Jiménez considere una “mera anotación registral en sus bienes” (de la ex-alcaldesa) el embargo con todos sus avíos dictado por el Tribunal de Cuentas para responder, en lo posible, a los (como mínimo) 713.000 euros desaparecidos. Pero más impresentable todavía saber que el PSOE provincial, es decir, Barrero y el propio Jiménez, conocían hasta 26 denuncias internas presentadas pos sus mismos compañeros sobre lo que estaba ocurriendo en aquel Ayuntamiento antes de verse forzados –ante la indiferencia de la ejecutiva regional– a acudir al Tribunal de Cuentas y a la justicia ordinaria. Expulsar a los denunciantes y encumbrar a la embargada tiene guasa. Pero eso es lo que hay y no hay otro medio que preguntarse por qué será así.

El exilio científico

Perdidos en su enorme riqueza museística, he visto demoradamente los sublimes Murillos costumbristas, el retrato de esos sagaces rapazuelos de la calle barroca que el pintor mariano hubo de vender por el mundo, es decir, fuera del mercado restringido en el que la iglesia era, si no el único, sí el principal cliente. Andan por esos mundos (en Baviera, por Viena, por Nueva York) dispersos irremediablemente como un alegato irrefutable sobre nuestras pasadas mezquindades, y ni que decir tiene que mimados como obras supremas en los museos favorecidos. En España se quedaron las ‘Inmaculadas’, fruta del tiempo, y la obra eximia se la llevaron por los siglos de los siglos las ricas y liberales muchedumbres criadas en el ‘libre examen’. Golfillos que valen por la mejor lección de historia, pícaros en flor buscándose la vida en un cacho de pan o en un  racimo de uvas, tal vez echando a rodar unos dados tahúres sobre el suelo urbano convertido en timba, felices y piojosos como sus perros sin dueño. Que me perdone don Diego Angulo, pero daba todo el arte sacro de Murillo por una de esas instantáneas de nuestro “pasado glorioso” que ahora debemos peregrinar a tierras lejanas para verlas, como hemos de seguir peregrinando para contemplar tantas cosas perdidas y por perder. Una de ellas, el saber, el conocimiento, despilfarrado de modo suicida en la incesante sangría que todos prometen cortar y ninguno detiene. Si hay un pueblo con vocación de diáspora cultural, ése es el nuestro. Los políticos dirían que no, claro, pero pregúntenle a los ‘mileuristas’, a los interinos y, sobre todo, a los exiliados: ya verán. No me gusta hablar de “fuga de cerebros” porque a lo que recurre España –desde hace mucho— es al exilio cultural.

 

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 Un caso. Mi amigo JF, que me hace de generoso lazarillo aquí en Munich, es sevillano. Se licenció en su universidad, se doctoró brillantemente, fue a especializarse a París y posteriormente a Lyon, pero le tiraba la tierra y escribió a España ofreciendo su experiencia a la privada y a la pública: ni le contestaron. Menos mal que entonces le llegó una oferta espontánea de la Oficina Europea de Patentes en la que hoy trabaja a alto nivel. Como Murillo. No había mercado en España para esos saberes suyos que, sin embargo, se disputan fuera, en los países fuertes y desarrollados. En mis tiempos de universitario todavía se escuchaba a mucho cátedro aseverar que el exilio de la guerra civil era tan cierto como mítico, que a la cultura española le importaba un rábano la pérdida de Albornoz, de Castro, de Ayala, de Jiménez de Azúa, de Manolo Andujar o de María Zambrano, y lo peor es que lo decían en una universidad raquítica, desmantelada en buena medida, plagada de oportunistas y ‘estampillados’ que nos tenía a dos velas y obligados a recurrir a los del exilio. Seguro que de JF dicen los mismo los julastrones que han hecho una oficina del “alma mater” y mantienen a duras penas esa fábrica de títulos con la magra esperanza de llegar a ‘eméritos’ algún día y arañarle tres añitos a la jubilación. No sé cuántos Murillos de los míos habrá por esos mundos de Dios ni cuántos JF desperdigados por tantos grupos y laboratorios ajenos donde nos ganan día a día la carrera del tiempo estos herejes tan orientados. Ignoro qué bonanzas nos traerá el flamante ministerio, pero hasta ahora lo que nosotros hemos tenido han  sido leyes, muchas leyes, y retórica por un tubo, pero becas de hambre y puertas cerradas. ¡Que inventen ellos!, ya saben. Como en el XVII, seguimos rutinarios y decadentes, aunque el progreso inevitable –el que acarrea el tiempo por sí solo– nos lleve en volandas. Porque, además, si lo de los Murillos no tiene arreglo, lo de nuestros sabios jóvenes sí que lo tiene. Con que le pagaran lo que a un concejal, no creo que JF, pero seguro que muchos otros volverían encantados.

Mangas verdes

El Consejo Audiovisual de Andalucía (CAA) ha aprobado una resolución en la que censura a Canal Sur por las ocasiones en que, durante la reciente campaña electoral, no se ajustó “a los principios de pluralismo político, objetividad, veracidad, imparcialidad e independencia” en insta al “operador público” (no se rían, por favor) a portarse bien, “máxime durante el periodo electoral”, y de acuerdo con las exigencias democráticas. Para ello ha bastado que el presidente del CAA cambiara su voto, el mismo con que el 2 de abril (es decir, en tiempo y forma adecuados) tumbó la petición idéntica. Ya ven, el mismo voto vale para blanco y para negro… pero sólo a toro pasado. No digan lo de mangas verdes”, en todo caso, porque bien está lo que bien acaba. Harían bien, en cambio, preguntándose, cómo se explica ese cambio en el voto del mismísimo Presidente.

Nerva, basurero peligroso

No sabemos qué contenía el “New Flame”, el barco chatarrero hundido frente a Algeciras, porque nadie ha querido revelarlo, pero, precisamente por eso, cualquiera puede imaginar que no debía tratarse de agua de rosas. La decisión de enterrar esa inquietante basura en el depósito de Nerva da la razón a la inquietud mostrada durante tanto tiempo por vecinos y ecologistas, nunca convencidos por las promesas de inocuidad que se hicieron en su día. Menos mal que nos pilla con una consejera del ramo onubense que, en este gobiernillo de cuotas, bien podrá compensar su falta absoluta de experiencia con una razonable defensa de los intereses provinciales que evite convertir a Huelva en el cementerio industrial de medio continente. Hay que desearle suerte a esa dama en esta su primera prueba de fuego.

Orden y concierto

En la gran ciudad alemana, reconstruida desde sus cimientos, acaso no hay momento más elocuente que el que marca el carrillón de la plaza céntrica, ese desfile codificado de las glorias pasadas en el guiñol puntualísimo: caballeros, pajes, trompas y estandartes, metáfora perfecta de un orden fósil pero memorable. A la hora exacta del concierto, la burguesía surgida de entre los escombros, esa otra muchedumbre sigue con evidente solvencia un programa elegido sin concesiones en un espectacular auditórium. Orden y concierto. Me informan de que la previsión municipal alcanza en Munich a los “sin techo”, a quienes el Ayuntamiento ofrece vivienda del parque municipal y garantiza el sustento una vez comprobada su necesidad. Como a los más jóvenes, a los que facilita fórmulas provisionales de alojamiento que aquí no se llaman de “emancipación”, como entre nosotros. Bajo el indescriptible vitalismo bávaro toda pieza encuentra su lugar adecuado, ninguna escapa a la lógica del puzzle, cuyo principio básico es la garantía de la convivencia. La policía acude al instante si se la reclama por la contumacia del vecino desaprensivo, sólo incidentalmente se reclama el billete en el colectivo, los más arriscados hacen ‘surfing’ sobre la superficie agitada de los canales derivados del Isar en el ‘English Garden’, no parece probable asistir a un accidente de tráfico, ni siquiera a un frenazo impertinente. Orden y concierto: la policía parece ornamental y hace la vista gorda ante los “nuevo pobres”, provocados por las prisas reunionistas del canciller Kohl, que llegan desde el Este del país huyendo del fantasma de paro (más de un 20 por ciento). Miles de litros de cerveza alivian un decreciente complejo aún perceptible en una población que apenas tiene que ver ya con la catástrofe, mientras la vida se organiza discreta pero implacable. En el ascensor una anciana reprende a un pulcro joven que acaba de entrar: “Puaff, ¡usted ha comido ajo!”, le espeta. Quizá el civismo es inevitablemente exigente, no lo sé, pero intimida una sociedad con el olfato tan desarrollado.

 

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 ¿Quién era la anciana represiva, quién ese tudesco que me escruta impertinente sin dejar de cortejar su jarra, la dama a la que veo devota extasiada ante un san Cristóbal en la ‘Frauenkirche’? Cuesta creer que este país culto y piadoso se subiera al carro de la pesadilla nazi. O como decía George Steiner, “cuesta imaginarse a esta gente oyendo a Schubert al mediodía, leyendo a Rilke al atardecer y torturando (o mirando para otro lado) más tarde”. Qué duda cabe que cuesta. Oyendo la música callejera (tan profesional), viendo la envergadura de sus universidades, la riqueza de sus inabarcables  museos, el propio milagro de la resurrección de la ciudad devastada vuelve uno en la imaginación a la grandeza antigua, al tiempo aquel que permitió decir a Heine que si Francia y Rusia poseían la tierra e Inglaterra el mar, el gran país desmembrado hasta tan tarde pero afín en su espíritu por tantos motivos, poseía el “reino de los sueños”. Sueños y pesadillas, porque a unos pocos kilómetros está Dachau, el infierno en la tierra, desde donde, los días en que el viento soplaba hacia la ciudad, cuentan que llegaba el estomagante hedor del crematorio. Olvidemos, es imprescindible olvidar ante esta nación resurgida, civilizada, toda orden y concierto en medio de tanto disparate, y en la que la inmensa mayoría de sus pobladores serían inocentes de aquella barbarie. Por lo demás, como el fútbol está también globalizado, no se distingue el hincha briago del Bayern del que aclama al Getafe mientras el carrillón desgrana su salmodia indiferente y pasa el cortejo de caballeros y pajes, estandartes y princesas haciendo del tiempo en la ‘Marienplatz’ una breve y puntual ucronía. En el reino de los sueños no gusta el ajo, eso sí, por más que he visto pocos en mi vida como los que se ofrecen al gourmet en los opulentos puestecillos del ‘Viktualienmarkt’.

La leyenda real

La noche del jueves media España y parte de la otra media lamentaba le malfario del Getafe ante el Bayer sin quitarle ojo al palco en el que el Rey y el Príncipe contenían en lo posible su contrariedad. Era la primera vez, que yo recuerde, que se truncaba la leyenda del rey/talismán que, con su simple presencia, afina la puntería del delantero y hace superar récords a los atletas, una leyenda surgida en la Olimpiada de Barcelona y que, hay que reconocerlo, se ha visto refrendada no pocas veces. El prestigio de los reyes –la razón última de las monarquías– no es tanto de orden racional como de índole emotiva, consiste más en la fascinación popular ante la figura mitificada del personaje que en cualquier discurso reflexivo, lo que explica que don Juan Carlos haya hecho más por la institución  que encarna en los palcos que en la Zarzuela, o que sus lágrimas negras en el funeral de su padre o en las exequias de Atocha hayan contribuido más a su estima pública que todos los mensajes y silencios de su reinado. La diferencia entre el prestigio político de un rey y el del resto de los políticos radica en que el mecanismo de fidelización no estriba en la estima de una gestión ni en la consideración institucional, sino que se mueve en el médano sentimental, que es el terreno más profundo, y en el que se urden las alianzas psíquicas más recias. Me parece a mí que yerran quienes se empeñan en medir al rey con la vara común del criterio racional, porque la noción de realeza, es decir, la idea del personaje singular encaramado sobre un pueblo, es desde su origen, sin duda, una moción compleja que entrelaza –al margen de las escuálidas razones de funcionalidad política– el saber con la magia y el poder con la religión. Las dramáticas ojeras del Rey en la noche del 23-F hicieron más por la causa que los impotentes esfuerzos de la clase política secuestrada.

 

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 Hubo un tiempo en que los reyes francos e ingleses osaban curar las escrófulas de sus súbditos con una simple imposición de manos, costumbre medieval que todavía hubo de intentar Carlos X cuando aquí andaba ya enredando Riego, y que en Inglaterra no desapareció hasta la llegada de los Hannóver protestantes. Y la tesis de Marc Bloch, pionero de la antropología histórica, se basa en ese hecho para postular que la fama real, el prestigio de las monarquías, no se entienden como un reflejo institucional ni como un efecto de la gestión, sino contemplados desde el ángulo sugestivo de las creencias o desde el parnasillo de las mitologías. Hubo un tiempo, en efecto, en que los reyes no fueron sólo guerreros adalides o graves administradores, sino seres maravillosos, enraizados en el imaginario colectivo, que irradiaban su fama prodigiosa hasta conseguir la adhesión ciega de la masa. Hoy no se curan escrófulas (¿cómo curar con el tacto lo que llamamos ‘adenitis tuberculosa’?) pero se ganan partidos, se superan listones, se encestan triples desde media cancha, se golea en la piscina o, simplemente, se acompaña en el sentimiento al ‘Geta’ en un pésame que venía a ser una ‘cabezada’ para España entera. No faltan devotos que conservan cabellos de Napoleón como mi padre guardaba en su más íntimo relicario un ‘adiós’ que le dedicó Alfonso XIII siendo él guripa. Y habrá, no lo duden, españoles a manta, al menos por una temporada, que custodien como oro en paño la cara doliente del Rey cuando en el último minuto el Bayer se llevó una eliminatoria que, a esas alturas, era ya más bien, una batalla como la de Bailén o como la sostenida por los ‘manolos’ contra los mamelucos. La política tiene mucho de magia, ya lo sabemos, pero es en esa zona sacralizada de la realeza donde el encantamiento prodiga sus pases hipnóticos sintetizados en una cara doliente o en unas lágrimas negras. Si el ‘Geta’ llega a ganar, hubiera ganado el Rey. Perdiendo el ‘Geta’, el Rey ha arrasado.