Boda de ganso

Habló el coordinador de los diputados del PSOE onubense y habló por boca de ganso, para decir que ellos no están en Madrid sino para “proteger” al Gobierno y no para hacer oposición. Claro como el agua y hasta lógico, si no fuera porque ha debido precisar que a quien protegen su grupo es a “su” Gobierno, no “al de la nación”, como dice. La prueba, el comportamiento de diputados nacionales y autonómicos durante el mandato del PP, en el que, por citar un solo ejemplo, se recurrieron todos y cada uno de los Presupuestos. Excusa en parte a nuestros mandatarios –de todos los partidos—su frecuente falta de formación cuando no su ignorancia mayúscula. Esta salida del diputado Oria –candidato a alcalde y perdedor en su pueblo, por cierto– es buena muestra de ello.

La larga mano

La verdad es que nunca hemos sabido bien qué ha ocurrido y está ocurriendo en China, en la nueva China reformista que ha logrado cerrar la paradoja de un comunismo salvado por el capital. No sabemos cómo se las arreglaron para controlar tanto mercado occidental, menos aún cómo penetraron tan profundamente en el sistema financiero, sobre todo en el norteamericano, de qué manera se las arreglan para ajustar esas decenas de nuevos millonarios que genera al día con la ingente masa depauperada que, al parecer, malvive en las regiones interiores. Se dice que si los chinos movieran súbitamente sus inversiones en el tesoro americano provocarían un crac de incalculables dimensiones y hasta hay quien asegura que esa amenaza fue la razón por la que los yanquis paralizaron su proyecto de boicotear ciertas exportaciones chinas, de vital importancia para su desarrollo pero peligrosas para la salud de los consumidores. Vaya usted a saber qué pasa en China, cuando ni los chinos mismos se ponen de acuerdo –lo leía hace poco en ‘The Economist’—sobre cómo funciona ese sistema híbrido en el que en el año pasado la autoridad reconoce que han quebrado unos miles de empresas pero lo observadores aseguran que son muchas más, entre ellas varias decenas de compañías bolsísticas. Hay provincias, como la de Guangdong, donde se prevé que la destrucción de esas empresas pudiera llegar a ser masiva debido a la conjunción de tres factores adversos al hasta ahora fastuoso crecimiento, a saber, la abrupta caída de las exportaciones determinada por la crisis en los países occidentales, el alza en el coste de materiales y la presión legal creciente en materia de trabajo, hasta ahora prácticamente inexistente. Un caótico sistema de control,  por lo demás, provoca que las empresas en apuros cierren de la noche al día, en medio de una confusión normativa e institucional en la que resulta altamente improbable que un control efectivo pueda ejercerse, entre otras cosas porque con gran frecuencia los cierres se producen de manera informal o alcanzando acuerdos precipìtados con las partes implicadas. La crisis alcanza a China, en todo caso. Parece que lo del globo aldeano era cierto.

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Una de la señales más elocuentes de la situación es la medida oficial de elevar el dintel de la pobreza (establecido por vez primera en 1985, y en 200 yuans) hasta 785 yuans, es decir, unos 80 euros, nivel de renta mínimo estimado necesario para adquirir los bienes de primera necesidad y los servicios básicos y, en todo caso, un nivel mísero pero que habría sacado de la indigencia –según los criterios aplicados por el Gobierno, claro está—a más de 200 millones de personas. La llamativa experiencia hace pensar, en resumen, que el auge financiero y comercial del viejo país comunista, se basa sobre la existencia de vastas muchedumbres desposeídas que viven, especialmente, en las zonas interiores y alejadas del enorme territorio, con gran frecuencia en unas circunstancias indignas que han forzado en los últimos años una activa emigración a los focos desarrollistas. Lo que no se sabe es que será de ese edén de la deslocalización ahora que los importadores occidentales bastante tienen con no tener que echar el cerrojazo ellos también, aunque se sospecha que la consecuencia podría ser un endurecimiento de las condiciones de trabajo, ya más que insufribles por sus precios tirados y sus jornadas interminables. La larga mano de la crisis alcanza al otro lado del planeta, como se ve, y el experimento liberalizador en pleno comunismo institucional podría acabar como el rosario de la aurora, en especial si fuera cierto, como afirma la prensa económica, que la inversión  china ha sufrido enormes pérdidas en el crac americano y otras lejanas aventuras. Puede que ese coloso precoz tuviera los pies de barro, después de todo, lo cual no sería tan mala noticia para nuestros especuladores.

Pagar al cliente

Con motivo de las informaciones publicadas por El Mundo-Huelva Noticias sobre el escandaloso reparto de fondos para publicidad por parte de la Diputación de Huelva, y tras largos días der silencio del PSOE, al fin una voz autorizada del partido ha sugerido que la razón de la denuncia de El Mundo no es otra que la de no haber recibido un solo céntimo de esa partida de más de dos millones de euros, lo que equivale a reconocer que el estratégico silencio de algunos medios o la actitud lacayuna de alguno de ellos sería la causa y razón de que se reconociera su “clientelismo” con desatada munificencia. Ciertamente con el dinero largado a alguno de ellos prácticamente reducido a la difusión oficial se podría mantener un periódico un ejercicio completo. Pero aún así, el PSOE debe comprender que la crítica es tan necesaria como injusta su sanción. Lo asombroso en este caso no es que lo hagan, sino que lo digan, sin percartrse de la indignidad del argumento.

Cortinas de humo

Se comprende el empeño de niñatos y portavozas en distraer a la opinión de los temas que verdaderamente afligen a Huelva, en especial en esa materia de trabajo que depende del Gobierno y de la Junta. Un estudio de l la UGT, que no es precisamente sospechosa de parcialidad, afirma que nuestra provincia –cuya situación general en este aspecto es de sobra conocida como mala—es la que posee peor calidad de empleo entre todas las andaluzas, precisando que encabeza el ránking de horas extraordinarias, y es penúltima en estabilidad en el puesto, en salarios y en acceso al trabajo. Se comprende digo que enreden con los rótulos de las calles franquistas, digo, pero no que lo hagan incluso cuando el “sindicato hermano” saca a la luz estas conclusiones tan desoladoras para los onubenses.

Una larga vida

En estas misma páginas he leído hace días que un genetista italiano, Edoardo Boncinelli, responsable de un laboratorio de biología molecular en Milán, anda manejando la expectativa de que las técnicas de regeneración de tejidos permitirán, al fin, prolongar la vida humana hasta los 200 o 300 años, puesto que, según él, los genes que primero serán manipulado serán aquellos que regulan la longevidad del organismo. Viene esa apreciación en línea con la que no hace tanto lanzaba la biogerontóloga Aubrey de Grey, firme convencida de que la expectativa de vida no tiene por qué no aspirar a los 120 años como poco y, eventualmente, alargarse hasta los quinientos y hasta los mil, una teoría que –en el mismo congreso en que fue presentada– recibió el apoyo de otros sabios pero también la descalificación de alguno, como Robert Miller, que la calificó como pura fantasía, hasta León Kass, experto de la universidad de Chicago, que avisaba del riesgo que supondría arriesgarse con ello a reproducir la tragedia de ‘Dorian Grey’. Las cronologías bíblicas sobre la edad de los patriarcas deben responder hoy demasiadas preguntas a la ciencia actual, en especial desde que se ha afirmado la idea de que con esas longevidades de lo que se trataba era de mostrar la decadencia progresiva de la Humanidad desde sus orígenes paradisíacos hasta este presente tenso y desacralizado. Es posible, sin embargo, aceptar en principio los vaticinios de los biólogos y pensar en un alargamiento de la existencia que se trataría de conseguir en términos aceptables para la autosatisfacción y no en un modelo consuntivo como el que refleja el relato de Borges sobre los inmortales. El animal más viejo conocido y homologado por la ciencia es, hasta ahora, al parecer, una humilde almeja descubierta en Islandia por personal de la universidad galesa de Banger y que tendría 400 años encima, pero nada más dudoso, a estas alturas, que los cuasimilenios de Adán, Matusalem y Enoc.

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El biólogo Ginés Morata, premio ‘Príncipe de Asturias’, nos confesó, en una de las Charlas onubenses de El Mundo, su aprensión ante la perspectiva de una longevidad excesiva que arrastraría inevitablemente a los actuales sistemas de prevención y seguridad social, un argumento en el que no está solo, sino que comparten muchos sociólogos que se han asomado temerosos al laboratorio, inquietos ante sus progresos. No es, sin embargo, a mi entender, ese riesgo económico –que podría ser conjurado por cualquier hallazgo providencial—la mayor objeción que puede levantarse frente al objetivo científico de prolongar la vida, sino el hecho de que una vida sin límite o con límites tan alejados, daría paso a otra distinta por completo en su dimensión psíquica, en su problemática organizativa y en su propia visión moral. La vida que conocemos –la única real—implica la muerte como la de todas las especies existentes, y por esa razón las civilizaciones han contado con ella como con algo efímero y no como un fenómeno sempiterno que, sencillamente, “deshumanizaría” la que hoy conocemos para dar paso a una utopía de inconcebible resolución. No sería propiamente ‘humano’ un ser de quinientos años, o al menos, no lo sería en los términos en que hoy concebimos la humanidad –razón por la cual esos buscadores de supervivencia se dan a sí mismos el nombre de “transhumanistas”—aparte de que rompería la unidad y la lógica de lo viviente, como diría François Jacob. Borges describió una odisea maléfica en torno a unos inmortales que degeneraban sin fin conservando un hálito de vida. Hoy se promete una inmortalidad eventual compatible con la conservación de las facultades físicas y mentales. No creo que pueda imaginarse una fábula más consoladora y al mismo tiempo más destructiva.

A cencerros

El presidente Chaves se ha reunido en secreto con su homólogo catalán José Montilla –que es, al parecer, el que manda– para tratar de resolver el “sudoku” de la financiación autonómica a base de ponerse de acuerdo al margen de las demás comunidades. Ni sabía nada el Parlamento autónomo, nada los partidos de la Oposición: sólo el pretorio de Chaves, auténtico sanedrín cada día más autocrático y suelto de manos. ¿Para qué sirve el Congreso, para qué sirve el Parlamento de Andalucía, para qué sirve cualquier instancia que no sea ese sanedrín o la real gana de Chaves, supeditada, claro está, a lo que disponga Madrid oída Barcelona? Es posible que nos e hayan dado cuenta pero está arruinando un régimen como el autonómico, en el que no creían ni ellos, ahora que, al fin, parecía que iba a cuajar.