Guerras de Cajas

Guerra de Cajas en Madrid, zafarrancho pepero por controlar la pasta de la región, pelea a cara de perro por hacerse con el instrumento que de verdad sostiene al Poder. Guerra de Cajas sociata en Andalucía, donde Chaves no se conforma ya con controlar absolutamente esas entidades de una en una sino que sueña con controlarlas a todas pulsando un único botón. Mientras no se libere a las Cajas de la férula de los partidos, la democracia cojeará sensiblemente en este país donde a cualquiera se le embarga a las primeras de cambio mientras a los partidos se les condonan sus préstamos (¡incluyendo al propio Chaves!) y si te vi no me acuerdo. La pelea por las Cajas revela lo peor de la ambición política al tiempo que pone de relieve que todos están interesados en mantener la situación.

Cinismo político

La portavoz municipal del PSOE onubense llama al alcalde Pedro Rodríguez el “alcalde del paro” y funda su bobada en el despido de  quince jardineros de una empresa auxiliar. Supongo que con más razón llamará a Chaves “el presidente del paro” por mantener Andalucía a la cola del empleo, y ZP el azote del país por haberlo metido en esta crisis devoradora, pero seguro que no lo hace. ¿Culpar a un alcalde del paro? Hay que ver la facilidad con que se ganan el sueldo y la visa oro estos personajes sobrevenidos que, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se limitan a lanzar trallazos al rival para congraciarse con la dirigencia. ¿Y en la provincia, quién tiene la culpa del paro galopante en la provincia, también Rodríguez? A Tobar le queda mucho que aprender antes de fracasar como sus antecesores. Sería mucho más digno para ella recorrer esa vía dolorosa con dignidad y decoro.

Los huevos de oro

Cuando pasen las rebajas y haya perspectiva para mirar atrás y hacer un balance adecuado, es posible que comprobemos que la crisis económica es más extensa y profunda de lo que se dice. No porque los consumidores –esas víctimas propiciatorias—gasten más o menos empujados por el sentimiento de ahorro, sino porque la actitud del propio comercio revela una inquietud por no matar a ese consumidor, la gallina de los huevos de oro, que deja poco espacio para la duda. Para empezar el pequeño comercio ha logrado que se le permita saltarse la ley de Rebajas para abrir en los días anteriores a Reyes y una difundida leyenda habla de que en ese terreno se librará una batalla de precios que algunos consideran suicida. Pero no es sólo en España donde va a notarse la crisis. En Inglaterra, al margen de la caída de la libra, se habla de fenomenales ofertas en las supertiendas y marcas principales, algunas de las cuales, sobre todo en Londres, se propone rebajar el 90 por ciento, lo que no deja de ser una decisión que habla por sí sola. En Nueva York se anuncian caídas de precios de un 70 por ciento y, de hecho, uno de esos ‘supers’ londinenses, ha vendido ya, por anticipado, un millón de libras en un solo día, a pesar de que la previsión indica que, barato y todo, las ventas se reducirán este año lo mismo en esos países que en el nuestro, en Italia o en Francia. Es probable que el comercio oculte su auténtica intención hasta el último momento y proceda a aumentar las rebajas a medida que pase el tiempo y los balances no sean optimistas, pero todo indica que van a batirse récords desconocidos empujados por el miedo a los stocks. La crisis plantea, en todo caso, una interesante partida de ajedrez para la que ningún gambito parece seguro este año de apreturas y turbulencias.

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Lo que las rebajas revelan es el enorme margen del comercio, la artificialidad con que la oferta consigue plantarle delante a la demanda una muleta a la que ésta ha venido entrando desde tiempos inmemoriales, es decir, ese hecho notable que es la opacidad de un mercado en el que las plusvalías son tan abusivas que puede permitirse el lujo de rebajar los precios hasta esos niveles en apariencia ruinosos. Estamos en crisis, claro, y no se puede matar la gallina de los huevos de oro que son los clientes que, por muy compulsivos que sean, habrán de sucumbir a la exigencia incontestable de la situación. Hay quien dice, como es sabido, que el truco está en comprar “de rebaja” para vender luego “de rebaja”, pero ni esa maliciosa hipótesis bastaría para explicar cómo puede rebajarse una oferta hasta un 70 o 90 por ciento si no es porque de antemano ése fuera el margen de beneficio previsto y real. Otra cosa es que las rebajas se hayan convertido en parte de la liturgia anual y cuente con un parroquia segura impulsada por esa fe que ya sabemos que mueve montañas, hasta el punto de que, como le he oído alguna vez a un reputado economista, es probable que ni el negocio podría ya concebirse normalmente sin ellas, ni el consumo tendría fácil prescindir de su seductor señuelo. Sin contar con que la estrategia de gobierno cuenta ya con que las rebajas contribuyen en términos importantes al descenso del índice de precios (IPC) con las correspondientes consecuencias sobre el control de la inflación, una esperanza que comparten –dentro de este esquema progresivamente verticalista que vivimos—lo mismo empresarios que sindicatos. Habrá que ver en el “éxito” de estas ‘super rebajas’ un claro indicador de la profundidad de la crisis, más allá de que lo vendido rebaje el beneficio de unos y suponga para otros muchos poco más que un rito cumplido en tiempo y forma. Al final, la crisis va a servir de lupa que permitirá acercarnos cumplidamente el mecanismo siempre oculto que activa el comercio. En cualquier caso, las pérdidas siempre serán asumibles y la parroquia permanecerá fiel a ese culto bianual.

El dedo omnímodo

Tras el absurdo escándalo que supuso los dos solitarios aprobados en las oposiciones a Administradores Generales, estalla ahora en Córdoba el presunto golpe de mano ocurrido en la Diputación cuando una plaza sacada a concurso-oposición no la ganó la opositora que “debía” ganarla, provocando la arbitraria suspensión ‘sine die’ de la prueba en perjuicio de la ganadora real. Los abusos de la Junta en la recluta de personal están comprometiendo su propio funcionamiento pero, además, conspiran contra el buen nombre de los tribunales que intervienen en las pruebas, los cuales han de someterse a sus dictados o terminar como el rosario de la aurora. Suspender un proceso de selección porque no salió adelante la “favorita” constituye ese “más difícil todavía” que la Junta supera una y otra vez.

Protestan pero no hacen

Ayer SE daba cuenta aquí de la realidad de los embustes políticos del Gobierno y su partido por lo que se refiere a la provincia de Huelva. Y se decía que sólo dos de los 30 proyectos que, en tiempos del Gobierno del PP reclamaba como regentes si no imprescindibles, sobreviven ya el los Presupuestos del Estado. De los demás –AVE, estación, desdoble N-435, aeropuerto, Ciudad de la Justicia, remodelación de las líneas férreas y demás–, ni palabra. Todo olvidado cuando no postergado. No es lo mismo exigirle al Gobierno rival que atarse los machos y ponerse a trabajar con el propio. Huelva, además, no es objetivo prioritario del PSOE que sabe atado y bien atado el feudo de muchos pueblos y prácticamente inaccesible el de la capital. Se invierte allí donde el voto peligra. Donde está razonablemente seguro y atado, a ver para qué.

Tierra Santa

Una enorme multitud se manifiesta en Belén contra la que, en cualquier caso, ha de calificarse de exagerada respuesta de Israel a la provocación palestina. Como en tantos lugares del mundo, la imagen de la catástrofe –cientos de cadáveres destrozados en medio de la calle, edificios arrasados, fuego por doquier, resulta demasiado fuerte para justificar incluso una provocación constante e insidiosa como el lanzamiento de misiles organizado por Hamas desde hace demasiado tiempo. No parece que haya un término medio, una solución razonablemente equilibrada que reconozca las razones de ambas partes y trate de hallar una salida a la terrible tensión latente, al contrario, todo indica en que casi nadie tiene verdadero interés en hallar esa fórmula discreta para desactivar el complejo dispositivo de odios que desgarra a la región desde hace tanto. De nada han servido la exigencia de la ONU de un alto el fuego, ni las vehementes peticiones de gobiernos amigos (en algunos casos de ambos bandos) para que cese el fuego y, una vez más, se inicie la tantálica tarea de encauzar un diálogo sereno. Parece imposible, al margen de que haya que renunciar –al menos por mi modesta parte- a mantener el juego sin sentido de la atribución de culpabilidades, es decir, a forzar siquiera una solución dialéctica en favor de una de las dos partes, la que tira misiles sin cesar con el propósito de hacer imposible la paz, y la que cuando responde a la agresión lo hace con una violencia realmente feroz. Cientos de muertos en las calles constituyen una imagen terrible, no puede negarse, pero la perspectiva de vivir bajo el fuego graneado que desde enfrente lanzan los provocadores, también. Es probable que ese conflicto, creado en su día por las potencias occidentales, sólo a ellas corresponda afrontarlo en última instancia, porque lo que no parece cuestionables es que ningún diálogo es posible establecer, a estas alturas, sobre tanta sangre y tanto dolor. Tierra Santa es hoy un campo de batalla, un laberinto de guerrillas, un nudo de víboras. A ver quién lo desata.

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Es asombrosa la indiferencia relativa de Occidente frente a ese conflicto atroz., en especial si se recuerda ese argumento tan incómodo de que de algunas de sus potencias y del visto bueno de casi todas surgió esta guerra sin tiempo. Las televisiones han difundido por todo el mundo la imagen del horror, primeros planos de gente desesperada que se aferra a los parientes muertos, perspectivas dantescas de la ciudad destruida y las víctimas sin posible socorro. Pero esa imagen, repetida mil veces, carece ya de la capacidad imprescindible para conmover los espíritus ya que no es más que una noticia que se desvanecerá en la pantalla en unos pocos días, como las masacres africanas o los atentados terroristas. Ya incluso se adelanta que Obama –partidario declarado de la unidad territorial de Jerusalem—sea en su día un interlocutor válido, segándole la hierba bajo los pies a la penúltima esperanza. Hoy me quedo con el espectro de esa muchedumbre manifestándose junto a la cueva de Belén, con esos gestos de desesperación, esos cuerpos ensangrentados y esa cínica retaguardia que celebra la ceremonia del beso colectivo en Time Square o en la plaza de San Marcos, como si un infierno tan cercano, después de todo, le fuera ajeno. ¿Es posible que la contumacia de algunos fanáticos imponga a pueblos enteros sufrir esas consecuencias terribles de su encono? Al Fatah contra Hamas, ambas contra Israel, los países árabes cubriendo el expediente (hay dólares para todos) y el integrismo beligerante, que está a la que cae, reclamando desde las madrasas de las mezquitas la guerra santa, la ‘yihad’ exterminadora de los no creyentes. “Ojo por ojo, mano por mano, pie por pie”. No parece que hayan cambiado mucho las cosas desde el Deuteronomio. Esta guerra mundial disfrazada de pelea de tribus sólo podrá ser atajada por los grandes de este mundo.