Todos en la isla

Todos en la isla
En la tele he escuchado a una famosilla del cotilleo reconocerle a Quintero que entre bregar en serio y buscarse la vida en una isla de celebridades por el estilo a ella prefería, con mucho, esto último. Natural. Ella misma reconocía, muy gráficamente, que resulta mucho más llevadero “barrer la arena o buscarse un pescado para comer” (sic) que andar amarrada a un trabajo aunque ese trabajo fuera tan liviano como actuar en un despellejadero de la tele-realidad. Sinceridad ante todo. Pero con la misma fecha, miren por donde, va y sale a los medios en París Phillipe Bartherotte, un periodista encargado de ‘cubrir’ una de esas odiseas hertzianas –concretamente, el “Pekín-Express” emitido con gran éxito por la cadena francesa M6– para proclamar que esa heroica aventura (atravesar la Pampa a pie o en autostop y con un dólar diario), que mantiene en vilo a muchos miles de espectadores, no es más que un programa  filfa, en el que la productora contrata a los campesinos dispersos para que hagan de extras generosos y acogedores e incluso alquila un coche con conductor –¡uno solo!– que acaba apareciendo en el momento cumbre, cuando ya las parejas de senderistas no pueden con su alma y el polvo del camino amenaza engullirlas sin remisión. “Es hermosa la idea: la amistad de los pueblos –dice el reportero rebelado–, lo malo es que todo sea un  truco”, es decir, un engaño masivo incompatible con la más laxa “deontología de la tele-realidad” que quepa imaginar. Supongo que en los “reality” españoles con islas de famosos no actúan observadores capaces de una revelación semejante pero no soy capaz de calibrar la tragedia sentimental que supondría para muchas criaturas de este país ‘sectarizado’ a tope enterarse de que las duquitas negras de Raquel Bollo o Karmele Merchante no son, en realidad, más que una ficción. No quiero ni pensarlo, de verdad.
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La vida acaba enseñándonos que eso que entendemos por ‘realidad’ contiene tan altas dosis de subjetivismo que, la verdad, poca importancia tiene que la robinsoniana odisea de unos desocupados en una isla desierta sea verdadera o constituya un acontecimiento imaginario. Ahí tienen el descubrimiento reciente de la auténtica historia de Misha Defonseca, la niña judía que huyó del holocausto protegida por una manada de lobos, que resulta que ni era judía ni había visto lobos más que en el zoo, ni recorrió jamás aquellos terribles tres mil kilómetros a pie sin separarse de la manada, que convirtieron su aventura en un ‘bestseller’, sino que todo era el simple producto de su imaginación, la reacción sublimatoria de una niña, efectivamente arruinada por la guerra, que mantiene, ya septuagenaria, que esa historia inventada es la suya en la medida en que “aunque no sea ‘la’ realidad, ha sido ‘mi’ realidad, mi manera de sobrevivir”. No es tan largo, al fin y al cabo, el trecho  que separa aquel artículo determinado de este adjetivo posesivo, y menos dentro de la olla a presión que, sin duda, debe de haber sido la atormentada conciencia de la impostora que no creía serlo, por la sencilla razón de que, como postula cierta psicología práctica de resonancias platónicas, no resulta fácil deslindar entre lo establecido por la razón y la conjetura imaginaria. Kant nos dejó dicho que la “imaginación productiva” no saca su producto de la Nada sino que trabaja siempre con “material dado” mientras que Sartre la relaciona con la que él llama “conciencia realizante”, de manera que ya saben. A mí, la historia de esa niña perpetua, atraillada a su consoladora pesadilla –valga el oxímoron– me resulta entrañable, además de una soberbia lección de teoría del conocimiento. A ver quién no ha entrevisto lobos en la oscuridad o quién no se ha visto alguna vez náufrago feliz bajo el cocotero. Si llegara a descubrirse que nuestros supervivientes son una fila, no seré yo quien les arroje la primera piedra.

Universidad controlada

Universidad controlada 

La Universidad de Sevilla ha suspendido un acto electoral previsto en la campaña de Rosa Díez por temor, según un decano, a que pudieran producirse altercados. He visto pocos cuentos tan mal trabados, pocas excusas tan innobles, teniendo en cuenta que en esa universidad se fueron prácticamente de rositas y fueron tratados con guante de seda, unos bárbaros que asaltaron el Rectorado, destrozaron bienes históricos y se constituyeron en asamblea por las bravas tras echar a la calle a los claustrales. Se boicotea a Rosa Díez, evidentemente, porque esta universidad está en manos de la Junta de Andalucía y gobernada por su partido, así de sencillo. Pero ninguna universidad puede salir indemne de una decisión partidaria como ésta sino gravemente afectada en su prestigio. El “régimen” lo controla todo sin necesidad siquiera de intervenir. Para eso están muchos decanos y similares. 

Freno al optimismo

Mucho hablar de inversiones millonarias y nos enteramos, por el propio Servicio Andaluz de Empleo, que el paro ha subido en Huelva durante el último año casi un 10 por ciento, lo que sitúa a la provincia entre las de mayor tasa de desempleo de España, con un 16’71 por ciento sobre la población activa, aparte de viajar por debajo de la media andaluza y ser la provincia peninsular con mayor paro femenino. El optimismo de la Junta –secundado por el silencio o los matices de los sindicatos– no van a detener este proceso de deterioro que lleva ya dos años en ascenso constante, y proclamas, como la última de Chaves, en el sentido de que “es precipitado sacar conclusiones” no son más que muletazos para aliñar la faena y entretener al personal. ¿Para que ha servido la transferencia de políticas activas de empleo, qué medidas de choque ha adoptado Chaves en estos dos años de lenta pero imparable caída del empleo? Cualquier recuperación pasa indefectiblemente por frenar ese optimismo en el que, en última instancia, no creen ni ellos.

El show electoral

Un periodista italiano de ‘Il Foglio’, Giuliano Ferrari, ha irrumpido en público amordazado para protestar por la creciente apropiación del debate público por los propios protagonistas, esto es, por la evidente conversión en puro “realitiy show” televisivo de unas comparecencias electorales en las que la información ha sido sustituida sin remedio por la propaganda. Se refiere Ferrari a los debates italianos, esos montajes tan manipulados en los que, para que se hagan una idea, rigen pactos de corrección política tan extravagantes como el compromiso de no referirse a la Mafia en ningún caso y menos, claro está, a sus posibles y visibles relaciones con la política institucional y de partido. La organización pactada de choques entre candidatos, en la que los asesores han logrado desplazar sin remedio a los profesionales de la información, ha reducido esos enfrentamientos a meros espectáculos más dirigidos a la perceptiva primaria que a la inteligencia crítica, toda vez que los propios espectadores, ajenos en su mayoría a los resortes técnicos o pseudotécnicos de la retórica contendiente, suelen estar menos interesados en ‘lo que’ dicen los actores que en ‘cómo’ lo dicen. A Zapatero lo traiciona el subconsciente cuando anuncia su propósito de ganar “con una amplia sonrisa” mientras que hay que ser lerdo en extremo para  no advertir que a Rajoy lo encorseta el miedo a confirmar el estereotipo del político agresivo y crispador con que la hábil estrategia adversaria ha logrado maniatar la campaña de su partido. Poca gente habrá entendido la mayoría de las abrumadoras referencias macroeconómicas de ambos contendientes, por ejemplo, a cambio de lo cual se ha hablado y mucho de sus trajes y corbatas, y hasta de cierto inoportuno salivazo que la cámara indiscreta habría captado al primero. Claro que mucho peor es la constante acusación de mentir cruzada entre ambos que relativiza sin remedio el eventual juicio del espectador y, lo que es peor, acepta si es que no institucionaliza la mentira en el contexto dialéctico. ¿Qué se puede esperar de un debate en el que el presidente en funciones llama diez veces mentiroso a su rival mientras éste se lo llama a él veintisiete?
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Lo que reivindica la mordaza de Ferrari es el regreso a un debate abierto y controlado neutralmente, en el que los candidatos no se ciñan a los cuestionarios domésticos sino que se enfrenten a las imprevisibles preguntas de profesionales cualificados y de demostrada imparcialidad. ¡Tiene gracia que estos amañadores, capaces de cualquier trucaje o trampa, aleguen que no es posible encontrar en España un par de periodistas de confianza probada, tal como se encuentran en USA o en Francia! Pues bien, mientras los debates se pacten en las covachuelas y versen sobre repertorios de asesoría no tendrán otro valor que el de animar el cotarro reduciendo la democracia profunda a una caricatura y a un sucedáneo de sí misma, a un sistema de formación de la voluntad colectiva basado en la valoración superficial de los aspirantes y no en sus auténticos saberes y valores. Hay por ahí una broma que dice que ZP aprendió la economía que sabe en un par de tardes. ¿Y qué más da, si acude seguro de que ni el otro ni él, por supuesto, habrán de salirse del guión? Hay que sustituir a esos “liniers” inermes que hacen como que controlan lo que evidentemente no está en sus manos controlar, por auténticos “árbitros” con capacidad, no sólo para garantizar las reglas, sino para preguntar y repreguntar a su vez, para pedir llegado el caso la prueba que se insinúa sin llegar a mostrarse, para procurar que, en caso de doble imputación de mentira, se aclare, en lo posible, el entuerto o quede en evidencia el mentiroso. En USA lo hacen así y no pasa nada. Aquí, en esta democracia facial y demoscópica, si en algo están de acuerdo todos es en que la propaganda es siempre menos peligrosa que la información.

Verdad y mentira

Si algo demoledor está aportando esta abrupta campaña a la realidad política es la indignante quiebra de la credibilidad de los candidatos a juzgar por las acusaciones que entre ellos mismos se cruzan. Zapatero llamó el lunes 10 veces mentiroso a Rajoy y éste le devolvió el cumplido en 27 ocasiones. Chaves también trató de desacreditar a Arenas sin el menor tacto y Arenas usó como idea-fuerza la de que Chaves tiene irremediablemente agotada su credibilidad. Todos se acusan de mentir, con lo cual no solamente cuestionan los proyectos sino que desacreditan al propio sistema, un sistema que, evidentemente, carece de instrumentos para constatar lo que es verdad o es mentira, incluso cuando haya ocasiones en que las pruebas estén a la vista, como los incumplimientos de los compromisos electorales o la propia experiencia de los ciudadanos. Es ya un tópico la imagen del político embaucador. La democracia, a este paso, será más pronto que tarde una farsa completa. 

El enigma del AVE

Debería aclararse (por ambas partes, PP y PSOE) cual es la verdad sobre el proyecto de AVE onubense. ¿Será un “tren de altas prestaciones”, como ha asegurado el alcalde en un mitin, y en ese caso, qué coños quiere decir eso? ¿O será un  AVE con todas las de la ley como han comprometido el mismo día el consejero Griñán y el secretario Barrero? No debe de ser tan difícil explicar eso documentadamente, con papeles firmados por delante y no sólo de boquilla, sobre todo en un momento como el presente en el que llamar embustero o mentiroso a al adversario se ha convertido en una desconcertante rutina. Si el PP sabe de lo que habla debe aportar las pruebas, y si lo cierto es lo que compromete el PSOE, lo mismo. Ya está bien de cuentos y de largas, como para que ahora nos caiga encima el chaparrón de acusaciones mutuas.