El ojo de la aguja

La revista Forbes acaba de revelar el ránking de las grandes fortunas del mundo correspondiente al año en curso. Bill Gates ha perdido, al parecer, su corona al ser superado sus 58.000 millones de dólares por los 62.000 que posee Warren Buffet, pero hay que hacer notar que estos cambios en la cabeza  de la clasificación anual son cualquier cosa menos definitivos, pues en varias ocasiones anteriores habíamos visto ya morder el polvo al magnate de la informática superado por otros tiburones. El propio Carlos Slim –para quien trabaja, al parecer, el ex-presidente González– aparece esta vez en el tercer puesto habiendo estado en el primero, lo que sugiere que el orden de la opulencia debe de regirse por alguna imprevisible aleatoriedad inseparable del tráfago financiero. Va habiendo ya tantos ricos en el planeta que el criterio de considerar tal al poseedor de más de un millón de dólares (excluidos los bienes de uso) se ha abandonado para sustituirlo por otro que sólo considera ricos a quienes acumulan fortunas por encima de los mil millones, un tipo, digamos, intermedio entre la gran fortuna y el ‘buen pasar’, del que los contables han registrado ya unos mil casos, incluidos los 179 consagrados durante el 2007. Parece ser que la vanguardia millonaria la constituyen ya unos 1.200 afortunados entre los cuales reúnen 4’4 billones de dólares, aunque cualquiera puede imaginar, habido cuenta del agujero abierto en los paraísos fiscales por la ingeniería financiera, que esa cifra conocida ha de ser sensiblemente inferior a la real, en especial tras la incorporación fulminante del negocio indio y chino al ámbito occidental y sin despreciar el impacto del ‘milagro ruso’. Nuestros ricos –de Amancio Ortega a Florentino Pérez pasando por Del Pino o las Koplowitz– andan por el momento no poco alejados de ese exclusivo club que los supera multiplicados por diez. El agresivo capitalismo hispano sigue siendo a escala mundial, a pesar de todo, un mero segundón.
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Es probable que la evolución del tráfico económico, contando con el efecto de la globalización, haya dinamitado la estimativa económica inmemorial para sustituirla por una nueva dotada de un mecanismo de valoración, hasta ahora desconocido, con capacidad para manejar adecuadamente los proyectos de una ambición inédita cuya unidad de cuenta serían los miles de millones y no ya los millones a secas. Y claro que este exponencial ascenso de la riqueza ahonda la brecha entre pobres y ricos de manera inevitable, como evidencian los ejemplos de los dos gigantes asiáticos antes aludidos pero también, por qué no, el creciente diferencial que, a pesar de la propaganda oficialista, registran sociedades como la española. El mismo hecho de que la opinión comience a contemplar ese panorama privilegiado con creciente conformidad demuestra que no sólo ha evolucionado el negocio en sí mismo sino la axiología desde la que venía siendo contemplado, todo hay que decirlo, con bastante pesimismo cuando  no hostilidad. La cultura postmoderna ha superado el ancestral criterio pesimista que veía en la riqueza –y no sólo en el ámbito cristiano– una realidad cuestionable o, simplemente, un obstáculo para la felicidad. Es estupenda la antología de reproches acumulados por los grandes espíritus romanos (Cicerón, Horacio, Juvenal, Plauto, Suetonio…) entre los que un millonario como Séneca destaca predicando la renuncia sobre la ambición. Y otro tanto, por supuesto, encontramos en las edades siguientes hasta desembocar en la nuestra en una condena directa. “La propiedad es un robo” se ha llegado a decir aquí. Hoy esa idea subyace probablemente en la estimativa a la hora de mirar hacia el gran capitalismo pero nadie osaría repetirla sin atarse los machos. Si ahora preocupa la caída de Hill Gates es porque el dinero ha conseguido vender esa aventura desmesurada como si se tratara simplemente de una gran competición.

Árbitros inútiles

Resulta realmente una broma la decisión de Canal Sur de recurrir la cuarta sanción que le endosa la Junta Electoral Andaluza, en esta ocasión por negarse a difundir una nota de rectificación de Ana Mato sobre unas declaraciones propias sobradamente utilizadas en la discusión electoralista por parte de Chaves y su partido. Es más, lo que parece evidente es que la función de esos órganos judiciales no garantizan ni lo más mínimo la buena marcha del proceso electoral, dado que los sancionados (Canal Sur hoy como la Junta tantas veces) se pasan por el arco esos recados e, incluso, las sanciones que pueden llegar, como han llegado alguna vez, con años de retraso. En Andalucía, al menos, la Junta pinta más bien poco, casi nada, y los partidos lo saben, en especial el que manda. La pregunta obligada, en consecuencia, es para qué sirven, de hecho, estos organismos inermes. 

El espontáneo y el jefe

Hace muchos años, en Sevilla, Reales Alcáceres. Una voz grita durante el discurso de Franco: “¡Franco, haz la revolución!”. Y Franco contesta sin variar el tono, como automático: “¡Ya la estamos haciendo, hace veinte años que la estamos haciendo…!”. Antier en Huelva, una voz mitinera le pide a Chaves que hable de la niña de Rajoy, y Chaves contesta que el drama de Rajoy es que esa niña, de mayor, votará al PSOE. Hummm. ¡Demasiada velocidad para Chaves! Ese lance tiene toda la pinta del viejo recurso que le pone en bandeja al jefe lo que el jefe sabe de antemano que le van a poner, el balón muerto para que lo remate a puerta vacía. Como ocurría en el régimen de Franco, dicho sea sin ánimo de comparar. Como diría González, uno se limita a “constatar”… 

La soledad mimada

Pocos fenómenos ilustran tanto la soledad de la gente como el auge de esa rara industria que crece opulenta alrededor de los animales de compañía. Se lleva uno la sorpresa de saber que –en este país donde malvive un tres por ciento de la población en situación de “pobreza severa” y un veinte inmerso en la “pobreza moderada”–  se celebra nada menos que una Feria para el Profesional del Animal de Compañía, rara industria que mueve en España 700 millones de euros al año. Tal vez no disponemos todavía aquí del sofisticado montaje americano ni es apenas concebible entre nosotros una idiota como Paris Milton afirmando que para ella su perro no significaría menos que una hija, pero todo se andará. Ayer mismo leí estupefacto en el suplemento sobre Ifema que ofrecía este periódico que en los EEUU ese gasto alcanza ya los 41.000 millones de dólares anuales necesarios para sufragar desde los cuidados higiénicos elementales de las “mascotas” hasta firmas de ropa (¡) canina, hoteles con ‘spa’ que ofrecen a los animales pedicura y mascarillas de belleza, pólizas sanitarias, cirugía estética, dietas de adelgazamiento y, finalmente, lujosas funerarias. Eso sí, disponemos ya, por ejemplo, de peluquerías caninas en alguna de las cuales se afirma que se da a los animales “un trato muy ‘personalizado’ ”, aparte de tratamientos que incluyen varios champús, acondicionadores específicos y costosos tintes, aparte de la laca final, así como “consultas etológicas” planteadas como escuelas de vida tanto para los protegidos como para los dueños. Prestigiosas firmas ofrecen encargarse de la nutrición de perros y gatos desde la “infancia”, de manera que pueda garantizarse un desarrollo adecuado y armónico, evitando trastornos del peso o problemas de movilidad a base de controlar con escrúpulo los escogidos nutrientes y calibrar sus contenidos. Ni por asomo hubieran podido soñar ‘Scipion’ y ‘Berganza’ que alguna vez su especie dispondría de toallitas de triple acción, soluciones para la limpieza de oídos, antiparasitarios externos e internos, y menos que un día hubieran de compartir ese reino doméstico con gatos, lagartos, hurones, ardillas, serpientes o ranas, iluminados todos ellos por la luz colorista del acuario acondicionado. Recuerdo en este punto el aviso de Aristóteles, convencido en su ‘Política’ de que el hombre solitario es un dios o un  idiota.
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Mucho me temo que si ese sector proyecta organizarse y crecer es porque ha detectado una tendencia creciente en esa rama del consumo tan estrechamente ligada a la soledad. El animalismo, incluso reducido a esta experiencia limitada de la compañía animal, no se debe tanto, posiblemente, a la inclinación por la Madre Naturaleza o al deseo de contactar con ella, sino a la urgente pulsión de casi todo solitario a llenar el hueco abierto por el retiro a su alrededor, que Valéry explicaba argumentando que, en realidad, bajo todo solitario, detrás de todo aislamiento libremente elegido, hay siempre un ‘culpable’, y en consecuencia, una cierta necesidad de compensación. El sujeto humano resiste malamente la ausencia del Otro, incluso cuando la provoca él mismo, y peor aún, por supuesto, si esa ausencia se debe a factores ajenos que no está en su mano controlar. Por eso en el modelo de vida urbano la ‘domesticación” (o ‘domiciliación’, que es lo mismo en origen) del animal se ‘humaniza’, se ‘personaliza’ sublimatoriamente con una ofuscación que expresa eso que los existencialistas llamaban “le besoin d’alterité”, la necesidad de la compaña ajena. El “zoon politikón”, el animal social del clásico, puede concebir la soledad como un lujo pero suele ser incapaz de soportarla y ahí está el Otro animal –perro o gato, sapo o culebra, pez mudo o pájaro canoro– para sublimarla aunque sea en términos delirantes. “Cuanto más conozco a la gente más aprecio a mi perro”, dicen que decía Diógenes el Can. No hay que olvidar que lo decía solo en su tonel.

Desacato al TSJA

La sugerencia de que el TSJA ha dictado sentencia contra los intereses del Gobierno y de la Junta al pronunciarse, en plana campaña, a favor del derecho de los padres a ejercer la objeción frente a la “Educación para la Ciudadanía” constituye un auténtico desacato a ese órgano superior de la Justicia regional que con el nuevo Estatuto tanto dependerá de la voluntad de la Junta. Es una barbaridad escuchar a Presidente la sugerencia de que hay jueces parciales pero lo llamativo es que la explicable y saludable reacción de esos jueces desacatados haya partido de un miembro de la Sala sentenciadora y no de la propia presidencia del tribunal, cuyas sumisas relaciones con esa Junta son sobradamente conocidas. Chaves ha pasado del socorrido “acato pero no comparto” a sugerir una intencionalidad de esos magistrados difícil de distinguir de la prevaricación. El mutismo del TSJA como órgano autónomo no puede significar más que sometimiento al poder político. 

Más tercermundismo

Lo del hospital Infanta Elena, le hecho de que un hospital moderno no disponga ni de una sola habitación acondicionada para las necesidades de los enfermos discapacitados, resulta sencillamente sangrante. No sólo por el drama diario de ese enfermo incapacitado que reclama aseos adecuados, sino porque lo que hay que preguntarse es cómo es posible que en tantos años como lleva funcionando ese hospital, ni siquiera hubiera trascendido el problema. ¿Cuántos desgraciados habrán padecido en silencio lo que le actual reclamante, cuántas reclamaciones habrán recibido los responsables de esa situación ignominiosa? Que el ‘JRJ’ no pueda librarse de su endémica ‘legionella’ por su impropia cañería o que el ‘Infante Elena’ no esté preparado para pacientes sin movilidad resulta difícil de creer e imposible de justificar. Por el silencio de los propios sanitarios, por la pasividad gregaria de los pacientes, por el trescarajismo del SAS, Huelva sigue teniendo sus islas tercermundista en los lugares más delicados.