Belmonte

En Francia, en París, muere un hombre en un hospital aguardando durante horas una plaza y hasta Sarkozy debe salir a la palestra para mediar en el debate. Aquí se nos muere alguien (hay casos recientes) sentado en una silla de espera y no merece sino un ambiguo desmentido de la consejería y, acaso, pasados los años, una indemnización obligada por la Justicia. ¿Se figuran ustedes a ZP terciando en el debate sobre la muerte de un paisano en uno de nuestros hospitales? Cuesta trabajo, hay que reconocerlo, desde el momento que ya es inimaginable que un endiosas ochaves descienda a ese nivel de exigencia cívica y se implique personalmente en unos problemas que no son fortuitos sino consecuencias de graves y tercas cicaterías.

Vecindad y política

Nada escapa al modelo maniqueo, al dualismo maldito que enfrenta a unos con otros, en definitiva a buenos y malos, según desde donde se mire. Dos grandes partidos, dos grandes sindicatos y ahora también dos grandes asociaciones de vecinos para partir por gala en dos alñ vecindarioi de Huelva y continuar en la lucha cñívica el pulso pollítico, unos al lado del PSOE, otros al lado del PP, irreconciliables, teledirigidos, subvencionados. En los viejos tiempos el movimiento vecinal luchaba unido contra la dictadura. No se entiende por qué en libertad ha de luchar entre sí, contra sí mismo, como doble correa de transmisión de los partidos, que son los que hacen el gasto. ¿Los ciudadanos y sus problemas? Eso es lo de menos o, siquiera no es lo de más, mientras dure esta situación cada día más enconada.

El honor inútil

Bertrand de La Villehuchet, hermano del hasta ahora único suicida del “affaire Madoff”, ha opinado en una revista francesa del “grand monde” que su hermano Thierry se habría suicidado “por honor” ante la ruina provocada por su mediación a sus allegados más próximos. No ha habido esta vez, como hubo en el año 29, la epidemia de suicidios entre los financieros, los racimos de arruinados cayendo a plomo desde los altos ventanales de Wall Strett para fascinación de curiosos y desengaño de ilusos. Uno solo –un descendente de piratas, por cierto–, este Thierry de La Villehuchet se ha sentado en su sillón ergonómico, se ha ‘colgado’ con sedantes para abrirse luego cuidadosamente las venas con un cúter pero no sin antes colocar a cada lado una cuidadosa palangana, como un último gesto dandy o un simple homenaje a la pulcritud. Dice el hermano que el difunto conservaba los códigos éticos de las viejas generaciones (¡de piratas!), entre ellos el del honor, en lo que cree ver una grandeza probablemente ilusoria si se tienen en cuenta las circunstancias, pero no hay que ser un lince pare ver en estas trágicas resoluciones la respuesta a esquemas psíquicos mucho más elementales, que poco tienen que ver ya con el anacrónico culto que, en el XIX especialmente, fue una de las herencias que la burguesía recibió del espíritu aristocrático. No ha habido suicidios, ya digo, ni siquiera protestas, apenas una que otra voz anunciando acciones legales que cualquiera puede imaginar inútiles. De racimos cayendo desde los rascacielos, nada de nada. Un solo y distinguido suicida, tocado de cierto punto estético, para ilustrar la página negra de esta legendaria estafa por una vez perpetrada contra los ricos exclusivamente. Shakespeare tenía ya claro en su tiempo ya remoto (primera parte del ‘Henrique IV’) que el honor, esa pasión por la que se consume y hasta muere tanta gente de toda clase y condición, no es, en definitiva, más que una palabra.

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Hay que admitir que siempre existió una concepción penitencial y, en cierto modo, moralmente reparadora, del honor, de la que podría ser ejemplo la trágica noción francesa de ese honor como deber en que insiste, por ejemplo, un Corneille tantas veces y, en especial, a propósito de nuestro Cid Campeador. Pero el honor, como virtud absorbente, primordial, del tipo y modelo de nuestros hidalgos, herederos de la estética medieval y barroca, ha evolucionado mucho con el tiempo hasta reconvertirse en nuestras sociedades industriales postmodernas, en el mejor de los casos, en una suerte de probidad sin más. ¿Quién suscribiría hoy, pongo por caso, la extraordinaria afirmación de Montesquieu de que el honor debe ser el objetivo de las leyes puesto que es el fundamento del gobierno? ¡Vamos, hombre! ¿Quién hablaría en estos tiempos, como Vigny, el muy ingenuo, de una “religión del honor”. Pues nadie, a ver. Ese solitario suicida de nuestros días es la excepción que confirma la regla, siempre que en esta regla no veamos ya aquellos imperativos categóricos sino la simple expresión estadística de esas reacciones morales que hacen posible tráficos como éste que ha explotado en pleno vuelo. ¡Una estafa para ricos! Nada que ver con las ignominiosas tramas que han desvalijados tantas veces –alguna bien reciente– a los ahorradores modestos, es decir con ese tipo de catástrofes calculadas desde la ventaja, que les presta un inconfundible aire ruin. Thierry de La Villehuchet no es ni siquiera un dandy, a pesar de las palanganas, sino un jugador que huye de la derrota en la timba recurriendo a una estética anacrónica y tal vez menos incómoda para él que afrontar la realidad a pecho descubierto. El honor es cosa bien distinta y me temo que en extinción. La desesperación nada tiene que ver con sus razones ni con los delicados mecanismos que han hecho de él un mito inmemorial.

El dinero español

Sigue el ruido sobre el extravagante “arreglo sin arreglo” improvisado por ZP para contentar a todas las taifas dándoles a cada una más de lo que recibían  (lo cual está por ver) para poder darle a Cataluña lo que le reclama si o sí para sostenerlo en el poder. No en Andalucía, donde reina un silencio sepulcral, roto sólo para aplaudir la mediad de dar más dinero a las autonomías con dos lenguas, ni en las comunidades peperas beneficiadas por el cambalache, pero sí, siquiera ‘sotto voce’, en la que no han sido tendidas en cuenta sometidas bajo la férulas de sus respectivos partidos. Habrá más para lo que más tienen –es decir, menos para los más pobres—y la factura se cargará al déficit que, eso sí, pagarán a escote y partes iguales los unos y los otros. El irreversible (¿) régimen de las autonomías se está jugando la vida en esta feudalización desordenada y chapucera de la economía nacional. Si algún día la tierra tiembla bajo sus pies, habrá que pedirle cuentas a estos régulos inconscientes.

Bolsa cerrada

Habrá que cerrar la bolsa este año de penurias que se anuncia por tierra, mar y aire, peor de momento, hemos despedido al anterior con la crónica del despilfarro de la Diputación Provincial, dedicada a pagar todo lo pagable, incluida comidas que no son suyas y festorros de las asociaciones de vecinos “amigas”. No es posible que suis responsables no se percaten del escándalo que supone evidenciar que la crisis afecta a todo el mundo menos a los políticos, que se autorregulan sueldo y trabajo, además de disponer del dinero público para echarlo a perros donde mejor convenga. La Diputación, en especial, como órgano injustificable ya en un régimen autonómico, tendrá que cerrar la bolsa o asumir una crítica que pocas veces habrá estado tan justificada.

Memoria y novela

Una relevante editorial norteamericana ha decidido suspender la publicación de la novela de un superviviente del campo de concentración de Buchenwald en la que narraba sus amores con una niña que le ayudó a vivir desde el otro lado de la alambrada –“El niño del pijama amarillo”, como ven, hace estragos—y que, reencontrada luego en una romántica cita a ciegas, pudo finalmente ser su mujer. El idilio y odisea de Herman y Roma Rosanblat no sería más que una leyenda bien tramada desde la convicción de que entre la memoria y la realidad los límites son muy precarios y más en circunstancias tan extremadas, un caso similar al ocurrido aquí, en España, hace bien poco, cuando un anciano y presunto ex-presidiario de Mauthausen, Enric Marco, logró convencer de su aventura incluso a los antiguos prisioneros de un campo durante treinta años, a quienes llegó a presidir en su asociación y desarrollar una larga campaña que incluyó desde el Parlamento a las escuelas a pesar de no haber pasado jamás por aquel calvario. La historia de Rosamblat ha sido cuestionada por los expertos y la editorial le ha reclamado el dinero recibido en condición de adelanto, negándose en banda a editar esa historia que no por no ser cierta ha de ser mala. Me pregunto qué ocurriría si algún escudriñador descubriera que la conmovedora historia de Anna Frank no fue sino la invención de una joven imaginativa, pero enseguida me contesto a mí mismo que, al menos para muchos de sus lectores, su odisea seguiría siendo tan estimable y legítima como la historia de Arturo arrancando la espada ‘Excalibur’ de la roca o la del Cid jurando por tres veces en Santa Gadea. Todos conocemos a una patulea de héroes inventados, sin salir de nuestro país, que sostienen haber luchado en imaginarias clandestinidades y es raro que alguien levante su voz para desmentirlos, pero entiendo que, además, el caso de la creación literaria, es distinto al del autobombo y debe gozar de un estatuto más amplio y permisivo. Rosanblat no es un vulgar camelista sino un imaginativo y la prueba es que le iban a sacar su novela por la puerta grande.

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El grueso del cine épico es también, obvio es decirlo, imaginario en enorme medida, y sin embargo, nadie la ha puesto un pero durante décadas de éxito, como pocos se lo pusieron en su tiempo a la novela de caballería o a los relatos de santidad. Y lo mismo debe decirse de la novela, especialmente en una sociedad como la nuestra que ha convertido en un bestseller sin precedentes un engendro falaz como el “Código da Vinci” y el vasto patrañuelo que tras él ha invadido nuestras librerías. Me parece duro el expediente adoptado contra los Rosenblat, francamente, sobre todo si se tiene en cuenta la cantidad ingente de inventores y fantasiosos que pululan por este mundo, y el hecho de que nada se ha dicho sobre la calidad de la novela escrita, que es lo que debería primar por encima del testimonio, y no al revés. Nuestro Enric Marco daba increíbles detalles y describía circunstancias inverosímiles para quien no hubiera estado en el campo, hasta el punto de que, a veces, me he preguntado, si el hombre no llegaría a funcionar desde un desdoblamiento difícil de superar, es decir, en fin de cuentas, desde “su” verdad. La experiencia nos confirma sobre la falibilidad de la memoria y el ancho margen subjetivo con que la imaginación, no necesariamente dolosa, retuerce la realidad propiamente dicha hasta convertirla en otra distinta. Ahora se discute en Francia si el mítico ‘Jean Moulin’, cabeza de la Resistencia, acaso no fue trigo limpio como cree la mayoría de sus compatriotas, pero lo que nadie va a conseguir es borrar la leyenda del héroe del palimpsesto popular, porque si nos ponemos en ese plan no iba a quedar novela histórica en pie. Bajo una encina de Buchenwald se sentaba Goethe con Carlota. Quizá esto tampoco es verdad pero te lo cuentan en cuanto llegas a aquel infierno.