El pleno empleo

Dicen desde la Junta que este no es el momento de dar el campanazo ultrakeynesiano de lograr el pleno empleo. Su portavoz especifica, incluso, que “la crisis económica no lo permite ahora mismo”, como si ese compromiso de Chaves no contara ya dos o tres legislaturas, casi tanto como los compromisos referentes a las habitaciones hospitalarias individuales o al olvidado salario social, entre tantas cosas prometidas.¿Pleno empleo con un millón de parados en lo alto? El problema de la Junta no es que no pueda maniobrar en esta coyuntura sino en prometer absurdamente lo que no podía con el descaro más demagógico. Chaves debería salir ahora a explicarle a los defraudados que él no tenía ni idea de la que se avecinaba, por más que se lo avisaran tantas voces. No iba a servir de mucho, pero como pedir excusas por habernos tomado por tontos durante tantos años.

Sentido común

Se pregunta con razón un lector que nos escribía ayer si de verdad un mastodonte burocrático tan costoso como la Diputación es imprescindible en un Estado autonómico, y alega a favor del no el caso de otras comunidades autónomas, alguna tan relevante como Madrid, que carecen de Diputación porque sus servicios dejaron de ser necesarios al contar con una Administración autónoma. Mucho sentido común hay en su planteamiento, aunque también no poca ingenuidad, dado que no es imaginable la hegemonía del PSOE y su auténtico “régimen” sin ese refugio sin fondo que lo mismo paga propagandas que coloca “arrecogíos” para garantizar la unidad del partido. Ése es un debate pendiente, desde luego, que nunca se producirá porque n unos ni otros –vaya por delante—estarían por la labor.

Los despojos del genio

El cráneo de Descartes está expuesto en el Museo del Hombre de París y allí seguirá en tanto no se resuelvan los problemas jurídicos planteados por la pretensión de recuperarlo del Pritaneo de la Sarthe, donde el genio trabajó durante años, pretensión que apoya, al parecer, el ‘premier’ François Fillon, que es paisano. No se han reclamado que yo sepa el resto de sus despojos, si es que perduran, depositados en la iglesia de Saint Germain-des-Prés, ni es probable que se reclamen, porque lo habitual en estos casos de fetichismo del genio es tratar de hacerse con el cerebro y no con su envase, considerado mera carcasa neurológicamente poco o nada significativa. A Descartes, el pobre, lo han colocado entre el despojo de Cro-Magnon y un molde o réplica del futbolista caribeño Lilian Thuram, y allí anda en su vitrina soportando pacientemente la curiosidad del personal, mudo en esa síntesis ascética que es la calavera. Ha habido muchos trajines con eso de los despojos del genio, pero, por lo general al menos, los científicos, neurofisiólogos sobre todo, lo que han perseguido han sido los cerebros en cuya naturaleza y disposición se ha pretendido tantas veces hallar la clave de ese gran secreto. El de Einstein ha danzado lo suyo de mano en mano hasta ser reducido a puro material de laboratorio, y es, que yo sepa, el único legado voluntariamente por su dueño a la investigación científica, pero hay otros casos más o menos famosos como el del panteón de genios montado por los sabios soviéticos cuando se empeñaron en determinar el patrón de la genialidad, cuya última adquisición fue la víscera de Sakharov, pero en el que lograron reunir las de políticos, músicos, poetas o matemáticos célebres, ignoro con qué resultados. Se cuenta que a la muerte de Rubén Darío el forense se hizo con el cerebro del vate pero, sorprendido por un cuñado vigilante, todo acabó en comisaría del modo más rastrero. Es que no se respeta nada, oigan. Hasta el de Lenin fue entregado por los materialistas a un laboratorio que le dedicó años de atento estudio sin sacar nada en claro, claro.

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No cabe duda de que el futuro en este terreno es del materialismo pero tampoco hay que olvidar las viejas intuiciones filosóficas que, como a través de un complejo zigzag, han acabado trayéndonos a nuestra actual perspectiva. El profesor de Francisco J. Rubia (de quién les recomiendo vivamente su obra “La conexión divina”) recuerda el proceso que va desde Platón a Kant pasando por el movimiento innatista y, en especial, precisamente por Descartes –que es, como se sabe, quien lo recupera de Locke–, y defiende que, en realidad, todo indica que el hombre al nacer carece de toda determinación genética respecto de la memoria o la inteligencia, lo que quiere decir que debe aprenderlo todo durante su vida, o lo que es lo mismo, “socializarse”, como dicen los sociólogos. Hay, por supuesto, intentos continuos de orden materialista que tratan de descifrar el enigma mental y hasta ha habido quien, estudiando la vida y obra de los genios, ha tenido la osadía de proponer cuales serían los coeficientes intelectuales de Napoleón, Schiller, Dante o Byron, o bien en que región cerebral radica ese ansiado secreto de la genialidad, pero la verdad es que en la inmensa mayoría de las ocasiones los resultados son fútiles y las conclusiones problemáticas. No parece discutible la muy actual propuesta kantiana de los “juicios sintéticos a priori”, pero seguimos sin saber ni bien ni mal dónde y cómo se generaría en el cerebro esa especia de taxia congénita, con lo cual estamos donde estábamos. Pero el ser humano es animal fetichista y seguirá coleccionando cráneos y cerebros, como antiguamente coleccionaba muelas o metatarsos de mártires y doctores. Nuestra credulidad es casi tan grande como nuestra ignorancia. Y mucho me temo que lo siga siendo.

La Junta no cumple

Tampoco en la delicada materia de la Dependencia, la joya de la corona de la legislatura anterior, la excelente ley sobre el papel que mereció el voto unánime del Congreso. El problema es que no basta con hacer leyes sino que hay que cumplirlas, y la Junta de Andalucía –aparte de haber siso señalada como presunta maquilladora de sus aplicaciones—no ha sido capaz en todo este tiempo de resolver más que el 37 por ciento de las solicitudes, algo tremendo si se tiene en cuenta la mayoría de demandantes de edades avanzadas o incluso avanzadísimas. Y no sabemos cómo afectará la crisis a ese compromiso económico. De momento, una simplificación de los requisitos y papeleos parece la más urgente providencia que debe tomar esta Junta dormida.

Las farolas del puente

Que una de cada dos farolas del puente, chispa más o menos, esté averiada es para tomarlo a chunga, para reclamar ente el Parlamento –como va hacer el PP a sabiendas de qué es para nada—o para ambas cosas. No se explica la dejación de la “delega” de Obras Públicas en Huelva, ni el silencio mantenido más tiempo de lo lógico por los municipios afectados, pero a cualquiera se le ocurre que ese factor de inseguridad podría haber dado lugar a consecuencias irremediables sólo por la pereza y rutina de una burocracia que no atiende a razones sino a elecciones. Le van a decir en Sevilla a los del PP que, al fin y al cabo, unas farolas apagadas es cosa de poco. Ellos tenían que contestarles que esas farolas son, además de un peligro, un símbolo espléndido de cómo funcionan las Administraciones en nuestra provincia.

El nimbo del bandido

Comiendo en ‘Lip’ un mediodía soleado me decía Rubén Amón, nuestro corresponsal en París, el día en que detuvieron a Bernardo Provenzano, que no había que olvidar la naturaleza endémica de la Mafia si pretendíamos entender su existencia y su funcionamiento. La leyenda de Provenzano comenzaba ese día, justamente, cuando los periódicos de todo el mundo lanzaron la imagen del hombre secreto, refugiado en un cuchitril, frugal y previsor, que en esa situación insufrible había sido capaz, sin embargo, de dirigir una organización complejísima y obtener beneficios incalculables, una leyenda que tal ven contribuyó de modo extraordinario a elevar la figura de un vulgar aunque hábil criminal a la condición de héroe. Todas las historias de la Mafia, especialmente las italianas, coinciden en eso, en la responsabilidad de la estimativa externa en el prestigio del crimen organizado, pero quizá nunca habíamos podido ver tan de cerca esa hipótesis como al descubrir estos días en ‘Facebook’ cientos de páginas dedicadas a exaltar el prestigio de los mafiosos y la honra de sus organizaciones. En Italia no se ha hecho esperar una viva reacción a la vista de esa propaganda inconcebible en la que los apoyos a Provenzano superan los setecientos mientras que los del ‘capo’ Totó Riína –autor de un millar de asesinatos incluidos los de los jueces Borselino y Falcone, el mismo al que sorprendieron en su día dando el beso ritual al incombustible  Andreotti—alcanzan ya los cinco mil. Familiares, políticos y jueces protestan contra esta incívica manifestación de culto a los macrodelincuentes e interpretan que de lo que, en realidad, se trata es de deslegitimar la acción de la Justicia a favor de los reos. No estoy de acuerdo. A mi juicio se trata, una vez más, del inveterado reflejo de admiración que despierta el bandido dentro y fuera de su propio ámbito.

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No resulta especialmente extraño tampoco que en pleno ambiente de descomposición moral y anomia progresiva, algunos sectores sociales radicalizados (por estatus, por edad, vaya usted a saber por qué…) y refractarios al orden social impuesto –que ellos internalizan como una suerte de cerclaje externo—vean en el trasgresor la imagen del insurgente con causa, tal como se vio desde el romanticismo en adelante, es decir, del héroe que echa sobre sus espaldas la trae emancipatoria que la masa es incapaz de realizar. No discuto que la campaña de ‘Facebook’ responda más que nada a un plan propagandístico de la propia Mafia en busca de las simpatías populares, pero tampoco renuncio a la idea de que semejante apología del Mal hunda sus raíces en el psiquismo colectivo y resida en estratos bien profundos del imaginario común. Provenzano y, sobre todo, Riína, son dos malhechores de proporciones descomunales, razón por la que el hecho de que en un país altamente civilizado reciban el apoyo y aún el homenaje de miles de conciudadanos resulte difícil de comprender al margen de repugnante. Nada más lógico en una sociedad medial, y en especial, en Internet, que un loco o una panda de ellos, celebren cuanto quieran la maldad de los verdugos. Pero es cosa bien distinta encontrar en un sitio web de redes sociales como el mencionado nada menos que quinientas ‘páginas’ a las que se asoman a diario los admiradores de los malevos. Mucho descontento debe de haber, en todo caso, a parte de todo, para que tanta gente se pliegue a la que sin duda es una iniciativa mafiosa, prestándole un apoyo que no es lógico que pueda ser improvisado. Se admira a la Mafia, se venera a los mafiosos, se exalta a los verdugos, seguramente, desde un sentimiento irreparable de frustración y, ciertamente, la situación de la Italia actual puede favorecer en considerable medida ese fracaso ético y esa defección moral. El bandido no pierde su nimbo romántico ni ante la evidencia de su miseria. La sociedad debería preguntarse por qué.