IU a rebufo del PP

Los han cogido con el pie cambiado. La convocatoria de una manifestación contra el paro por parte del PP –la astucia de Arenas, una vez más—dejaba a esa IU rota y desnortada en mala postura, razón por la que la controvertida “dirección” ha optado por convocar otra similar en fechas próximas. Eso se llama ir a rebufo de la acera de enfrente pero, además, no se entiende por qué en una cuestión que afecta a todos en su condición de catástrofe nacional, no se abre el camino a la unidad, siquiera sea en la protesta, contra quien todos los convocantes tienen el convencimiento que es el responsable de la situación y las políticas necesarias para arreglarla. Imagínese IU que, al final, el PP llevara más gente a la calle para defender el empleo digno que ella misma. Sus “críticos” se estarán frotando las manos.

El PSOE promete trabajo

Tres mil puestos de trabajo se ha comprometido a crear el PSOE, según dice el secretario provincial de Organización del partido. Se refiere, claro está a los planes de apoyo a los Ayuntamientos y a la derrama de dineros que se aprobó por el Gobierno para parchear la catástrofe laboral a base de obras públicas menores, y ni que decir tiene que considera que ese dinero de todos es sólo del partido que gobierna y de la Junta que, por cierto, poca vela tiene en ese entierro. Si hubieran sido ciertas las promesas de creación de cientos de miles de puestos de trabajo que llevamos vividas en esta democracia, tras 30 años de hegemonía de ese partido, tendríamos trabajo para dar y repartir en lugar de hallarnos en este pozo sin fondo en el que cada minuto se despeñan nuevos trabajadores sin que se observe ninguna política de envergadura para contener la sangría.

Nieve en Babia

Una nevada en pleno invierno, anunciada desde una semana antes, ha paralizado el país sembrando el caos en las carreteras y en las vías de la propia capital en las que miles de ciudadanos se vieron atrapados sin remedio durante horas. Véase por qué poca cosa se pone patas arriba la “octava potencia industrial del mundo” y ruedan sobre sí mismas esas Administraciones redundantes, tangentes, incluso secantes, incapaces entre todas de prever un fenómeno que es común a todos los países del Norte aunque, en nuestro caso, mucho más benigno. La nieve ha alcoholizado Rusia con y sin soviets, pero no ha logrado detener el país, como no lo ha conseguido en las vastas zonas invernizas de América, incluyendo las próximas al casquete polar, en la Europa interior o en la mítica Siberia, a pesar de poseer los registros de temperaturas más bajos de los que se tiene constancia. Claro que, como no hay mal que por bien no venga, o eso dicen al menos, el soponcio ha servido a los responsables para eclipsar, siquiera durante unos días, el pavoroso panorama del paro y el desplome industrial que acaba de anunciarse, tal vez la peor ocurrida en un país donde es posible incluso que un personaje como la ministra Álvarez se mantenga, soberbia e inútil, por encima de todas las catástrofes imaginables , o en el que el organismo encargado del medio ambiente no es capaz de anunciar un meteoro como el que padecemos si no es ¡media hora después! de desatarse la nevada en toda su intensidad.

Este país no funciona hoy más allá de la rutina, es incapaz de superar incluso las pruebas más predecibles y hay que entender –fuera de cualquier tentación caracteriológica—que ésa no es más que la consecuencia de una organización política que ha hecho de la mediocridad y de la improvisación su norma y sistema. Hubo un presidente andaluz que hizo célebre el apotegma de que “to er mundo vale pa to”, pero han bastado un carámbano y unas capas de hielo para probar su tremendo error. Aquí los presidentes no saben economía, sus ministros del ramo no son economistas, cualquiera puede verse investido de la noche a la mañana de la dignidad que sea y encargarse del problema más arduo fiado a su temeraria iniciativa. Cuando los copos cejen y la nevada acabe levantando su velo, reconoceremos la patria incompetente que tanto tiene que ver con la actual crisis y tan menguada esperanza nos deja sobre su eventual solución.

La chapuza del SAS

El SAS, un buen sistema público de salud, está plagado, sin embargo, de chapuzas, y se dice, con razón, que en buena medida funciona por mérito de los sanitarios y ‘a pesar’ de la Junta. Vean el caso de los médicos interinos tratado a la patada laboralmente, que acaban de negarse en varias provincias a aceptar los humillantes contratos de tres meses para exigirlos de un mínimo de un año, reclamación que parece más que razonable. Si El SAS persiste en su radical designio de ahorro (mientras, por cierto, el gasto corriente sigue su curso de la Junta) acabará poniendo en peligro el propio derecho de los usuarios además del de los profesionales que los sirven. El actual equipo de la consejera Montero ha dado sobradas pruebas de su incapacidad para gestionar cualquier cosa que no sea la rutina.

Cábala optimista

El presidente del PP, Javier Arenas, ha lanzado en Huelva la idea de que el cambio en Andalucía es ya una realidad en el horizonte cercano. Es más, ha dicho que hoy empatarían en nuestra provincia los dos grandes partidos y aventurado que el día en que los conservadores logren gobernar la Diputación, gobernarán también la Junta. Cábalas optimistas, pero hay que reconocer que no menos que el barómetro presentado por Chaves y en el que se comprueba –a pesar de ser obra elaborada en su entorno—su brusca caída ante la opinión pública y el descenso de su popularidad hasta el extremo de que seis de cada diez andaluces no aprobarían su gestión. ¿La crisis? Pues puede, pero habrá que estar atentos a los movimientos que se produzcan en adelante en la sociedad, incluyendo la presencia en la calle de manifestaciones de “derecha” reclamando un trabajo digno y políticas efectivas contra esta catástrofe.

Ciegos en Gaza

Retomo (en plural) el título de la espléndida novela publicada por Aldous Huxley en 1936 para referirme al conflicto que acapara la actualidad internacional, la invasión israelí de Gaza, una de esas tragedias en apariencia irresolubles por sus antecedentes tanto como por la iracundia desatada en ambos bandos combatientes. Para empezar ese conflicto terrible ha logrado partir en dos la opinión europea, tras la que actúan de modo subliminal –descontando el tradicional antisemitismo o la aversión al mundo islámico– unas simpatías políticas mal fundadas por lo general, hasta el punto de lograr una identificación de la opinión dividida con el dualismo clásico de la izquierda y la derecha. Las propagandas compiten en difundir imágenes deplorables de las consecuencias de una invasión a la que se contrapone, aunque en términos suaves, la actitud provocadora del rival, contribuyendo a crear un confuso estado de opinión resuelto en síntesis maniqueas tan poco razonables como la que gira en torno al concepto de proporcionalidad del medio empleado para responder a la agresión o ejercer el derecho a la autodefensa. Hay páginas negras por ambas partes en la historia de esta vieja contienda, pero de verdad alguien ha pensado cual sería la “proporcionalidad aceptable” en una situación de autodefensa que ha de contar con un enemigo que utiliza como escudo a la población civil y que, eventualmente, tiene que contar con la enemiga de una enorme población adversaria? Algo parecido se preguntaba hace poco André Gluksmann mientras Henri-Lévy afinaba el tiro para concluir que lo razonable sería librar a Palestina de Hamas y dejarse de cuentos. No hay proporción en la guerra, más allá de la comedia de la normativa convencional, ésa burla estética de la espantosa realidad que supone siempre el uso de las armas. Y si la hay, que se diga, que se moje cada cual proponiendo qué nivel de fuego sería justo emplear por parte de los agredidos, qué tipo de daños parecerían aceptables en función de las armas empleadas, hasta qué punto puede luchar un ejército contra un enemigo indiscernible de una población civil, por cierto poco o nada pacífica en amplios sectores. Dos ciegos enfrascados en una lucha muerte. Hablar de proporcionalidad en cada caso no es más que una trampa.

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Se ha señalado también estos días que el conflicto en cuestión fue desproporcionado desde el principio, y se ha dicho, con mucha razón, que cualquier proyecto de ayuda para ponerle fin o para atenuar su desastre pasa indefectiblemente por renunciar a la incondicionalidad previa, entre otras cosas (Gluksmann otra vez) porque en Gaza no se está combatiendo por conseguir que se respeten unas reglas del juego (¿cómo sería eso posible?) sino por establecerlas, dado que nunca existieron. Jericó destruida, incendiada, pasada a cuchillo hasta el último de sus seres vivientes: he ahí una imagen que sólo puede propiciar que se busquen otras igualmente desoladoras para agraviar al bando de enfrente. Pero ¿quién es el guapo que dice hasta dónde se puede destruir, qué daños son razonablemente aceptables dadas las circunstancias, qué armas serán consideradas pasables o cuáles rechazadas, hasta qué punto tendría que respetarse el ataque lanzado desde posiciones blindadas por la presencia de civiles? Occidente no pensó bien lo que hacía cuando desplazó al pueblo palestino, pero no olvidemos que han sido los propios islámicos quienes se han visto forzados a acciones no menos trágicas que las hoy atribuidas a Israel: piénsese en lo que ocurrió en Jordania. No se arreglará nada, en fin, mientras mantengamos posiciones incondicionales –fanatismo por fanatismo– en lugar de buscar un remedio, seguramente exterior al conflicto, y entender que la gran culpa de Israel es, hoy por hoy, ser más fuerte que su agresor.