Justicia consorte

No me digan que no da el cante la ocurrencia de Ciudadanos de citar ante la comisión que investiga el presunto fraude en los dineros de Formación, al marido de la juez Alaya. Antier mismo decía Albert Rivera que su actuación frente a las corrupciones en Andalucía está haciendo que “las cosas se hagan mejor”, seguramente por no estar bien informado del papelón que su partido está jugando como “socio para todos” de una Junta acorralada por la Justicia. ¿De verdad se les ha ocurrido a ellos esa citación o simplemente cumplen con las instrucciones del PSOE que –por mucho que traten de camuflarla citando a los Ex–Presidentes imputados– evidencia a la legua la connivencia con el “régimen”? C’s juega al famoso “sí pero no”, y tocante a las corrupciones más al no que al sí.

Rondeña

Entre mis joyas personales conservo con especial cuidado –junto a la foto dedicada de Curro Romero que en mi despacho comparte anaquel con Goethe– mi correspondencia con don Antonio Ordóñez. Y en mi memoria los inolvidables ratos de conversa en que el maestro rondeño me convenció de su alta estatura humana, enseñándome muchos secretos del toreo. Con él vi varias corridas en su sitio de la Maestranza –el balcón bajo el reloj— lo que me descubrió al torero discreto y también al hombre eminente. Un día que le pregunté por la fecha de alternativa de su nieto Fran Rivera, por entonces novillero puntero, don Antonio me contestó sin sombra de doble intención: “La alternativa la tomará cuando la tenga que tomar” y luego me mostró su disconformidad con la celeridad con que en el toreo moderno se cursan las carreras de los matadores. Contra su leyenda de “amarrategui”, don Antonio me enviaba cada año dos entradas para la “goyesca” de Ronda –¡tan carísimas!– donde un día que nunca llegó me propuso vernos para hablar de Rilke. ¡Un sabio generoso, don Antonio, además de un hombre de esos, ya tan raros, que se visten por los pies! Me acuerdo siempre de Ordóñez cuando tropiezo con sus nietos y, en especial, con Fran, al que un día me presentó, al salir de un festejo, en la calle Circo –recuerdo que Fran llevaba un brazo escayolado—y cuyos inicios seguí con el mayor interés, partidario de sus buenas maneras e irritado con la persecución mediática que hubo de sufrir. Otro día me enteré de que, ignoro por completo el motivo, abuelo y nieto no serían en adelante apoderado y diestro, cosa que lamenté de corazón, sobre todo por el nieto.

Pues bien, ahora veo a ese heredero suyo metido en un gran lío con motivo de su ocurrencia de torear al derechazo llevando en el brazo izquierdo a una hijita suya todavía bebé, un gesto todo lo tradicional que quieran nuestros matadores, pero por completo insensato y que, o muy equivocado estoy, o a don Antonio no le hubiera gustado un pelo sin duda por una razón elemental: que el valor no quita la razón. Ya sé que hay muchos toreros que han salido a la palestra para solidarizarse con él, pero parece que al menos la Fiscalía piensa de otra manera y ha abierto las diligencias oportunas. Resumiré mi postura, por seguir con el abuelo, significando que entre Rilke y Hemingway me quedo con el primero. El valor desmesurado –como el tradicionalismo fuera de tiesto—no tienen sentido. No tengo duda de que don Antonio Ordóñez me habría dado la razón.

Blanco y negro

Ya sabe el lector que el ayuntamiento de Córdoba, tan radical y animalista él, ha votado con vehemencia la proscripción presupuestaria de las corridas de toros ¡en la ciudad de Manolete!. Pues bien, no se alarmen (los taurófilos) porque enseguida le ha salido al paso la Diputación Provincial para garantizar a la afición que ya se encarga ella de engrasar a las empresas necesitadas. Con la curiosidad de que tanto en el Ayuntamiento como en la Diputación es el mismo PSOE el que parte el bacalao, de manera que no hay otra explicación al caso que la esquizofrenia política o partidista. Cánovas o Sagasta, Joselito o el Gallo. En ésas seguimos siglo y medio después.

Remordimientos

El emperador Hirohito, que tenía diez años mal contados cuando acabó la temible Guerra Mundial, anda empeñado en recorrer los escenarios de aquella locura para, al tiempo que rinde homenaje a sus caídos, pedir perdón a sus víctimas. Ahora anda por Filipinas con ese lamento, como antes anduvo por otros campos de batalla, como Saïpan y Palaos, siempre cogiéndosela con papel de fumar a la hora de elegir las palabras lenitivas, nunca fáciles, hay que reconocerlo, tras una guerra cruenta. Hirohito habla ya abiertamente de “remordimientos”, de “mala conciencia” por lo perpetrado por sus mayores en aquella coyuntura recia en la que, tanto como las matanzas, hay que incluir el abuso miserable de la población femenina que hizo el ejército japonés y no sólo en China. Pero ¿vale para algo ese mensaje, qué es lo que arregla esa palinodia cuando ya no queda ni rastro de la generación perdida y las gentes nuevas andan haciendo turismo por el mundo beneficiados por la paz impuesta? Éste es un tiempo de perdones y conciencias retorcidas que busca la reconciliación a base de gestos humildes como los interpretados por los papas en los campos de concentración nazi o unas rehabilitaciones de Galileo que resulta anacrónica como poco mientras las sondas espaciales profundizan el espacio y acumulan noticias sobre el gran enigma. Con tantas décadas de retraso el olvido efectivo vuelve imposible un verdadero perdón.

Poco queda del viejo Japón de los impecables ritos domésticos, el sacrificio de las samuráis, los cerezos en flor y el sake servido por la gheisas, incluido ese emperador reducido a venerable metáfora desde que MacArthur, aquel Popeye intrépido, se permitió echarle a su padre en la cara el humo de su pipa. Hoy Japón no es, como entonces, la reliquia de un pasado petrificado en su tradición sino el ojo del futuro que entrevé el imperio electrónico y la convivencia robótica, la potencia silenciosa que quiere que se olvide aquel crimen inolvidable que pagó a tan alto precio. También estos días se porfía en Japón sobre la conveniencia de fortalecer la imagen exterior del país liberando a su ejército de las ligaduras que, con toda justicia, le impusieron los vencedores. Como Alemania, después de todo, como todo vencido que nunca acabó de digerir su derrota. Entre marzo y abril estallará de nuevo el rosa indecible de sus cerezos sin que el emperador, seguro, haya convencido a casi nadie. Pocas cosas tan malas de apagar como la brasa y el tizón del Mal.

Fraudes impunes

Crece la opinión de que, el final, los implicados en el saqueo de los ERE y las prejubilaciones falsas, de Invercaria o de los fondos de Formación, se irán de rositas, aunque acaso paguen en la trena un par de pringaos. Dan vértigo las cifras que vamos conociendo sobre esa garduña tanto tiempo después, pues parece que no daremos nunca con el fondo del pozo. El “caso Ojeda”, por ejemplo, ahora denunciado por CCOO al Ministerio de Trabajo y enviado por éste a la Fiscalía, es de los que ya ni siquiera sorprenden. ¡Oigan, que hablamos de cientos, de miles de millones, y los “investigados” siguen por la calle como si tal cosa! No le pidamos cívico respeto a aquella opinión si los culpables no son castigados con severidad.

De vita brevis

Los franceses, es especial los parisinos, andan acongojados tras enterarse por su instituto oficial de salud, l’Insee, que la “esperanza de vida”, o sea, la media de años que se prevé tanto para el varón como para la hembra, ha decrecido por vez primera desde 1969. Los más optimistas alegan que se trata tan sólo de un incidente nada estructural ocasionado por el deterioro ambiental y el progreso de ciertas dolencias, en especial de una gripe severa que este año ha causado entre los adultos seis mil defunciones más, de las previstas. La realidad es que, sólo en los cuarenta y cinco años, tanto unos como otras han visto alargarse esa esperanza nada menos que en diez años, un dato que en España tengo entendido que es todavía más positivo. Junta a la noticia, un humorista gráfico se pregunta en su viñeta por qué tendrán tanto empeño en seguir cruzando gélidos inviernos y veranos tórridos cobrando unas pensiones tan ajustadas, pero lo cierto y verdad es que el apego a la vida –o el horror a la muerte, es lo mismo según el maestro Philippe Ariès—ha de considerarse una constante en la historia de la conciencia humana, y animal, porque la leyenda del alacrán suicida es un simple bulo. Queremos vivir, no nos pregunten por qué, acaso porque es lo único que conocemos por la experiencia, y ciertamente el hecho de que la vida se esté alargando tanto en el planeta es uno de los mayores consuelos de los terrícolas.
A Jean Ziegler, un reputado sociólogo ginebrino, le tengo leído que la muerte instaura la libertad, permite el nacimiento y transforma la vida, conclusión en la que encuentro una razón más para no leer a los sociólogos, empeñados siempre, al parecer, en cruzarnos los cables en lugar de lugar de arreglarnos la avería de la angustia. Por lo demás, los datos que nos llegan desde todos los azimuts resulta que son tranquilizadores e incluso estimulantes: no hay más que echarle un ojo a la estadística para comprobar cómo crece el número de centenarios y cómo mejoran las expectativas geriátricas. El gran problema de esa sociología hoy es precisamente ése: el de inventar de qué modo podremos mantener –hablo de seguridad social– a una sociedad que cada día cuenta con más viejos y menos jóvenes, es decir, con mayores gastos y menos contribuyentes. Los demógrafos son muy sensibles pero no hay que hacerles mucho caso en este punto, porque ahí está para echarnos una mano esa inmigración prolífica que, desagradecidos como somos, no sabemos cómo acomodar.