Conciencia pública

Hay que repetirlo: cuando mañana alguien trate de escribir la historia de nuestra saqueada democracia, tendrá que recurrir a la hemeroteca y hará bien con centrarse en la batalla sostenida por EL Mundo contra viento y marea. Por El Mundo y, con anterioridad, por Diario 16 que, en el caso de Andalucía, son dos etapas de un mismo proyecto. No encontrará, en cambio, la realidad, ni en las memorias oficiales ni, mucho menos, en el magma legendario acumulado en lo que va de milenio. Sólo en la prensa –en alguna prensa y, por supuesto, aislada— encontrará la crónica negra de un régimen de libertades en el que ha naufragado lo mismo la Derecha que la Izquierda porque ni los Gobiernos, ni las Juntas, ni siquiera la Justicia han dicho la verdad durante estos años desconcertantes. El periodismo de investigación, en efecto, lo mismo encontró a Roldán que destapó el cohecho de Urdangarín, el crimen de Estado comandado desde la sombra por “Mister X” que el choteo perpetrado desde el BOE hasta la Cruz Roja, desde el despacho de los Guerra hasta la catástrofe gilista, desde el feudo de los Pujol a la taifa de los ERE, de Invercaria, de los fondos de Formación, en fin, de todo lo que ustedes saben porque se lo hemos contado. Gente como Melchor Miralles, como Manolo Cerdán o Antonio Rubio o como, aquí abajo, bajo la batuta de Paco Rosell , nuestros Antonio Salvador, Sebastián Torres o Manolo Becerro, han mostrado las vergüenzas del Poder, no les quepa duda que a cambio del sacrificio y de la ingratitud. La vocación no se cobra: se paga. El éxito, en todo caso, se lo llevan otros.

Ayer se vistió de largo el libro de dos esos azacanes, Sebastián Torres y Antonio Salvador, “El saqueo de los ERE”, un relato excelente escrito con el bermellón de la sangre profesional, demostrativo del régimen de absoluta autarquía con que ha funcionado en Andalucía, durante este decenio, el Régimen monopolizado por el PSOE, con sus coimas y enredos, sus fraudes y sus mangazos a cara descubierta, un libro que acabará como biblia consultiva el día en que, por fin, sepamos si por este desvergonzado saqueo serán sancionado o los filibusteros, como tantas veces, se irán de rositas. Una prosa ágil, pregonera de la juventud de sus autores pero también de su fraguada experiencia, permitirá desde ahora recorrer ese laberinto en el que el Minotauro no logra escapar a Teseo. Sin paladines como éstos no habría justicia posible ni democracia que mereciera tal nombre.

La barrila electoral

Se agarran a un clavo ardiente los candidatos con tal de velar el vacío ideológico y de proyecto que padecen. Oigan a doña Susana bramar contra Pablo Iglesias por su confusión de la autonomía andaluza con la autodeterminación, como si ése fuera el único “fake” de aquel debate y no uno entre los miles de la campaña. ¡Como si no tuviera más motivo de indignación sin salir de su despacho siquiera, ella, que debe de ser gran jurista tras tantos años de estudio del Derecho que aquí no respeta ni el gato! Más grave es –sin comparación posible– que Rubalcaba los dejara manifestarse en la Puerta del Sol un “día de reflexión” y nadie dijo ni mu desde su partido. Y ahí los tiene ahora, inventándose la Historia. ¡Mientras no se inventen la Política!

El pastor y el lobo

La alianza de la izquierda con la derecha en la segunda vuelta de las regionales francesas ha dejado a la ultraderecha francesa con la miel en los labios a pesar de sus excelentes resultados. No hay que extrañarse ante este tipo de alianzas pues son las mismas que, obedeciendo al patrón americano de postguerra, impidió al PCI, a los comunistas de Pepone frente a los democristianos de don Camilo, gobernar con sus mayorías. En resumen, desde ayer cuarenta millones de gabachos van a ser gobernados por los bisnietos de De Gaulle, mientras que otros veinte quedarán bajo la jurisdicción de una izquierda que ha perdido el norte pero no el sentido común que demuestra al evitar, en segunda instancia electoral, que el Antisistema se apodere del Poder. Clama el primer ministro socialista avisando de que están ahí, de que se han quedado en la puerta, cierto, pero los lepenistas y sus apocalipsis no han logrado entrar a saco en el gobierno de una sociedad mayoritariamente jacobina que sabe bien lo que costaría a corto y largo plazo volver a Vichy, abismarse en el chauvinismo y salir escapados del euro. En las democracias asentadas, el votante valora unos riesgos que en las novatas aparecen como alicientes, aparte de que si la derecha francesa anda un poco a verlas venir, la izquierda está desfondada, falta de proyecto, resignada a la hegemonía neoliberal y al pensamiento único que llega, como un ventarrón lejano, desde el Imperio yanqui y sus primos británicos. A los rabadanes les dio tiempo, una vez más, a cerrar la majada, pero el lobo sigue ahí.

Aquí en España la izquierda radical –el “leninismo amable” que ofrece Podemos—ha ido rebajando su programa hasta desfigurarlo casi por completo, y a la izquierda convencional no le queda en el ideario más instrumento que el improperio, un vago proyecto frentepopulista por completo inviable en el concierto europeo y poco más. Y eso es lo malo, porque sigue sin aparecer esa conciencia política superior que permite balancearse, como en Francia, en el alambre posibilista y salvar los muebles a dos manos llegado el caso, que no sería extraño que se llegue antes de que cante un gallo. La izquierda con su “enfermedad infantil” y la derecha con su arterioesclerosis hacen imposible lo que en Alemania es una obviedad y en Francia una costumbre. Le Pen se ha equivocado de país eligiendo al suyo para su experimento extremista. No quiero ni pensar en lo qué podría haber ocurrido si llega a caer por aquí.

La ley y la trampa

Dicen los controladores del gasto autonómico que la Junta dribla a la norma de contratación dividiendo por lo que haga falta los contratos para su fácil ingestión. Un contrato de cien millones, un suponer, no cabe por la puerta estrecha del ordeno y mando, pero si lo dividimos en veinte de a cinco cada uno, no hay cedazo que los pare. Parece ser que, en tres años, esa práctica ha aumentado desde 439 casos a 816, en especial, según dicen, por parte de un SAS que a poco acaba contratando jeringa por jeringa. Lo asombroso no es que haya escándalos, sino los pocos que hay en esta Jauja opulenta en la que trapicheo es la norma y la ley la excepción.

El debate “Decisivo”

Confieso mi sorpresa ante los diagnósticos del “debate decisivo” organizado por Antena 3. ¿Por qué dirán algunos que lo ganó un chisgarabís como Iglesias, por qué se atribuirá Sánchez el triunfo a sí mismo? Todavía ando desconcertado por la exhibición psicosociológica que hicieron los vehementes invitados para comentar la jugada: que si las corbatas rojas, que si los tacones de las damas, las pobres, que si el boli del bolivariano, que si el manoteo nervioso de Rivera, que si los atriles y los taburetes… A mí lo que se me ha quedado es la clamorosa evidencia de que en ese debate vacío –cuatro críticas consabidas y tres puñalaítas traperas poco significan—no contendían cuatro candidatos sino tres contra uno, todos contra el PP, que la sombra de lo acordado en el Tinell es alargada. Elorza ha revelado luego ese cliché en El País mostrando su inanidad ideológica y titulando su crítica “El lenguaje del engaño” para afirmar que en esos montajes, “el discurso político se convierte en un permanente y empobrecido monólogo”. Se ve a la legua que el acuerdo tácito de no pisar terrenos peligrosos, el designio de ambigüedad, la voluntad retórica en la que los tópicos se amontonan esmeradamente. Ya verán como, al final, el “debate decisivo” no era aquel sino el que enfrentará a un curtido Rajoy con un Sánchez declinante. Otra cosa será, sin duda, el debate de hoy.

¿Y cómo podría ser de otro modo si todos y cada uno de los contendientes forcejean para hacerse un sitio en el Centro liberal, ése “topos” elástico pero exigente que anula, de hecho, la fecunda bipolaridad ideológica para convertirlos a todos a la fe manchesteriana, y que es teledirigido desde Bruselas y vigilado por la “troika”? Los lilas somos nosotros, quienes dedicamos un par de horas sedentarias a escuchar el insulso forcejeo de esos profesionales del Poder, como si no estuviera claro que la única política posible en este momento europeo es la que hace el PP, es decir, como si no estuviera claro que Sánchez se balancea en la cuerda floja, que Rivera maquilla la propuesta liberal y que los de Podemos rebajan su programa –¡el programa que ha defendido Julio Anguita!—hasta situarlo a ras de la racionalidad del Sistema. Lo malo de que hayan roto a España en cuatro es que no ha de servir para nada, pues gobierne quien gobierne tras el 20-D tendrá las habas contadas. Hoy veremos lo que dicen los mandamases. Y luego iremos a votar a ciegas, a ver qué nos queda.

Postal de invierno

Cada día, al salir de casa, me espera mi amigo el mendigo. Es un hombre de edad mediada, bien apersonado, tímido y simpático, que se ha propuesto disimular su profesión. “¿Qué es de tu vida?”, le pregunto invariablemente. E invariablemente él me responde: “Nada, aquí tranquilito. Es que me han invitado a comer…”, glorioso eufemismo para esconder en lo posible su atroz dependencia. En su sátira feroz de la burguesía, Léon Bloy, el amigo de Villiers y de Barbey, hace una espléndida defensa de la mendicidad, “puerta de los humildes”, y del mendigo, ese “peregrino de lo absoluto” que encarnará en todas las civilizaciones su misteriosa índole: “¡Desgraciado quien no ha sido mendigo” –llega a decir si no recuerdo mal–, no hay nada más grande que mendigar; Dios mendiga, los ángeles mendigan, los reyes , los profetas y los santos mendigan”, llega a decir ya embalado. Pero mi amigo mendigo no gasta estas teologías, embutido en la ropa que de vez en cuando le da algún generoso, la mano siempre tendida en el portón de la iglesia. “En verano es más fácil –me confiesa al bajar la guardia–, pero en invierno hay que andar listo para coger un rincón en algún asilo público, aunque a mí no me gustan esas compañías, ya ve usted, porque nunca se sabe…”. ¡El invierno del pobre! No sé a ciencia cierta cuántos “sin techo” se acomodan en nuestros umbrales, en los cajeros que logran ocupar, en los recovecos que ofrece la ciudad secreta, pero no tengo duda de que su marginación es irremediable. La enérgica batidora que es la sociedad abierta los centrifuga sin remedio.

El otro día hemos tenido que espantarle a un competidor joven y más fuerte que ocupó su lugar en el atrio del templo. ¡Hasta esa especie alcanza la “evolución” con su convincente “struggle for live”, la lucha por la vida, la inevitable ferocidad cotidiana, porque en ningún oficio la solidaridad es más vulnerable. Mi amigo sabe que no hay otra ley que rija en su submundo, sólo en la vida como está, rechazado de todos como un ciudadano eventual, descalificado por su parasitismo que él oculta como puede escondiendo pudorosamente los sabañones de sus manos ateridas. Mala prensa han tenido siempre los mendigos, acusados desde nuestro Barroco de “pobres fingidos” en perjuicio de los “verdaderos pobres”. En invierno, la orgullosa “sociedad abierta” no deja de ser un club con acceso restringido. Mi pobre amigo lo sabe y lo acepta como la sombra entrañable del hidalgo de gotera.