“Nostra culpa”

De la dudosa imagen –“simpáticos”, “grasiosos”, pero vagos y trapaceros—no hay que buscar la culpa fuera de casa: es, en gran medida, de ciertos andaluces. Ahí nos tienen manteniendo la mayor tasa de desempleo en España, consintiendo que Kichi de Cádiz, el alcalde antisistema, no rinda las cuentas de su Ayuntamiento o los “illuminati” del sindicato del diputado Cañamero ofreciendo urnas a la sedición catalana, mientras la limpieza del monte está paralizada hace años en una región que soporta los mayores incendios de su historia. Seguramente nunca vivió Andalucía tanto desgobierno en manos de gente tan menuda ni lo pagó a tan alto precio. El descrédito de la autonomía se trasluce sin remedio sin que se vea por ninguna parte un signo de esperanza. No se culpe de ese drama a los de fuera. Con mirar a los de dentro tenemos de sobra.

Por algo será

La EPA del segundo trimestre de este tórrido año de gracia ha resultado espectacular: de hecho, la mayor caída del paro en medio siglo. Cayó la cota simbólica de los 4 millones en España aunque Andalucía se mantenga por encima de su millón. Por algo será. Que el trabajo ya no es “de calidad” no es nuevo, porque la desregulación del mercado laboral la inició con entusiasmo Griñán a las órdenes de González y es, por lo demás, en todo el planeta, algo así como un signo de los tiempos. El toque está en repensar el problema hasta concluir que es lo que mantiene a nuestra autonomía en el subsuelo socioeconómico. Culpar al Gobierno de la nación es tan ingenuo como ignorar el fracaso del gobiernillo regional de un  “régimen” que lleva trazas de durar, sin éxito, tanto como duró la Dictadura.

Cañas y barro

Conocí a Joan Fuster, el patriarca del nacionalismo culto de los años 60, mucho después de haber estudiado, como la mayoría de los universitarios atentos de la época, un libro espléndido en su mesura tanto como en su saber, titulado “Nosaltres, els valencians”, su  obra más conocida. Fuimos a verlo a su casa de Sueca el entonces director de publicaciones del ministerio de Agriculura, y luego brillante antropólogo, Cristóbal Gómez Benito y yo mismo, guiados por un atento alto cargo de la casi flamante  Generalitat valenciana que ostentaba el curioso cargo de director general de Acción Cívica –nuestro amigo Benito Sanz- con objeto de implicar al maestro en nuestros planes editoriales y, en especial, en nuestra colección de Clásicos Agrarios.
Sanz nos ofreció un espléndido viaje desde Valencia a Sueca, camino amenísimo que discurría entre cañaverales, campos de arroz y fincas de naranjos –el famoso “toronjal” que, con ese título, había canonizado Lluís Font de Mora–, la hermosa región de la Albufera y, en concreto, el campo abierto de la Ribera Baixa de la que Sueca es epicentro o capital, con su estupendo caserío en una de cuyas clásicas mansiones residió siempre Fuster, rodeado de libros –muchos miles–, una considerable pinacoteca y curiosas y variadas colecciones. Fuster nos recibió en zapatillas, con aire amable y cansado, ¡tan azoriniano!, parco en palabras pero mostrando una seriedad entrañable. Lo asistía –no sé cómo decirlo– una joven pareja de discípulos que lo trataba con confiada veneración, desviviéndose por aquel fino espectro que deambulaba por la casa mirándonos distraído pero con ojos penetrantes por encima de una gafas acaballadas sobre su nariz aguileña.

“¿Ausias March, te interesa Ausias March?”. Nos habló del viejo poeta, de Llull, me recomendó que revisara mi estudio del bandolerismo enlazándolo con el tema de los gitanos (sobre el que él mismo había publicado un ensayo) y nos recomendó para nuestra colección un libro lejano del sabio “ilustrado” Jaubert de Passá sobre los canales hispanos que, en efecto, acabaría publicándose después. Lo que no cumplió  fue su vago compromiso de editar con nosotros un clásico y un comentario sobre los reformistas “ilustrados”, desde Jovellanos a Campmany pasando por Foronda.

La casa –hoy museo– acababa de sufrir una inundación que había  desgraciado los centenares de tomos atestados en el suelo a modo de zócalo. Y Fuster nos contaba el incidente resignado mientras nos despedía afable en la puerta hasta la que llegaba lejano el olor volandero del azahar. Luego volvimos a Valencia, no poco conmovidos por la imagen y el trato del sabio, otra vez entre cañaverales y tierras anegadas, verdes perspectivas y espejos de agua, el paisaje mismo que hace tanto tiempo nos mostró Blasco Ibáñez al contarnos la tragedia indiana en su “Cañas y barro”.

Divino tesoro

Más propio sería decir “divina ruina” que “divino tesoro” al referirse a nuestra juventud, de tomar en consideración los datos ofrecidos por dos chiringuitos autonómicos–el Consejo de la Juventud de Andalucía y el Observatorio de la Emancipación- que avisan de que más de la mitad de nuestra juventud regional se halla en riesgo cierto de pobreza, cada día más lejana del famoso “Welfare State” o Estado de Bienestar, y muy lejos ya de la media registrada en el conjunto español. Así, según esas fuentes, oficiales en fin de cuentas, casi uno de cada tres jóvenes españoles apurados reside en nuestra comunidad autónoma, campeona sn rival con su 43 por ciento de jóvenes parados. Aquí todo marcha divinamente, por lo visto y oído, pero si esta realidad no supone una catástrofe social, que venga Dios y lo vea.

Pedir la luna

Es cosa sabida que los políticos –todos– diseñan la gestión pública en función de sus intereses partidistas y, llegada la ocasión, incluso piden la luna, lo que no impide que, cada cual en su turno, exija al adversario imparcialidad y limpieza de manos. Ahí tienen al PP protestando porque la Junta de los ERE, Invercaria, fondos de Formación y demás, va a sacar de un decretazo la famosa Oficina contra el fraude, en lugar de presentar en la Cámara un proyecto de ley que permita su debate libre. ¡Pero, criaturas, cómo le piden al vecino que apedree su propio tejado! La Junta sabe de sobra que lo que hace es un truco y lo insólito sería que buscara de verdad la transparencia frente a la corrupción en medio de la que está cayendo. Son como niños y se creen que los niños somos nosotros.

Demagogia supina

La autodenominada izquierda andaluza (PSOE, IU, Podemos) quiere perpetuar la desigualdad fiscal entre los españoles manteniendo el brutal impuesto de sucesiones que rige en nuestra comundad. Y para fundamentar esa injusticia clamorosa, doña Susana sostiene en el Parlamento que los herederos obligados a pagar ese impuesto confiscatorio son “millonarios en euros”: ya ven que pamplina. Esta vez Ciudadanos (C’s) ha votado contra ese propósito pero no basta con eso, pues de sobra sabe este “socio para todo” con que cuenta el gobiernillo que, dada la aritmética parlamentaria, ello no constituye más que un gesto intrascendente. Que los andaluces tengan que pagar por su herencia lo que no pagan otros españoles es un disparate y un atraco. Aparte de que, si doña Susana quiere, otro día hablamos de quienes son aquí de verdad –¡y cómo lograron serlo!–  “millonarios en euros”.