Culpas y méritos

¿De quién es el mérito cuando sube el empleo y de quién es la culpa cuando baja? En Andalucía –ya lo hemos dicho y repetido— de la Junta es el beneficio y del Gobierno la ruina, pero esto, bien mirado, no se sostiene más que en la demagogia oficial. Acabamos de conocer que el pasado febrero fue en España el mejor de los tres últimos decenios y que la afiliación a la Seguridad Social –clave de las pensiones—se incrementó ¡en más de 600.000 cotizantes! en el año transcurrido. Pero, ay, si en la nación el paro descendió durante ese mes un buen pellizco, en Andalucía subió en parecida proporción. Mientras se mantenga nuestra radical dependencia del turismo y de la agricultura –tan imprevisibles— no cambiará nuestro destino. En “régimen” no ha sido capaz de entenderlo tras más de 30 años de gestión.

La multitud solitaria

La “premier” británica, Theresa May, acaba de anunciar la creación de una secretaria de Estado para la Soledad. La idea fue proyectada en su día por una diputada laborista víctima del terrorismo y es retomada ahora por los conservadores en vista de la gravedad de la estadística social que alerta sobre el progreso imparable del aislamiento, esto es, de la “des-socialización”, de una población en la que miles, millones de personas manifiestan por doquier vivir sin el menor contacto humano largos periodos de su vida. Se trata, no cabe duda, de una iniciativa tan excelente como compleja que, sin duda, planteará graves dificultades a los gestores del remedio pero que resulta ya inaplazable, toda vez que los sociólogos comienzan a considerar aquella soledad cívica como una auténtica epidemia.

La extensión del aislamiento individual es una consecuencia de la radical urbanización de las poblaciones a partir de la segunda mitad del XIX. Superada la vieja “comunidad” que describió Tönnies como contrapunto de la “sociedad”, desaparecida, en consecuencia, la solidaridad tradicional y sustituida la familia extensa por la nuclear, la convivencia urbana ha forzado un severo modelo de vida en el que la compañía se ha convertido en una experiencia progresivamente rara. En la etapa de Kennedy se ensayó un proyecto en favor de la “tercera edad” con el que no pudo ni el formidable presupuesto disponible, debiendo ser abandonado, en última instancia, en un supremo gesto de impotencia. Y ahora, cada día más, el habitante urbano, reducido en su hábitat y mayoritariamente también en su renta, se ve obligado a consumir su vida aislado y hasta completamente solo, no sin el agobio suplementario que supone la inseguridad.

Sin duda un factor determinante en esa situación es el propio incremento de la esperanza media de vida –que en 2050 alcanzará nada menos que la cota de los 90 años— que dicen que en Roma no alcanzaba la treintena ni en la Edad Media la cuarentena, y que hasta hace bien poco se mantenía más o menos estable, compensado el crecimiento vegetativo que propiciaba la nutrición, la higiene y el avance médico por el impacto de una enorme mortalidad accidental. Pero es ahora, con el salto cualitativo registrado en el ámbito de la medicina biológica y la perspectiva cierta que abre el manejo clínico del genoma, cuando la prolongación de la vida humana parece ya incuestionable, lo que, al margen de los problemas asistenciales que ello implica, multiplicará la población aislada. El mito literario de la soledad feliz cede el paso, al fin, a la contemplación del que es quizá el mayor fracaso experimentado por la aventura humana.

OBITUARIO. Antonio Herrera García. EL SABIO EN SU RINCÓN

Ha fallecido en Villanueva del Ariscal, su pueblo entrañable, Antonio Herrera, el viejo profesor e investigador incansable, autor de una obra pionera e imprescindible en el área, tan desagradecida, de la historia local, pero de una historia local firmemente uncida a una memoria general que le deberá siempre una luz nueva sobre nuestro pasado. Hace años que, para acompañar a sus amigos de la revista Hespérides, pergeñé una evocación suya en la que lo contemplaba como el maestro silencioso, amable azacán retirado de tantas vanidades inútiles y atento sólo a su tarea: veo siempre y de cerca a Antonio –decía entonces– acogido al retiro solariego de su casa aljarafeña, tranquilo y diligente, encumbrado en su buhardilla o discurriendo apaciblemente a la sombra de un naranjo reventón que, con un ciruelo injertado y un “amasco”, constituyen su huerto ameno. Y así he continuado viéndolo durante años, nunca ocioso, equilibrado siempre y empeñado en esos desafíos de la memoria que constituyeron la obsesión de su vida.

Muchas veces hemos departido los dos amistosamente sobre el incomprendido valor de esa historia local –en su caso, la del Aljarafe sevillano, pero no sólo ésa—que, como solía decirnos el maestro Caro Baroja, no es sino la materia prima de la “otra historia”, la “general”, que malamente se tendría en pie sin el apoyo firme del conocimiento de esa realidad concreta, cuyo contenido abarca mucho más de lo que Unamuno entreveía en la que él llamaba “microhistoria”. Doctores tiene la Iglesia, suele decirse, pero para mí que la obra que nos ha legado Antonio Herrera deberá contribuir, y mucho, a la revisión detallista de las grandes hipótesis historiográficas sobre el pasado de nuestra tierra, y muy en particular sobre el amplio panorama que incluye desde el Renacimiento hasta la Ilustración. Me acojo a la autoridad de Sir John Elliot, académico de honor de la Real Sevillana de Buenas Letras –de la que Antonio era miembro Correspondiente—, cuya respetuosa admiración por esta obra silenciosa y, en concreto, sobre la que trata de la compleja circunstancia del “Estado de Olivares”, me expresó sin reservas en su día.

La obra de Herrera comprende una laboriosa e inacabable relación de estudios y publicaciones, y una aportación bibliográfica en la que su decisivo estudio sobre el Aljarafe sevillano durante el Antiguo Régimen –materia de su tesis doctoral, dirigida por su maestro Julio González— se vería luego ampliada por el magistral y ya mencionado sobre el Estado de Olivares y por diversas historias locales como las de Gelves, Bollullos de la Mitación, el Campo de Tejada, Castilleja de la Cuesta y la despoblada Castilleja de Talara, San Juan de Aznalfarache, Huévar y, en fin, la de su pueblo, Villanueva del Ariscal. Una obra trabajada en laborioso paralelo –Herrera fue un historiador archivístico más que libresco— con su larga tarea pedagógica como profesor de Historia, tanto en la Universidad como en la Enseñanza Media, en Cuenca, Málaga o Sevilla, en cuyos respectivos Institutos ejerció también cargos directivos. Alma de la Asociación Hespérides, foro y palenque del profesorado ejercido por historiadores y geógrafos, militó siempre en la viva preocupación por la decadencia de la enseñanza y sus causas, nunca extremado, sin perder los estribos, terne siempre en su ideal y convencido por el apotegma senequista de que “Homines dum dicent discunt”, de que los hombres aprenden al tiempo que enseñan. Antonio nos deja su ejemplo de hidalgo ilustrado y empedernido estudioso, su memoria de hombre cabal y ajeno al mundo, atento sólo a su deber de historiador y a su labor de docente, “rara avis”, sin duda, en este universo nuestro tan personalista y extrovertido.

Falsa crisis

Dicen que el tejemaneje para lograr un frente andaluz unido en las negociaciones sobre la financiación autonómica, en las que el PSOE ha pactado con las izquierdas extremas (IU y Podemos), ha abierto una crisis con Ciudadanos (C’s), el “socio para todo”. ¡Quiá, no se la traguen! ¡A saber si toda esta obra no será más que una comedia urdida para aislar, una vez más, al PP, que, por cierto, se las ha devuelto lindamente al votar favorablemente el proyecto aislador! ¡Camelos! La protesta de Ciudadanos no pasa de morisqueta para vestir su muñeco porque –ya lo verán— ahora y luego seguirá apoyando al “régimen” como un firme arquitrabe, máxime cuando su ambición nacional ha convertido su rivalidad con el PP en su primer objetivo. C’s piensa exclusivamente en sí mismo. El interés público puede esperar.

Elogio del harapo

Parece ya imparable la vertiginosa degradación indumentaria que estamos viviendo. Cierto que no dan abasto los alquileres de chaqués, tan frecuentes ya en los bodorrios, incluso en los de medio pelo. Lo mismo en la audiencia real que en la sesión parlamentaria, la competición por el adefesio resulta incontenible, lo que, en cierto modo, acaso no sea más que un “revival” sesentayochista. En una comisaría sevillana de las de entonces un policía identificaba a una activista universitaria peligrosa con un trazo realmente virtual: “Sí, hombre, –decía el agente a sus colegas–, es esa niña pija que hace poco se vistió de pobre…”. De pobre se visten hoy la adolescente y el diputado, el estudiante o el barbero, oficiando entre todos una confusa ceremonia cuyo alto valor simbólico puede que ignoren.

¿Cuántas de esas adolescentes (y hasta maduras) que pasean por ahí luciendo los rotos y remiendos de sus pantalones tendrá alguna conciencia de que con su gesto replican ingenuamente lo mismo al peregrino medieval cuando cambiaba su atuendo por la veste sagrada, que al adepto de la Gnosis que obedecía el precepto escolar consciente de que en la ropa reconocía y expresaba su verdadero yo? El genio de Carlyle ya nos avisó de que si los vestidos nos habían hecho hombres en el origen, no por eso dejaban de amenazarnos con convertirnos en maniquíes. En definitiva, si algo nos enseña la historia del vestido es que utilizarlo supone integrarse (donde sea) mientras que despojarse de él no es sino el signo inequívoco de la renuncia al grupo y, en consecuencia, la exaltada reivindicación de la individualidad.

Pero ¿a qué renuncian hoy –¡de nuevo!– nuestros harapientos, qué pretenden desgarrando sus “jeans”, claveteando con remaches metálicos sus bolsillos o pespunteando sus costuras? Puede que, sin saberlo, anden ilustrando la vieja intuición semiótica que veía en los harapos las heridas y cicatrices del alma, o puede que, simplemente, obedezcan ciegos al vehemente estímulo de la publicidad, ingenuos ignorantes de que lo único que pasa de moda en este mundo es la moda. Y sin embargo, uno suele ver en la boga del desaliño un efecto secundario de la abundancia, la hipnótica tentación de originalidad con que seduce a los pardillos la sociedad opulenta. Como las fantasías capilares, como la bárbara obsesión por el tatuaje, el viejo harapo reproduce, en plena postmodernidad, la broma de Diógenes, empeñado en probar la circularidad del tiempo, en demostrar la broma inaudita del eterno retorno.

Ponerse de acuerdo

A los ropones (me atengo el masculino genérico) que entienden en el “caso ERE” podría aplicárseles el dicho soberbio de Unamuno: “Yo soy mi mayoría y no siempre tomo mis decisiones por unanimidad”. ¡No se ponen de acuerdo ni amarrados! Lo último ha sido el zarpazo de la Fiscalía a la juez instructora pidiéndole que dé marcha atrás “en las desimputaciones masivas” de los altos cargos juzgados porque, a su juicio, eso crearía “un intolerable espacio de impunidad” como el que hace tiempo que ventea la opinión pública. Para evitar que ésta se desmoralice aún más, los discordes deben poner de acuerdo sus criterios si quieren mantener la imagen de su independencia. No se pide la unanimidad –tan difícil en terrenos jurídicos— pero sí, al menos, que se eviten estos bandazos que contribuyen a todo menos al prestigio de la Justicia.