Arriba y abajo

Cuenta Hans Küng en una reciente reflexión sobre la mentira política que, en una ocasión en que tuvo la ocurrencia de reprocharle a Henry Kissinger su empleo habitual, ese probado tramposo y presunto criminal de Estado le contestó que el problema consistía en que, mientras los teólogos contemplaban tan ardua cuestión “desde arriba”, ellos, los estadistas, la contemplaban “desde abajo”, es decir, desde la realidad inmediata y palpable, quizá la única interesante para el político. Küng comenta esa desvergüenza con la inevitable referencia a Maquiavelo y su idea de las “dos morales”, es decir, del concepto de que el gobernante goza de un derecho a la mentira del que carece el ciudadano privado que sería, eventualmente, el beneficiario de la acción de gobierno, un tópico fatal de la teoría política que finge ignorar una evidencia de todos conocida: que la mentira política es un uso inmemorial y no un invento teórico del Renacimiento. Pocos motivos éticos y morales han merecido, en todo caso, tanta hipócrita atención de los moralistas, esa banda dedicada a fingir que ignora la universalidad de la mentira política y frente a los que Maquiavelo es, en realidad, un raro ejemplo de sinceridad desde su convencimiento de que el “estatus” distinto conlleva un derecho diferente, de tal modo que si el súbdito egoísta y agresivo por naturaleza está obligado a reconocer la verdad, el político, que es su custodio, carece de esa obligación: el fin justifica los medios, en definitiva. Refiere también Küng que el Consejo de ex-jefes de Estado y de Gobierno aprobó en 1997 una declaración en la que, se detestaba la mentira política, por importante que fuera el afectado, pero no sin añadir este párrafo elocuente: “Nadie está obligado, sin embargo, a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo”. Nuestro teólogo resume la cuestión benévolamente diciendo que de lo que se trata es de que “no debemos ser fanáticos de la verdad”. Quizá ése ha sido siempre el problema de Küng, su tira y afloja.

 

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 Es triste reconocer que la mentira ha prosperado más y resulta más imprescindible en los regímenes libres que en las autocracias, ni que decir tiene que porque en estas últimas el tirano no precisa andaderas para moverse según su albedrío. Un romano se hubiera tronchado de risa si alguien criticara al orador en el foro el recurso a la mentira, que el propio moralismo cristiano atenúa luego, con un criterio circunstancial, al distinguir la mentira abominable de la “piadosa” o de la perpetrada “iocandi causa”, esto es, motivada por la inocente diversión. Sin salir del Renacimiento escuchamos decir a Shakespeare alguna vez (en ‘Hamlet’) que el camelo puede ser el cebo que permita atrapar una buena carpa, una fórmula que ha servido a muchos para desarrollar la teoría instrumental de la mentira, una vez más legitimada por su buen fin. Asombra escuchar a este viejo roquero de la progresía la afirmación de que, desde la Ilustración al menos, la Verdad –esa luz que ciega, según Camus—es una “condición previa fundamental” para la sociedad humana, y digo que asombra porque la evidencia más aplastante demuestra que el ejercicio del Poder se basa en la falacia en la inmensa mayoría de los regímenes, con independencia de su signo y color. Personalmente prefiero el pesimismo maquiavélico, tanto en su perspectiva aristotélica, que la tiene y bien visible, como en su versión  tacitista, a un ejercicio de vacuo voluntarismo hecho a sabiendas de que la realidad es otra muy distinta. Küng, el pobre, dice que hay políticos honrados, faltaría más, pero se descubre distraídamente al decir sin percatarse del alcance de la frase: “Yo mismo conozco a unos cuantos…”. ¡A unos cuantos! El realismo político es una convención unilateral que acaba fatalmente traduciéndose en un injustificado aristocratismo. Churchill jamás justificó sus mentiras. Pensaría que una guerra no se gana así como así.

El INI de Chaves

Las empresas públicas dependientes de la Junta son un doble de la Administración autónoma y un agujero negro por el que se arruina nuestro presupuesto, pero también un instrumento clientelar decisivo en el tinglado del “régimen” y un medio disuasor frente a las legítimas aspiraciones de los funcionarios a monopolizar la gestión de la autonomía. La Cámara de Cuentas descubre ahora, además, que como el que mantenía Franco, el INI de Chaves es costosísimo y se mantiene sólo a base de subvenciones milmillonarias enviadas desde la Junta a sus arcas, aparte de hacer un gravosa competencia a la empresa privada hasta arruinarlas en algunos casos. Es unba lástima que este Parlamento –el que hay: no hay otro—carezca de nivel (echen un vistazo a los curriculos) para enfrascarse en un tema tan complejo, pero un debate sobre esta suplantación  ruinosa de la Administración hace tiempo que resulta imprescindible y urgente.

Los tránsfugas, en evidencia

Otra resolución del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, confirmando la adoptada en su día por el Juzgado de lo Social número 2 de Huelva, pone en la más absoluta evidencia –aunque, a buenas horas, mangas verdes— a los tránsfugas del Ayuntamiento de Gibraleón que despidieron sin contemplaciones a los trabajadores municipales “por discriminación política”. ¡Bendita Justicia que reconoce las evidencias años después, cuando ya no tienen remedio las consecuencias de la barrabasada política! Pero, en fin, menos da una piedra, y lo que el TSJA acaba de decirle a ese Ayuntamiento tramposo es que el despido aquel fue “nulo radical” y vulneraba el derecho fundamental a la libertad ideológica. En el ‘gulag’ olontense, Serrato hace y deshace por encima y más allá de la Ley. Francamente, se echa de menos un  escarmiento.

El fin del mundo

Circula por la prensa europea la noticia de que en la nueva Rusia viven actualmente entre 600.000 y 800000 sectarios milenaristas, es decir creyentes en la proximidad del fin del mundo tal como se anuncia en los textos apocalípticos, auge extravagante que se apunta que podría ser la ciega respuesta de algunos desgraciados al vacío ideológico surgido tras la caída del sovietismo. El tema vuelve a la actualidad a causa del encierro en una cueva de la región  de Penza de un grupo de radicales ortodoxos, constituido en su mayoría por mujeres, que han terminado por rendirse a la evidencia y salir del agujero en el que los había sumido un loco probado de profesión ingeniero erigido, como es habitual, en cabeza de una iglesia “auténtica” que anunciaba el inminente fin de la vida sobre el planeta. No se trata sino de un caso más en la serie inacabable y creciente de experiencias de este tipo que vienen registrándose en el mundo, especialmente desde hace un decenio, pero que son tan antiguas como el fanatismo crítico de inspiración cristiana. Hay que recordar a san Vicente Ferrer recorriendo España en el siglo XIV a la cabeza de sus flagelantes, o a tantos movimientos terciados entre lo que hoy llamaríamos anarquismo y el milenarismo propiamente dicho, como estudió Norman Cohn en su decisivo estudio “En pos del Milenio”. En la actualidad la creencia en el fin del mundo se extiende tanto por África –hacia el 2000 hubo una notable explosión milenarista en Ruanda, Burundi o Tanzania pero en Kenia se esperó el ‘Armagedón’ en el 2006, la misma fecha en que en Uganda se consumó uno de los mayores suicidios colectivos de que haya noticia–, pero también por la América hispana o los propios EEUU, donde tuvo lugar la horrorosa masacre del Rancho Santa Fe, acaso la más famosa de todas. Ese fanatismo apocalíptico es, sin duda, un epifenómeno derivado del tronco neotestamentario pero es también, y sobre todo, el efecto de la desesperación. No hay milenarismo suntuario. El fin del mundo es cosa de pobres.

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 No deja de ser sugerente la idea de que el renacer del fenómeno en Rusia constituya la respuesta al vacío ideológico pero, insisto, es la desesperación ante la indigencia irremediable lo que empuja hacia esta abrupta forma de misticismo que permite a un espontáneo convencer a un grupo hasta el extremo de entregarle su vida y la de sus hijos. Marvin Harris, más o menos en la línea de Worsley (“La trompeta sonará”), se dio cuenta de que el “culto del cargo” –esa creencia nativa de que los bienes industriales no se deben al trabajo sino que los produce el hombre blanco que posee su secreto, por lo que sólo los antepasados los traerán algún día en barco a las míseras poblaciones de las Fitji o de las Nuevas Hébridas—está relacionado con el intercambio redistributivo, pero hay que reconocer que las versiones más recientes del fenómeno vuelven por el registro místico que no es más que otra respuesta desesperada a la invencible necesidad. En cualquiera de sus especies, en todo caso, la creencia en la proximidad inminente del fin de los tiempos, por más que se le busque y atribuya abolengo cristiano, supone un estertor más que un movimiento, un gesto enloquecido de rechazo a una sociedad que no contempla siquiera un margen para acomodar a los más desdichados. Tanto Focillon como Duby sugieren algo parecido en sus estudios en torno al famoso año 1000, sobre cuyos terrores escribiría Ortega, como es sabido, esa misteriosa tesis que nadie ha logrado ver. En Rusia han sustituido los museos del ateísmo por las cuevas de Armagedón, la fe impuesta en el Hombre por la desconfianza radical en una organización mafiosa sin más ídolo que el becerro de oro. Guatemala y Guatepeor. Pero sospecho que esa pulsión esotérica perdurará en todas las sociedades mientras la miseria conserve viva la imagen del ángel exterminador.

Insumisión parcial

La Junta, la consejería de Educación, insiste en que la asignatura de la discordia, Educación para la Ciudadanía, sigue siendo obligatoria y evaluable porque le palo que el TSJA le dio en su sentencia favorable a los padres no afecta a la obliatoriedad de la asignatura. Eso es tan cierto como que la Justicia ha establecido sin ambages que en la disciplina hay contenidos que atentan contra el derecho de los padres y la libertad correspondiente, razón por la cual lo menos que puede hacer esa consejería es declarar cómo se van a neutralizar las materias prohibidas por el TSJA y cómo se garantizará que no se enseñen en clase. La insumisión es el peor gesto que una institución puede hacer y la Junta, además, no es la primera vez que lo hace. Es necesario que se diga oficialmente cómo se va a aplicar esa sentencia que invalidad determinados contenidos, pero a lo mejor tenía mucho más sentido parar el carro y sentarse a consensuar con la comunidad escolar una fórmula que despolitice de una vez la cuestión.

Huelva-Cádiz

No parece que haya forma de despolitizar los proyectos públicos. El Ensanche, la Ciudad de la Justicia o la carretera Huelva-Cádiz son tres buenos ejemplos de cómo el PSOE y su Junta cifra su estrategia en llevar la contraria al rival político sin más razones ni mejores criterios. Vamos, convencido estoy de que si el PP hubiera apostado por unir Huelva con Cádiz a través de Sevilla –solución ya existente hace tres mil años—la Junta hubiera echado su cuarto a espadas por el proyecto Norte. Es una pena y algo peor, desde luego, comprobar que la única razón política sea la de contradecir el adversario, caiga quien caiga y cueste lo que cueste, incluso en este caso, el único en España en que dos capitales contiguas están incomunicadas. Y es intolerable que porque el PSOE no digiera la hegemonía de Pedro Rodríguez en la capital, castigue a los onubenses con tanta terquedad.