La gresca sindical

UGT, es decir, el PSOE, rechaza la demostración contra el paro convocada por Comisiones Obreras. Hasta la protesta y la acción sindical son ya patrimonializadas por las organizaciones que sólo apoyan las propias, en lugar de conformar un frente común para plantar cara a la crisis, si fuera posible de la manera más sensata y constructiva. El interés de los trabajadores se supedita, en la práctica sindical, al interés del sindicato o del “partido amigo”, incluso si el objetivo no puede ser más que el mismo. Una vergüenza que quizá sólo se explique porque este sindicalismo burocrático y verticalizado es el único colectivo laboral que tiene sus lentejas garantizadas.

Mano de santo

No sé en este momento cómo va el asunto de la madre jiennese condenada a pena de cárcel y alejamiento por haber abofeteado, hace tres años, a su hijo de doce que, por cierto, le había arrojado a ella previamente una zapatilla. Creo que la madre de El Puerto de Santa María que estuvo alejada por la misma causa tiene las cosas algo más claras ahora, aunque junto a la primera, los propios jueces han solicitado el indulto de la condenada y el fiscal del TSJA se ha mostrado propicio a él. La ley es la ley, ahí está de acuerdo todo el mundo, feudatarios como somos del apotegma romano “dura lex sed lex”. Nuestros ropones siguen fieles a Ulpiano en el ‘Digesto’: “Durum hoc est sed ita lex scripta est”, es duro, no cabe duda, pero así está escrito en la ley. Lo dice hasta el benigno juez Calatayud, que culpa con razón a los legisladores (él dice los ‘políticos’, con toda propiedad) del despropósito legal que obliga a imponer esas penas descabelladas. Recuerdo que Gluscksmann ironizaba sobre el viejo propósito expuesto por Niestzche en “Humano, demasiado humano”, aquel elogio de la bofetada (sic) como “estimulante de la memoria” y en consecuencia, como suavizador de las penas mayores: “Dad una bofetada a un niño y nunca volverá a cometer ese acto”, argumentaba el filósofo. Lo único claro en todo este disparate es que la ley debe rehuir mandatos inspirados en criterios de moda. En Inglaterra se discutía hace poco sobre la conveniencia de reintroducir con prudencia el viejo castigo corporal abolido hace nada y menos. Ya ven que la cosa no es tan fácil

El problema surge cuando el cachete famoso se convierte en acontecimiento filosófico, es decir, cuando deja de ser un incidente doméstico y venial para teñirse ideológicamente con tonos alarmantes. Niestzche era discreto en su receta: el castigo debía ser un simple medio mnemotécnico y, por tanto, moderado, algo que hoy rechaza el maximalismo de una ley improvisada y de una justicia mecánica capaz de romper la familia por mantener el fuero más que el huevo. Lo que no sé es cómo le irán las cosas a la madre sordomuda –¡y a su hijo, claro!—ni si finalmente conseguirá que se acepte la lógica de la reprensión imprescindible aunque sólo sea para evitar males mayores. No se castiga judicialmente a ese niño agresivo (el de la zapatilla), menos mal, pero bastante es, a mi juicio, que se sancione a una madre que lo que necesitaría es respaldo y ayuda social. Acampar en el ‘Digesto’ es más que un anacronismo. Hasta los jueces condenadores son conscientes de ello.

La Junta, satisfecha

A juzgar por lo que dijo en el Parlamento del consejero de Empleo, la Junta parece estar satisfecha por la marcha de la crisis. No importa el número de parados, no importa el vértigo de su progresión –según ella- sino el crecimiento de las incorporaciones de empleo, en lo que al parecer, nos sonríe la fortuna más que a nadie en Europa. Que vayamos lanzados a los 3 millones de parados, no le quita el sueño a esos optimistas sistemáticos, ninguno de los cuales corre peligro de perder el empleo, al menos en esta legislatura. Todos contentos, pues, que vamos estupendamente. Esto es de una desvergüenza tal que hay que escucharlo para creerlo.

Jueces y jueces

La huelga de jueces anunciada para la próxima semana sigue convocada a pesar de la terminante denegación de que ha sido objeto por parte del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Los magistrados que la apoyan pasan del dictamen y de sus consecuencias, y aclaran que para nada se trata de reclamar mejoras salariales ni ventajas corporativas, sino de exigir de una vez al Gobierno y a la Junta que de la Justicia los medios imprescindibles para poder funcionar como es debido y sin “casos Mari Luz”. Se juegan mucho los jueces en este envite, tanto los huelguistas como los renuentes. El Gobierno y la Junta, naturalmente, apuesta por estos últimos.

La manzana podrida

Llueven, se amontonan los escándalos políticos en torno a la corrupción –de un lado y del otro (y de los demás)–, se acusa o defiende según el color del corrupto, nadie se para en barras ante las consecuencias políticas e institucionales, tal vez irreparables, que están provocando las noticias, verdaderas o falsas, sobre el asunto. En Madrid, en Baodilla, en Ibiza, en Ohanes, en Valencia, un poco por todas partes anda llevándoselo crudo una garduña con carné. Raúl del Pozo resume el pesimismo: “La corrupción es inherente a la democracia”, escribe. ¿Exagera? El video de ese alcalde contando el dinero que le larga el constructor como pago de su defección es terrible, desde luego, porque muestra la ‘normalización’ del agio, la asunción del cohecho como un simple lance de la vida política que los partidos han  asumido irresponsable y puede que ya irreversiblemente, aunque no sepamos con certeza en qué medida comparten el botín. La alarma viene de lejos, de los tiempos en que Camus traducía a Faulkner aprendiendo de él que sería necesario rechazar la corrupción no ya antes de contemplarla sino incluso antes de saber en qué consiste. O de cuando Diderot decía que los rusos estaban podridos antes de madurar. Sainte-Beuve sugirió que esa podre es atributo de espíritus tan refinados como César o Talleyrand, aunque hoy sabemos que cualquier mendrugo redimido de la gleba sirve divinamente en ese oficio.

Están desangrando a la democracia, vampirizando su potencial cívico, y no parece sensato confiar en que el remedio venga de ninguna opción política, que es lo malo, ni siquiera en una coyuntura de crisis en la que el saqueo de lo público se convierte por pura lógica en un delito de lesa patria. No sólo en Marbella acabó convertido el robo en mera burocracia. Las trampas de los logreros le han cogido las medidas a la ley y la sociedad ha terminado por asumir la ilegalidad como un fruto inevitable que han mordido sin pensárselo dos veces unos y otros, conservadores y progresistas, fiados de la lenidad de las eventuales sanciones. Y los partidos no están dispuestos, por lo visto, a extirpar ese mal de raíz, ellos sabrán por qué, aunque no resulte difícil imaginarlo a cualquiera contemplando una vida pública en la que la honradez, todo lo más, pertenece al ámbito de la retórica y en la que las penas por violar sus consagrados principios resultan por completo ridículas. La manzana está podrida. Da vértigo pensar que es cuestión de tiempo que caiga del árbol.

Dinero volátil

Lo más desolador de las corrupciones que hemos vivido y estamos viviendo es que nadie devuelve nunca un duro. ¿Cuántas veces han oído ustedes repetir esta buena razón? Hay que recordarlo ante la noticia de que el Tribunal de Cuentas ha condenado a Julián Muñoz a devolver al Ayuntamiento de Marbella –no se rían, por favor—más de 50 millones de euros, una sanción estricta y quizá deliberadamente simbólica, que trata una vez más de salvar la ley y cubrir el expediente ya que otra cosa no cabe. Estamos indefensos ante el saqueo político y hace falta, al menos, un régimen penal grave que contribuya a desanimar a los rapaces. En cuanto a la devolución, olvídense. Aquí nadie devuelve un  duro, empezando por partido en el poder desde hace 30 años.