Fisiología de la ambición

Me entero de que un estudio de la universidad de Cambridge, realizado por John Coates y su equipo, ha logrado averiguar lo que ya llaman el “digit ratio” o proporción entre los dedos como signo anatómico del ‘broker’. Lo que hicieron esos sabios fue pedir a una amplia muestra de tiburones del parquet la huella de su mano impresa en un simple papel, y observando los resultados dedujeron, no sin cierto estupor, que existía, en efecto, un rasgo común a todos esos depredadores que han de tomar decisiones fulminantes, sintetizando instantáneamente multitud de datos y variables: la posesión de un dedo anular más largo que el índice, algo que, miren por donde, ocurre también, por lo visto, con los deportistas. Poco antes, el pasado abril, ya habían estudiado estos curiosos las muestras de saliva de los mismos profesionales, concluyendo que contenían altas concentraciones de testosterona, la hormona testicular, según ellos responsable de la capacidad de concentración mental y de la rápida toma de decisiones, hallazgo que nos permitiría pensar, al menos en principio, que el ‘broker’ no se hace sino que nace, de la misma manera que parece ser que, curiosamente, los fetos masculinos expuestos durante su gestación a mayores dosis de esa hormona poseerán en su plenitud un dedo anular más largo que el de los demás mortales, algo que en algunas mitologías es un buen presagio para la v ida sexual.

El significado de los dedos ha inspirado de antiguo al hombre variadísimas teorías, muchas de las cuales fueron expuestas hace mucho por Marcel Griaule, para quien, sin embargo, era el índice y no otro dedo el instrumento del juicio, de la decisión, del equilibrio y, en definitiva, del dominio de sí, al menos entre los dogones estudiados por él… ¿Se dan cuenta de los progresos del neomaterialismo en el terreno de las ciencias experimentales? En todo caso, la relación entre la ambición y el deseo apunta a un plan biológico, ignoto hoy por hoy, que encerraría las claves del comportamiento y, lo que es más importante, de las capacidades del individuo, mero producto embriológico determinado desde sus orígenes amnióticos por los designios misteriosos de la Madre Naturaleza. La ambición desmedida podría no ser otra cosa, por lo visto, que la causa genéticamente programada del éxito especulador. Quizá nunca debimos abandonar la vieja fisiognómica que nos descifraba al hombre con sólo  mirarle la cara.

Sobre el acento

Explicable explotación del fallo rival, pero torpe recurso el del PSOE-A con esa decisión de enviar desde cada provincia obras literarias señeras a esa diputada catalana, la Negrera, que no es más boba e inoportuna porque no se entrena. ¿Juan Ramón réplica adecuada para defender el “acento” andaluz? Ni él, ni el propio Alberti, ni Muñoz Molina, ni Antonio Machado son, por fortuna, emblemas de un “habla” plural que tiene, en consecuencia, varios acentos propios, sino que escriben un ‘español o castellano’ (como decía Covarrubias en su “Tesoro”) estricto, riguroso, perfecto. Aparte de que no hace falta que la oposición le recuerde la cantidad de veces que, incluso en presencia de Chaves, se ha disparado contra Andalucía desde el ‘sociatismo’ Cataluña. A un bobo otro bobo. El antiguo adagio sigue en pie.

El infierno y la brisa

Tantazo del Ayuntamiento conservador en la concesión de medallas onubenses. Las de Vaz de Soto y Eleuterio Población, inobjetables por los méritos de ambos, por su onubensismo discreto pero fiel. Los de los tres presidentes del Parlamento nacidos en la provincia –los tres del PSOE–, ejemplar porque constituye una prueba de imparcialidad y respeto que deja muy atrás el partidismo y sus miserias. ¿Hubiera hecho el PSOE lo mismo en caso contrario? No lo sabremos quizá nunca, pero parece impensable con sus actuales dirigentes. El título de la vieja novela de Vaz de Soto, citado arrtiba, resulta sugerente. ¿No se podría seguir este ejemplo para templar tanto arrebato y tanta irracionalidad en la competición pública? El alcalde se ha apuntado otro tanto, insisto, pero quien sale ganando es Huelva.

Sexo público

Una deliciosa crónica de nuestra compañera granadina Ana Lozano nos describe el insólito panorama de un abandonado campamento militar de la zona reconvertido por exhibicionistas y promiscuos en lugar de esparcimiento e insólitos ejercicios de sexualidad pública. Amantes y mirones, onanistas y desahogados, han inventado una modalidad nueva de la experiencia sexual de la que se ha eliminado una de sus condiciones más inmemoriales, la intimidad, para ser sustituida por el placer de la mirada indiscreta y, eventualmente, por la participación activa de los espontáneos que, en solitario o en pandilla, rondan como perros a los amantes en busca de ese extraño aliciente. Ana nos informa de que la novedad posee incluso su propio código, indicador del grado de participación admitido-solicitado, de tal manera que un cristal subido concede permiso para mirar, el bajado, para tocar si se desea, y la puerta abierta es ya un signo orgiástico que invita a meterse en el lío por las bravas. La desmitificación del sexo, ése proyecto tan antiguo, toca techo (o suelo, según se mire) con este invento mucho más cercano de Pierre Louÿs que de Epicuro, acerca de cuyos puercos espirituales tan errada anda mucha gente.

No hay duda de que el sexo se pervierte en nuestra era, no porque se liberalice sino porque, probablemente, es un asunto mucho más grave de lo que conviene a una piara. No en vano se ha dicho que, en cuanto se refiere al sexo, ese “cerebro del instinto”, las gentes simples resultan demasiado simples, y las agudas y dotadas de inteligencia no lo bastante, aviso que trata de poner en guardia a los reductores que poseen apenas una noción visceral de ese extraño y apasionante misterio que es la pasión por el cuerpo ajeno. No se trata de moralina ni de volver a la estimativa romántica, pero admitan que la publificación del sexo con todas sus consecuencias más apunta a un  ‘regreso’ a la horda que a cualquier progreso imaginable. Los “doggers”, que así se llaman quienes se entregan a esas prácticas, reducen, probablemente, el sexo en su dimensión  más esencial –infinitamente más vasta, en todo caso, que la del placer–, hasta reencontrar el instinto más primitivo y hacerlo coincidir con la mera fisiología. Nada que ver con Ovidio, Propercio o Calímaco, ni siquiera con Laclos, Sade o Bataille. Aquí no hace falta un  Augusto que ponga orden sino un psiquiatra que oficie sobre las ruinas del humanismo.

La sartén por el mango

Habrá debate sobre el sistema de financiación de las autonomías –la rifa ‘siempretoca’ de ZP—en el Parlamento de Andalucía. Lo que no habrá será debate sobre la crisis económica, eso no, naturalmente. Ahí podríamos llegar, expuestos a que a cualquier memorioso se le ocurra sacar a colación las grandes cifras o declamar sobre sus efectos sobre este sufrido pueblo. Chaves sabe lo que quiere, pero todavía sabe mucho mejor lo que no quiere. Y la crisis ésa que no existía más que en la mente de los antipatriotas, ¿se acuerdan?, es uno de esos temas tabú. Tampoco es cosa de pedirle peras al olmo y menos si éste tiene bien trincada la sartén por el mango.

Rifirrafe sobre el puente

El Ayuntamiento va a reponer las farolas de la discordia, ciento y pico de ellas fundidas ante la pasividad de la Junta, cuya delega de Obras Públicas debe de creer que con ella no va el cuento. Pero advierte que será la última vez que lo haya y que rompe el pacto de palabra de encargarse de ello, ante esa dejadez juntera y, encima, los ataques de ese Pepino local que nos ha tocado en desdicha, el bachiller Jiménez. Estas Administraciones –todas—tienen la idea de que son compartimentos estancos en lugar de servicios complementarios que el administrado paga con sus impuestos, y creen lo que importa es el interés de su partido. ¡Hasta por unas farolas se pelean ya en Huelva! Nadie menos cívico, en este sentido, que esa casta política.