La silla del Papa

La leyenda de la papisa Juana sólo es sólo eso, una leyenda. Pero ha dejado como un poso de duda, como una sombra de sugestión y una imagen extraordinaria: la de la silla de asiento agujereado que los cardenales idearon para que el Gran Camarlengo comprobara personalmente, con el tacto, que el papa elegido en cada sínodo era un varón con todos sus atributos musilianos. Siempre ha sido muy importante la cosa de la gónada para los integristas del sexo. Cuando los mozos de mi generación íbamos a servir a la patria, nos desnudaban a todos para hacernos desfilar ante un facultativo encargado de comprobar la integridad genesiaca de la futura tropa, no fuera a ser que se colara algún castrado o incluso un ciclán accidental, incompatibles con el concepto icónico del soldado entonces vigente. Lo que no se me había ocurrido es que en estos tiempos, en que las milicias acogen a las hembras por tierra, mar y aire, y en que incluso a la cabeza de los ejércitos está una mujer que gasta smoking femenino y manda ‘firmes’ en los desfiles, siguiera manteniéndose aquella oprobiosa imagen de la tropa con los gayumbos arriados y exponiendo su intimidad más secreta a la indiscreción  cuartelera, tal como acaba de relatarnos un transexual llamado Aitor, rechazado para el servicio precisamente por carecer de atributos viriles. ¿Por qué puede militar una hembra genuina y no una sobrevenida que, encima, se considera a sí misma como todo “un hombre en un cuerpo de mujer”? Pues yo no lo sé pero se me ocurre que se lo pregunte a la ministra. A ver qué le contesta.

El filisteísmo de nuestra post-modernidad linda con el absurdo, revelando bajo la superficie inmediata el entrañado prejuicio sexista que constituye a la sociedad y señorea al ejército. ¿Cómo se puede rechazar a un aspirante a soldado al que no le falta nada que tengan las demás mujeres de armas tomar, ni posee nada que éstas no tengan? La leyenda papal expresa muy bien un machismo eclesiástico que poco tiene de evangélico (lean la espléndida obra reciente de José Antonio Pagola, “Jesús. Una aproximación histórica”) pero, en cambio, estas prácticas de la inquisición castrense declaran en qué medida algunas modernidades no son más que ajustes y propagandas diseñados de cara a la galería. Cuando ya tenemos mujeres comandantes o pilotos de caza, ya me dirán qué sentido tiene escudriñarle la entrepierna a quien se acerca voluntario al banderín de enganche.

Listas trucadas

La denuncia ante la Fiscalía de la manipulación por parte del SAS de las listas de espera quirúrgicas ha permitido establecer en Granada que no es posible atender a los pacientes en cuestión dentro de los plazos marcados por el propio SAS, entre 120 y 160 días contados a partir del diagnóstico. La prueba es que si en Granada, a partir de  dicha denuncia, se amontonan de nuevo los pacientes en las listas y en los demás hospitales no, lo que probablemente ocurre es que algo se está haciendo en éstos para favorecer la distorsión estadística ideada oficialmente para escapar del atolladero, por ejemplo, exigir pruebas complementarias o innecesarias para alargar el plazo en cuestión. Quizá fuera cuestión de irse a la Fiscalía en las demás provincias. Es triste pero parece que no queda otro remedio.

Otra vez la dehesa

Desde el Ayuntamiento de Aljaraque o desde la ‘delega’ del Gobierno pueden decir misa, pero la inacabable ola de asaltos a domicilios registrada en Aljaraque –17 asaltos desde noviembre del 2007—es el fenómeno de inseguridad más alarmante que se ha producido en Huelva en mucho tiempo. ¿Cómo es posible que no se haya desentrañado el asunto después de tanto tiempo, cómo explicar que en un espacio tan pequeño se multipliquen tantos delitos idénticos sin dejar rastro? Un fracaso de la seguridad, no hay que darle vueltas, por no pensar en la posibilidad del desinterés policial o en la impericia de los responsables políticos.

Caritas de ángel

En la tele veo un interminable y espeluznante programa en el que se debate, sin especial fortuna, alrededor de la gran delincuencia juvenil, dando voz a las propias madres de las víctimas y a expertos más o menos rigurosos. Da lo mismo, porque en este momento, la sociedad española tiene en la retina esos casos y en la memoria una oscura intranquilidad provocada no solamente por las atrocidades sino por la práctica o relativa impunidad de los asesinos y la inexplicable difusión de ese modelo delincuente. Se habla de las chicas que asesinaron a una compañera en San Fernando para experimentar la vivencia de semejante atrocidad, del que con una katana degolló a su familia entera, de ése otro que simuló durante tres años su orfandad tras llevarse por delante a sus padres y a un hermano, de la bandilla reincidente que torturó hasta la muerte a Sandra Palo en un caso famoso y, antier mismo, del ex-novio que mató a golpes a una joven sevillana para arrojarla luego al río. Demasiados casos como para que una sociedad, incluso tan inercial como ésta, se quede tranquila. En Internet se intenta difundir la imagen del ‘Rafita’, el menor (entonces) que raptó y se ensañó con Sandra, ahora en libertad tras cuatro años de “play station” y trabajitos artesanales en un centro, a pesar de que consta su contumacia expresa, difusión que, a su vez, trata de prohibirse por las razones convencionales. El Mundo ha publicado en portada la cara del asesino de Sevilla y me parece muy bien. Alguna vez habrá que decidirse a no tratar a los perversos mejor que sus víctimas.

Algo más habrá que hacer, en todo caso. Preguntarse si es posible mantener un solo día más una normativa que garantiza la impunidad absoluta o relativa de los menores delincuentes, para empezar. Revisar un sistema correccional ridículo frente a la audacia criminal de esos vándalos. Plantearse, como en Francia, por ejemplo, el control riguroso de la anomia juvenil y su sanción disuasoria o, al menos, ejemplar. Y por supuesto, proponer una amplia reflexión colectiva que habilite a los poderes públicos para enfrentarse con decisión a una indisciplina galopante que comienza en el seno de la propia familia y acaba en la calle pasando por la escuela. Esos “caritas de ángel” constituyen un peligro atroz para una colectividad que, por otra parte, ha perdido, en buena medida, el control de sus propios hijos. Estamos ante un fracaso del sistema de relaciones juveniles asociado a la crisis de la familia y de la autoridad y vivimos una experiencia sin precedentes que sólo desde la beatería puede tratarse de afrontar con los paños calientes de un garantismo sin el menor sentido.

La calle de todos

Desde que la derecha le ha perdido el miedo a la calle, la calle ya no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Y eso está bien, en especial cuando la calle es el único ámbito que le queda a la protesta en vista de la supeditación mecánica de los Parlamentos a las mayorías absolutas o muñidas. El paro, por lo demás, no es de nadie sino de todos, y quizá por eso, aunque ausentes en Málaga, hay sindicatos que desfilan junto a los conservadores. Mientras, el PSOE despliega el aparato del Poder y reparte ministros y consejeros en actos cerrados para contrarrestar el efecto de la protesta del PP. Todo menos ir juntos, ya lo ven, atenidos a la imagen de Chaves que propugnaba mantener a “cada uno en su sitio”. Algo cambia cuando la derecha está en la calle y la sedicente izquierda en el teatro.

Sume y sigue

El Polo está en peligro. Fertiberia acaba de confirmar la orden de Costas, es decir, del Gobierno, de suspender los vertidos de fosfoyesos, lo que conlleva la suspensión de actividad y consiguiente pérdida de 370 empleos. Nilefós mantiene a sus trabajadores sin cobrar y continúa inactiva mientras la Junta de Andalucía no le da los avales prometidos. Tioxide anuncia un cierre en este mismo mes si no se acepta la liquidación de más de 100 puestos de trabajo además de un ERE prácticamente liquidador. Para unos y otros, para poderes políticos y agentes sociales, para críticos y defensores, se acabó el tiempo de los discursos y pronunciamientos. En esta hora difícil no cabe ya más que unirse todos en defensa del trabajo o sentarse a contemplar como la provincia se desploma.