‘Dura lex’

Razonable y justa la iniciativa del Ayuntamiento jiennense de Pozo Alcón al sumarse en pleno a la petición de indulto de la madre que, en octubre del 2006 –o sea, hace más de dos años– abofeteó a su hijo, con intención de corregir una conducta intolerable. Enviar a la cárcel y alejar de su hijo a una madre (minusválida, además) por un incidente familiar de tan escasa relevancia resultaría jocoso si no fuera dramático, por mucho que los jueces aleguen la letra de la ley y digan que las protestas deben dirigirse al maestro armero que legisla y no a ellos. Demasiadas sentencias sorprendentes, algunas extravagantes, poco benefician a una Justicia que bastante debería tener con vérselas con el Gobierno en su pulso desigual.

Lampedusa en Huelva

Gran movida en la dirección de los hospitales de la provincia, desde le ‘Juan Ramón Jiménez’ al Andévalo pasando por Riotinto. “Cambiar todo para que todo siga igual”, el lema del Gatopardo lampedusiano, se ajusta como el guante a la mano a esta estrategia del ruido que me temo que no sirva más que para esconder las graves carencias de la sanidad pública onubense, provocando, por si algo faltaba, fisuras y escisiones en las propias plantillas. La reforma que necesita esa sanidad no es otra que la de invertir dinero, renunciar a mantener como objetivo prioritario el ahorro en este ámbito tan delicado, aceptar que las chapuzas constituyen un atentado del que sólo la fortuna puede salvar al sistema. En la sanidad de Huelva hacen falta muchas cosas –las que los sanitarios está hartos de reclamar–, que no solucionará el relevo de directivos.

Para desmemoriados

Anda circulando por Internet un video que resultaría divertidísimo si no fuera porque trata del dramático asunto de la mentira política que ha servido durante un  tiempo para medrar electoralmente escondiendo la crisis. En él se puede ver a ZP en tres intervenciones electorales cuando todavía era posible ‘pintar como querer’ y atar con longaniza los perros de la realidad. Decir, por ejemplo, que en estos cuatro años la economía española, hoy lamentablemente en recesión, iba a crecer a un 3 por ciento, aunque matizando que sin renunciar a conseguir una tasa más elevada aún; que el panorama laboral se vería aliviado por la creación de 160.000 nuevos puestos de trabajo, cifra igualmente sujeta a la posibilidad de un venturoso aumento hasta los dos millones; que la economía española era fuerte, saludable, creadora millonaria de empleos y embalada por encima de la media europea; que viviríamos una legislatura de crecimiento imparable en materia de trabajo, de políticas sociales y de apoyo generalizado; y que, en fin, en estos cuatro años de nuestras culpas habríamos de lograr el ‘pleno empleo’. Así, sin pelos en la lengua, sin tentarse la ropa, jugando insensatamente con la ventaja del futurible inverificable frente a la realidad. Bien, no hace falta que digamos en qué se equivocaba. Se trata más bien de recordar que, o bien erraba de parte a parte, o bien mentía a sabiendas de que el embuste político no suele pagar alcabala. Hoy parece lógico pensar en el segundo supuesto y resulta no poco indignante escuchar ese discurso irresponsable y enteramente demagógico.

 

Asombra la impunidad política de nuestra vida pública, el corso de la mentira, el filibusterismo de los oportunistas, pero más que todo eso asombra la desmemoria de este pueblo y la mínima capacidad para recordar la estafa electoralista que certifica el mantenimiento de las expectativas políticas actuales. Frente a lo habitual en las democracias que exigen transparencia a toda costa, o se da por descontado que, para los políticos, la verdad es irrelevante o tal vez ocurra que para quien es irrelevante el camelo es para la opinión pública, algo que, contando con la capacidad virtual de las nuevas tecnologías resulta difícil de entender. El país en recesión y un millón de parados apenas en un año no bastan para desacreditar a un embaucador cuyas falsedades cualquiera puede ver y escuchar de nuevo sin moverse de casa. No hay otro remedio que pensar que nuestro sistema de opinión pública ha naufragado en el piélago demagógico. Puede que la crisis económica no sea sino la superficie abrupta de una profunda y sibilina crisis moral.

La batalla de EpC

Unos y otros se tiran los platos a la cabeza aprovechando, cada cual a su manera, el impulso de la sentencia del Tribunal Supremo sobre los recursos de los objetores a la asignatura Educación para la Ciudadanía. Desde la Junta se aprovecha para hablar de la carcundia del PP y de la derecha extrema, desde enfrente se la acusa de pretender adoctrinar a los escolares como hacen los totalitarismos, y el Defensor del Pueblo predica la conciliación razonable que, a mi modo de ver, por lo que ha trascendido de la decisión judicial, sería lo lógico y discreto: aceptar la asignatura y quitar de ella los contenidos vidriosos o, efectivamente, terciados por la ideología. Se podría enseñar la Constitución (cosa que no se hace) y renunciar por ambas partes a imponer un modelo ideológico. Cualquier otra cosa, con pleito o sin él, es una tontería o una barbaridad.

IU pesca votos

Está bien, nada que objetar, es lo suyo, pero una cosa es que IU alerte de que Huelva es la provincia que más empleo destruye en Andalucía y que la mitad del empleo es temporal, y otra que ponga autobuses gratuitos enm la Peña Flamenca para trasladar al personal a esa manifestación frente a la crisis laboral que no ha tenido otro remedio de convocar una vez que el Partido Popular se le adelantara –que tiene mandanga—y convocara la suya. Normal,  ya digo, la pesca de votos a río revuelto, pero esa actitud crítica y combativa hay que mantenerla y no sólo afectarla en ocasiones. En el Parlamento, por ejemplo, donde IU ha sido un peón de la mayoría absoluta durante legislaturas enteras. La calle, ése último recurso, no basta, y menos compartida.

Lo propio y lo ajeno

Una experta conservadora del Prado, Manuela Mena, ha dado, por fin, a la luz sus razones para excluir la famosa obra “El Coloso” de la pictografía de Francisco de  Goya, despajando esa duda que anda planteada desde hace algún tiempo junto a la sospecha de que las “pinturas negras” de la Quinta del Sordo no fueran tampoco de la mano del maestro sino de la de su propio hijo. De nuevo, pues, se plantea el tema y problema de la autoría, tan sugerente, hace bien poco ocupado con el plagiazo perpetrado por el gran novelista Bryce Echenique, quien habría firmado en su país un puñado de artículos ajenos publicados en España, pecado por el que ha sido sancionado oficialmente en Perú, pero que, a mi juicio al menos, para nada afecta a la excelencia de una obra como la suya ni, por tanto, cuestiona su condición de eximio escritor. A Juan Ramón se atribuye una anécdota apócrifa, que contaba el desaparecido Juan Collantes de Terán. Contaba Collantes que cuando un aguililla trató de poner en evidencia al maestro retrucándole que un poema que acaba de denostar como muy malo no era suyo sino de un consagrado del 27, Juan Ramón contestó: “Ah, entonces es muy bueno”, réplica cuajada de cinismo pero que sugiere no pocas consideraciones a propósito de la relación de la obra con el autor, como es natural siempre subjetiva, al margen incluso de su entidad estética. Mena ha visto en la tosquedad del trazo, en las correcciones acumuladas o en el desorden lineal, otras tantas buenas razones para desconfiar de la autoría de Goya, incluso prescindiendo de las dos inquietantes iniciales que aparecen  en un ángulo inferior del cuadro, ‘A L’, y que probablemente correspondan a su discípulo Asensio Juliá.

“Lo que no es tradición es plagio”, dejó dicho Eugenio D’Ors, pero Giradoux llegó mucho más lejos al afirmar en su olvidado “Siegfried” que, al fin y al cabo, el plagio es la base de todas las literaturas, excepción  hecha de la primera que, naturalmente, desconocemos. El problema, en todo caso, no es ahora el hecho mismo de la apropiación, sino la cuestión de hasta qué jodido punto la estimativa se doblega voluntaria al prestigio de los grandes nombres, porque quizá desde ahora haya quien mire “El Coloso” con ojos distintos y como velados por la desconfianza, como si sus virtudes y sus defectos non fueran hoy y mañana los mismos que fueron siempre mientras duró la admiración incontestada. Yo dejaría el cuadro donde está. El arte es autónomo desde el momento en que lo firma su autor genuino o el depredador.