La guerra del agua

No hay mejor ilustración de la insolidaridad que mina el Estado autonómico que la disputa por el agua. Una guerra arcaica, en todo caso, consecuencia de la imprevisión de los gobernantes, hoy convertida, además, en un pulso entre partidos. Vieja cuestión. El ‘Génesis’ cuenta que los filisteos cegaron los pozos abiertos por Abraham e Isaac volvió a abrirlos con el resultado de una nueva pelea entre pastores: riña significa, en efecto, el nombre del pozo de la discordia, ‘Esek’. La tribu mantenía en secreto el lugar de su pozo, como hasta hoy día hace el tuareg, cuando no los envenenaba para eliminar al enemigo, como ha ocurrido no hace mucho en Palestina. El agua, bien escaso, fue siempre motivo de tensión entre las tribus y como tribus se comportan cada vez más nuestras autonomías, quizá para hacer buena la sentencia de Unamuno de que “en España no hay lucha de clases sino guerras de tribus”. La antigua aspiración del “regeneracionismo”, todavía defendida con entusiasmo por el novelista Juan Benet, de lograr que la España húmeda cediera su excedente a la España seca, decae frente a la ferocidad partidista que trata de envenenar a sus pueblos embaucándolos con la leyenda de la propiedad indeclinable, el viejo cuento del agravio –tan eficaz siempre, por desgracia– que ve en el sediento al maniqueo y sustituye la solidaridad por el egoísmo más ingenuo. Ríos mal regulados en sus cuencas vierten enormes caudales al mar o anegan las tierras propias, con tal de no ceder el sobrante al necesitado en el que se ve a un depredador. Es la vieja lucha por el pozo, la bronca tribal en el desierto mítico, el guión cainita actualizado por la oscura ambición partidista. Por algo decía Novalis que al agua es una llama mojada, o algo así. Una llama que amenaza con incendiar este país tribal socarrado por la lucha política. Otro de los pozos de Isaac recibió el nombre de ‘Sitna’. Significa odio.

                                                                 xxxx

En Cataluña se habla ya abiertamente de “la guerra del agua”, que hay que evitar, faltaría más, pero que es fomentada desde cada rincón del ring. Se han percatado de pronto de que “la ciudad de los milagros” carece de agua potable, de que bajo el esplendor de la identidad acecha la sed. Y piden agua a Almería los mismos que se la negaron, que no son sino los que, con su imprevisión o ineficiencia, entretenidos en sus garatas lugareñas, han dado lugar a esta difícil situación, los mismos que dijeron aquello tan inhumano de “ni una gota de agua para el Sur” y que ahora pretenden arrebatar la del Segre a otras provincias o arramblar con la del Ródano francés, además de hacerse con la depurada en Almería. Bajo Isabel II, Bravo Murillo acometió el proyecto del Canal que abastece desde entonces a Madrid, un proyecto ideado en el XVI, pero casi un siglo antes Zaragoza se abastecía ya cómodamente por el Canal Imperial de Aragón, la obra de Pignatelli, que como el Canal de Castilla pretendía regular nuestros ríos haciéndolos navegables. ¡Que desoladora distancia entre aquellos patriotas audaces y esta pandilla de inútiles que se acusan en sede parlamentaria (sin consecuencias, por supuesto) de llevarse el “tres por ciento” de cada obra pública! No creo que haya muestra más elocuente del fracaso de la solidaridad autonómica que este encanallado forcejeo empeñado ante y sobre todo en perjudicar al rival y que, encima, no es capaz ni de resolver su propio problema. Pero quítense de la cabeza la imagen de los pueblos enfrentados, porque no son los pueblos sino los partidos quienes ahora ocultan el manantial o envenenan el pozo, con la vista puesta siempre en las elecciones. El Ebro ha desperdiciado en el mar un caudal que hubiera bastado sobradamente para regar la huerta murciana. Ah, pero Murcia “es” del PP. Es posible que España no sucumba a esta filosofía aldeana pero puede que no sobreviva a la sequía insolidaria.

Otro costal

Este Parlamento constituido ayer va a ser, con toda probabilidad, muy diferente del anterior. Empezando porque ya es relevante el acortamiento de distancias entre PSOE y PP (15 escaños), y luego, porque en el día a día al partido mayoritario le faltará un PA hace tiempo convertido en acólito de urgencia y tendrá que vérselas con una IU seguramente escarmentada por el coste de su pasado seguidismo. Y Arenas. No será lo mismo medirse con Teófila Martínez –tan digna todos estos años– que hacerlo con alguien que posee una experiencia máxima y un conocimiento minucioso de la región y de sus problemas, aparte de una capacidad dialéctica que seguro que intranquiliza a Chaves. La mayoría absoluta es mucho, pero evita el riesgo de quedar en evidencia. Por eso digo que estos cuatro años van a ser diferentes y positivos. Queda por ver cómo se las arregla Canal Sur a la hora de resumir los debates.

El cachondeo del POT

El TSJA ha anulado el Plan de Ordenación Territorial (POT) de la Costa Occidental de Huelva por defecto de forma. Después de haber sido aprobado en 2006, otra vez lo paran en seco, con el consiguiente perjuicio para la actividad económica derivada del importante sector. Hay que recordar que, cuando en 1999, la Junta inició esa aventura calculó en un año el tiempo necesario para rematar el plan y ponerlo en funcionamiento, lo que supone que vamos ya para el decenio de retraso y sin buenas perspectivas a la vista. Algo que tal vez se podría haber evitado, no sólo haciendo las cosas bien, sino dialogando con las partes afectadas, en especial con los Ayuntamientos (propios y extraños). Algo que no se hizo y estas son las consecuencias.

La eterna juventud

La ilusión de la juventud perpetua ha acompañado al hombre siempre. En la era mítica imaginó una fuente divina que rejuvenecía al anciano, como parece que le contaron a Ponce de León los caciques de Florida hasta volverlo tarumba. Una crónica tardía de Indias cuenta que esos caciques visitaban un manantial prodigioso y volvían al poblado enteramente rejuvenecidos, dispuestos a tomar nueva mujer y engendrar nueva prole. Pero el mito se renovó en nuevas claves mágicas, al menos desde el Renacimiento, en torno a una figura señera, el ‘doctor Fausto’, mago medieval reconocido, al parecer, sobre el que mucho antes de que Goethe nos contara la fantástica historia de su pacto con el Diablo, ya habían escrito Marlowe y algún otro. No tiene bastante, el hombre, con la prolongación de la esperanza de vida –que en el pasado siglo pasó de 45 a 75 años en el varón– sino que se empeña en mantener intacto el cuerpo juvenil, unas veces con el dudoso concurso de la cirugía, otras controlando con prudencia su modo de vida. Goethe se encontró la novela de ‘Fausto’ escrita en la pared de una taberna de Leipzig cuando todavía era estudiante aunque supo elevarla a una altura memorable y tan moralizante, en definitiva, como la fantasía de Wilde sobre el retrato de ‘Dorian Grey’, pero la verdad es que no dejan de surgir aquí y allá propuestas de longevidad y juventud cada día más optimistas. Me he leído, por ejemplo, la “fórmula” hecha pública por los ‘Archives of Internal Medicine’ y me he quedado igual, pero desde un hospital bostoniano anuncian la posibilidad efectiva de que el hombre disciplinado viva ya hasta los 90 años, una miseria comparada con los 120 que augura que aguantará la actual ‘basca’ una investigadora de Cambridge, Aubrey de Grey. Me imagino la cara que pondrán los contables de la Seguridad Social si cae en sus manos esta noticia.

                                                                xxxxx

 Vivir más, pero vivir bien, con “calidad de vida”, como ahora se dice imitando aquel concepto inventado por Giscard allá por los  felices 70. La idea que se abre paso es que igual la duración de la vida que la conservación física, no dependen tanto de la genética como de los factores ambientales que está en nuestra mano controlar y, en ese sentido, un sabio de la universidad de Tufts asegura haber conseguido probar que las ratas pueden conservar intactas su capacidad cognitiva y motora casi indefinidamente, siempre que se las alimente de forma constante y regular con nueces, cuyo alto contendido en antioxidantes garantizan la conservación de su estructura neuronal, hipótesis extensible a los humanos que, alimentados con esos frutos, bayas y zumos de fruta, aumentarían decisivamente su “esperanza de salud”. Se multiplican los hallazgos y propuestas esperanzadoras en una sociedad que ha sacralizado la juventud y que, por eso  mismo, se vuelve irremediablemente fáustica, dispuesta a pactar como sea con el esquivo diablo comprador de esas almas en las que apenas se cree ya, decepcionada tantas veces tras al fracaso de las chapuzas quirúrgicas y las falsas panaceas, pero abierta siempre a la novedad que, con vitola científica, nos llega cada dos por tres de lejanos laboratorios tras los que acaso se esconden meras agencias de publicidad. Desde el ‘gerovital’ o el ‘viagra’, ‘don Juan’ y Mesalina han progresado lo suyo, eso no se puede discutir, pero me da que la decadencia fundamental, la huella fatídica con que el tiempo nos marca de manera indeleble, no tiene cuartel por mucho que los actuales arcabuceros de Ponce rastreen minuciosamente la Florida de esa esperanza siempre defraudada pero nunca vencida. Goethe se consolaba, después de haber escrito la odisea del maestro y ‘Margarita’, advirtiendo que si la juventud es un defecto, no hay que preocuparse porque se remedia pronto. Menos mal. O mejor, quien no se consuela es porque no quiere.

Nuevas tecnologías

Asombroso lo que se va sabiendo sobre el estado real de la Administración de Justicia, sobre la situación menesterosa en que se hallan jueces y fiscales, escuchar a un sindicato, por ejemplo, que fallos como el del escándalo actual “se producen a diario” o a un expresidente de la Audiencia que “el Sistema hace agua por todas partes”, al CGPJ que el fallo “ha sido clamoroso o a una alta institución  admitir que el sistema de Inspección actual no vale un duro. Y la guinda: que el “sistema Adriano”, la perla informática presentado cien veces en sociedad y exhibido como prenda de modernidad, es un cacharro incapaz de cruzar los datos precisos para controlar a un justiciable. Ahora todo el mundo ve claro lo que se venía diciendo hace mucho. Todo el mundo menos la Junta, dormida plácidamente en el sueño de la II Modernización.

Confesión general

Reclaman desde el PSOE e IU al PP que aclare las circunstancias de lo ocurrido con la gestión municipal en su antigua alcaldía de Aljaraque. Y llevan toda la razón. Lo malo es que, en este momento, en Huelva no se escapa nadie de la necesidad de dar explicaciones a los ciudadanos en relación con sucesos y situaciones más o menos tremendos. IU, si ir más lejos, haría bien en andarse con pies de plomo a la hora de referirse al brote racista surgido en su día en ‘su’ Ayuntamiento de Cortegana. El PSOE, por su parte, debería explicar –dada la gravedad insólita del hecho, por boca de propio Chaves– qué responsabilidad tiene la Junta en el sangrante e irreparable caso de Mari Luz, una vez reconocido hasta por el lucero del alba el estado calamitoso en que la consejería del ramo mantiene a la Administración de Justicia. Confesión general, pues, que de nada serviría sin dolor de corazón ni propósito de enmienda, pero que resulta imprescindible ante el desconcierto reinante.