Contra el oleoducto

Importante la concentración en Cala de manifestantes contra el proyecto de oleoducto y refinería de un grupo afín al PSOE y, en consecuencia, protegido por él. A pesar de lo cual. Uno cree que el proyecto cuenta con las bendiciones precisas, incluida la personal y pública de ZP, lo que quiere decir que la Junta y el Gobierno lo apoyarán como pago a ciertos servicios prestados. ‘Do ut des’. Lo que se haga en adelante debería contar, en todo caso, con la posición clara de la opinión y de todos y cada uno de los agentes sociales, en lugar de mantenerse este clima de medios pronunciamientos y camelos oportunistas. Nada justificaría una oposición caprichosa al oleoducto, pero tampoco un apoyo interesado.

Vivir sin vivir

La batalla en torno a Eluana, la paciente italiana en coma que hace 16 años sobrelleva una existencia  vegetativa, se está convirtiendo en un espectáculo intolerable. Un drama que tratan de dilucidar entre dos ‘ideologías’ opuestas y ajenas al sujeto paciente, una batalla de muchos alrededor de nadie, en la que no hay más pólvora que la que se guarda en la santabárbara de las creencias. La Antigüedad clásica resolvió sin problemas la cuestión de la eutanasia –no hay mejor cliché que el de Séneca en la baño asistido por su médico–  que ni siquiera precisó de nombre para practicarse en uso del supremo derecho del individuo sobre su propia vida. Luego, el derecho a la vida ha sido arrebatado al individuo tanto por la religión como por la política, dos discursos estrictamente ‘ideológicos’, que tratan de administrarlo en función de premisas ajenas al dueño realengo, que no es otro que la persona consciente, incluso más allá de toda lógica, cuando las circunstancias alcanzan niveles tan inaceptables como los del caso presente. “Vivo sin vivir en mí”, decía la doctora Teresa, y podría decir, si “viviera”, esa Eluana que lleva dieciséis años reducida a una existencia vegetal mientras a su alrededor tratan de ajustar cuentas unos y otros, quienes entienden la vida como un bien propio de la voluntad del sujeto, y los que ven en ella un hecho independiente de sí mismo y, en consecuencia, perteneciente a instancias –la voluntad divina, el poder del Estado– definidas ‘ideológicamente’. Una batalla de muchos en torno a una ausencia, eso es todo. Shakespeare dice en ‘Otelo’, si mal no recuerdo, que es tontería vivir cuando la vida es un  tormento porque la muerte es entonces nuestra medicina. Sólo desde el voluntarismo ideológico se puede contraargumentar esta terrible verdad.

Indigna contemplar el espectáculo, los jueces favorables y sus contradictores, los fanáticos de la “muerte digna” frente a los empecinados defensores de la vida a ultranza, el papa calificando de “abominable asesinato” la desconexión clínica de esa muerta en vida, el gobierno entrando a saco por decreto para avasallar la piadosa elección de los padres y hasta la propia decisión de los jueces. Habla Kafka: “Me he pasado mi vida conteniendo el deseo de ponerle fin”. ¿Quién puede oponerse a esa suprema libertad, con qué argumentos que no sean ‘racionalizaciones’ derivadas de principìos ‘particulares’? Conmueve el espectáculo, insisto, la trifulca en torno al ataúd abierto, el abuso de una difunta de hecho disputada como un triste trofeo en la cacería política. Vivir sin vivir. El forcejeo en torno a esa desdichada es un escándalo moral que, afortunadamente, por una vez, ni siquiera tiene víctima.

Abrir nuevas frentes

La Junta, la consejería de Ecuación, se ha empeñado en abrir un frente nuevo donde no lo había: el comienzo del curso que se pretende adelantar una semana. ¿Para qué? Ah, tal vez “por xoder”, como decía el alcalde de Verín, quizá por pura ‘reglamentitis’ (ese mal de los aficionados en política), acaso para desviar la atención, en la medida de lo posible, de la catastrófica situación de la enseñanza y drenar la indignación que infla la paciencia de la comunidad educativa. Para “hacer como que se hace”, a ver si me explico, dejándolo todo como estaba. Tendremos otro curso desastroso pero una semana antes. Verdaderamente podríamos ahorrarnos el gasto de estos enredadores.

El lío del CES

No entiendo bien el lío del Consejo Económico y Social, creado por el alcalde en la etapa de colaboración con IU a propuesta de la coalición, y que ahora se propone reformar a la baja . Reducir gastos es lo más razonable en tiempos como los que corren, sobre todo si la Diputación dice que va a crear el suyo (¡), o sea, un CES provincial que es lo que tiene sentido, siempre que tenga entre sus competencias la lógica, a saber, el estudio y relativa fiscalización de sus Presupuestos que es de lo todos huyen. Se puede incluso no apreciar como necesario ese organismo, pero aún así lo lógico dadas las circunstancias, sería hablar sin condiciones ni retrancas previas hasta llegar a un acuerdo. En Huelva sobran discrepancias, tirones, zancadillas y putadas y falta sentido democrático. Sería cosa de no poner las cosas todavía peor.

Cosas de la crisis

En pleno corazón de Manhattan, en la encrucijada de la Séptima Avenida con Brodway, en la mítica Times Square en que los alcaldes se toman juramento y los presidentes bailan el vals, inacabables colas ante una taquilla improvisada aguardan la misteriosa ayuda de un sujeto embozado que reparte dinero gratis entre quienes se lo piden con un buen motivo. Parados, excombatientes o familiares de enfermos, toda la previsible fauna de la crisis, se aprieta expectante hasta ser recompensada, según el criterio de ‘Bailout Hill’, esto es Bill el rescatador, con cantidades que oscilan entre los cincuenta dólares y sumas mucho más considerables, sin que se les pida a cambio otra cosa que la exposición de su caso y  necesidad. Sus ayudantes explican a los ciudadanos, eso sí, que Bill –que ahora se sabe que lo que busca es promocionar un ‘sitio’ de Internet en el que se ofrecen objetos en desuso—pretende tan sólo hacer con los individuos, uno por uno, lo mismo que el Gobierno está haciendo con los potentados de la banca y de las grandes empresas como estrategia para frenar o tal vez escapar a la crisis galopante, es decir, darles dinero contante y sonante, dinero caído del cielo de la oportunidad como un maná imprevisible. Así va la cosa de desmadrada en esa Babilonia que ha comprobado inesperadamente el contraste entre su colosal estatura y la debilidad de sus pies de barro, arrastrando tras de sí al planeta entero. He visto pocas imágenes más elocuentes y críticas sobre la gravedad de la crisis y el oportunismo del Poder que la silueta de ese embozado.

Aquí, como en los EEUU, como en la culta Europa, los potentados no han tenido que hacer cola congelados ante ninguna taquilla para que el limosnario les arrime las fabulosas ayudas que nadie sabe a dónde van, cómo se administran ni con qué objeto social, y a pesar de las cuales los beneficarios se las mantienen tiesas con los Gobiernos, ternes en su actitud restrictiva y cerrada. Y uno piensa, perplejo ante el espectáculo de Times Square, que tal vez no sea ninguna pamplina la idea de ese reparto directo, mano a mano, que tal vez no va a sacar de pobres a los pelados de la mano tendida, como los magnates de las grandes ayudas no van a sacar de apuros más que a sí mismos. El viejo dilema sobre la caridad o la filantropía revive su imagen más extravagante en pleno corazón de Manhattan mientras en Wall Strett, “the big money”, el gran dinero, desprecia la calderilla y se repone con la millonada recibida. Cualquier cosa es posible en Nueva York. Incluso una apoteosis del individualismo en plena crisis global.

La comedia de las Cajas

Chaves anda vendiendo por ahí que le va apretar las tuercas (sic) a las Cajas de Ahorro para que abran el grifo y contribuyan muníficamente a resistir frente a la crisis económica. ¡Como si las Cajas fueran instituciones independientes y no órganos teledirigidos por él mismo a través de unos directivos y consejeros casi sin excepción con el carné en la boca! Cuentos: Chaves pone y quita como quiere a los que mandan en las Cajas (recuerden lo que les ocurrió a los dos presidentes que osaron ir por libre), de manera que si quiere que las Cajas se abran a la sociedad no tiene más que ordenarlo a esos subordinados que le obedecerán ciegamente. Lo demás es pura comedia y no es de recibo que encima de cornudos nos apaleen.