Síndicos mansos

Cierta conversación revelada por un micro abierto, ay, nos permite conocer, al fin, por qué los sindicados “de clase” no protestan contra la extremada situación del paro y callan como muertos a la espera de que Chaves, como ya se ha anunciado, muña el siguiente acuerdo de “concertación social”, es decir, les reparta una vez más la imprescindible pasta gansa para cervantino “buen gobierno de las tripas”. Y es que según ellos, la culpa del paro la tiene el PP, o “los suyos”, y no las Administraciones que han mirado para otra parte mientras duró el festín o ellos mismos, que han bailado el minué como el desastre que se avecinaba no fuera previsible. ¿Se lo creerán en serio o será que se sienten, sin más, funcionarios del Poder? Si les digo la verdad, lo mismo me da una cosa que la otra.

Brillante patrón

Brillante y sorprendentemente objetiva la concesión de Medallas de la Ciudad para este San Sebastián. Inobjetables galardones a instituciones y empresas, prestigiosa elección de personajes onubenses destacados de la vida pública nacional, singular homenaje a tres políticos de la acera de enfrente a la de la mayoría absoluta municipal. El alcalde dijo que el onubensismo no e suna ideología sino una disposición o un proyecto común a favor de la mejora de Huelva y su provincia. Pero la gente lo que comentaba más era la liberal concesión de medallas, por parte del PP, a dos primeras espadas del PSOE y a una de IU. Un ejemplo a seguir, que no será seguido probablemente, pero que ahí queda. Aquí resulta raro que la excelencia sea el criterio para elegir o premiar.

Lenguas de ángeles

Un responsable de los correos franceses ha prometido solemnemente que antes de que finalice este año de gracia de 2009, los sistemas disponibles en sus servicios serán capaces de leer todas las direcciones que los caprichosos remitentes opten por escribir en bretón en lugar de hacerlo en el francés jacobino, de manera que no se les escapen en lo sucesivo las confusiones debidas a la peculiaridad de los signos de puntuación regionales ni la especificidad de muchas de sus palabras, superándose de este modo las dificultades que al sistema de “lectura óptica” planteaban hasta la fecha  los apóstrofes o los topónimos bretones. Más hondura tiene el creciente conflicto belga, el entablado entre valones y flamencos, que trae al país sin gobierno desde hace muchos meses, y que ha permitido incluso a un profesor emérito de la universidad de Bruselas publicar un libro en el que plantea, como posible solución, la anexión de la Valonia por Francia, que supondría ni más ni menos que la liquidación del estado belga. Entre nosotros acaba de oírse también la voz del viejo Pujol reclamando el uso exclusivo del catalán en los medios de comunicación hasta el extremo de censurar a cierto conocido escritor –catalanista, por más señas—el haber usado el plebeyismo “gilipollas” en lugar en emplear sus correspondientes catalanes que, por cierto, dicen los expertos que no existen. Esta matraca de la lengua genuina no tiene solución, probablemente. Fíjense, por citar sólo un ejemplo, lo que decía allá por el XVIII don Manuel de Larramendi: “Para hablar a los ángeles en su lengua es necesario hablarles en bascuence”. Podría, desde luego, pero no les digo más.

De lo grave a lo banal, la guerra de lenguas se está convirtiendo en un curioso rasgo de época que sugiere un cierto retorno al romanticismo y una incuestionable concesión a la tentación aldeana que ve en el uso vernáculo una imprescindible afirmación de la imaginaria personalidad colectiva, bien que lo que ande buscando, en la práctica, sean objetivos políticos (¡y económicos!) mucho más prosaicos. El moderantismo radical de Pujol –si me permite la sólo aparente contradicción en los términos– no deja de resultar gilipollesco o como en lengua catalana se diga y pronuncie el sinónimo que fuere, pero es evidente que bajo estas chuscas escaramuzas subyace un fondo mucho más trascendente que hasta pone en entredicho la entidad estatal, quiero decir nacional. Ni tipos como Léon Degrelle hubieran soñado siquiera estos dislates inspirados, mejor que peor, en la lengua de los ángeles.

Belmonte

Se asombra ZP de las “cosas asombrosas en torno a presuntos espionajes” conocidas en la batalla de Madrid por el control de su gran caja de ahorros. ¿Y no se inquietó, acaso ni se enteró, de las cosas asombrosas ocurridas en Andalucía en torno al espionaje perpetrado en alguna caja que llegó a salpicar al presidente Chaves y a su pretorio, y que movió a éste a sentar en el banquillo –sin éxito, por cierto– a los periodistas que osaron informar responsablemente de aquel enredo? La paja y la viga, lo de siempre, pero una vez más el descaro de utilizar contra el rival lo que se protesta cuando se utiliza contra los propios intereses. Por espiar, en España se ha espiado hasta al Jefe del Estado, al mismísimo Rey. No sé, pues, de qué se asombra ZP.

El AVE de Chaves

Ya lo ven: a Chaves no le corre ninguna prisa la prolongación del AVE hasta Huelva pero acaba de proclamar que, para la Junta, de la vía de alta velocidad Sevilla-Huelva-Faro tiene un “interés estratégico”. O sea que si llega el AVE a Huelva será porque pille de paso para otros territorios que la autonomía andaluza considera prioritarios, no porque sus repetidos compromisos con nuestra provincia signifiquen lo más mínimo para un Chaves que considera innecesario favorecer a provincias electoralmente seguras, en las que el tinglado socieconómico del “régimen” garantiza su perpetuación. Huelva puede esperar y Chaves no tiene prisas. Otra cosa es si se trata de Faro…

Papel mojado

¿Cómo confiar en una gobernación  basada en Presupuestos irreales, por no decir, falseados, en previsiones en absoluto compatibles con la realidad? Ésa es una pregunta que planea sobre la política española –nacional, autonómica—desde que los diversos poderes han tenido que ir reconociendo la absoluta inadecuación entre las circunstancias que previeron a la hora de presupuestar el año y una realidad deteriorada y en caída libre que no permite seguir manteniendo el cuento. ¿Cómo confiar en que se nos administre bien desde gobiernos cuyos Presupuestos parten de principios falsos y rompen en conclusiones erróneas? Cristóbal Montoro explica en las “Charlas” onubenses el absurdo que supone mantener unos Presupuestos irreales y aplicarlos sobre una realidad radicalmente diferente a la prevista en ellos. Hay leyes y leyes, dice. Un precepto de tráfico, un delito cualquiera, está para ser cumplido sin remisión, al menos en teoría; una ley de Presupuestos disfruta de un extraño estatuto en virtud del cual se cumplirá… si se puede, y si no, no. ¿No promete la Constitución un puesto de trabajo o una vivienda digna para cada ciudadano? Pues tres cuartos de lo mismo ocurre con los Presupuestos, leyes reducidas hoy, en la práctica política, a meras enunciaciones de un compromiso público que es todo menos vinculante. Los incumplimientos del Poder –los de Chaves, por ejemplo, son legendarios—no comprometen en absoluto la responsabilidad del gobernante. La vieja tela de araña.

¡La tela de araña propuesta por Solón el Sabio –según  recuerda Hegel–, la misma de la que habla Platón y, más cerca, entre nosotros, Juan Luis Vives, la que reaparece en “La Maison Nucingen” de Balzac! La ley decisiva de cada año resulta que, si se tercia, es papel mojado: los políticos, esos manijeros pragmáticos, la retorcerán hasta exprimirle el jugo deseado. Pero entonces, ¿qué queda de democracia económica en estos ejercicios trucados? La crisis está desvelando el secreto a voces de que los controvertidos Presupuestos son, llegado el caso, perfectamente prescindibles: se gobierna sin ellos, al margen de ellos, a pesar de ellos, pero se gobierna. ¿Podemos fiarnos de unos gestores que propusieron un Presupuesto inaplicable por ignorar o no querer ver la inconveniente realidad? Yo creo que no, pero ahí están: tan panchos. “Se puede robar un monte pero no se puede hurtar un pan”, al menos en España. La ley mayor resulta que es papel mojado. Cicerón decía que hay que ser esclavo de la ley para ser libre. Hoy, como entonces, no se lo cría ni él.