Otro costal

Este Parlamento constituido ayer va a ser, con toda probabilidad, muy diferente del anterior. Empezando porque ya es relevante el acortamiento de distancias entre PSOE y PP (15 escaños), y luego, porque en el día a día al partido mayoritario le faltará un PA hace tiempo convertido en acólito de urgencia y tendrá que vérselas con una IU seguramente escarmentada por el coste de su pasado seguidismo. Y Arenas. No será lo mismo medirse con Teófila Martínez –tan digna todos estos años– que hacerlo con alguien que posee una experiencia máxima y un conocimiento minucioso de la región y de sus problemas, aparte de una capacidad dialéctica que seguro que intranquiliza a Chaves. La mayoría absoluta es mucho, pero evita el riesgo de quedar en evidencia. Por eso digo que estos cuatro años van a ser diferentes y positivos. Queda por ver cómo se las arregla Canal Sur a la hora de resumir los debates.

El cachondeo del POT

El TSJA ha anulado el Plan de Ordenación Territorial (POT) de la Costa Occidental de Huelva por defecto de forma. Después de haber sido aprobado en 2006, otra vez lo paran en seco, con el consiguiente perjuicio para la actividad económica derivada del importante sector. Hay que recordar que, cuando en 1999, la Junta inició esa aventura calculó en un año el tiempo necesario para rematar el plan y ponerlo en funcionamiento, lo que supone que vamos ya para el decenio de retraso y sin buenas perspectivas a la vista. Algo que tal vez se podría haber evitado, no sólo haciendo las cosas bien, sino dialogando con las partes afectadas, en especial con los Ayuntamientos (propios y extraños). Algo que no se hizo y estas son las consecuencias.

La eterna juventud

La ilusión de la juventud perpetua ha acompañado al hombre siempre. En la era mítica imaginó una fuente divina que rejuvenecía al anciano, como parece que le contaron a Ponce de León los caciques de Florida hasta volverlo tarumba. Una crónica tardía de Indias cuenta que esos caciques visitaban un manantial prodigioso y volvían al poblado enteramente rejuvenecidos, dispuestos a tomar nueva mujer y engendrar nueva prole. Pero el mito se renovó en nuevas claves mágicas, al menos desde el Renacimiento, en torno a una figura señera, el ‘doctor Fausto’, mago medieval reconocido, al parecer, sobre el que mucho antes de que Goethe nos contara la fantástica historia de su pacto con el Diablo, ya habían escrito Marlowe y algún otro. No tiene bastante, el hombre, con la prolongación de la esperanza de vida –que en el pasado siglo pasó de 45 a 75 años en el varón– sino que se empeña en mantener intacto el cuerpo juvenil, unas veces con el dudoso concurso de la cirugía, otras controlando con prudencia su modo de vida. Goethe se encontró la novela de ‘Fausto’ escrita en la pared de una taberna de Leipzig cuando todavía era estudiante aunque supo elevarla a una altura memorable y tan moralizante, en definitiva, como la fantasía de Wilde sobre el retrato de ‘Dorian Grey’, pero la verdad es que no dejan de surgir aquí y allá propuestas de longevidad y juventud cada día más optimistas. Me he leído, por ejemplo, la “fórmula” hecha pública por los ‘Archives of Internal Medicine’ y me he quedado igual, pero desde un hospital bostoniano anuncian la posibilidad efectiva de que el hombre disciplinado viva ya hasta los 90 años, una miseria comparada con los 120 que augura que aguantará la actual ‘basca’ una investigadora de Cambridge, Aubrey de Grey. Me imagino la cara que pondrán los contables de la Seguridad Social si cae en sus manos esta noticia.

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 Vivir más, pero vivir bien, con “calidad de vida”, como ahora se dice imitando aquel concepto inventado por Giscard allá por los  felices 70. La idea que se abre paso es que igual la duración de la vida que la conservación física, no dependen tanto de la genética como de los factores ambientales que está en nuestra mano controlar y, en ese sentido, un sabio de la universidad de Tufts asegura haber conseguido probar que las ratas pueden conservar intactas su capacidad cognitiva y motora casi indefinidamente, siempre que se las alimente de forma constante y regular con nueces, cuyo alto contendido en antioxidantes garantizan la conservación de su estructura neuronal, hipótesis extensible a los humanos que, alimentados con esos frutos, bayas y zumos de fruta, aumentarían decisivamente su “esperanza de salud”. Se multiplican los hallazgos y propuestas esperanzadoras en una sociedad que ha sacralizado la juventud y que, por eso  mismo, se vuelve irremediablemente fáustica, dispuesta a pactar como sea con el esquivo diablo comprador de esas almas en las que apenas se cree ya, decepcionada tantas veces tras al fracaso de las chapuzas quirúrgicas y las falsas panaceas, pero abierta siempre a la novedad que, con vitola científica, nos llega cada dos por tres de lejanos laboratorios tras los que acaso se esconden meras agencias de publicidad. Desde el ‘gerovital’ o el ‘viagra’, ‘don Juan’ y Mesalina han progresado lo suyo, eso no se puede discutir, pero me da que la decadencia fundamental, la huella fatídica con que el tiempo nos marca de manera indeleble, no tiene cuartel por mucho que los actuales arcabuceros de Ponce rastreen minuciosamente la Florida de esa esperanza siempre defraudada pero nunca vencida. Goethe se consolaba, después de haber escrito la odisea del maestro y ‘Margarita’, advirtiendo que si la juventud es un defecto, no hay que preocuparse porque se remedia pronto. Menos mal. O mejor, quien no se consuela es porque no quiere.

Nuevas tecnologías

Asombroso lo que se va sabiendo sobre el estado real de la Administración de Justicia, sobre la situación menesterosa en que se hallan jueces y fiscales, escuchar a un sindicato, por ejemplo, que fallos como el del escándalo actual “se producen a diario” o a un expresidente de la Audiencia que “el Sistema hace agua por todas partes”, al CGPJ que el fallo “ha sido clamoroso o a una alta institución  admitir que el sistema de Inspección actual no vale un duro. Y la guinda: que el “sistema Adriano”, la perla informática presentado cien veces en sociedad y exhibido como prenda de modernidad, es un cacharro incapaz de cruzar los datos precisos para controlar a un justiciable. Ahora todo el mundo ve claro lo que se venía diciendo hace mucho. Todo el mundo menos la Junta, dormida plácidamente en el sueño de la II Modernización.

Confesión general

Reclaman desde el PSOE e IU al PP que aclare las circunstancias de lo ocurrido con la gestión municipal en su antigua alcaldía de Aljaraque. Y llevan toda la razón. Lo malo es que, en este momento, en Huelva no se escapa nadie de la necesidad de dar explicaciones a los ciudadanos en relación con sucesos y situaciones más o menos tremendos. IU, si ir más lejos, haría bien en andarse con pies de plomo a la hora de referirse al brote racista surgido en su día en ‘su’ Ayuntamiento de Cortegana. El PSOE, por su parte, debería explicar –dada la gravedad insólita del hecho, por boca de propio Chaves– qué responsabilidad tiene la Junta en el sangrante e irreparable caso de Mari Luz, una vez reconocido hasta por el lucero del alba el estado calamitoso en que la consejería del ramo mantiene a la Administración de Justicia. Confesión general, pues, que de nada serviría sin dolor de corazón ni propósito de enmienda, pero que resulta imprescindible ante el desconcierto reinante.

La jungla de asfalto

Motivada por la petición de un grupo de personalidades galardonadas con el Premio Nobel, la Asamblea General de la ONU acaba de llamar la atención a la comunidad internacional sobre la sangría registrada en las carreteras del mundo, un auténtico “problema global de salud”, que supone anualmente la pérdida de 1’2 millones de vidas y unos 50 millones de discapacitados. En el debate se ha puesto de relieve que el daño infligido por el tráfico constituye una epidemia mundial equivalente a las del SIDA, la tuberculosis o la malaria, a pesar, incluso, del recrudecimiento de esas tres lacras cuyo avance parece imparable en las circunstancias actuales. Curiosamente parece que el riesgo de accidente es mucho mayor en los países pobres o en vías de desarrollo, en los que el coste económico equivale a un insostenible porcentaje del PIB –por lo general, mayor que la partida dedicada a asistencia al desarrollo–, razón por la que en algunos de ellos la lucha contra esa epidemia planetaria se considera al mismo nivel que los esfuerzos por mantener la paz en su región. Hay datos escalofriantes en el informe de los próceres, entre ellos el que afirma que cada minuto que pasa muere un menor de 15 años en accidente de tráfico y que, en todo caso, los accidentes de esa naturaleza constituyen la primera causa de muerte en la población comprendida entre los 10 y los 24 años. En los tres primeros lustros del siglo, entre 2000 y 2015, están previstos 20 millones de accidentes mortales, tasa intolerable que, sin embargo, de no adoptarse medidas enérgicas, se habrá duplicado para el año 2030. Desmond Tutu, el ex-presidente Carter y otras celebridades han coincidido en esa vehemente petición de energía exhortando a la inmediata adopción de medidas de cooperación financiera y técnica, mientras Rusia, por su parte, ha respondido convocando la primera conferencia ministerial para tratar del tráfico como problema colectivo. Probablemente nunca ha sido preciso tanto quebranto para que la Humanidad tomara conciencia de un riesgo en buena medida controlable.

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En Europa la tendencia parece invertirse, en todo caso, como ilustra la esperanzadora estadística registrada en el último de los grandes éxodos estacionales, el de Semana Santa, cuya importante reducción de accidentes mortales se está atribuyendo provisionalmente al efecto combinado de las medidas disciplinarias recientemente establecidas (carné por puntos, eventual pena de cárcel para ciertos infractores y otras) con el efecto expreso o subliminal de la insistente propaganda disuasoria financiada oficialmente sobre los conductores. Lo que supone, como ha sido señalado por algunos delegados en la Asamblea, que la brecha entre países ricos y pobres, lejos de reducirse, aumentará su tamaño también en este negocio hasta límites tal vez insostenibles que contribuirán a agravar las penalidades del Tercer Mundo. Se viene a la cabeza la reflexión tremendista que hace bastante más de un siglo hizo aquel espíritu penetrante que fue Hipólito Taine, cuyo escepticismo lo condujo a la idea de que, en realidad, el hombre no es más que un loco en cerrado en un cuerpo enfermo en el que la salud no sería más que un éxito pasajero o un bello accidente. Hoy ese loco, derrapando en las curvas o adelantando en prohibido, tal vez con su capacidad de atención perjudicada irresponsablemente, protagoniza esta peste contemporánea que amenaza con escapar a toda previsión y a las medidas más rigurosas, contagiado de un morbo invisible y ubicuo cuyas consecuencias empiezan a resultar insostenibles. El Estado se felicita hoy de no registrar más que un par de decenas de muerto en un fin de semana y se pone de gala para anunciarnos esa reducción del funeral. Quizá Taine no andaba tan alejado de la realidad como los ingenuos de la ONU.