Ante la Esfinge

“Cuál es el animal que en la infancia camina a cuatro patas, en la madurez a dos y en la vejez con tres”, preguntó la Esfinge a Edipo al regresar a Tebas. Y Edipo, viejo zorro, contestó sin vacilar: “El hombre”. Desde ayer España ha dejado de ser bípeda y madura en el negocio de la política y en adelante va a necesitar de tres o cuatro patas si quiere gobernarse aunque sea a trancas y barrancas. No le bastarán las dos patas lógicas a un PP derrumbado ni a un PSOE que ha batido su propio récord de inmersión, sino que uno y otro tienen por delante la dura alternativa de arreglarse con dos o tres socios para sobrevivir. “Hemos hecho historia” decía Pedro Sánchez con más razón que un santo dado que jamás su partido había conocido un resultado tan escuálido. “Se acabó el turnismo” gritaban ebrios desde Podemos como si quisieran despertar a Cánovas de su sueño confiado y también resultaba cierto, al menos por el momento. La verdad es que yo acabé con la cabeza perdida entre tanta cifra y tanto comentario necio, pero ya de mañana compruebo en el periódico los datos hasta convencerme de que, sí, en efecto, el bipartidismo agoniza y, por ahora al menos, la orgía española o se hace en una cama redonda o no se hace. Yo creo que se equivocan quienes ven en el turno de dos partidos principales el mayor de los males de la patria, porque, a mi entender, lo malo no es ese bipartidismo la gangrena que nos emponzoña sino la corrupción que, por cierto, no es exclusiva de los dos partidos hasta ahora mayoritarios sino una auténtica enfermedad social que se ve aumentada en el escaparate de la política.

Ni entro en la locura del proyecto antisistema, pero me pregunto por qué estará contenta tanta gente porque el gobierno bipartidista haya implosionado, teniendo en cuenta que el bipartidismo no era una singularidad hispana, sino un sistema de gobierno prácticamente inamovible en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en tantos otros países a los que le va divinamente, aunque unas veces mejor y otras peor. ¿Por qué vamos a salir ganando gobernados por un batiburrillo de tres, de cuatro o de seis partidos, como, sin serlo, fuéramos italianos? Insisto, han errado el tiro: el problema no era tanto, a mi entender, el turno de los mayoritarios sino la corrupción, la de ellos mismos y la de otros muchos. Quizá hemos hecho un pan como unas tortas. Porque ni entre viejos y novatos encuentro a uno solo que se parezca a Edipo.

Casi un empate

Otra vez ganó el “régimen” en Andalucía –la única comunidad, junto con Extremadura, cortejo de pobres—pero casi empatado con su eterno adversario. Aquí no ha funcionado lo suficiente el tirón antisistema como para arrebatar al PSOE, como en otras comunidades, sus votantes. Y Ciudadanos, como era de esperar, ha progresado –como en toda España—pero sin acabar de convencer a un electorado que sigue sin explicarse su pacto a ciegas con doña Susana. Por su parte, IU, abandonada por Anguita y Rejón, se diluye como un azucarillo. El bipartidismo sobrevive, pues, a pesar de las novedades y las novelerías. Quien diga que no llevamos el paso cambiado, que me lo explique.

Se veía venir

Se veía venir. El atentado perpetrado en Pontevedra contra Rajoy no ha sido una ocurrencia de un joven exaltado, narcisista o psicótico, sino un paso más en el proceso galopante de degradación de nuestra vida pública. Desde el 15-M que consintió Rubalcaba incluso durante la jornada de reflexión, nuestra España es el país de los “escraches”, de los cercos al Congreso de los Diputados, de los plantes incívicos frente a los desahucios judiciales, de la pitada y bronca al himno nacional y al Jefe del Estado. Se empieza por enronquecer en un estadio y puede acabarse cualquiera sabe dónde y cómo en este pródigo en magnicidios y tendente a la anomia. Si en Barcelona gobierna el Ayuntamiento una agitadora de barrio y en Madrid una clásica del extremismo judicial, ¿por qué extrañarnos de que un zagal golfante le ponga la cara del revés a un candidato que, además, es todavía, repetimos, el presidente del Gobierno? Los viejos polvos traen estos lodos y por ello no hay que extrañarse de un ataque como el de antier teniendo en cuenta que, hoy día, formaciones políticas en liza impiden hablar en la universidad o fuerzan a suspender la charla de un ministro del Gobierno, como nos hicieron a nosotros aquí en Sevilla en una Charla de El Mundo. Claro que a ver cómo extrañarnos de que el nene rapado zumbe al Presidente tras haber oído el debate en el que su oponente no le dejó articular palabra obedeciendo, obviamente, a una estrategia deliberada de obstrucción.

¿Y vienen ahora pidiendo árnica los mismos que han sembrado esa anomia mientras los pretorianos maquillan el rostro lastimado y discuten cómo reforzar su seguridad? Aquí antes eso era un incidente, como el tartazo de Ruiz-Mateos a Boyer, pongamos por caso; ahora, seamos sinceros, el trompazo propinado a Rajoy no es más que una previsible vuelta de tuerca a la anomia nacional. Pocas escenas más desoladoras que la pitada al Rey o el castañazo a Rajoy y pocas derivaciones más falsas que la ola de desdramatización que ha seguido al atentado, los golpes de pecho, las protestas de civilidad enunciada precisamente por quienes luego, al enfrentarse al adversario, no vacilan en tildarlo de indecente o en impedirle argumentar con los peores modales. Mal vamos, qué duda cabe. Cuando un mequetrefe le pega a un presidente del Gobierno cabe decir que o hemos tocado fondo o estamos a punto de tocarlo. El frentismo tiene eso: que no vacila ante la violencia. Es su prólogo. Ya sólo nos falta conocer el epílogo.

Los Eres, para el suplente

La juez María Núñez Bolaños, sucesora de Mercedes Alaya, no quiere líos políticos ni malos rollos que puedan enturbiarle un futuro con medalla de Andalucía y eventual ascenso a la cumbre profesional. Seguramente por eso ha decidido dejar en manos del juez de apoyo que le fue asignado nada menos que la instrucción de la causa política, en la que figuran los dos ex-Presidentes y varios ex–consejeros. El hombre que iba a descargarla del trabajo de trámite se encargará, pues, finalmente, del proceso más importante registrado en la etapa autonómica. No sabemos de qué se quejarán ahora los que se quejaban a mandíbula batiente de la coherencia de Alaya.

Conciencia pública

Hay que repetirlo: cuando mañana alguien trate de escribir la historia de nuestra saqueada democracia, tendrá que recurrir a la hemeroteca y hará bien con centrarse en la batalla sostenida por EL Mundo contra viento y marea. Por El Mundo y, con anterioridad, por Diario 16 que, en el caso de Andalucía, son dos etapas de un mismo proyecto. No encontrará, en cambio, la realidad, ni en las memorias oficiales ni, mucho menos, en el magma legendario acumulado en lo que va de milenio. Sólo en la prensa –en alguna prensa y, por supuesto, aislada— encontrará la crónica negra de un régimen de libertades en el que ha naufragado lo mismo la Derecha que la Izquierda porque ni los Gobiernos, ni las Juntas, ni siquiera la Justicia han dicho la verdad durante estos años desconcertantes. El periodismo de investigación, en efecto, lo mismo encontró a Roldán que destapó el cohecho de Urdangarín, el crimen de Estado comandado desde la sombra por “Mister X” que el choteo perpetrado desde el BOE hasta la Cruz Roja, desde el despacho de los Guerra hasta la catástrofe gilista, desde el feudo de los Pujol a la taifa de los ERE, de Invercaria, de los fondos de Formación, en fin, de todo lo que ustedes saben porque se lo hemos contado. Gente como Melchor Miralles, como Manolo Cerdán o Antonio Rubio o como, aquí abajo, bajo la batuta de Paco Rosell , nuestros Antonio Salvador, Sebastián Torres o Manolo Becerro, han mostrado las vergüenzas del Poder, no les quepa duda que a cambio del sacrificio y de la ingratitud. La vocación no se cobra: se paga. El éxito, en todo caso, se lo llevan otros.

Ayer se vistió de largo el libro de dos esos azacanes, Sebastián Torres y Antonio Salvador, “El saqueo de los ERE”, un relato excelente escrito con el bermellón de la sangre profesional, demostrativo del régimen de absoluta autarquía con que ha funcionado en Andalucía, durante este decenio, el Régimen monopolizado por el PSOE, con sus coimas y enredos, sus fraudes y sus mangazos a cara descubierta, un libro que acabará como biblia consultiva el día en que, por fin, sepamos si por este desvergonzado saqueo serán sancionado o los filibusteros, como tantas veces, se irán de rositas. Una prosa ágil, pregonera de la juventud de sus autores pero también de su fraguada experiencia, permitirá desde ahora recorrer ese laberinto en el que el Minotauro no logra escapar a Teseo. Sin paladines como éstos no habría justicia posible ni democracia que mereciera tal nombre.

La barrila electoral

Se agarran a un clavo ardiente los candidatos con tal de velar el vacío ideológico y de proyecto que padecen. Oigan a doña Susana bramar contra Pablo Iglesias por su confusión de la autonomía andaluza con la autodeterminación, como si ése fuera el único “fake” de aquel debate y no uno entre los miles de la campaña. ¡Como si no tuviera más motivo de indignación sin salir de su despacho siquiera, ella, que debe de ser gran jurista tras tantos años de estudio del Derecho que aquí no respeta ni el gato! Más grave es –sin comparación posible– que Rubalcaba los dejara manifestarse en la Puerta del Sol un “día de reflexión” y nadie dijo ni mu desde su partido. Y ahí los tiene ahora, inventándose la Historia. ¡Mientras no se inventen la Política!