El uniforme

La imagen del líder de Podemos visitando al Rey con la camisa arremangada, en plan mormón, o la que, con compañía del soviet en peso se hizo para putear al PSOE con aquella exhibición de prepotencia, no solamente son un motivo de crítica política, sino que constituyen –¡en pleno enero!—la demostración de que todo totalitarismo tiende al uniforme. Esta revolución indumentaria que será, seguramente, la única que van a perpetrar esos extremistas, ni siquiera tiene la tosca imaginación de sus padrinos bolivarianos o la severidad de sus mecenas iraníes, sino que se reduce a eliminar del vestido, en la medida de lo posible, todo vestigio “burgués”, culminando la rebelión que inició un ministro de Economía de ZP cuando se inauguró en el Congreso –decía que para ahorrar la energía despilfarrada en el aire acondicionado—la imagen del diputado despechugado. Hombre, no estoy pensando, ni por asomo, en las chalinas canovistas ni en los chaqués de nuestros antiguos próceres; sólo digo que esa ruina indumentaria no comporta mérito alguno –ni siquiera símbolo que valga—ya que no pasa de una ocurrencia al alcance de cualquiera. Pero eso sí, se ha convertido en un uniforme agresivo e irrespetuoso, comprensible en los gorilas venezolanos pero aquí más bien no. ¿Han visto al alcalde de El Ferrol recibiendo, en plan paria, a dos altos marinos extranjeros, o al de Cádiz, mochila en lo alto, saludando al almirantazgo al pie del Juan Sebastián Elcano? El uniforme delata al hombre, no lo duden, lo mismo por exceso que por defecto.

¡Y anda que si hablamos de camisas! Nunca tuvo Europa pesadillas más graves que las provocadas por la visión de las camisas pardas, las negras o las “bordadas en rojo ayer”, y es de temer que estas camisas blancas remangadas –como las fascistas, igual—acaben convertidas en un nuevo símbolo patético de la pesadilla rebelde. Lenin o Troski vestían como dos señores, las cosas como son, y no eran menos revolucionarios que Girón porque éste se arremangara la camisa azul Mahón por encima de los codos ni que Iglesias porque se a arremangue por debajo. Lo que si queda por los suelos es la dignidad –no el protocolo, ojo—de las instituciones, razón por la cual Felipe VI ni se inmuta al recibir a estos encamisados sino que les cede el paso como un señor. ¿La siguiente? No creo mucho en que haya una siguiente, pero si la hubiera no duden que sería formarnos de tres en fondo y ponernos a marcar el paso.

Media entre las agujas

Ha habido diversos maestros del toreo expertos en liquidar al toro con rapidez colocándoles media estocada entre las agujas. No falla el recurso y el matador demuestra con él que no hay por qué extremar los espadazos cuando basta un pinchacito bien puesto. Susana Díaz ha hecho lo propio con Sánchez con una innegable astucia prosódica y léxica: “En las últimas elecciones, el PSOE no hizo Historia, sino que sacó el peor resultado de su Historia”. Letal juego de palabras, por completo acertado. Media largartijera de ésas que tumban al morlaco sin puntilla o, cuando menos, lo hacen buscar las tablas. Insisto: doña Susana será o no será lo que se quiera, pero el olfato político que tiene no lo supera el mejor sabueso.

Otra moral

En medio de la barahúnda suscitada por la rapiña valenciana y andaluza nos llega la noticia de la dimisión voluntaria del ministro de Economía japonés, Akira Amari, quien había sido acusado una semana antes por una revista de haber aceptado, junto con sus ayudantes, unos 100.000 euros de una empresa constructora a cambio de cierto trato de favor. El ministro Amari era la estrella de la nueva política económica japonesa –un conjunto de medidas que recibe el nombre de Abenomics destinadas a salir de la recesión que padece el país—y se ha despedido de la afición con una naturalidad tan solemne que a un españolito de nuestros días ha de resultarle incluso extravagante. Así ha dicho el ya ex-ministro: “Japón está saliendo de la deflación, ha visto crecer su PIB en un 1 por ciento y se propone derrotar a la inflación. Todo lo que ponga esta meta en peligro debe apartarse: por tanto renuncio a mi puesto como ministro”. ¡Ahí queda eso, con dos bemoles! ¿Se imaginan a cualquiera de los que estamos pensando en este momento usted y yo haciendo lo propio en España? Yo al menos, no, y no lo digo por decir, sino por nuestra larga experiencia en materia de corrupciones y también, todo hay que tenerlo en cuenta, por la diferencia moral que nos separa –y no sólo a los españoles—de estos últimos samuráis. Por esa cantidad ridícula a estas alturas, aquí lo más que se lleva un pavo es un par de titulares en el telediario y una travesía procesal que puede durar no menos de cinco o seis años –¡diez acaba de cumplir la “operación Malaya!—tras la cual ya veremos lo que ha prescrito y lo que no. Yo de mayor quiero ser japonés.

La gente se escandaliza con razón al contemplar la impunidad de nuestros mangantes y hemos debido llegar a este callejón sin salida gubernamental para que a alguien se le ocurra que la primera exigencia entre las muchas que nos apremian tiene que ser un gran pacto implacable contra la corrupción. Aunque, claro está, eso tampoco se va a conseguir nunca mientras no se devuelva a la Justicia su fuero de independencia y se dé a la Fiscalía la debida capacidad instructora. Pero lo grave, lo que aparece como último “telos” de la cuestión, es la miseria moral que nos distingue hoy día de países donde un gesto como el comentado se ve como normal. Precisamos con urgencia de un vuelco moral que recupera los valores perdidos, no de la mano de un “leninismo amable”, sino por la presión de una ciudadanía que barra este muladar como lo haría un tsunami.

El buen ladrón

Ha muerto en Mojácar, octogenario y hecho una malva, uno de los cerebros del famoso atraco al tren de Glasgow que fue considerado como un récord criminal hasta que nos despertó del sueño ingenuo la contabilidad de nuestras corrupciones. Se dedicaba el hombre, cumplida ya su condena, a atender amablemente a los clientes en su chiringuito playero asombrando a los curiosos con su extremada cortesía. Por lo demás, sin cambios. Los nuestros, nuestros mangantes, siguen campando por sus respetos, camuflados en la selva procesal y protegidos por el “régimen”, que ya no sólo es del PSOE sino que cuenta, además, con el apoyo firme de Ciudadanos. Les deseo lo mejor, por supuesto, pero reconozco que nuestra Justicia no es como otras que nos son ajenas. Douglas Gordon, que ésa era su gracia, acabó reinsertado como el Tempranillo. Nuestro bandidaje no permite esa hipótesis.

Estado canalla

Pocas dudas caben sobre que el problema de la riada hacia Europa de refugiados provocada por la guerra de Siria, el terrorismo y la pobreza, es el asunto más grave que, nos demos cuenta o nos pase inadvertido, tiene planteada la Unión Europea. Tampoco creo que haya dudas sobre que Dinamarca es uno de los países democráticos más civilizados de Occidente y, en consecuencia, del planeta Tierra. Por eso precisamente a él se dirige un contingente migratorio realmente gravoso que, según el FMI, le cuesta al país nada menos que el 0’5 por ciento del PIB. No hay ya apenas quien disienta de que este problema no es de ningún país en exclusiva, sino de la vieja Europa en su conjunto, y tampoco de la idea de que ésta viene remoloneando desde que se inició la migración sin dar nunca el paso adelante que no admite espera. ¿O es que no sabemos que hay muchedumbres abigarradas en ciertas fronteras europeas sometidas a pelo, niños y ancianos incluidos, al “general invierno”? Ni hay medios para abrigar a esos desdichados, ni alimento suficiente (a pesar de que, como es bien sabido, nos sobre) y ni siquiera una mano tendida ni un intento de solución racional del enorme problema. Pues bien, en Dinamarca ha votado su Parlamento, no sólo dificultar al máximo la estancia de ese refugiados, sino incluso arrebatarles su propiedad cuando sea superior a los 400 euros, algo de lo que a los daneses les cabrea mucho que se les recuerde que existe un precedente hitleriano. Pocas impiedades recuerdo como ésta. Ya hay que ser canalla para desplumar a un pobre refugiado.

El mito de las civilizaciones nórdicas parece que anda en crisis. Hay en sus países índices de violencia machista muy superiores a los españoles, que ya es decir, hay bestiales niveles de alcoholismo y el conjunto de convivencia aparece envuelto en un manto de extrema frialdad, un cuadro realista que poco tiene que ver con la imagen fantasiosa que han logrado difundir por el mundo. Porque se necesita ser canalla, insisto, para despojar a un padre de familia de su mínimo peculio y dejar al raso a esas familias huidas del terror y la pobreza. Montesquieu le echaba estos perros teóricos al clima, a la escasez de luz, al frío dominante, pero esa teoría del clima tiene escasa vigencia en la sociedad post-industrial. Lo que falta, lo que no hay, es piedad, esa mínima misericordia sin la que el hombre sigue siendo el lobo de Plauto.

En la azotea

Tengo en la azotea, en torno a la mesa donde, con el buen tiempo, me paso mis horas lectivas, un mínimo jardín cuidado con esmero por manos más hábiles que las mías. Hay plantados en él –en sus macetas, vamos—desde un jazmín morisco y otro andaluz a un postrado hibisco que repite cada día el milagro de su amarilla flor efímera, mis matos de yerbabuena compitiendo con el olor intenso de la malvarrosa, los geranios y las gitanillas junto a la humilde esparraguera y los áloes fecundos y salutíferos compitiendo con el naranjo bonsái que, miren ustedes por donde, anda, desde mediados de enero, prodigando su azahar reventón. Algo no va bien en el orden de la Madre Naturaleza cuando las plantas cambian sus ritmos y florecen fuera de temporada como si estuvieran ensimismadas soñando con una primavera inactual. También se equivocan las buganvillas –rojas, pálidas y moradas– que parecen empeñadas en competir fuera de tiempo, animadas por el sol tibio y los chubascos de este invierno equivocado, pero el escándalo mayúsculo lo ofrecen los claveles colgando indolentes de sus tallos flexibles. ¡Claveles en enero! El tiempo del revés, la odisea meteorológica de una flora tangada por las apariencias de las que poco entiende el mirlo que escarba a sus pies sin contemplaciones con su pico amarillo, quién sabe si el prólogo de una hecatombe provocada por la codicia humana y los intereses creados. Inquieta ver la primavera en pleno invierno como si los hemisferios hubieran intercambiado sus papeles en el gran teatro del mundo.

No sé qué darán de sí los acuerdos de la reciente cumbre climática de París, aunque poco espero, más allá y más acá de la retórica asamblearia, de países como China, India o los propios Estados Unidos, que son los grandes causantes, aunque no los únicos, de la amenaza planetaria. Hasta el Papa ha salido a la palestra para recordar a los hombres su deber conservacionista, la estricta disciplina que deberían observar para no lastimar, quién sabe si sin remedio, la imponente Creación con que Yavhé convence a Job y lo apea de sus explicables exigencias. Vuelvo a contemplar el milagro anacrónico del azahar y los claveles, los estambres erguidos de la flor del pacífico, el brío renovado de la yerbabuena, el empeño embriagador de la malvarrosa, inquieto ante el espectáculo desusado y el erróneo balanceo de la brújula que apunta sin tino a los tiempos impropios. Sin salir de la azotea reconozco medroso la sinrazón del Hombre.