Uff, ¿qué pasa?

‘Uff’: esa es la respuesta del vicepresidente de la Dipu, Ignacio Caraballo –un sueldo millonario en medio de la crisis– al natural interés ciudadano por conocer lo que se ha gastado la prescindible y carísima institución en su cambio de sede. ¿Cuentas a los contribuyentes? Vamos, hombre, ahí podríamos llegar. Pero hay no poca penumbra en torno a ese traslado, una espesa zona de sombra que cada día se oscurece más, entre otras cosas como consecuencias del sospechoso silencio de sus responsables. ¿Por qué no quieren dar esos datos, hay algún gato encerrado en el negocio? La Diputación no podrá quejarse en el supuesto de que las cosas se enreden y la gente acabe pensando lo peor, mientras no proporcione la información precisa. Raro sí que parece que es todo ese lío. Si quieren que no lo parezca que muestren el pie de la suma.

El valor de la muerte

La muerte tiene un precio, no cabe duda. No se trata ni vale lo mismo socialmente la muerte de un personaje que la de un indigente o desconocido, no le dan los medios informativos un  relieve parejo a lo crímenes con resultado de muerte, ni mucho menos, la autoridad no reacciona de la misma manera cuando la víctima pinta socialmente poco que cuando pinta mucho por la razón que sea. A la muerte se la valora por el difunto y sus circunstancias, aunque también por las circunstancias de la propia muerte. El profesor Chic llama mi atención sobre un artículo aparecido en la prensa catalana en el que, con toda razón, se cuestiona el hecho de que la muerte de la prostituta brasilera arrojada al río Avia por un ‘cliente’ no haya merecido ni remotamente la atención ni el apasionamiento que mereció el caso de la joven liquidada en Sevilla y arrojada al Guadalquivir por su matador, es decir, que nadie haya demandado con vehemencia en el caso de la prostituta la cadena perpetua, que no se hayan realizado demostraciones públicas y masivas  con motivo de ella ni que, por descontado, el presidente del Gobierno haya inmortalizado su encuentro con los padres de la víctima  como lo hiciera con los de Mari Luz o con los de Marta. Es cierto. La vida no vale siempre igual, ni mucho menos: “Tanto tienes, tanto vales”, incluso después de la muerte.

 

Es verdad, ya digo, esa desigualdad última que se aplica a las víctimas en función de su perfil, de su estatus o de la morbosidad del caso. Hasta tres veces se juzgó el caso de los marqueses de Urquijo, por ejemplo, acaso el que más tiempo se mantuvo en pantalla y en titulares, no hay duda de  que por la condición social de muertos y matadores. Y hasta Ibarretxe ha recibido con banda a ikurriña al padre de la niñita que mató el pederasta en Huelva, que no me digan que no es cosa algo extravagante. El sacrificio de una adolescente de clase media parece como si concerniera a toda la sociedad, la muerte feroz de una puta apenas merece un telediario. Toda una lección para quienes aún dudan de la condición clasista del criterio público, fielmente reproducido por razones de eficacia mercantil, por los medios de comunicación. No ha habido demasiadas imágenes de la búsqueda de la pobre puta en el río Avía, pero la imagen del helicóptero de la policía sobrevolando el Guadalquivir por poco se convierte en una foto fija de nuestras televisiones junto a la imagen de la patrullas y los perros adiestrados. Así es la vida, por lo visto. El precio de la muerte no lo pone ya el motacén de la lonja sino que lo establecen los propios clientes calculado en cuota de pantalla.

Caballo cansado

Que hay que tomar las cosas con cautela, sopesarlas con tino, es obvio. Que algo está removiéndose y cambiando bajo la aburrida superficie de la política andaluza, también. Miren las encuestas del 28-F, algunas, como la del grupo Prisa, de lo menos sospechosa, que cifra la distancia entre PSOE y PP, es decir, entre Chaves y Arenas, en apenas 1’1 puntos de diferencia. Se habla también de 3 puntos y hasta de 7, es decir, en cualquier caso, clamorosamente pro debajo de los 20 puntos que los distanciaban hace dos elecciones. ¿La crisis? Pues claro, lo mismo que antes fue el efecto impulsor de la bonanza. Pero sobre todo, la clave es la vejez del proyecto que simboliza un Chaves sin brillo, con escándalos y sin la menor proyección. Caballo cansado, quizá. Aunque más que nada, reacción tras tantos años de marasmo. Andalucía podría ser la próxima Galicia, a pesar de los pesares.

Aron

Sigue sin aclararse si hubo presión política sobre los alumnos para que asistieran a la charleta del consejero de Empleo –imaginen: ¡un consejero de Empleo para la basca!- en Aljaraque. Los propios responsables dicen que ignoran las circunstancias y hasta tienen la carota de requerir esa información a los propios periodistas, como si hiciera falta demostrar que el alumnado no va a una charla más que a rastras salvo algunas excepciones, que bien conocemos, por cierto. El asunto es que eso no se hace, que a nadie se le ocurre agasajar a un consejero sin el menor interés llenándole (es un decir) la sala con personal arrastrado por los pelos. Y eso es lo que ha pasado en Aljaraque con independiencia de que la portavoza correspondiente lo aclare o pretenda dejarlo en penumbra.

Las dos orillas

El embajador José Cuenca –Sofía, Moscú, Atenas, Ottawa—es un  cazador empedernido. También un escritor excepcional, y digo excepcional, autor de una prosa musculada y recia, como curada al tempero de un sentimiento lírico contenido, con la que ha retratado como nadie, que yo sepa, los secretos de esa pasión que mueve a algunos hombres que no lo necesitan a patear el campo, llueva o ventee, para cazar a mano en la llanura o colgar en la sierra la jaula del perdigón. El embajador también pesca. Y como pescador que es me cuenta algo insólito. ¿Podían imaginar ustedes que en la autonomía que ha hecho de España 17 taifas haya ríos linderos, caudales fronterizos, cuyas truchas y barbos exijan para ser pescados diferentes papeles y. a veces, diferentes “artes”, por mor del celo autonomista? Pues los hay e incluso se está gestando diferenciar las baleares en tres licencias distintas, una para cada isla mayor, aunque también haya en curso algún intento de unificar esos permisos regionales forjando alianzas entre comunidades, como si las autonomías tuvieran competencia para adoptar medidas fuera de su territorio. Pocos ejemplos como éste de la caza para poner en evidencia la absurda realidad de una hiperdescentralización que ha hecho añicos el país añejo al que las crónicas medievales se referían ya con su propio nombre, España, ese nombre sagrado cuyo remoto étimo remite, precisamente, al conejo, la caza más frugal y alimenticia que tanto a contribuido a nuestra subsistencia colectiva. No entro en la porfía de si España se ha roto o no, sólo digo que hay diecisiete en danza y con escopetas de por medio.

Ya no concebimos siquiera aquellas ‘premáticas’ que mandaban ahorcar a los furtivos, y menos mal, porque sería todo menos edificante, tener que colgar a un ministro. Lo que sí hemos conseguido es descuartizar la finca como quien despoja la pieza, arrancando con ello hasta la raíz el sentimiento natural de ‘paisanaje’ que es el prerrequisito de la convivencia ordenada. Hoy en España cada comunidad dice quien puede cazar o no, de la misma manera que determina si es o no lícito que a un niño se inculquen en la escuela ideas ‘morales’ por no decir ‘ideología’ pura y dura. El embajador ha descrito sus extenuantes caminatas, sus lances campurrianos, sus líricos aguardos arrullados por los desafíos perdigueros, sus recesos de pan y tasajo en la sabia compaña del rústico o el guarda memorioso, sus pacientes esperas junto al regajo fragante. Pero sabe también que andan poniéndole al campo sus puertas imposibles. Las dos orillas no son más que un solo río. Las 17 Españas, en cambio, son ya harina de otro costal.

Las barbas del vecino

Dicen que las encuestas andan revolucionadas acercando como nunca al PP al trono hegemónico el PSOE. Esos augurios sólo los confirma el tiempo, pero si el chavismo no cae en la cuenta de que está ante una situación límite creada por la crisis y reacciona como hasta ahora no ha reaccionado, entra dentro de lo posible que la profecía se cumpla, el marasmo se rompa, el clientelismo se cuartee y, quién sabe, hasta que el cambio en Andalucía deje de ser un imposible. ‘Regímenes’ mayores han caído, por supuesto, sobre todo si bajo su manta rebulle esa gusanera corrupta que cuenta los fajos de billetes como si tal cosa o los esconde bajo el colchón. Lo que ha ocurrido en el País Vasco al ‘régimen’ nacionalista o en Galicia a quienes han despreciado a la opinión pública, debe servir de aviso a los navegantes. Son las barbas del vecino que  humean, recomendando el remojo.