Otra vez la dehesa

Desde el Ayuntamiento de Aljaraque o desde la ‘delega’ del Gobierno pueden decir misa, pero la inacabable ola de asaltos a domicilios registrada en Aljaraque –17 asaltos desde noviembre del 2007—es el fenómeno de inseguridad más alarmante que se ha producido en Huelva en mucho tiempo. ¿Cómo es posible que no se haya desentrañado el asunto después de tanto tiempo, cómo explicar que en un espacio tan pequeño se multipliquen tantos delitos idénticos sin dejar rastro? Un fracaso de la seguridad, no hay que darle vueltas, por no pensar en la posibilidad del desinterés policial o en la impericia de los responsables políticos.

Caritas de ángel

En la tele veo un interminable y espeluznante programa en el que se debate, sin especial fortuna, alrededor de la gran delincuencia juvenil, dando voz a las propias madres de las víctimas y a expertos más o menos rigurosos. Da lo mismo, porque en este momento, la sociedad española tiene en la retina esos casos y en la memoria una oscura intranquilidad provocada no solamente por las atrocidades sino por la práctica o relativa impunidad de los asesinos y la inexplicable difusión de ese modelo delincuente. Se habla de las chicas que asesinaron a una compañera en San Fernando para experimentar la vivencia de semejante atrocidad, del que con una katana degolló a su familia entera, de ése otro que simuló durante tres años su orfandad tras llevarse por delante a sus padres y a un hermano, de la bandilla reincidente que torturó hasta la muerte a Sandra Palo en un caso famoso y, antier mismo, del ex-novio que mató a golpes a una joven sevillana para arrojarla luego al río. Demasiados casos como para que una sociedad, incluso tan inercial como ésta, se quede tranquila. En Internet se intenta difundir la imagen del ‘Rafita’, el menor (entonces) que raptó y se ensañó con Sandra, ahora en libertad tras cuatro años de “play station” y trabajitos artesanales en un centro, a pesar de que consta su contumacia expresa, difusión que, a su vez, trata de prohibirse por las razones convencionales. El Mundo ha publicado en portada la cara del asesino de Sevilla y me parece muy bien. Alguna vez habrá que decidirse a no tratar a los perversos mejor que sus víctimas.

Algo más habrá que hacer, en todo caso. Preguntarse si es posible mantener un solo día más una normativa que garantiza la impunidad absoluta o relativa de los menores delincuentes, para empezar. Revisar un sistema correccional ridículo frente a la audacia criminal de esos vándalos. Plantearse, como en Francia, por ejemplo, el control riguroso de la anomia juvenil y su sanción disuasoria o, al menos, ejemplar. Y por supuesto, proponer una amplia reflexión colectiva que habilite a los poderes públicos para enfrentarse con decisión a una indisciplina galopante que comienza en el seno de la propia familia y acaba en la calle pasando por la escuela. Esos “caritas de ángel” constituyen un peligro atroz para una colectividad que, por otra parte, ha perdido, en buena medida, el control de sus propios hijos. Estamos ante un fracaso del sistema de relaciones juveniles asociado a la crisis de la familia y de la autoridad y vivimos una experiencia sin precedentes que sólo desde la beatería puede tratarse de afrontar con los paños calientes de un garantismo sin el menor sentido.

La calle de todos

Desde que la derecha le ha perdido el miedo a la calle, la calle ya no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Y eso está bien, en especial cuando la calle es el único ámbito que le queda a la protesta en vista de la supeditación mecánica de los Parlamentos a las mayorías absolutas o muñidas. El paro, por lo demás, no es de nadie sino de todos, y quizá por eso, aunque ausentes en Málaga, hay sindicatos que desfilan junto a los conservadores. Mientras, el PSOE despliega el aparato del Poder y reparte ministros y consejeros en actos cerrados para contrarrestar el efecto de la protesta del PP. Todo menos ir juntos, ya lo ven, atenidos a la imagen de Chaves que propugnaba mantener a “cada uno en su sitio”. Algo cambia cuando la derecha está en la calle y la sedicente izquierda en el teatro.

Sume y sigue

El Polo está en peligro. Fertiberia acaba de confirmar la orden de Costas, es decir, del Gobierno, de suspender los vertidos de fosfoyesos, lo que conlleva la suspensión de actividad y consiguiente pérdida de 370 empleos. Nilefós mantiene a sus trabajadores sin cobrar y continúa inactiva mientras la Junta de Andalucía no le da los avales prometidos. Tioxide anuncia un cierre en este mismo mes si no se acepta la liquidación de más de 100 puestos de trabajo además de un ERE prácticamente liquidador. Para unos y otros, para poderes políticos y agentes sociales, para críticos y defensores, se acabó el tiempo de los discursos y pronunciamientos. En esta hora difícil no cabe ya más que unirse todos en defensa del trabajo o sentarse a contemplar como la provincia se desploma.

La vida prodigiosa

No cejan los adversarios de Darwin, dispuestos a no permitirle el bicentenario en paz. Uno de ellos, hay que reconocer que no desprovisto de cierto humor, recuerda el chascarrillo supremo con que los creacionistas tratan de mortificar a los partidarios de la evolución: “Si se refiere que una rana se convierte en príncipe, hablamos de cuento maravilloso; si se dice que un mono deviene en hombre, hablamos de evolución y ciencia”. No está mal. El gobierno británico, entre tanto, va a echar a perros un millón de libras, con la que está cayendo, para acondicionar la casa en que vivió el maestro de Shrewsbury y exponer sus trebejos junto a las recetas de cocina –sopa de guisantes, chocolate irlandés…–  de la fiel y sufrida Emma, pero unos sabios empeñados en aguar la fiesta acaban de anunciar en ‘Nature’ que el parentesco genético con nuestros antepasados simios es muy inferior al que se suponía mientras se estudiaron solamente los cambios del genoma comunes a todos los primates, desechando esas ‘duplicaciones segmentales’ que parece ser que encierran una noticia mucho más precisa de nuestra historia y evolución común. La vida es un prodigio en sí misma, igual si focalizamos la atención en nuestra especie y en las próximas, que si consideramos otras muy alejadas. La tele digital nos aporta el ejemplo del murciélago (olvídense, por un momento, del vampiro), ese quiróptero cuyo cerebro, que pesa un gramo, es capaz de procesar con éxito la información del ‘rádar’ que desde su laringe emite doscientos ultrasonidos por segundo. Desde luego, los amigos de la trascendencia lo tienen mucho más fácil que los evolucionistas. Lucrecio escribió en vano, al menos a estos efectos.

Es extraordinario que el misterio revista este carácter maravilloso, que encierre esta trampa fideista casi mortal para la razón. Ratzinger, Glucksmann Gustavo Bueno, Juaristi (converso reciente), Weiler o Javier Prados compiten en un libro breve y denso sobre el pulso inmemorial entre razón y fe, bajo el título-lema “Dios salve la Razón”, y también en esos renglones preñados de inteligencia se revela la maravilla de la realidad en el atolladero noológico. Lo de la rana y el príncipe es bueno, no puede negarse, pero hay que esperar todavía mucho y bueno de esta movida en torno a la intuición, también portentosa, que erigió al azar o, si se prefiere, lo constituyó en instrumento del designio. Porque no me digan que lo del murciélago no resulta asombroso, sea cual sea la mano que meza la cuna del azar. Si el pensamiento arrancó de la curiosidad, a estas alturas se mueve impulsado por el estupor.

Donde las dan . . .

Se empeña Chaves en disimular –y a ver qué podría hacer—la vergüenza del alcalde que su partido puso en Ohanes (Almería) y que cualquiera puede ver y escuchar en Youtube. Dice que ese flagrante cohechador no es del PSOE ya que no puede decir que no lo era en el momento de los hechos ni cuando se retrataba con los responsables de primer nivel del partido. Y argumenta que un Ohanes de 700 vecinos no es Madrid, tautología inútil y que pone las cosas peor si cabe, puesto que ya me dirán si tantos millones en el cazo cuadran en ese pueblecito. El PP tendrán en Madrid lo que sea, que ya se verá, pero el PSOE tiene un Almería uno de los casos más sinvergüenzas de su historia. Tratar de ocultarlo es complicidad. Al menos mientras todo el mundo pueda acceder a Internet para presenciar gratis el espectáculo.