Fiero león

No es tan fiero el león como lo pintan. Lo habrá pensado más de uno el jueves a la vista de la escasa movilización conseguida por los sindicatos para ese 1º de Mayo desnaturalizado a base de oportunismo y burocracia. Los mismos que anuncian que no cederán ante una eventual estrategia de moderación salarial no son capaces de sacar a la calle la décima parte de lograrían otras instituciones españolas, y eso debilita sin remedio a un movimiento cuya proximidad y alianza verticalista en el marco de la “concertación social” los está dejando con voz pero sin voces. El Día del Trabajo habrá tranquilizado, sin duda, a la patronal y al propio Poder, beneficiarios últimos de la debilidad de unos sindicatos que no han sido capaces ni de renovar sus discursos ni de unir sus fuerzas. A juzgar por este fiasco, los trabajadores habrán de pasar la crisis a pelo.

Grave acusación

Al alcalde de la capital lo ha denunciado una fotógrafa de otro periódico por agresión. Cuenta ella que, en la feria de la Gamba, el regidor se encaró con ella llegando a causarle lesiones en la parte posterior del cuello, cuyo parte adjuntó a la denuncia. ¡Qué cosa más rara para cualquiera que conozca a Perico! No sé, no sé más que lo que cuenta su periódico, pero estoy que no vivo hasta conocer ese parte de lesiones al que ningún testigo de los muchos que asistieron a la escena da crédito, que yo sepa, así como la réplica jurídica que el regidor de todos los onubenses debe darle a esta acusación tan grave. No vaya a ser que ese notición no se ajuste enteramente a los hechos, medie una mala interpretación o, sencillamente, que haya servido de cortina de humo para ocultar de otros problemas de gran actualidad, pues qué se yo, el del oleoducto mismo que la propiedad de se diario pretende hacer frente a la mitad del Parlamento. Nuestra compañera está en su derecho de defenderse y cuenta con nuestra solidaridad… siempre que la verdad resplandezca y se pruebe. Si no, no, claro.

El trasvase político

Hay mucho de cínico en el debate sobre el paso de los políticos desde la vida pública a la privada, es decir, desde el cargo a la empresa y, en consecuencia, del servicio al beneficio. Digo cínico porque sería idiota ignorar que ese trasvase existió siempre, aunque sólo sea porque política y negocio son dos caras de la misma moneda, dos ámbitos de un mismo Poder que sobrevuela el interés colectivo hasta perderlo de vista. El otro día Guerra se marcó una de sus más demagógicas pamplinas cuando explicó, a propósito del paso de Zaplana a Telefónica, que eso era algo propio y como connatural a los políticos “conservadores” para los cuales, según él, la política no sería una vocación sino un estadio, una estación de paso para conseguir un nimbo prestigioso con el que luego medrar en la vida económica. Guerra, un político profesional seguramente sin mejor oficio, se olvidaba o hacía como que olvidaba los incontables casos de conmilitones suyos que han recorrido ese trayecto no sólo para reemprendrer el trabajo, sino para enriquecerse a vista de todos. ¿Acaso Boyer, Solchaga, Solana o Borrell son una excepción de la virtuosa socialdemocracia o se trata más bien de que lo que se considera normal en sus casos no lo es cuando el trasvasado es Zaplana o Matas? Siempre hubo negocios políticos aunque hasta hace poco no se haya tipificado como delito el tráfico de influencias. Craso se enriqueció desvalijando a los proscritos que él mismo condenaba y todavía en tiempos de Narváez podía hacerse un negocio redondo difundiendo en el Congreso el rumor falso de una crisis de Gobierno que hiciera derrumbarse la Bolsa en beneficio de cualquier marqués de Salamanca. Pero todos sabemos que un caso como el del asesor económico de ZP que ha fichado por el gran “lobby” de la construcción tiene más que ver con el concepto yanqui del “conseguidor” que con los trapisondistas isabelinos. Esto se llama servir a dos señores si es que esos dos no son uno solo.

 

                                                                    xxxxx

 En pocas ocasiones ha estado más claro el desahuciado esquema marxista que presenta al poder político como el sosia del empresarial en el marco de una elemental división de funciones que hacen posible y más efectiva la dominación: el asesor más íntimo de ZP convertido en “conseguidor” de la patronal del gran sector en crisis, al que irán a parar esas obras públicas que el Gobierno prevé para paliar la “turbulencia” o “desaceleración” que ha puesto a esa potente máquina del desarrollismo a los pies de los caballos. Y por tanto nada tan dudoso como que el Presidente se haya enterado por la prensa del triple mortal de su asesor, y nada tan sugerente como la idea de que ese salto haya sido calculado de común acuerdo por el asesor y el asesorado para matar dos pájaros de un solo tiro. Eso sí, nada más sofístico que esgrimir la letra legal de las incompatibilidades, porque lo que convierte en intolerable esta reconversión del responsable político en afanador empresarial no es lo que diga la Ley, siempre subjetiva e interpretable, sino lo que clama la propia moral política. Yo no entiendo por qué Guerra se olvida de que González trabaja para Slim a la hora de criticar a los “conservadores”, pero sobre todo no se me alcanza cómo puede olvidarse, puestos a infamar al adversario, la inacabable saga de esta generación sociata que cuenta ya con tantos millonarios. El socialismo histórico fue un movimiento de obreros y pequeño-burgueses caracterizados por su modestia; el actual se ha liberado por completo del antiguo complejo que el conservatismo, como es natural, nunca padeció. Pero, insisto, pocos casos de impudicia tan notables como el del asesor de ZP reconvertido en larga mano de los futuros adjudicatarios de los contratos del Estado. Me dice un militante del partido que siente vergüenza ajena. Le contesto que la única vergüenza útil, sobre todo en la vida pública, es la propia.

Erre que erre

El palo propinado por el TSJA a la Junta y al Gobierno a propósito de la “Educación para la Ciudadanía” ha sido de los que hacen época y de poco le servirá a Chaves el Recurridor alzarse al Tribunal Supremo para ganar tiempo. Sobre todo porque los dos graves rechazos manifestados en esa sentencia están sobrados de sentido común y medidos de fundamento, lo que hace casi inverosímil que en Madrid la echen por tierra. Chaves está en su derecho de discrepar y de recurrir pero ya me dirán cómo compensar a los padres objetores y ya respaldados por nuestra Alto Tribunal regional, si en su día –dies certus an incertus quandum—se ratifica el criterio de éste que, no cabe duda, es compartido hoy por muchos andaluces, objetores o no. Ésa asignatura es un trágala y los trágalas con mala cosa. Llevarlos hasta el TS es un abuso irreparable y una palpable demostración de la propia incapacidad para alcanzar consensos.

Mutis por el foro

Nadie en la Junta ni en el PSOE quiere explicar el proyecto petrolero del grupo Gallardo, un trazado incuestionablemente brutal para el territorio onubense desde el punto de vista medioambiental. Si la consejera mintió de entrada diciendo que no era más una “hipótesis” lo que estaba siendo informado por el Ministerio, el ingenio autodidacta de Mario Jiménez lo ha calificado luego de “proyecto embrionario”, pero el colmo del desdén por nuestras cosas provinciales ha sido la ausencia de la consejera del debate parlamentario en el que le cedió los trastos a éste último para que se entretuviera burreando a IU y al PP pero sin decir ni mu sobre el fondo de la cuestión. ¿Qué ocultan estos silencios y estas ausencias, hasta qué punto está comprometida esa ya obra con los “amigos políticos”? Igual tiene que cortar cuando sea tarde el propio Chaves como ya ocurrió con el megaproyecto de Punta Umbría.

Juegos prohibidos

Es notable la preocupación y las inquisiciones crecientes que se ocupan en este revuelto mundo de la juguetería de nuestros niños. En las sociedades democráticas más sensibles hace años que se libra, con variable éxito, la batalla contra los juguetes bélicos y, en menor medida, contra los considerados sexistas. Hay quien anda empeñado en conseguir la normalización de nuestras relaciones “de género” a base de imponer que el niño juegue con muñecas y la niña patee un balón a ser posible en equipos mixtos, y por supuesto, una fuerte corriente lucha hace tiempo contra el juguete bélico en el que se percibe un activo elemento socializador de la agresividad, y ya en mucho menor medida, hay toda una corriente crítica dedicada con mucha razón, a desacreditar el abuso que nuestros alevines hacen de los juegos electrónicos, con frecuencia violentos en más de un sentido y responsables de ese sutil autismo que produce sin remedio la sugestión virtual. En el área islamista la crítica ha sido sustituida hace tiempo por la prohibición, como muestra la extrema dureza wahabbista que ve en la ‘Barbie’ una incitación sexual del todo indecorosa y en el comic japonés ‘Pokemón’ un instrumento de promoción del sionismo. Estos mismos días el fiscal general de Teherán se ha dirigido a la Presidencia para denunciar los peligros que para la “identidad y la personalidad de la nueva generación” suponen el contrabando de juguetes como computadoras y películas sin derechos, junto a la exhibición de personajes como la inevitable ‘Barbie’, ‘Batman’, ‘Spiderman’ o ‘Harry Potter’, este último, todo hay que decirlo, prohibido también hace tiempo, si mal no recuerdo, en las escuelas suecas y australianas. Occidente estaría minando los cimientos morales del Islam al introducir en su ámbito, por esa insalvable vía lúdica, sus recursos satánicos. Se ve claramente que los peques se han adelantado con mucho a la “alianza de civilizaciones”.

 

                                                                    xxxxx

 La mejor voluntad que dispongamos para entender este último concepto choca de manera inevitable con la realidad. Es muy fácil decir, como acaba de hacer por ahí el editor Agustín Pániker (no confundir, por favor, con papá Salvador, un hombre serio) que la tolerancia no es un valor exclusivo de Occidente y que cada tradición gasta sus propias formas de libertad, pero luego no lo es tanto enfrentarse a los hechos concretos, qué se yo, a hábitos como la lapidación o a hermenéuticas alucinadas capaces de ver en un juguete japonés un infiltrado israelita o en una muñequilla cursi una amenaza contra la moral. En Turquía acaban de modiicar el código penal para suavizar, siquiera ligeramente, el delito contra la ‘identidad turca’ pero no han podido renunciar a sustituirlo por otro, no menos amenazante, como el que castiga la crítica al ‘pueblo’ turco, manteniendo la mordaza que la UE le pide que retire. Y todo ello a pesar de que los hechos sugieren que la batalla contra la occidentalización la van perdiendo sus adversarios, sobre todo a medida en que las condiciones económicas mejoran y la opinión se vuelve exigente y caprichosa. La buena marcha del negocio petrolero, por ejemplo, ha convertido a Irán en el tercer importador mundial de juguetes, incluidos, por supuesto, los censurados o prohibidos por las inquisiciones locales, y es más que probable que el fundamentalismo turco acabe cediendo a las exigencias de homogeneización elemental que le impone ese Occidente antes de integrarse en él como un miembro de pleno derecho. En cuanto a los juguetes, demasiados indicios apuntan a que no habrá quien contenga esta universalización de esos insustituibles instrumentos de socialización que acaso son la única pedagogía grata inventada por la especie. Flaubert decía que todos los juguetes deberían ser científicos, pero en las tumbas paleolíticas aparecen ya muñecas y aros para futuras madres y guerreros. El niño no sabe que está aprendiendo a todo trapo mientras juega en su recreo.