El buen ejemplo

El Gobernador del Banco de España, un socialdemócrata de toda la vida, un hombre moderado, ha roto una lanza por el despido libre. No basta con el despido barato que ahora existe, no es suficiente con la progresiva desregulación del mercado de trabajo que se ha ido produciendo desde que, durante la primera etapa de gobierno del PSOE, se abriera la veda del empleado seducidos por el espejismo neoliberal. Uno no discute –y además es lego en la materia—si para la creación de empleo es necesario dejar al trabajador a los pies de los caballos parcial o enteramente, simplemente cree que si con la normativa actual, tan liviana para el empleador, no basta, es que las exigencias de éste tenderán con toda seguridad a infinito. El Gobernador pone de ejemplo los casos de Austria y Dinamarca, pero la imagen que aquí ha propuesto siempre el partidario del despido libre es la de la gasolinera americana donde se le da la manguera al parado que la pide, a tanto por hora, sin que ello comporte compromiso alguno, y se ha venido haciendo así desde la imaginaria convicción de que esa máxima informalidad laboral implica el mejor estímulo para el trabajo y la economía. A la vista de lo que está ocurriendo con el empleo en aquel gran país, la verdad es que habría que preguntarle a esos apóstoles del despido si están seguros de que, efectivamente, es así. Porque, la verdad, parece que no tanto.

USA, Austria, Dinamarca. Lo que habría que preguntarse es si lo que funciona en una sociedad tiene necesariamente que funcionar en otra, es decir, si no será cierto más bien que las instituciones de cada una de ellas son inseparables de su molde cultural y de la índole de sus tradiciones. Porque si así no fuera, no sé a qué estamos esperando para pedir que se copien también tantas normas e instituciones no sólo ajenas sino incomprensibles para nosotros. Un Gobernador del Banco de España que diga año y medio después que la crisis viene de mucho antes, pongo por caso, probablemente iría a la calle en USA, y no digo nada de un Presidente que, sabiéndolo su banco central, tildaba de antipatriotas a quienes se atrevían a decir entonces lo que ahora dicen hasta ellos. Copiemos al extranjero, de acuerdo, pero en todo lo bueno, no sólo en lo que conviene –ahora sí, ahora no—al poder, calquemos la realidad de sus libertades profundas, la independencia de sus jueces o la excelencia de su educación y mantengamos intocadas nuestra ventajas. Lo que es incoherente es una política de izquierdas que propugne el despido libre. En eso también nos llevan esos países de Dios una enorme ventaja.

Cajas cerradas

¡Pues no que sale ahora el presidente Chaves diciendo que las Cajas son regidas por jefes elegidos democráticamente por todos los sectores y agentes sociales! Hace falta cinismo para no reconocer que en esas instituciones no se mueve una hoja sin que el partido dominante lo autorice, que en esos balnearios sestean otros, pero no hay decisión importante que escape a la mayoría impuesta por el poder partidista. En Andalucía, las Cajas, salvo una excepción, son territorios ocupados por el PSOE desde que rompió la democracia, como en otras autonomías son colonizadas por el PP, los nacionalistas o quién gobierne. Una de ellas le condonó un crédito millonario al propio  Chaves y no hay partido al que alguna otra no le haya regalado un borrón y cuenta nueva. Seguirán cerradas pues. Nadie tira por la ventana la llave de su negocio.

La gresca sindical

UGT, es decir, el PSOE, rechaza la demostración contra el paro convocada por Comisiones Obreras. Hasta la protesta y la acción sindical son ya patrimonializadas por las organizaciones que sólo apoyan las propias, en lugar de conformar un frente común para plantar cara a la crisis, si fuera posible de la manera más sensata y constructiva. El interés de los trabajadores se supedita, en la práctica sindical, al interés del sindicato o del “partido amigo”, incluso si el objetivo no puede ser más que el mismo. Una vergüenza que quizá sólo se explique porque este sindicalismo burocrático y verticalizado es el único colectivo laboral que tiene sus lentejas garantizadas.

Mano de santo

No sé en este momento cómo va el asunto de la madre jiennese condenada a pena de cárcel y alejamiento por haber abofeteado, hace tres años, a su hijo de doce que, por cierto, le había arrojado a ella previamente una zapatilla. Creo que la madre de El Puerto de Santa María que estuvo alejada por la misma causa tiene las cosas algo más claras ahora, aunque junto a la primera, los propios jueces han solicitado el indulto de la condenada y el fiscal del TSJA se ha mostrado propicio a él. La ley es la ley, ahí está de acuerdo todo el mundo, feudatarios como somos del apotegma romano “dura lex sed lex”. Nuestros ropones siguen fieles a Ulpiano en el ‘Digesto’: “Durum hoc est sed ita lex scripta est”, es duro, no cabe duda, pero así está escrito en la ley. Lo dice hasta el benigno juez Calatayud, que culpa con razón a los legisladores (él dice los ‘políticos’, con toda propiedad) del despropósito legal que obliga a imponer esas penas descabelladas. Recuerdo que Gluscksmann ironizaba sobre el viejo propósito expuesto por Niestzche en “Humano, demasiado humano”, aquel elogio de la bofetada (sic) como “estimulante de la memoria” y en consecuencia, como suavizador de las penas mayores: “Dad una bofetada a un niño y nunca volverá a cometer ese acto”, argumentaba el filósofo. Lo único claro en todo este disparate es que la ley debe rehuir mandatos inspirados en criterios de moda. En Inglaterra se discutía hace poco sobre la conveniencia de reintroducir con prudencia el viejo castigo corporal abolido hace nada y menos. Ya ven que la cosa no es tan fácil

El problema surge cuando el cachete famoso se convierte en acontecimiento filosófico, es decir, cuando deja de ser un incidente doméstico y venial para teñirse ideológicamente con tonos alarmantes. Niestzche era discreto en su receta: el castigo debía ser un simple medio mnemotécnico y, por tanto, moderado, algo que hoy rechaza el maximalismo de una ley improvisada y de una justicia mecánica capaz de romper la familia por mantener el fuero más que el huevo. Lo que no sé es cómo le irán las cosas a la madre sordomuda –¡y a su hijo, claro!—ni si finalmente conseguirá que se acepte la lógica de la reprensión imprescindible aunque sólo sea para evitar males mayores. No se castiga judicialmente a ese niño agresivo (el de la zapatilla), menos mal, pero bastante es, a mi juicio, que se sancione a una madre que lo que necesitaría es respaldo y ayuda social. Acampar en el ‘Digesto’ es más que un anacronismo. Hasta los jueces condenadores son conscientes de ello.

La Junta, satisfecha

A juzgar por lo que dijo en el Parlamento del consejero de Empleo, la Junta parece estar satisfecha por la marcha de la crisis. No importa el número de parados, no importa el vértigo de su progresión –según ella- sino el crecimiento de las incorporaciones de empleo, en lo que al parecer, nos sonríe la fortuna más que a nadie en Europa. Que vayamos lanzados a los 3 millones de parados, no le quita el sueño a esos optimistas sistemáticos, ninguno de los cuales corre peligro de perder el empleo, al menos en esta legislatura. Todos contentos, pues, que vamos estupendamente. Esto es de una desvergüenza tal que hay que escucharlo para creerlo.

Jueces y jueces

La huelga de jueces anunciada para la próxima semana sigue convocada a pesar de la terminante denegación de que ha sido objeto por parte del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Los magistrados que la apoyan pasan del dictamen y de sus consecuencias, y aclaran que para nada se trata de reclamar mejoras salariales ni ventajas corporativas, sino de exigir de una vez al Gobierno y a la Junta que de la Justicia los medios imprescindibles para poder funcionar como es debido y sin “casos Mari Luz”. Se juegan mucho los jueces en este envite, tanto los huelguistas como los renuentes. El Gobierno y la Junta, naturalmente, apuesta por estos últimos.