Todos contentos

En el Ayuntamiento de Alcaucín, humillado por las mangancias de su anterior gobierno, una tránsfuga, esta vez del PSOE, ha dado la vara mágica a una alcaldesa del PA con los votos añadidos del PP. Vean como, cada cual a su turno, todos sin excepción, amparan y hasta fomentan en la práctica el transfugismo que dicen rechazar en el primer plano. Todos, digo: no hay un solo partido en Andalucía que no tenga por dónde callar en esta recurrente y abyecta práctica que desnaturaliza la representación y engolfa la política rebajándola al ras del negocio. Ninguno quiere desterrar esa vergüenza aunque todos declamen contra ella. Los que no tienen vergüenza, en este sentido, son ellos. Sin excepción.

La mala imagen

En Inglaterra no se acordaban de Lepe desde que Chaucer, va para siete siglos ya, atestiguó en los “Cuentos de Canterbury”que en Londres se bebía un vino que un padre y un hijo llevaban desde nuestro pueblo. Ahora es nada menos que el “Herald Tribune” el que se ocupa de Lepe para presentar a Europa la pésima imagen de un pueblo primitivo en el que los nativos pelean a muerte contra los trabajadores inmigrantes disputándoles por la fuerza el puesto de trabajo. Y aunque no creo que sea para tanto, la delegación del Gobierno tiene la obligación de aclarar que ocurre de verdad a ese respecto y poner orden en caso necesario, aunque sea sólo para restaurar la imagen rota.

La crisis y el lujo

Colecciono esta temporada con especial interés noticias y referencias que prueban que la crisis económica no concierne al consumo de manera homogénea. Hay datos sobrados sobre la indiferencia con que el mercado del lujo contempla discurrir la crisis a su alrededor, puede que hasta aprovechando la coyuntura para reforzarse en la medida en que, como señalaran Lipovetski y otros, el lujo constituye una suerte de “necesidad emocional” que impone a ciertos sectores sociales la necesidad de singularizarse, es decir, de probar su ‘originalidad’ por medio de un consumo suntuario y la exhibición de lo exclusivo. Comprendo que cueste creerlo, pero en este momento hay todo un movimiento al alza de la actividad comercial del lujo, un sector que lo mismo en USA que en todas partes no ha acusado el golpe de la crisis a la que asiste con indiferencia. Una casa de estilográficas muy personalizadas acaba de lanzar un  modelo fabricado en oro sólido de 30 quilates tratado con rodio cuyo tubo de platino presenta más de un millar de diamantes, total por un milloncejo de dólares mal contados. Un dispensario de belleza anuncia para su celeste clientela tratamientos a base de masajes con diamantes de oxígeno (¿) y láminas de oro bajo fragantes mascarillas de mandarinas. La ‘Mercedes’ ha lanzado un modelo, el ‘SL600 Swarovski’, que sale al pronto pago por 53 millones de las antiguas pesetas. No bajan tampoco sino que, probablemente suban, las viviendas de lujo, que incluso se prevé que escaseen pronto. En la 5ª Avenida se anuncian zapatos a 3.000 dólares, bolsos a 2.000 y trajes a 7.000. La crisis es para los pobres y medianos. Para los ricos, al menos desde el mirador del consumo, no pasa de ser un espectáculo.

 

Es un hecho que la caída en picado del poder adquisitivo, tal como había previsto desde noviembre la OCDE, no ha afectado a la economía del lujo, o lo que viene a ser igual, que la ruina masiva de la sociedad no afecta a un segmento privilegiado de ella que confirma con su actitud las ocultas claves psíquicas que posibilitan la clásica tesis de Sombart de que el consumo superfluo siempre ha operado en la Historia como una potentísima palanca del desarrollo de la economía. Todo lo cual descubre, como es lógico, la condición profundamente inmoral de las sociedades desiguales, subrayando, además, el carácter caprichoso del lujo pero, al mismo tiempo, su honda inserción en la naturaleza humana. Hasta se ha dicho que nunca mejor que en la crisis los potentados pueden exhibir su privilegio. Y puede que lleven razón.

La suerte de algunos

Un juzgado de lo Contencioso de Córdoba ha anulado la sanción de más de 24 millones y medio de euros impuesta en 2005 por el Ayuntamiento al famoso empresario Rafael Gómez, ‘Sandokán’, relacionado también con el “caso Malaya”. Ha caducado el procedimiento sancionador, ya ven qué cosa más estupenda, a pesar de los avisos del juez y de los públicos compromisos de la alcaldesa garantizando que la sanción se habría de mantener. ¿Suerte que tiene el sancionado, inexplicable (inexplicada) responsabilidad de la institución? Lo que es seguro es que, de tratarse de un vecino del común la cosa habría sido diferente. Éste es un caso de lo más raro y una sombra de lo más densa sobre la credibilidad institucional.

Bocas cerradas

El sindicato de clase UGT, ‘hermano’ del PSOE, ha eliminado de su página web las críticas que libremente habían enviado a la misma los trabajadores de Diputación, temerosos de que los dispendios institucionales de todos conocidos contribuyeran a perjudicar los salarios. Eso se llama sumisión, servilismo, estómagos agradecido y lo que ustedes quieran, todo menos solidaridad. Está a la vuelta de la esquina el “pacto de concertación”, que es la bicoca que permite vivir con opulencia a los “agentes sociales” y., como comprenderán, no es cosa de arriesgarla por permitir su desahogo a unos trabajadores, qué coños. El papel de UGT en Diputación hace años que está mojado, como CCOO se ha encargado de demostrar tantas veces. Esto último no ha sido sino una defección más.

Los bancos y la crisis

Parece que hay unanimidad casi universal en que la fórmula para escapar a la crisis no es otra que la inyección de dinero público a la banca. Lo dicen desde Obama a Sarkozy pasando –ya muy a lo lejos, claro—por González y Aznar, junto a la práctica totalidad de nuestra asustada dirigencia. No hay esta vez  teoría sobre la crisis como la hubo en otras ocasiones, incluyendo el aluvión de los años 70, ha desaparecido hasta la sombra de las críticas burguesas que llegaron hasta Keynes tanto como la de las marxistas que prolongaron desde la Luxemburg hasta Ernest Mandel. Pero a cambio circula intensamente una curiosa referencia a Jefferson que, aunque compruebo en la ‘Jefferson Encyclopedia’ su más que probable condición apócrifa, no deja de ser sugestiva ni de contener ideas genuinas, efectivamente extraídas de la correspondencia del aquel gigante. Más o menos, la notable “misquotation” (cita falsa), se abre de capa con este tenor: “Pienso que los bancos son más peligrosos para nuestras libertades que ejércitos listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que lleguen a controlar la moneda, la banca y las instituciones que crecerán a su sombra, privarán a la gente de toda posesión, primero mediante la inflación, enseguida por al recesión, hasta que sus hijos se despierten sin casa ni techo sobre la tierra que conquistaron sus padres”. Bueno, todo indica que el párrafo está compuesto y remendado porque un término como ‘deflación’ no aparece hasta el año 20 e ‘inflación’ no circula hasta finales de los 30, muy lejos de 1902, que es la fecha en que se sitúa nuestro texto. Convengan conmigo, en todo caso, en que “si no non è vero, è ben trovato”.

Lo extraordinario en este silencio teórico y en la unanimidad práctica es que jamás hubo una crisis en que fuera más fácil atribuir la responsabilidad. En la penúltima, por ejemplo, Mandel negó frente a todos que la causa del desastre fuera el alza de precios del petróleo, pero en la presente hay que empeñarse para no ver que la causa no ha sido otra que la voracidad del sistema financiero y el oportunismo suicida de una banca que supo engatusar la ambición de una masa seducida por el señuelo del crecimiento sin fin. La misma que ahora hemos de rescatar entre todos del atolladero sin exigirle siquiera que aclare dónde están los colosales beneficios logrados durante decenios. Cuando esto acabe –que acabará: si algo hay evidente es que el Sistema no puede fracasar sin hundir con él a la civilización–, comprobaremos que vuelven a ganar los mismos sobre los mismos perdedores. En USA han autorizado a muchos desahuciados a instalarse en tiendas de campaña. Las últimas palabras de ese dudoso Jefferson parecen una auténtica profecía.