La izquierda posible

Suele no se más que una ilusión la que nos muestra las modas como corrientes definitivas. Hoy no hay una izquierda digna de tal nombre y todo abruma hasta forzar la idea de que sólo la visión liberal es acorde la naturaleza social. Ya veremos: repasen la Historia y verán qué clase de “yenka” mueva a las ideas. Por eso la epifanía de Julio Anguita constituye una esperanza para mucha gente de ese bando que asiste consternada a la liquidación de la utopía y al triunfo del pragmatismo. Desde que él se fue, IU es un corralillo con mucha gallina y pocos huevos, una oficinilla de colocación para muchos sin mejor oficio, un proyecto sin principìos ni fines, una hueste mercenaria disponible para el PSOE. Quizá él traiga mucho pensado de su retiro azacán y de su larga experiencia. No es a la izquierda sólo, es a Andalucía y a España entera a quienes beneficiaría el regreso de la Razón.

Otra batalla

IU se está dejando los pelos en la gatera, con muy buen criterio, con tal de reunir cuantas más fuerzas posibles en la plataforma contra el proyecto petrolero  que el grupo extremeño Gallardo proyecta construir en la provincia, atravesando terrenos protegidos y, en opinión de los expertos, exponiendo a notorios peligros al medio ambiente. Incluso ha forzado que el negocio se vea en el Parlamento porque no tiene sentido que los andaluces no conozcamos la postura de Chaves cuando el Gobierno extremeño aprobó hace tiempo el plan. Va a tener, eso sí, que contar con el apagón informativo de los medios prooficiales (el interés de la Junta y su partido en el asunto es manifiesto) y con la obligada discreción de los vinculados al dueño del grupo que, lógicamente, defenderán lo suyo. ¿Otra batalla en solitario para El Mundo? Por pura higiene democrática sería de desear que no.

Una de piratas

El Gobierno español, o sea, los contribuyentes españoles han pagado a los piratas somalíes un millón bien largo de dólares a cambio de la devolución del pesquero secuestrado en aquellas peligrosas aguas. La piratería vuelve por sus fueros y ni que decir tiene que nunca hubo piratas “autónomos” sino delincuentes respaldados por el Poder, en cierto modo, instrumentos suyo, como enseña la historia de esa actividad protegida por Inglaterra lo mismo que por Holanda mientras España se amparó en las bulas pontificias para defender el concepto de “mare clausum” frente al de “mare liberum”, uno defendido por juristas como Solórzano, y el otro por la imponente figura de Hugo Grocio. La historia de la piratería descubre un mundo desconectado, en el que las naciones actuaban sin reparos en su exclusivo beneficio, retranqueadas tras auténticas flotillas de malhechores –a veces reclutados por los propios gobiernos— para enriquecerse y, de paso, debilitar la competencia de los rivales políticos. Se habla siempre del ennoblecimiento de Drake o de sir Walter Raleigh, pero en realidad tan protegidos como ellos fueron el Olonés o Pata de Palo, Lorencillo o Morgan, la infantería legionaria de aquel terrorismo de Estado cuya caricatura pudo ver mi generación en los patrióticos tebeos de un imaginario “Cachorro” y un caballero español, porque lo cierto es que una acción conjunta de las potencias habría finiquitado con aquella plaga como acabó en cuanto quiso y convino. La piratería, en términos generales, me parece a mí que no es separable de la mentalidad colonialista ni del imperialismo de la Europa “moderna” ni se entiende si no es como la larga mano de las monarquías y las naciones compitiendo entre sí a sangre y fuego, antes de la consagración del principio de la “libertad de los mares” que, de algún modo, se impone por la propia lógica del desarrollo capitalista. La vuelta de la piratería es, en cierto modo, una paradoja en un mundo dotado de respuestas militares rápidas y satélites curiosos. Se trata, pues, de nuevo, de una estrategia recuperada por ciertos poderes, hay que suponer, de momento, que sólo marginales.

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El Gobierno no ha hecho más que lo que tenía que hacer pagando el rescate pedido, ya que, con toda evidencia, nuestra flota pesquera ha trabajado indefensa en mares sumamente peligrosos. Otra cosa es si ha hecho bien cediendo ante el chantaje de los corsarios, esto es, proporcionándoles un éxito que seguro que reanima la vieja industria, pero discutir eso carece desde antier de sentido. Como no lo tiene que el llamado “orden internacional” no se determine a organizar una fuerza de respuesta fulminante capaz de guardar esa libertad de los mares frente a un enemigo momentáneamente despreciable, pero que, sin duda, tiene sus conexiones con poderes corruptos y trabaja bajo su lejana protección y muy probablemente asociado a ellos. Ya no hay que organizar costosas y lentas flotas para navegar de bolina a mares lejanos, sino que bastaría con disponer una fuerza localizada en aguas peligrosas, aparte de leerle la cartilla a los régulos locales que deben de andar tras los propios bucaneros, esperando su parte en el botín. Francia resolvió hace poco un caso de secuestro pirata con modos mucho más expeditivos, pagando el rescate pero haciendo intervenir a sus fuerzas especiales en el mismo refugio filibustero, en un segundo acto que resultó de lo más lucido. Vale, mejor que mejor, pero no basta con la acción inteligente y bragada de un país, sino que es preciso establecer la conciencia de que combatir a ese enemigo cruel y anacrónico exige el acuerdo y cooperación de todos los afectados. Hoy, además, quien protege a Drake no es la reina Isabel sino vaya usted a saber qué satrapilla indígena de esos a los que los occidentales les hemos enseñado de memoria el oficio de la rapiña.

Ley de vida

Se queja Arenas, con razón, del crecimiento imparable de la nómina juntera, que en lugar de reducir efectivos inútiles los multiplica cada vez que tiene ocasión, sin advertir que ese recurso no es un capricho de Chaves sino una necesidad real impuesta por su modelo de control del partido: hacen falta cada vez más puestos y prebendas, cada vez más altos cargos y lo que tras ellos colea, cada vez más compensaciones para que sea posible su estrategia de cuotas de familias o corrientes, cuotas de provincia, cuotas “de género” y demás patas de su sólido montaje. La Junta, como las Diputaciones y los Ayuntamientos pagan con nuestro dinero los compromisos que mantienen tranquilo a Chaves. Si éste cortara por lo sano ese gasto no llegaba al final de la legislatura.

Escalada de insultos

Después del Alcalde, buco sacralizado por el tiempo, el enemigo a batir en el Ayuntamiento, es para el PSOE, Curro Moro. Lo demuestra el grado de chabacana agresividad con que la frustrada candidata le lanzó en el Pleno el insulto de “golfo”, y viene a confirmarlo el mote más bien bobalicón con ha pretendido estigmatizarlo el concejal y exdelegata de la Junta, Manuel Alfonso Jiménez, que le ha llamado en ruede de prensa “Dobermoro”, no sé si pillan el ingenioso doble sentido. No lo tragan, eso está a la vista, no lo resisten ni en broma, y eso es lo que les hace perder hasta las mínimas exigencias de dignidad política, olvidados, eso sí, de que la guerra de motes e improperios se les puede volver en contra en cualquier momento. Moro hace bien en rehusar responderles. Él sabe que si ladran contra él es porque cabalga.

La otra vida

A lo mejor soy un ingenuo irremediable, pero cada vez que escucho a un sabio hablar de “la otra vida”, esto es, de la hipotética vida que podría existir –no sabemos cómo ni por qué– en otros planetas acogedores, tengo la sensación de que lo que de verdad es irremediable es la tentación, realmente prometeica, de imaginar esa existencia simétrica que hay que convenir que debe más a la ciencia-ficción que la académica. No soy quien para dar crédito a la versión de un psiquiatra amigo que me asegura haber conocido en un congreso del gremio a un colega paranoico que perdió el oremus embolismado con la teoría de los agujeros de gusano y la hipótesis –antigua, ciertamente– de que por esos atajos descubriremos algún día una serie infinita de mundos paralelos en la que, llevada la ilusión al extremo, quién sabe si habríamos de encontrar duplicados o multiplicados sin fin nuestro propio yo en un abismo capaz, como un juego de espejos, de anular la singularidad. Es peligroso este terreno, no me cabe duda, porque en él advierto ante todo la más absoluta arbitrariedad lo mismo si quien habla es el gran Clarke o el fascinante Stapleton, que si el teórico es un sabio convencional y, en consecuencia, atenido, al menos en principio, a los rigores de una hermenéutica poco propicia a la imaginación. Estos días leo en varios periódicos, por ejemplo, unas declaraciones de Stephen Hawking quien compara al cosmonauta actual con el almirante Colón y la aventura más que calculada de aquella hazaña española, con la odisea del espacio que alguna vez él mismo se entretuvo en desacreditar como un sueño imposible basándose en un simple cálculo de distancias siderales. Según Hawking habría tres respuesta a esta vieja pregunta, una, la que afirma la singularidad excepcional de la vida terrestre, otra, la de que pudiera haber por esos mundos alguna forma de inteligencia viva y, en fin, una tercera, que sólo contemplaría la posibilidad de que lo que acabarámos hallando en nuestra búsqueda no fuera sino un modo incipiente de existencia, una vida elemental y primitiva, por supuesto mucho menos problemática de imaginar que la consciente y reflexiva. Ustedes me perdonarán pero me pregunto por qué ciertos sabios no emplearán su precioso tiempo en comecocos más útiles.

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 “Hay otros mundos pero están en éste”, terció un día Paul Éluard con la clarividencia del poeta, pero igual que este hallazgo ha confirmado a mucha gente en un escepticismo radical respecto a la vida exterior, hay que recordar que durante siglos se especuló y no poco con el pasaje de Juan donde su Jesús presuntamente gnóstico asegura que no todas sus ovejas eran de este redil. En “La edad de la Razón” decía Sartre algo que nos turbaba mucho antaño, aquello de que la materia de la vida era el porvenir de la misma manera que los cuerpos están hechos con el vacío, y aquello otro de que nuestra vida podía ser considerada, en fin de cuentas, como un simple episodio que turba pasajera e inútilmente la beatitud y el reposo de la Nada. Son ideas vagabundas, rastros reflexivos, que se nos vienen a la mente cuando oímos a un sabio decir magníficas pamplinas siempre inferiores a las imaginadas por los poetas. Suelo decir que uno de los versos más profundos del siglo pasado lo escribió Einstein cuando aseguró que “el universo es finito, curvo e ilimitado”, metáfora prodigiosa en la que la matemática se ve desbordada por la fantasía, cautivándonos con su desconcertante exactitud. Pero ¿por qué se entretendrá gente como Hawking en especular sobre la posibilidad de otras vidas ajenas a la única que nos ha sido dado conocer? Cualquiera sabe, aunque a lo mejor de lo que se trata es de que la paradoja es el nombre que los tontos y los sabios dan a la verdad. En Berkeley andan empeñados en lograr que un millón de terrícolas se asocien para buscar al alienígena. Tendría gracia que cada cual acabe encontrándolo dentro de sí mismo.