África amiga

En África suelen ocurrir cosas extraordinarias y difíciles de entender desde nuestra mentalidad política. Jomo Kenyatta, el padre de la patria, amenizaba sus mítines danzando rítmicamente con su plumero chamán. Idi Amí, solía cercenar el miembro de un machetazo a sus enemigos y hablaba con llaneza a los cocodrilos que apenas se dignaban levantar un párpado antes de cerrarlo para continuar reposados su cenagoso sueño. Bokassa, el que le regalaba diamantes a Giscard, se hizo coronar napoleónicamente en medio de la selva y revestido de armiño, tras haberse comido a una estudiante rebelde cuyo solomillo guardaba en su nevera. En el Congo, con motivo de un campeonato mundial de boxeo, echaban a los cocodrilos los leprosos para adecentar el ambiente, mucho antes de que se produjeran las actuales matanzas. Hay muchos ejemplos, entre ellos el de Yahya Jammeh de Gambia, un bárbaro que alardea de curar el sida como los “reyes taumaturgos” curaban las escrófulas, decapita a los gays, autoriza la ablación, prohíbe los partidos y se ufana de ser un “dictador para el desarrollo”, entre danzas rituales y piruetas de bufón. Europa no tiene ni idea de cómo bregar con ese primitivismo más allá de convertirse en su cómplice, que es lo que viene haciendo tras el ahora cuestionado proceso de descolonización de los años 60 que expulsó a los colones de las metrópolis para consagrar a las oligarquías tribales. Como queremos sus diamantes, su coltán, su petróleo o su algodón no nos queda otra que agasajar a sus sátrapas y tolerarles no ya sus extravagancias sino sus crímenes atroces. El interés tiene razones que la Razón no entiende, eso está más claro que el agua.

 

¿Qué pinta nuestra democrática y feminista vicepresidenta del Gobierno halagando a éste último salvaje con quien dice que mantenemos (¡)  una “relación fenomenal”? ¿Cómo se compaginan los principios democráticos con la prohibición de los partidos,  la defensa a ultranza de la mujer con la práctica de su mutilación genital y cómo el vanguardismo en la igualdad sexual con una homofobia tan expeditiva que le corta la cabeza a los homosexuales de ambos sexos? Los amigos de esta África profunda y arcaica son sus sonrojantes cómplices, sus valedores en el ámbito internacional, sus vergonzantes padrinos. En nuestro caso parece que hemos pedido a cambio al salvaje que apoye la candidatura olímpica de Madrid y que vigile más o menos el mamoneo de las pateras. Nos conformamos con poco. Giscard por lo menos no aceptaba más que diamantes.

Situación de emergencia

No es alarmismo reconocer la realidad, pero ocultarla implica engañar al pueblo. No lo es, por ejemplo, decir que el paro en Andalucía va por el 17 pro ciento pero que los cálculos más solventes prevén que en el 2010 alcance el 22 por ciento, una cifra insostenible. ¿Y qué ofrecen el Gobierno y la Junta frente esa catástrofe anunciada? Pues limosneo, aguinaldos y chapuzas municipales, aparte de la consabida promesa de “ventanilla única” para liberar a los productores de la tiranía burocrática. 30 años de hegemonía sociata han servido para evidenciar que un “régimen” exhausto no da para más aunque, lamentablemente, puede dar todavía para menos. Hace falta un pacto sin reservas sobre el empleo. Sólo la cerrilidad partidista puede negar esta evidencia.

Los tiempos cambian

Foto política del presidente Chaves entregándole a la presidenta de la Diputación el premio ‘Clara Campoamor’ por adelantarse a la hora de reconocer el voto no presencial de las mujeres y hombres. Durante la República, en el debate sobre el derecho de la mujer al sufragio, Clara Campoamor se quedó sola frente a quienes defendían que el voto femenino era conservata, clerical o incluso ‘histérico’ (algo, en fin de cuentas, muy freudiano), y perdió esa votación precisamente por los votos en contra del PSOE. ¡Lo que cambian los tiempos! Yo creo que estas cosas hay que recordarlas para los que las hayan olvidados pero, sobre todo, para los que ni siquiera las sospechen.

Agio e impunidad

Desde las más altas instancias del partido en el poder se acaba de aclarar a la galería que el alcalde de la capital estatutaria andaluza, es decir, de Sevilla, ha de agotar su legislatura y será quien decida personalmente si continúa y sigue, como aquel Joe Rigole de nuestros pecados, aunque de acuerdo con el partido y su ‘aparato’, faltaría más. El aviso para navegantes viene al caso, ni qué decir tiene, tras la sentencia que acaba de condenar a graves penas de cárcel a dos colaboradores de ese alcalde, convictos de delitos relacionados con el truco de moda de las facturas falsas, es decir,  de la financiación de partidos y militantes con potra a base de trincar del presupuesto público dinero para pagar obras no realizadas más que sobre el papel, un delito que, para mí, y estoy seguro de que para muchos ciudadanos, resiste pocas comparanzas entre los más aberrantes del repertorio actual. ¿Cómo admitir que un alcalde salga ileso tras ser condenados dos peones destacados de su equipo por delitos tan miserables, qué partido puede mantener su pretensión de ética, por no hablar de moralidad, tras demostrarse su implicación en maniobras semejantes? ¿Es concebible siquiera un  representante de todo un pueblo contaminado sin remedio por de una dolencia tan indeseable, podrá, en última instancia, llegado el caso, exigir probidad a sus ciudadanos quien permite (en fin, como mínimo) que bajo su mando se mangue de esa manera en los bolsillos de la gente?

 

Una duda me abruma condensada en una simple pregunta: ¿qué hubiera ocurrido si a la alcaldesa de Valencia o al alcalde de Madrid se le demuestran facturas falsas en su entorno electoral íntimo? ¡Y qué si a las minervas manijeras que mueven este ‘retablo de las maravillas’ les caen en las manos facturas falsas de algún modo relacionables con Esperanza Aguirre! Mi conclusión más vehemente –que comentaba ayer con Ignacio Camacho—es que la España política empieza y acaba en Madrid capital, salvadas las realidades estrepitosas como las que, eventualmente, pueda provocar el terrorismo o la influencia, o sea, que esa realidad política no es más que un subproducto mediático de un sistema de opinión para el que de Pinto y Valdemoros para abajo o de Guadarrama o Valdemorillo para arriba, no hay más España que la que se decida contemplar en la milla de oro madrileña. Haría falta otro Ortega para reescribir (esta vez bien) “La rebelión de las provincias” u otro costismo capaz de ver en la ancha España periférica algo más que un feudo o un secarral. ¡Qué habría sido de Gallardón si le cae encima lo que al alcalde de Sevilla! Desde luego la torpeza expositiva del PP no ha sido capaz de explicarle esto tan sencillo a la basca ciudadana.

El calcetín y el colchón

Acabamos de enterarnos de que la hucha-cerdito del presidente Chaves ha acumulado mucha calderilla durante este último año, vamos, que tiene ya el doble de lo que había conseguido ahorrar honradamente en 30 años mal contados con sueldo de ministro para arriba. Por otra parte, la poli, que no es tonta, ha descubierto a un alcalde sociata guardando su botín millonario bajo el colchón y a otro justificando sobresueldo y juergas puticluberas con recibos de obras piadosas. ¿Qué pensará el honrado contribuyente viendo lo bien que parece irle la crisis desde el Presidente para abajo, y qué ese puñado de parados que cada minuto se despeña sin remedio ni esperanzas? Responda ustedes mismos,  por favor.

Un ‘animador cultural’

Miles de onubenses han pasado ya por “Latitudes”, la muestra organizada por ese inquieto sin remedio que es José Luis Ruiz, un ciudadano distinguido que no pararon, entre unos y otros, hasta no aburrir y apartar de nuestra escuálida vida cultural, claro que no sin que antes tuviera tiempo de legar a la provincia un Festival Hispanoamericano tan reputado que no han conseguido cargarse ni entre tantos inútiles como tras él lo han regentado. La actual es una exposición de fuste, permítanme que diga que muy por encima de lo que la capital acostumbra a dar de sí. Huelva que, salvo excepciones, no suele reconocer los méritos auténticos de sus hijos, tiene en José Luis a uno bien preclaro con quien está en deuda.