Conocer la verdad

Ha sido estupenda la decisión conjunta del PP e IU municipales de exigir a la autoridad, es decir, a la Junta y al Gobierno, una palabra definitiva sobre la vieja cuestión de los riesgos sanitarios derivados de la industria que vienen denunciándose en Huelva hace años. Prudencia y cautela a la hora de tratar este delicado asunto no están reñidas con la necesidad de aclarar de una vez por todas qué ocurre de verdad en Huelva, más allá de dudas e informes contradictorios, pues la mera sombra de sospecha de que estamos sometidos a esa amenaza patológica convierte el silencio administrativo en insensatez cuando no en complicidad. ¿Cómo oponerse a que se sepa la verdad? El PSOE debería plantearse esta sencilla cuestión antes de oponerse a que se investigue debidamente nuestro medio ambiente.

Estrellas fugaces

Un fenómeno característico de los felices 60 fue el de eso que en Francia se llamaban las “étoiles filantes”. Eran esas estrellas fugaces mujeres del común, amas de casa libres de toda sospecha, oficinistas cumplidoras que decidían suplementar sus ingresos ejerciendo ése que suele llamarse, no sé por qué razón, el oficio más viejo del mundo, a saber “ocuparse” en ratos libres en casa de alguna “madame” y volver luego como si tal cosa al tajo o al hogar. No era el caso de “Belle de jour”, evidentemente, el de la señora aburrida o neurótica espoleada por vaya usted a saber qué buñuelesca curiosidad o ansia de aventura, sino el de las currelantes agobiadas por el dichoso fin de mes que se acercaba siempre con su cortejo de facturas y estrecheces. ¿Y dónde no hubo alguna vez ‘estrellas fugaces’, cuerpos en alquiler “part time”, ese puterío a tiempo parcial tan estimado, al parecer, por los “connaisseurs”? Pues quizá en ninguna parte, pero esta temporada hay cierta alarma en muchos de nuestros países desarrollados ante la crecida, dicen que vertiginosa, de una decisión que ahora ha encontrado en ‘sitios’ especializados de Internet un instrumento seguro y fiable. En uno de ellos, que ofrece al ‘cliente’ nada menos que 4.000 ‘servicios’ de chicas estudiantes, se registraron hace poco, en un solo día, 124.000 entradas, lo que da una idea del dinamismo del negocio. En Francia se habla estos días de “prostitudiantes” como de un problema que preocupa ya el propio Elíseo. ¡Como si al campo se le pudieran poner puertas!

Por encima o por debajo de la inútil discusión sobre la prostitución parcial, es evidente que hay dos circunstancias que se imponen, esta vez, a toda consideración. La primera es el efecto de la crisis sobre los presupuestos ajustados en un ambiente de desmoralización generalizado. La segunda, la banalización supina que el sexo sufre en Internet, al margen de su enorme capacidad de conexión. Habrá que contar en adelante con ese gigantesco prostíbulo cibernético, potencialmente el mayor lupanar de la larga historia del género, y en el que la relación se adelgaza hasta ahilarse de modo que se presenta a la conciencia como despojada de su incómoda ganga personal. Buñuel no habría sido capaz, probablemente, de imaginar siquiera este “meublé” electrónico y sin ‘dueña’ que invita silencioso a la ilusión de una libertad que alguien ha definido, con las del beri, como la creencia ingenua en que es posible gestionar el propio cuerpo como si fuera un  fondo de comercio. Hay libertades que encadenan al tiempo que nos quitan los grilletes. Y no sé, pero me da el pálpito de que esos amores mercenarios se acojan a la sombra de alguna de ellas.

Se acabó el cuento

Andalucía ha crecido el año pasado cuatro décimas menos que la media española. Se acabó, pues,  lo que se daba, el cuento del envergue de que cómo crecíamos más, es que éramos mejores y avanzábamos más deprisa. Ahora bien, si creciendo por encima de la media estamos donde siempre estuvimos, es decir, a la cola de la nación, ¿qué sucederá ahora que crecemos menos que los otros? Chaves debería reconocer el fracaso rotundo del “no-modelo” autonómico, el coste, insuperable acaso, de treinta años de tirar p’alante sin un plan de desarrollo auténtico. De momento, se acabó lo que se daba. Ya ni el truco estadístico nos queda como consuelo.

La UHU, a lo grande

El martes se leyó en la Universidad de Huelva, la UHU, una tesis doctoral de las de antes. Nada de temitas (no voy a dar casos, para qué) cogidos al vuelo y resueltos sin vergüenza, nada de camelística académica, sino un asunto grave, elegido en el corazón de la historia del pensamiento político y en torno y rescate del gran “filósofo de la monarquía española” y preclaro humanista, Luis Díez del Corral. La leyó Juan Antonio González Márquez , una cabeza señera en la Huelva de hoy, para dar una lección de inteligencia y cultura muy cercana a los problemas de nuestra actualidad. El martes la UHU resonó como una universidad clásica, demostrando una madurez de la que el nuevo doctor es prueba y vanguardia. Enhorabuena a ambos pero, sobre todo, enhorabuena a Huelva.

Cuervos en la crisis

Los ejecutivos de la Société Générale, la importante banca francesa, han decidido cortar por lo sano y adelantarse a los inevitables acontecimientos renunciando a las 320.000 ‘stock options’ que les estaban reservadas para el reparto final. No quieren líos y conocen ya, además, la decisión del Gobierno de Sarkozy de limitar y eliminar si es posible esos bonos privilegiados que se llevan a casa los mismos que han provocado la catástrofe que vivimos. El tema está dando para mucho esta temporada, sobre todo en EEUU, donde la mareante ayuda billonaria concedida por la Administración Obama para estabilizar el sistema financiero contrasta con casos de rapiña tan celebrados como el de los mandamases del banco Merrill Lynch, que se habían repartido en secreto, antes de comunicar los malos resultados a nadie, 3.600 millones de dólares. Una aseguradora como la AIG, primera de su sector, que tras recibir 170.000 millones en ayuda, pertenece al Estado en su 80 por ciento, tuvo la desfachatez de repartir entre sus directivos 128 millones, fijados por contrato, que una ley ejemplar aprobada por el Congreso les obligará a reintegrar por vía fiscal. Hay barandas bancarios que han dado créditos colosales considerados de máximo riesgo lo mismo en España que por ahí fuera, incluyendo las autoconcesiones como la del presidente del Anglo Irish Bank, que se concedió a sí mismo un pelotazo crediticio de 130 millones de euros. ¿Quién dijo que la crisis es cosa de todos? Incluso quienes avisaron de que, en realidad, acabaría siendo una oportunidad fabulosa para los especuladores, se quedaron cortos. Madoff puede que sea un record pero no una excepción en medio de esa selva.

Ahora parece que la opinión se divide entre la esperanza de que la coyuntura mejore durante el año próximo y el pesimismo de los que, recordando el anterior caso japonés, no se tientan la ropa ya a la hora de hablar de un posible decenio crítico. Pero sea lo que fuere, una de las lecciones que hemos de sacar de esta crujía consiste en la evidencia de que carece de sentido ignorar el peligro que para el propio sistema financiero supone la absurda supervaloración de esa élite privilegiada cuya insensibilidad a la hora del descalabro colectivo ha probado el peligro que supone resignar en sus manos la decisión última de la vida económica. Ya conocíamos al cínico axioma bolsístico de que en esta perra vida “cuando un gana un duro, otro lo pierde”. Nos quedaba enterarnos de que también ocurre que, cuando la inmensa mayoría se arruina, los culpables le cobran el ‘servicio’ a precio de oro.

Escuchar al defensor

Ahora resulta que lo que estaba ocurriendo en Alcaucín desde hace varios años hasta que ha sido descubierto recientemente por la policía –irregularidades urbanísticas y facturas falsas para pagar sobresueldos y putiferios—lo conocía la Junta y, en consecuencia, su partido, desde el 2006 por boca de denunciantes privados, y desde febrero pasado por informe del Defensor del Pueblo. Y ni caso, como está a la vista. Todo lo que se le ha ocurrido a ese portento que es el vicesecretario Pizarro es decir que el PP hace lo mismo, pero ahí están los papeles. La corrupción es consentida en una grave medida, incluso si la denuncia el Defensor.