Vivir en Babia

Pocos negadores de la crisis que nos devora como el presidente Chaves, que no la aceptó hasta que la tuvo en lo alto, de la misma manera que ha estado apostando por la fusión de Unicaja con la intervenida CAA a pesar de la severidad de la auditoría disponible hace tiempo. ¿Qué clase de información y qué asesoría tiene un Presidente que ignoraba, por lo visto y oído, hasta hace nada y menos, que la CAA necesitaba sin demora una inyección de al menos 9.000 millones para no quebrar? La crisis está sirviendo para descubrir la debilidad de esos criterios babiecas, más atentos al interés de partido que a la dura realidad.

Un tema delicado

La discusión, ya vieja, sobre la alta mortalidad de Huelva (más propiamente, del rincón occidental andaluz) debida a su especial tasa de enfermedades tumorales, no puede liquidarse, como ha pretendido hacer la consejera, con unas cuantas cifras y afirmaciones, entre otras razones porque las encuestas de Salud son ya proverbialmente amañadas. Existen informes de primer nivel que detectan en Huelva una tasa de mortalidad por cáncer muy superior a la media nacional y eso es algo que sólo se puede contradecir esgrimiendo un estudio definitivo y no una estadística de consejería. Parece mentira que con un asunto tan tremendo se ande jugando al escondite desde hace tanto tiempo. Más aún que los onubenses no reclamen su derecho a estar debidamente informados en esta cuestión de vida o muerte.

Los más golfos

Nunca nos había ocurrido algo tan grave en el ámbito comunitario, al menos desde que Europa pateaba a la dictadura en el trasero de los españoles. Nunca hubimos de sufrir una vejación tan solemne, una descalificación tan rotunda y, lo que es mucho peor, tan incontestable. En el Parlamento Europeo ha resonado el “informe Auken” como un aldabonazo indisimulable al culpar a todas las Administraciones españolas de permitir o fomentar el “desarrollo insostenible” y la “corrupción endémica”, de confundirse con la patulea mangante de especuladores avarientos que viene destrozando el paisaje con la anuencia cuando no con la complicidad del Poder, hasta macizar la costa o cuadruplicar los pueblos. Puede que el país, de ser atendidas las sugerencias de la informante, acabe perdiendo –¡en plena crisis!—los fondos estructurales que tanto han contribuido al negocio espectacular de los últimos tiempos, y lo triste es que lo que más ha pesado en la condena continental no ha sido otra cosa que la propia difamación constante perpetrada por los grandes partidos políticos, ahora incapaces de frenar las consecuencias de sus respectivas estrategias de acusaciones mutuas. Aquello del “¡Y tú más!” puede que acabe saliéndonos por un pico como nación sin afectar en lo más mínimo a los responsables de esa fiebre del oro que ha envenado nuestra convivencia y corroído hasta la médula nuestro sistema de libertades. Europa empieza a pensar que carece de sentido arrimar dinero estimulante a un país incapaz de mantener a raya su ambición y en el que una Justicia desbordada ni siquiera puede ofrecer unas mínimas garantías. Una vergüenza que nuestros bienpagados europolíticos, máximos responsables de ese estado de opinión adverso, no saben ahora cómo remediar.

 

En todas partes ha habido podridos y nadie se salva de esa plaga bíblica, suele decirse. Parece ser, no obstante, que, junto a Bulgaria, ya sancionada más o menos por lo mismo, Europa nos ve en este momento como los más golfos de la comunidad, un país estigmatizado a estas alturas como lo estuviera el México proverbial de la “mordida” o las naciones secuestradas por los sátrapas tercermundistas. Resulta desolador leer ese informe –escrito, ciertamente, con especial saña– pero hay que reconocerle una virtualidad difícil de negar. A ver qué hacen ahora los grandes partidos que han sido los primeros y más grandes  proveedores en ese almacén de difamaciones, aparte de seguir apaleándose mutuamente como en la escena goyesca.

Basura sobre basura

¿Qué ocurrió en la “zona sensible” del basurero que el delegado del Gobierno señalaba hace muchos días como probable reveladora del misterio encerrado en el “caso Marta”? Aparte de la agobiante y desoladora utilización del triste asunto, está claro que aquí sobran fotos y se echan de menos responsabilidades por parte de quienes por insolvencia o por intención de solapar otros problemas vienen dándole hilo a la cometa. ¿Qué ocurrirá cuando, como es probable, se descarte también el basurero? Dejar la iniciativa de la investigación en manos de esa pandilla de maleantes evidentemente concertados, como se está haciendo de hecho, constituye algo más que un fracaso y alcanza ya de lleno a la política.

Cuartos al pregonero

Resulta repugnante la frecuente presencia en los medios de comunicación del pederasta  presunto asesino de la niña Mari Luz. Pero es obvio que la culpa no es suya sino de esos medios que se prestan a darle carrete a un miserable que ha llegado a tener la desfachatez de cargar las culpas de casos como ése en el que lo implican a los padres que, según él, no custodian adecuadamente a sus hijos. Es preciso excluir a personajes semejantes de una información que sólo pretenden enturbiar, no sólo porque su publicidad insulta al sentido común sino porque hay que distinguir entre la libertad de expresión y los designios exhibicionistas e intoxicadores. Con ese tipo lo único que procede es aplicarle la Ley. Darle cancha abriéndole los medios supone simplemente hacerle el juego.

aron@andalunet.com

El fin y los medios

No acabo de explicarme tanto revuelo porque Le Pen, ese paradigma de la mediocridad autocrática, pudiera llegar a presidir la asamblea europea como miembro de mayor edad. Los casos de políticos que han utilizado medios contrarios a sus ideologías son innumerables y de todos los tiempos, como sabe cualquiera que se haya asomado a la Historia. Pongamos el caso, hoy en boga, de nuestra idealizada Segunda República, aquella ocasión perdida (lo dijo hasta Primo de Rivera) en la que no creían ni unas Derechas que la usaban sólo como fase en el camino hacia el ideal fascista, ni unas izquierdas sovietizantes en las que los discretos que se percataron de ese riesgo invalidante, para qué vamos a engañarnos, no pasaron de excepciones. Liberales tan eminente como Marañón u Ortega contribuyeron a la beatificación democrática de Pablo Iglesias –un personaje sin duda honrado que es preciso interpretar en su contexto histórico y nunca fuera de él—sin reparar, o reparando, vaya usted a saber, en que ‘el Abuelo’ que dibuja con trazo devoto Juan José Morato y venera a un tiempo toda una tradición obrera y burguesa, no ocultó nunca su aceptación meramente instrumental de la democracia que entonces se llamaba “burguesa”, y llegó a decir cosas como que estaría dentro de la legalidad mientras ésta le procurara sus objetivos pero ni un segundo más cuando no fuera así, o que aceptaba el sufragio universal como “medio de agitación y propaganda” pero nada más, sin contar con la desdichada frase con que satanizó a Maura en 1910: “Antes de que su Señoría llegue al Poder llegaríamos hasta el atentado personal”. Le Pen puede negar las cámaras de gas, el muy imbécil, pero no creo que se atreviera a arengar en sus mítines con declaraciones de ese tenor.

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El fascismo es, más allá de su fenomenología política, una invariante de la ambición política, razón por la cual, si no constituyera evidente anacronismo, podríamos decir que tan fascista fue César como Fini, mantenga o no en su despacho el busto del Duce. El Poder tiende a su dimensión absoluta y por esa inclinación se salta a la torera, llegado el caso, hasta los más elementales condicionantes ideológicos. ¿Qué más da, en consecuencia, que el merluzo de Le Pen, un bárbaro irredimible, reine por un día encaramado en su tribuna? Un euroescéptico como Vaclav Klaus reina hoy sobre Europa desde el Castillo al que Kafka miraba con terror desde el puente de Carlos IV reflejado en las aguas del Moldava, y nadie se rasga por ello las vestiduras. La política es ante todo instrumentalización. Olvidar eso de vez en cuando puede resultar tan políticamente adecuado como ingenuo de necesidad.