Delitos pasables

stá de moda y resulta gratis en España provocar al sentimiento religioso con manifestaciones pseudoculturales taxativamente condenadas, sin embargo, en el Código Penal vigente. Desde un payaso burdo como Leo Bassi a un cantautor, tan admirado por otra parte, como Javier Krahe, se suceden las ocurrencias blasfemas apoyados en una jurisprudencia que se la coge con papel de fumar al dudar ante el romano “animus iniurandi”. En TV hemos podido ver a un cura enzarzado a mamporros con un zagal que pisoteaba la forma consagrada que acaba de comulgar, y en los papeles, una exposición financiada por la Junta extremeña en la que el talento del autor se agotaba en la más abyecta transgresión, acaso inspirada por “performances” como el Cristo erecto de la Bienal de Venecia. Lo último –y récord provisional—es la hazaña de ese sacrílego descerebrado y protegido por Bildu, o sea, por ETA, en el Ayuntamiento de Pamplona, donde ha expuesto los centenares de hostias recogidas, según él, en otras tantas comuniones, para “reflexionar sobre el sufrimiento propio y ajeno”. Ya sabemos que estos profesionales de la transgresión, émulos remotos de los surrealistas, son tratados con guante de seda en nuestros tribunales. Algún juez, a vueltas con la razonable aplicación del artículo 525 del Código vigente tiene sentenciado que burlarse de los sacerdotes o de Cristo queda “a una distancia abismal de lo establecido en ese precepto”. Una destacada podemita del Ayuntamiento de Madrid protagonizó en su día el streap-tease celebrado en la capilla de la Complutense y ahí la tienen, tan fresca, del bracete de la magistrada Carmena.
Los cristianos, a los leones, ya se sabe. Los mismos que esgrimen, tantas veces incluso desde la ignorancia, los rigores de una Iglesia histórica inquisitorial, se buscan la vida haciendo oficio de la provocación consentida y, en ocasiones, financiada, amparados en la experiencia de que la mayoría de las denuncias de blasfemia o sacrilegio son archivadas por los jueces. En un teatro madrileño y en Bellas Artes se ofreció la ocurrencia de un imbécil titulada “Me cago en Dios”. ¡Pero es tan difícil probar la intención “de humillar o herir los sentimientos religiosos de terceros”…! Claro que eso no debe extrañar demasiado en un país donde se abuchea masivamente al Jefe del Estado y en el que el Código Penal lo mismo funciona como una tralla que resulta ser papel mojado. No hay trilita tan sensible y amenazadora como la libertad mal entendida.

Desnudos concejiles

El culto al cuerpo, tan clásico, tan reprimido siempre desde la Edad Media, nunca perdió del todo su libertaria guerra ética y moral aunque fuera combatido incesantemente por la intransigencia. Felipe II mismo ocultaba un desnudo en su beaterio del Escorial, justo en frente de su cama, y el famoso “Origen del mundo” de Courbet, que el curioso lector puede ver cuando quiera en el parisino museo D’Orsay, lo conservó como un fetiche nada menos que Jacques Lacan antes de acabar en el dominio público. El clásico no veía en el desnudo más que un tema obvio –el de la vida—y como el clásico, tanto entre los lutos barrocos como en la penumbra romántica, ahí están las venus que hilan nuestro subconsciente colectivo desde Velázquez a Goya. Pero fue en la España democrática –ésa gran singularidad histórica—en la que, tras los tímidos ensayos de la Transición, reapareció en todo su esplendor el desnudo de Albert Rivera al que me da que no fueron ajenos ni el talento escenográfico de Albert Boadella ni la buida gramática más que generativa de Arcadi Espada. Rivera sorprendió hasta en la liberal Barcelona posando en pelota viva, creo yo que como un símbolo de pureza y casi virginidad biográfica, un precedente que no es único en nuestra política, pues pronto sería reeditado por la concejala de Los Yébenes, Olvido Hormigo, cuyas confesadas preferencias por la masturbación, el beso en el cuello y la “comida” de los pezones a punto hicieron de hacer saltar por los aires los platós más cutres, antes o después de que la concejala de economía lepera mostrara sus encantos en el escaparate y hasta apareciera en “Lepe Urbana”.

Nuestra última Venus, por el momento, es esa ex-miss de Castilleja, émula de Rivera, que acaba de aparecer también en portada, celando, lúbrica y pura, como hubiera dicho Lorca, sus senos de duro estaño con una mano y tapándose con la otra la rosa de fuego humedecido de que habló Neruda en “Los versos del Capitán”. De milagro se ha trocado en negocio, de mito en nómina, el secreto del cuerpo concejil, ofrenda suprema al paisanaje feroz convertido en el crisol proteico de la alquimia política. Late una oscura tensión entre la política y el porno que estalla en estas insurgencias primitivas que parecen haber encontrado en la vida pública la idílica Arcadia o el ardiente oasis que se encuentra al Este del Edén. Gilles Deleuze veía en la representación del cuerpo un cierto ritmo a la vez lúdico y siniestro. ¡Quien sabe si también municipal!

“Ciudadanos” en Andalucía

A pesar del lío primerizo que se armaron los “ciudadanos” al votar contra las cuentas de Presidencia, el Presupuesto del 2016 lleva camino de ser aprobado por las bravas levantado a dos manos por el PSOE y Ciudadanos. Curiosa ambigüedad: Albert Rivera declama su decisión de no pactar con el PP ni con el PSOE, pero con uno y con otro pacta cuando llega el momento. Aquí, no sabemos qué le ha dado doña Susana a cambio, pero la delega andaluza de C’s tiene atado y bien atado su pacto con el “régimen” sin preocuparle lo más mínimo la gusanera que se agita en los Juzgados. Decía ayer Arcadi Espada eso tan gramsciano de que “lo viejo no acaba de nacer y lo nuevo no acaba de morir”. ¡Qué tino, el tío!

Los niños cruzados

En medio de la devastadora crisis que azotó Europa en el primer tercio del siglo XIII –justo en el momento en que se gesta la desastrosa Cuarta Cruzada– circularon leyendas y también relatos verídicos en torno a una supuesta cruzada integrada por niños que Dios conduciría milagrosamente al triunfo. Runciman, entre otros, da por ciertos los hechos que tenazmente han querido ser presentados como imaginarios, dando cuenta de las peripecias de grupos de menores que se vieron arrastrados por la alucinada propaganda hasta el punto de ofrecerse voluntarios –aunque no faltaran entre ellos los vendidos por sus propios padres—para reconquistar el sepulcro de Cristo a pesar de la oposición del papa Inocencio y del rey Felipe de Francia. No es nueva, pues, la idea islamista exaltada de utilizar niños suicidas en sus proyectos insurgentes, que estos días estamos comprobando desolados particularmente en Afganistán, donde mulás y comandantes de distrito compran por cien dólares a sus padres niños luego entrenados para el suicidio en madrasas y campamentos terroristas. Uno de ellos, Zekirya, logró escapar semanas atrás de su encierro y entregarse a la policía que, por su lado, habría logrado detener a tiempo a otro menor de doce años y a una niña de diez dispuestos ya al martirio. Ni que decir tiene que los inductores al sacrificio liberador no lo ejecutan nunca por sí mismos sino por persona interpuesta y hambrienta, en su inocencia, en medio de una comunidad arrasada moralmente. Sobre la muletilla de que el Islam es una religión de paz quedaría mucho que debatir.

La infancia está siendo profanada en las guerras africanas de los niños-soldado y en el marco terrorista de los niños-suicida, un fenómeno que es acaso la componente más aterradora del terrorismo disfrazado de fervor fanático. A los niños del XIII se les ofreció reeditar para ellos el milagro mosaico de la división del mar pero la verdad es que, cuando no lograron escapar tras el desengaño, acabaron embarcados a la fuerza por los traficantes que sólo veían en ellos carne de cañón. Lo mismo, en definitiva, que ocho siglos después, ocurre en la nueva Edad Media que, en nombre de Alá, subvencionan los príncipes del petróleo. Un niño vale hoy cien dólares en Afganistán. Es algo que debería pesar en la conciencia de quienes, en exclusiva por razones partidistas, reeditan estos días la consigna falaz del “no a la guerra” frente a los nuevos bárbaros que no ocultan su propósito de destruir la civilización.

Apagón municipal

Ignoro si será cierta la especie de que los servicios de la Mitra han recibido del Ayuntamiento de Sevilla vehementes instrucciones para que no convoquen a la prensa a la visita que el Arzobispo hará hoy, junto al alcalde de la capital, al muy arruinado templo sevillano de Santa Catalina. De resultar cierta, como creo, queda extrañamente claro que el Regidor no quiere que le veamos junto al Ordinario del lugar, él sabrá por qué motivos o con qué intenciones. ¿Acaso porque teme a sus socios declaradamente anticlericales y no quiere que se hable de la eventual ayuda del consistorio a ese venerable templo? Hombre, siempre queda la posibilidad de que sea el Arzobispado quien convoque. Si no lo hacen ninguno de los dos, hemos de preguntarnos por qué.

La sociedad civil

Mi impresión es que los políticos no ven con buenos ojos a esa “sociedad civil” por la que todos claman. Una vez pasadas las elecciones no les importa más que la sociedad política, el Poder mondo y lirondo: cada uno en su casa y Dios en la de todos, pero la decisión política es mía realenga sin que el ciudadano tenga acceso a ella a no ser que venga en plan comparsista. Al alcalde de Sevilla, por ejemplo, le ha incomodado que un grupo de ciudadanos, en línea con la teoría gramsciana que dividía la “superestructura” –¿se acuerdan o no?—en sociedad civil y política, le haya madrugado la reparación de los daños infligidos al monumento al maestro Curro Romero por los animalistas, con la indigente monserga de que esa limpieza pudiera haber lastimado la escultura de cuyo destrozo se habían inhibido los servicios municipales. Y encima ha echado mano de la vieja letra plebeya sobrepuesta al pasodoble de Manolete para espetarle al ilustre letrado que encabezaba el pelotón cívico aquello de “Manolete, Manolete,/ si no sabes torear…/ ‘pa’ qué te metes”, cuyo remate obsceno (lo de “la rata en un retrete”) se lo guardó –menos mal–, acaso para uso personal. ¿Ven como la participación democrática se les antoja molesta, se percatan del mal modo con que tratan de eludir su propia responsabilidad quienes no han sido capaces de evitar este ¡octavo! atentado contra un monumento que respeta la inmensa mayoría? La ciudadanía, para esta caterva, es un eterno menor de edad al que resulta preciso alejar de la vida pública.

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Es posible que ese desdén por la ciudadanía acabe dando al traste con la vieja política cuya reserva exclusiva del poder nunca se compadeció con los resultados de su gestión. No hay un comercio en la capital de Andalucía que no haya sido pintarrajeado por esos bárbaros que el poder municipal es por completo incapaz de mantener a raya, y pocos son los monumentos que han escapado a la brocha gorda en esta Barataria desgobernada, al frente de la que, en este capítulo de la policía municipal, un alcalde como el de Sevilla no pasa de “sobresaliente” en una capea aldeana. ¿Cómo se puede increpar a un grupo cívico por llevar cabo a su costa un servicio público? Ni Tocqueville ni Stuart Mill debieron creer en serio en el invento de la sociedad civil, un ideal que nada tiene que ver con esa apicarada plebe que canturrea encantada el pasodoble de Manolete, aquel himno a la frustración…