Viejas epidemias

La tosferina de las generaciones anteriores parece que anda suelta de nuevo entre la chiquillería. En cuanto se anunciaron un par de muertes infantiles, la Junta se precipitó, en plan Juana de Arco, prometiendo que, antes que ninguna otra autonomía, nuestro sistema público de salud vacunaría no sólo a las madres gestantes sino a los niños de 6 años. Pero el compromiso ha durado justo lo imprescindible para dar marcha atrás y alegar ahora que no lo hará porque el mercado está desabastecido. ¿Ven lo que ocurre por andar trapicheando con subastas de medicamentos en India o China e ikmponer “genéricos” a quien no se pueda pagar de su bolsillo el genuino? No permita Dios que la contramedida provoque alguna desgracia más, porque si así fuera la responsabilidad de la Junta no sería ya tanto política como penal.

Vivir y escribir

Vuelvo sobre Manuel Alcántara, ese decano de poetas y articulistas que acaba de recibir un homenaje en Málaga al que se ha sumado la nueva generación de plumíferos. Por la radio escucho una voz que se lamenta algo perpleja sobre la realidad de que escribir en Andalucía –¡ah, las “provincias irredentas”!—merma drásticamente si no es que cercena por completo el eco de un escritor, preguntándose por la extraña razón que provoca en un país como el nuestro que incluso quien es conocido en toda España desde hace muchos años, apenas si repercute en la audiencia madrileña que es, por lo visto y oído, la que cuenta. Bueno, tampoco hay que extremar el treno, habida cuenta de que el propio ejemplo de Alcántara prueba la escasa importancia que tiene el silencio alrededor del que escribe. Un día de estos, el próximo viernes 22, por ejemplo, la Real Academia Sevillana de Buenas Letras tiene previsto incorporar a Manuel a su nómina de académicos, decisión avalada por unanimidad por una corporación en la que ni siquiera ha habido que hacer la preceptiva “laudatio” porque, a la hora de propuesta, todos sus miembros reconocieron el subido valor de su poesía y el ejemplo singularísimo de su articulismo. Bienvenido sea, pero mi amigo Rafael Porras –que ahora dirige este papel—y unos cuantos más tenemos en mente el propósito de hacer una edición completa de su poesía, de la que Pepe Hierro me dijo una vez que, por encima de cualquier consideración valorativa, era, sin duda, “la más inspirada e intensa” de esa generación que felizmente Alcántara prolonga sin dejar la pluma.

No se trata de premios ni honores, evidentemente, entre otras cosas porque Manolo los ha tenido todos, sino de levantar ese nombre azacán de manera que pueda vérsele desde todos los confines de esta cuestionada patria. No sería justo que la gente nueva no tuviera a la mano esa obra extensa e intensa, humana –quizá “demasiado humana”–, hasta quedar desparramada en el camaranchón del olvido, como van quedando ya las de Salinas, la de Claudio Rodríguez, la de Valente, la de Eladio Cabañero, la de Luis Rosales o la del propio Aleixandre si me apuran, porque la memoria colectiva es tan arbitraria como débil. Son más de sesenta años escribiendo día a día –para ganarse el pan y la ginebra, como dice él–, callado, fuera del foro, periférico voluntario, escribiendo versos como brasas y columnas como cariátides. ¡Larga vida a Alcántara! Pocos poetas pueden escuchar eso boca de viejos y nuevos.

Hermanos separados

El sindicato UGT lleva trazas de dejar ser el “sindicato hermano” del PSOE para convertirse en el de los “hermanos separados”. ¿La causa última? Pues el “maldito parné”, los trinque y contratrinques desde el partido/Junta al sindicato o al revés. Tanto es así que, como ayer informaba El Mundo, la UGT ha puesto en manos del juez García Vélez, que instruye la causa de las facturas falsas, las prueba de que el PSOE trincó a su través de los cursos de Formación, ese escándalo que cien días después de inaugurarse la comisión parlamentaria, mantiene tapado bajo llave el presidente de la misma, un tal Julio Díaz, el comodín de Ciudadanos que doña Susana mueve como un cristobita. ¡Dónde hemos llegado, Dios! Si se entera Nicolás Redondo (padre) se sube por las paredes.

El circo político

La primera República Española, la que acabó con el puzzle del “cantonazo”, fue declarada “federal” en un circo: el Price de Madrid. A una arenga del marqués de Albaida el podemismo de antaño se levantó como un solo hombre esgrimiendo la unanimidad por aclamación para obviar todo debate. No se me quitó de la cabeza esa anécdota durante todo el jueves, mientras me iban llegando noticias e imágenes desde el Congreso e, incluso, desde la vía pública, por la que desfilaban las fanfarrias junto a la claque de a pie, como si la inauguración de la legislatura fuera una feria con capea. De lo de la mamá y el niño de teta nada añadiré porque creo que todo está dicho ya. Sólo me quedan en el tintero los puños en alto –impropios fuera de su lugar–, la indigencia indumentaria y el vedetismo de esta nueva política que se está revelando, a las primeras de cambio, más antigua que el hilo negro, y el aviso de que esa diputada de color no es la primera de “otra etnia” –que es como ahora debe referirse uno a un negro o a un gitano– puesto que con el franquismo las últimas filas eran ocupadas por tradición por los “procuradores” de Ifni, con sus chilabas deslumbrantes, que luego pasaban al cobro las facturas de los grandes cabarets al palacete de Castellana 3, es decir, a la Presidencia del Gobierno de la Dictadura. Eso, hay que reconocerlo, no se le ha ocurrido todavía a ninguno de nuestros modernos ni de nuestros antiguos.

¿Harán un circo del Congreso entre unos y otros, lo permitirá una Presidencia –¡hay que ver la potra política de Patxi López!—que va a tener que emplearse a fondo si pretende evitar el disparate? Una vez el Parlamento de Andalucía fue lo que hoy se diría “trending tiopic” con motivo del ataque de risa colectivo que sufrieron sus Señorías. Pero eso es un accidente, oigan, que no es lo mismo que proponerse reconvertir el teatro político que es inevitablemente la democracia, en un circo de tres pistas, con sus funambulistas, sus titiriteros y hasta con sus payasos, porque eso sería el principio del fin de un régimen de libertades que, como manda la paradoja vital, ha de atenerse a una disciplina razonable. Dure más o dure menos, gobierne la lógica o se imponga la demencia. Porque ahí están sin quitarnos ojo los mercados y los vigías de Bruselas, poco partidarios ambos de las demostraciones informales. Esa imagen que estamos viendo debe de ser el sueño de Tejero y la pesadilla de Montesquieu.

Jurar o prometer

A mis colegas de generación –profesores universitarios o técnicos del Estado, en muchos casos, militantes en la clandestinidad—nunca nos preocupó jurar en falso la lealtad a Franco y a los Principios del Movimiento, dado que ese juramento era preceptivo y, por supuesto, requisito obligatorio para merecer la toma de posesión. Luego el ingenio euskaldún y los de otras minervas inventaron eso de añadir a la fórmula el latiguillo de “por imperativo legal”, como si esa cataplasma los liberara del compromiso o les sirviera para liquidar el rescoldo de “mala conciencia” que aquel les pudiera provocar. Hoy día lo único vigente es jurar la Constitución y, en consecuencia, la fidelidad institucional al Jefe del Estado, que viene a ser lo mismo que el procedimiento franquista sólo que moral y políticamente vuelto del revés, y por eso mismo hay muchos españoles razonantes preguntándose si una toma de posesión como la escenificada en el Parlamento catalán por el nuevo “Honorable” es válida o nula, una pregunta que, a no dudar, a quien corresponde contestarla es al Gobierno de la nación a través de sus instituciones. Lo de menos en política es el perjurio: lo que cuenta es el Derecho, y la Ley lo que dice es que el que para tomar posesión de un cargo público hay que jurar o prometer –si quieren con los dedos cruzados, ésa es otra historia—la fidelidad a un régimen de libertades que nos hemos dado entre todos. Ha hecho muy bien el rey Felipe no recibiendo a la presidenta de un Parlamento que se arroga en exclusiva la soberanía y propone la ruptura de la patria a plazo fijo. Tenía que haberla dejado acudir a Palacio y ordenarle al bedel que le impidiera el paso.

Este mito de la “nueva política” es previsible que dure poco tiempo pero, sin duda, va a producir más de un dolor de cabeza mientras desprestigian y arruinan a España, y no sólo en los mercados. ¿No han visto a Ciudadanos vender la presidencia del Congreso por el plato de lentejas y a Podemos pretender en vano multiplicar por cuatro la pasta gansa de la Cámara? ¿No se han percatado de la renovación del “pacto del Tinell” animados por un PSOE que está siendo devorado por los “novatores” tanto por la derecha como por la izquierda? Los sediciosos y sus cómplices no entenderán otro lenguaje que el de la imposición legal. Los españoles tampoco entenderán otro idioma que no sea el de la intransigencia absoluta frente a los frenopáticos de la ruptura de nuestra vieja nación.

Un testigo de cargo

Supongo que el interventor general de la Junta –una “víctima colateral” de las trapacerías tramadas en la “planta noble”—no habrá disparado hacia arriba sin guardarse en el cargador unos cuantos cartuchos-prueba. Pero si la Justicia toma en serio su acusación de que el Gobiernillo conocía el fraude de los EREs y de las prejubilaciones falsas, a lo mejor no le hace falta ni dispararlos. ¡Es todo tan obvio en el “caso”! Lo indignante para el ciudadano peatón es el retorcimiento procesal, los tira-y-afloja de los poderes fácticos y, en fin, el paripé que se está haciendo para desinflar ese globo. Un par de golpes como el comentado y cualquier tribunal comprendería lo obvio: que semejante estafón en la Junta no es posible sin conocimiento de la cúspide.