Política y Justicia

Un juez granadino ha archivado la denuncia de unos concejales del PSOE contra el alcalde granadino, Torres Hurtado, al que acusaban de haber prevaricado al favorecer por valor de 8’2 millones de euros a ciertos constructores. El juez dice al archivar que “dada la extraordinaria gravedad y presunto descaro de las manipulaciones”, los denunciantes deberían pedir perdón. Frente al alcalde de Huelva, entre finales de los 90 y hasta hace poco, el PSOE perdió una querella y más de una docena de contenciosos, sin una sola victoria. Calumnia que algo queda: puede que esos denunciantes acaben lamentando el procedimiento.

El vaso vacío

No hay nada en el nacionalismo post-romántico, esa enfermedad lugareña, que merezca la reflexión ideológica. Un amigo pseudómino asiduo de mi blog, el Dr. Pangloss, me pide cuentas de la cita de Julio Camba a propósito del tema que dejé caer aquí no hace tanto tiempo. Se la doy: se trataba de una frase (abreviada) que tomé de un viejo ejemplar de “Maneras de ser español” publicado en el primer cuarto del siglo pasado. Alude ese título a otro asunto de moda al menos hasta el ocaso del franquismo –el tema del “ser español”—que para unos (para Azaña, creo recordar) era lo que había de ser quien no pudiera ser otra cosa, mientras que para otros (Primo de Rivera, por ejemplo) sería “la única cosa seria que se puede ser en este mundo”. Camba pasaba de esas ontologías –él, que viajaría desde el anarquismo a la dictadura, desde la prensa ácrata a la monárquica o a la falangista) y eso es lo que mostraba en esa cita con la que creía probar la inania nacionalista: “Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de años y de un millón de pesetas” con que el creía bastarse para hacer de Getafe una nación. ¿Cómo? Pues fácil: “Me voy allí y observo si haya más rubios que morenos, si predominan los braquicéfalos o los dolicocéfalos… (porque) es indudable que algún tipo antropológico tendrá allí preponderancia y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad…… Recojo modismos locales y constituyo un idioma… Y si alguien osara decirme entonces que Getafe no es una nación, yo le preguntaría que es lo que él entendía por tal,y como no podría definirme el concepto, le habría reducido al silencio”. Camba saltaba sobre Renan y sobre Herder pero el efecto dialéctico era más que probable. Todavía hoy pondríamos contra las cuerdas a los nacionalistas más ultras si los sometiéramos a esa prueba doctrinal.

 

Lo de Cataluña ha derivado en una mera matraca entre victimista y proterva en cuyas trampas lo único que funciona son las trampas mismas. Pero no olvidemos –como Camba—que en la religión lugareña el mito juega un papel esencial y que ese mito, ésa es la verdad, es mucho más activo en Cataluña que en el conjunto de España, quizá porque el resabio romántico se conserva mejor en el formol de las culturas umbilicales que ven en su ombligo un agujero negro por el que escapar desde su dimensión natural a otra imaginaria. Pierden el tiempo quienes claman en ese desierto mítico, después de todo no tan lejano del chafarrinón de Camba.

¿El PSOE, también?

Se agranda el vergonzoso coladero por el que se iba el dinero público de la Junta a las sedes del PSOE y de la UGT, en concepto de gastos corrientes o a base de retorcer la finalidad de las subvenciones. La verdad es que si ello se comprueba más a fondo se explicaría, en términos “regiministas”, la condescendencia de la Junta a la que habría que pasar a conceptuar como connivente. Los partidos sacan pasta allí donde gobiernan sin control, lo mismo en Valencia que en Andalucía. Me temo que estemos ante una crisis ética y jurídica mucho mayor de lo que permiten entrever los titulares hasta ahora publicados.

Astucia del hombre

Siempre viviremos pendientes del pulso perenne que mantienen impertérritos el hombre y la Madre Naturaleza. Para aquel se trata,

por lo general, de defenderse de sus trampas o de arrancarle alguna ventaja, en uno y otro caso sobrepasando las leyes naturales, esto es, el código espontáneo que lo real plantea al individuo. Me entero de un caso estupendo de esta especie que pone de relieve hasta qué punto esa tensión se mantiene enérgica en todos los tiempos, pues se trata de una epidemia agrícola aparecida en la India que ha dado al traste durante un  tiempo con el importante subsector que produce la papaya, plaga debida a la presencia de un diminuto insecto, inferior en tamaño al ojo de una aguja, el “Paracoccus marginatus” que, procedente de América central acabó causando pérdidas que un medio francés bien informado calcula en 180 millones de euros, es decir, nada menos que en 15.000 millones de rupias, una fortuna para aquellos modestos agricultores. Y bien, lejos de rendirse a la invasión, los sabios han echado mano de un  recurso decimonónico –sí, sí, ya usado en el siglo XIX–, consistente en diseminar por los predios sembrados unas avispas aún más ínfimas que, sin embargo, al parasitar a los insectos invasores y depositar en ellos sus huevos provocarán la ruina del invasor devorado por las futuras larvas. No es preciso siempre, como puede verse, recurrir al veneno mortífero que altera el medio ambiente y lo daña sin remedio, al menos mientras haya en el repertorio ingenios de probada eficacia. En toda la India del sur, los agricultores suristanes han recuperado su medio de vida animando de nuevo las plantaciones dañadas sin necesidad de herir el medio común.

 

Cada vez es más frecuente el uso de estos agentes neutralizadores que libran al agricultor de las plagas que le quitan el sueño a base de implantar otra plaga letal para los invasores pero carente de efectos nocivos. Esa Madre sigue siendo incontrolable cuando se desmelena en catástrofes pero resulta vencida también en muchas ocasiones por la astucia y el saber humanos que bien conoce el principio homeopático que aconseja defenderse de un mal usando otro. Nuestros nietos no conocen ya el espectáculo estomagante del gusano en la manzana pero tampoco saben lo que nos cuesta esa integridad en términos medioambientales. En India acaban de demostrar que nuestros abuelos ya sabían cómo evitar ese daño.

Patronal bajo sospecha

El festín de los “agentes sociales” se ha visto de repente interrumpìdo.- No erran sólo los sindicatos los que malversaban el dinero o retorcían sus contabilidades, sino también la propia patronal, la Confederación de Empresarios Andaluces (CEA), en estos momentos investigada por la Justicia que no ve claro, ni mucho menos, los manejos de una fundación dependiente de la CEA, cuyo desfase contable se cifra ya en 12 millones de pesetas y ha provocado un pequeño seísmo en la consejería de Obras Públicas de la Junta. Ha fracasado de la peor manera la estrategia de “concentración”, hay que asumirlo. El problema es qué hacer ahora.

El peligro amarillo

Es posible que fuera Jack London quien lanzara la expresión “el peligro amarillo”. Quizá en “The Unparalleled Invasion”, escrita a principios de siglo, donde imaginaba ya una China superpoblada, desbordada de activos y energías, que encontraba la solución en un expansionismo sin límites  contra el que los países occidentales no tendrían otro remedio que la guerra sucia: bombardear sus poblaciones con agentes infecciosos para diezmar la población. Esa obra es prácticamente contemporánea de la primera reacción revolucionaria china que llevó al poder a una incipiente burguesía en perjuicio de los explotadores extranjeros, y en ella London ve con una claridad desconcertante un poco lo mismo que hoy está ocurriendo, a saber, la colonización comercial de Occidente por parte de los laboriosos chinos. Ése era el peligro amarillo– que se dice (y es cierto) que también Napoleón mentó alguna vez—y no las patochadas  embutidas en el mito de Fu Man Chu –nuncio del futuro “Doctor No”– que mantuvo sin sueño a buena parte de mi generación. Hoy no hay más que salir a la calle o abrir los ojos para notar la presencia china que, en efecto, coloniza las calles de nuestras ciudades, pero por encima de esas impresiones “de visu”, leo en Financial Times que el año de gracia de 2013 los chinos superaron por primera vez el comercio mundial, por encima de los propios Estados Unidos, con unas mareantes cifras que prefiero eludir, pero que se resumen en el hecho de que aquella potencia, mientras aquí nos mecemos en la cuerda floja de la recesión, creció nada menos que en un 7’6 por ciento, algo por debajo de la cifra del ejercicio anterior y, para que se hagan una idea, logró un superávit comercial de más de 250.000 millones de dólares. Quizá ni Napoléon ni Conrad andaban tan despistados.

 

Lo curioso es que la forma política de ese estado emergente sea el “capitalismo de Estado”, una abstrusa iniciativa burguesa férreamente controlada por el mismo Partido Comunista que no hace tanto enviaba al campo de “rehabilitación” al más pintado por el hecho de llevar gafas, ese signo tan “burgués, ya ven. Claro que un “capitalismo de Estado” como ése cae más cerca de la firma mercadista que de la utopía del colectivismo y claro también que tal crecimiento no escapa a la ley de que cuando uno gana un duro –en fin, un “yuan”-.- lo que ocurre es que otro lo ha perdido. Mi nieto, inocencia en flor, se empeña en comprar en los chinos y yo, pobre de mí, se lo consiento.