Belmonte

Chaves ha proclamado que la corrupción “es estructural al PP, un partido al que recorre de arriba abajo”. Arenas le ha contestado que no hay más que mirar alrededor para comprobar justo lo contrario, es decir, que los “corruptos estructurales” están en el PSOE y le ha plantado una relación de “casos” andaluces de aquí te espero. ¿No parece este el principio del fin de la democracia, no sería lógico deducir de esas acreditadas acusaciones de los líderes máximos que la política en su conjunto es una cueva de ladrones de la que sería urgente deshacerse en su conjunto? Cuando la bronca sube de tono ya no se parar nadie en barras ni ante el riesgo cierto de que la taberna se venga abajo.

Jamones y chorizos

Jamones y lotes de embutidos para agasajar a los barandas de la capital desde un  pueblo, Cumbres de San Bartolomé, en el que, como denuncia IU, ni siquiera se pagan los salarios de los trabajadores del PER. Eso se llama desahogo, falta de responsabilidad, pero no sólo por parte del regalador sino de los que han trincado patas y ristras sin decir ni mu. En Valverde se contaba de un alcalde honesto a carta cabal de la postguerra, que devolvía rigurosamente los “presentes” recibidos, hasta que un día su mujer se impuso y recibió la dádiva con un argumento-sofisma que cabía en un grito: “¡En mi casa no se le hace un desprecio a nadie!”. Eso es lo que han debido decir los/as agraciados/as sociatas con estos jamones en plena crisis.

El animal fetichista

Se ha dicho alguna vez, con evidente gratuidad, que hay no pocos animales fetichistas aparte del hombre. Se suele citar el ejemplo de la urraca ladrona junto a otros varios pero, con toda evidencia también, poco tiene que ver la razón de esas conductas con la construcción mental del ser humano que añade al objeto simple intensos significados. No comparto en su tenor literal ni la teoría de Freud sobre la dimensión sexual de esa manía (lanzada al final de los “felices años 20”, la cosa tuvo quizá un pase) ni la vieja propuesta ilustrada del canciller Des Brosses que combatió con tan buenas razones Herbert Spencer antes de que la antropología propiamente dicha se apropiara del tema. El más brillante de todos esos funambulismo fue el que Marx bautizó como “fetichismo de la mercancía”, en buena mediad suscribible aún hoy día, aunque, la verdad sea dicha, nada ilustra mejor esa pulsión que el culto de las reliquias, tan divulgado en lo antiguo que llegó a producir un enorme negocio. Lo que sí es cierto es que, con frecuencia, la actitud ante el fetiche aparece impregnada de sentido religioso, como ya notara el canciller citado, y está harta de repetir la etnografía. ¿Por qué buscan y conservan los hombres objetos que pertenecieron a otros y, sobre todo, por qué causa los veneran como inspirados por los principios de la “magia de contacto”? No creo que nadie lo sepa, pero ahí tienen las frecuentes subastas de famosos convertidas en un fabuloso negocio del que no escapan ya ni los enseres íntimos de Gandhi (sus gafas, su escudilla, su reloj y el cuenco de sus colaciones) adjudicados esta semana en Nueva York por una cifra millonaria.

Me fascina esa capacidad de cautivar el sentido que tienen los objetos y su enigmática carga de sugestión, en absoluto reservada a los espíritus primitivos sino tanta veces asumida por los muy elevados. Astillas del “lignum crucis” o mechones de Napoleón, cualquier cosa vale, en principio, para despertar un deseo de posesión comparable a cualquier otro dentro del ámbito misterioso de la economía libidinal. En la India, como era de esperar, el mero anuncio de la subasta ha provocado un apasionado debate e iniciativas recuperadoras de las que no ha escapado ni el propio Gobierno, algo que, a mi modo de ver, no encaja ni con cola en la actitud o el pensamiento gandhiano o, cuando menos, en la caricatura que de él hemos conservado. Sin nada que ver, naturalmente, con la monserga de la nostalgia del falo y otras extravagancias difundidas por la cultura psicoanalítica en sus formulaciones más radicales, el fetichismo participa del magma supersticioso y su proyección mágica, lo mismo cuando se lo muestra en la cátedra que cuando se vende desde el ambón del subastero.

Las facturas falsas

Está de moda ese acreditado instrumento del agio. En el caso del Ayuntamiento de Sevilla –la capital de la comunidad—acaba de ser condenado, al cabo del tiempo, sin que el alcalde se sienta mínimamente concernido por lo que él llama “picaresca” o simple “irregularidad” y sin que, por supuesto, desde su partido, por la cuenta que le tiene, se le exija responsabilidad alguna. Obras inventadas contra dinero real, papeles falsificados, trama a la que sólo le falta un Garzón interesado para que se viera un ejemplar. No tienen vergüenza. A ver con qué autoridad controla manos y bolsillos en adelante este alcalde pringado por sus colaboradores íntimos.

La crisis de Valverde

En el Ayuntamiento de Valverde ha ardido más que Troya. No se sabe si se trata de un simple deseo de presencia del alcalde o de un ajuste de cuentas por hechos pasados, pero lo cierto es que Cejudo ha retirado a su vicetodo, para asumirlas personalmente, las competencias de Urbanismo, ay, de Hacienda y de Personal, o sea, tres cuartos de consistorio. Lo pagarán, por descontado, los sufridos contribuyentes, ya que recurrirá a la ayuda de contratados externos para afrontar la amplia tarea. Claro que el tema está en si todo acabará aquí o la movida sólo acaba de empezar y ahora vienen las conspiraciones. Sea como fuere, los hechos retratan un talante. El mismo con el que desactivó a IU, el mismo con que ahora podría acabar dinamitando al PSOE.

Zarcos y rubios

Entre las pérfidas fantasías de los nazis figuró el plan de seleccionar la raza a base de elegir mujeres ‘arias’, sanas y  de bella figura para ‘cruzarlas’ con garañones elegidos entre la flor y la nata de la vanguardia del régimen, o sea, en la Wehrmacht y las SS. Hasta se dispuso un célebre refugio alpino diseñado para acoger estos fértiles encuentros de los que habría de derivarse una descendencia ideal, alta, rubia y con los ojos azules, garantía de un mundo mejor dominado por esa raza genuina recuperada por los mismos procedimientos empleados desde siempre por los ganaderos para ‘mejorar’ sus cabañas, sin que, sin embargo, los resultados fueran relevantes. El plan de Himmler de los “hogares Lebensborn”, aplicado en poblaciones ‘arias’ como la Noruega o los Países Bajos ocupados, parece que produjo 160.000 niños antes de disolvers, y ni que decir tiene que funcionó, a pesar de su monstruosidad,  como la cara luminosa del vasto plan eugenésico imaginado por aquellos majaras para purificar la raza del futuro. Hoy no se cruza al personal como a los ‘pura sangre’ o a las ave ponedoras, sino que se manipulan sus genes llegado el caso para obtener resultados benéficos tales como evitar la herencia patológica, aunque también, por lo que podemos leer últimamente en la prensa, para obtener ‘productos’ seleccionados, es decir, niños elegidos “a la carta” como los que ya ofrecen ciertas instituciones del ramo, especialmente en EEUU. El color de los ojos, el del pelo, la estructura muscular y hasta el grado de inteligencia del niño por nacer son ofrecidos hoy en esa feria insensata por un precio relativamente asequible, no sin la oposición de los propios sabios y, por el momento, también de la mayoría de opinión. Menos mal.

El debate bioético da la impresión de que no acabará nunca de encontrar el fiel entre la obcecación fundamentalista de quienes se oponen frontalmente a toda manipulación en los genes, incluso si se trata de evitar males gravísimos, y los partidarios de ese maximalismo cientificista que pretende eliminar todo límite a una aventura sin duda peligrosa como las de los mundos felices anunciadas por Huxley o Wells. Juega en ello un papel relevante la misma ignorancia que hace concebir a las familias la ilusión del heredero perfecto, réplica lamentable de la cerrazón moralista que se niega incluso a evitar herencias malignas en nombre de ‘principios’ rígidos e inalterables. Pero el caso es que la elección ‘a la carta’ tiene ya precio cierto –alrededor de 15.000 dólares—en medio de un preocupante vacío legal. La obsesión hitleriana vuelve por sus fueros en el mercado burgués, esta vez sin walkirias ni nibelungos.