Gozo en un pozo

Media hora le ha durado a Chaves el tirón autonomista y su proyecto de expedientar al ministro furtivo. Ha sonado la corneta de Madrid y Chaves ha girado sobre sí mismo reclamando nada menos que la unidad cinegética de España, es decir, la devolución al Estado de las competencias de caza por parte de las autonomías. No se ha inmutado cuando se ha roto la lengua nacional, ni cuando la Historia se ha fragmentado por taifas, ni cuando la guerra del agua ha permitido arrojar sobrantes al mar antes que favorecer a las Españas sedientas, ni cuando el disparate de la Justicia transferida ha tocado fondo, ni cuando… Pero sí que lo ha hecho a la hora de salvar a un ministro del Gobierno por el que no es posible dar ya un duro ni al más fanático. Ha habido entreguismos mucho más sangrantes, pero esta bajada de pantalones hará época.

El bla bla bla de Chaves

Chaves aleccionó antier a los empresarios. Les dijo que de todo se sale, al fin y al cabo, y que él los iba a ayudar una barbaridad. Y luego les recomendó –ya lanzado retórica abajo—todos los tópicos del mundo como receta para la salvación: “seguir apostando por innovar, echar mano de las I+D+I a la producción, tener calidad y excelencia como referente de su trabajo productivo en todos los momentos del proceso, buscar nuevos productos e internacionalizar su actividad”. Bla, bla, bla. Huelva está mal y va siendo una de las víctimas más afectadas por la crisis, tiene problemas en su industria en los que ni él mismo se orienta mínimamente, padece un paro desolador. Parece que apear la palabrería y guardar un ratito de silencio hubiera tenido mucho más sentido.

El grado cero

El presidente del gobierno italiano, Silvio Berlusconi, ha explicado que su canallesco comentario sobre los “vuelos de la muerte” practicados por la dictadura militar argentina no implicaba más que una ironía que es preciso aceptar en el discurso político. Nadie lo ha entendido así, afortunadamente, en el resto del mundo, quizá porque cualquier broma sobre la infamia que supone arrojar al mar desde aviones a los adversarios políticos tiene que resultar inadmisible hasta para el más zote y Berlusconi es, desde luego, un gran deslenguado y un incontinente verbal acreditado, pero en absoluto un memo, lo que quiere decir que para él arrojar al mar desde un avión a los rivales es algo, por lo visto, en alguna medida, gracioso. La política, y no sólo en Italia, está rozando peligrosamente el grado cero hace algún tiempo, pero el Berlusconi incontinente y payaso ha sobrepasado con mucho las licencias de sus colegas llamando en su día “coglioni” a los votantes de Prodi (¡casi como el alcalde de Getafe al llamar “tontos de los cojones” a los electores de la derecha!), mereciendo la dura reacción del presidente Cossiga cuando calificó de ‘mercenarios’ a los electores de D’ Alema o el reproche generalizado por asegurar que se reservaba la tarea de ‘destetar’ a sus propias ministras. No sorprende ya siquiera la aparición pública de un responsable máximo en estado de embriaguez como ha ocurrido en Francia con el propio Presidente o en Japón con el ministro de finanzas, ni el espectáculo degradante de un pleno del Congreso español jaleando con gritos de “torero, torero” a un ministro de Justicia que une a su capacidad para provocar la primera huelga de jueces y perderla por goleada, la desfachatez de cazar furtivo en una finca pública o gratis total en una exclusiva y millonaria montería.

Es de temer que estas salidas extemporáneas no sean más que la extensión de ese talante generalizado que acepta ya como legítimos el cinismo, la mentira o la descalificación personal en la dialéctica cotidiana, en un grado probablemente desconocido en la vida pública española. Aquí se ha llamado “mariposón” al jefe de la oposición sin mayores consecuencias, se ha dado por cierta la paternidad extramatrimonial de un ex-presidente o se ha afirmado que un periodista ‘perdía aceite’, pero hasta ahora al menos, nadie había osado bromear con el terrorismo de Estado aunque, por desgracia, se haya practicado. En la Italia de ese clown milloneti, sí, y lo grave es que ocurre ante el silencio cómplice de sus socios europeos. Hasta el elogio del crimen cabe ya en la política disfrazado de ironía. No es de extrañar el desprecio público por la política que funciona en las democracias como un corrosivo de imprevisible eficacia.

El ministro furtivo

¿Ven cómo habríamos de tocar fondo, por lo menos lógico? Ahí tienen a la Junta de Andalucía expedientando a un ministro de Justicia, al poder autonómico sancionando eventualmente a un miembro del Gobierno, y no a uno cualquiera sino al responsable de que la vida marche derecha y no torcida. Hay que encomiar la determinación de la Junta al dar ese paso y más aún si llega el caso de imponer al ministro la sanción administrativa que le corresponda. Y paralelamente, lamentar que el Gobierno no vea en este amargo trago de Chaves una razón sobrada para apear del cargo a quien, desde luego, ha dado motivos mucho más graves para su destitución. Un furtivo al frente de la Justicia constituye un chascarrillo. Ésta es la primera vez (sin contar los años de Aznar, claro) que Chaves defiende la autonomía frente al arbitrio jacobino.

Pies de plomo

Gran sorpresa por lo ocurrido en Tráfico y general conmoción ante el linchamiento que desde algún medio ha recibido el delegado, a quien, al tiempo que se le concede el derecho a la presunción de inocencia, se califica de “cabecilla” de una red mafiosa, nada menos. La Justicia dirá lo que tenga que decir, pero pocas personas que conozcan a Buenaposada estarán hoy libres de asombro y la mayoría confiadas en la pronta aclaración de los hechos. Pies de plomo hacen falta siempre en estos casos, sin que valga siquiera la clásica receta filistea de atizar en el titular y defender en el comentario. El caso no merece ningún privilegio de trato pero tampoco el acoso. El juez distinguirá entre los implicados el trigo de la paja. Hasta entonces lo cívico es respetar su tarea y los derechos de los afectados.

El papel timbrado

Nos ha recordado antier Luis Olivencia, en un inteligente artículo, los casos de graves prohombres que debieron dimitir por haber aceptado dádivas o invitaciones, pequeñas o grandes, según se mire. El presidente de un banco central europeo, ‘reo’ de calzarse un cotillón gratis con alojamiento en un hotel de lujo berlinés, el sindicalista consejero de unas líneas aéreas que perdió su condición por viajar gratis total con su familia ‘una sola vez’–¡ay, ‘lady Aviaco’, ministra Álvarez de mi corazón, con sus 444 pasajes trincados impunemente!—y algún otro caso. De pequeño, mi padre me hizo traducir de un diario americano la noticia de que un senador había debido dejar la cámara porque se demostró que había utilizado en su correspondencia privada el papel timbrado de la institución. Ya ven: es un uso no cuestionado en las democracias el principio de que quien la hace, la paga, al menos si la fechoría es conocida y demostrada, algo impensable en la democracia española en la que desde llamar un avión para no tener que guardar una cola en el extranjero hasta aceptar de un grupo de empresarios un yate real, se viene haciendo de todo sin que a nadie repugne, por lo visto, lo suficiente como para verse obligado a dejar el cargo. ¿En qué país sobreviviría políticamente un ministro de Justicia que cazara gratis en fincas públicas y aceptara invitaciones a prohibitivas monterías privadas? En ninguno, quizá, pero déjenme que lamente que se esgrima esa razón para pedir que dimita ese ministro, y no otras mucho más importantes, a mi juicio, como son mantener los intolerables niveles en la Administración de Justicia, interferir con declaraciones las decisiones de los jueces o calentar esa otra cacería que contra los magistrados protestantes por la situación se sigue esta temporada.

Sí, es inverosímil que un Presidente como éste cese a ese ministro por tanto disparate, pero sería muy lamentable que, en caso de verse forzado a hacerlo, la causa fuera esos trinques señoritingos y no su gravísima incapacidad para desempeñar un cargo que exige la mayor prudencia. ¿Qué puede significar, en efecto, un mangazo en un coto comparado con la foto fija del ministro, el juez y el policía judicial cenando en amor y compaña nada más terminar una de las más sonoras operaciones políticas contra la oposición realizadas en España? Pues poco o nada, como es lógico y natural. A Bermejo repugna verlo como ministro de Justicia por el quebranto que su gestión ha supuesto para ésta, por su enemiga probada a los jueces críticos (¿a los jueces a secas?), por su ‘inoportuna’ y permanente intromisión en el fuero judicial. Cesarlo por cazar gratis o retratarse entre venados muertos sería una lástima desde una perspectiva moral y no digamos desde un punto de vista político.