La indignidad política

El “caso Baena” ha pasado con mucho la raya de lo tolerable, incluso en este patio de Monipodio. Y no ya sólo por la delirante hipótesis de la conspiración Guardia Civil-IU (¡) sino por la inhibición indecente de las instituciones concernidas que guardan un silencio inútil en torno a la evidencia. Lean la letra de esa copla, escuchen al alcalde-senador y a su secretario ajustar las cuentas falsas, procuren no desmayarse al comprobar el desparpajo truhán con que se trata el mangazo y la ínfima condición de los objetivos. Y luego traten de buscar una sola razón por la que el PSOE no debiera haber expulsado a esa garduña de sus filas. Después de lo de Ohanes, Chaves lo tiene crudo en esta Babia podrida. Imaginen qué diría Pepino de estos casos si fueran del rival.

La pobre cuenca

Críticas políticas, partidistas, sobre la situación de la cuenca minera, una comarca antaño dinámica que ahora tiene parada a la mitad de su población. El problema no es fácil porque no hay cuenca minera que escape a una crisis de la minería, pero llevan razón quienes alegan que llevamos muchos años, demasiados, sin ser capaces de buscar siquiera alternativas económicas viables, lo que es tanto como inventar una nueva comarca. Y a esa responsabilidad no escapa ningún partido que haya tenido poder en este cuarto de siglo bien despachado, pues unos y otros han dejado correr el tiempo, lo que no impide reconocer que la mayor parte de la culpa se la lleva una Junta incapaz de una sola idea sostenible, como dicen ellos. La cuenca se muere sola pero la ha matado entre todos. Su eventual resurrección también exigiría unanimidad.

El coste de la vida

Nueva polémica en USA. ¿Es demasiado costosa la pena de muerte, tendría sentido abolirla por razones económicas ya que, a pesar de las presiones de los lobbies abolicionistas, los argumentos éticos y morales no bastan frente a una opinión pública favorable? Este nuevo debate, realmente escandaloso si se mira desde una perspectiva moral estricta, ha saltado a la actualidad con motivo del alegato lanzado desde varios Estados que consideran que el mantenimiento de la pena de muerte le sale por un pico al sistema carcelario en los 36 Estados que aún la mantienen en vigor. Hay cálculos que quizá puedan resultarnos fríos, incluso cínicos, pero que están siendo tenidos en cuenta porque afirman que mantener en el sistema la pena capital cuesta aproximadamente diez veces más que la cadena perpetua, una razón de peso para los espíritus mercantilistas, sin duda, que remiten ahora también a la crisis económica para reforzar su proyecto. El convencimiento de que la presión de las familias de las víctimas –como estamos comprobando últimamente en España—influye y acaso mediatiza las decisiones judiciales y políticas, se alega estos días junto a la idea de que el inacabable plazo (entre 20 y 30 años en muchas ocasiones) que media entre la sentencia y la ejecución resulta excesivo para permitir un auténtico cambio moral de los convictos, incapaces con frecuencia de un sentimiento de auténtico arrepentimiento. En Nuevo México el gobernador insiste: “el elevado coste de la pena de muerte es una razón a tener en cuenta en estos tiempos de austeridad”. Ejemplar, no me digan que no. Unos dólares puede que logren lo que no fueron capaces de conseguir todos los discursos morales de la historia.

 

Junto a la razón económica subsisten los argumentos morales y aún los lógicos, aparte de los piadosos. Una reclusión de por vida no es menor castigo ni menor garantía que una inyección letal que, aunque quizá no lo aparente, sale por un pico. Existen comprobadas, además, una infinidad de sentencias erróneas que han acabado en ejecuciones. Mantener un corredor de la muerte, con sus múltiples exigencias de seguridad, junto a una cámara de la muerte con el correspondiente anfiteatro para sádicos y testigos, resulta prohibitivo para una economía penitenciaria y absurdo en medio de la debacle económica. ¡Una sola ejecución puede salirle al contribuyente por un millón de dólares! Puede que la crisis provoque este efecto secundario que no habían podido conseguir todos los esfuerzos humanistas. No sé qué decir, la verdad, pero no resulta fácil a la razón moral evitar el escándalo a pesar del beneficio. Creíamos que la vida no tenía precio pero parece que sí.

La ‘loapilla’ cinegética

Reclaman los cazadores que se unifiquen las licencias autonómicas de manera que haya una sola para todo el territorio nacional. Muy bien, entero y pleno, pero ¿por qué empezar por la cazada cuando la lengua o la gestión de los ríos, la historia o las campañas de vacunación siguen en manos de las taifas que, encima, reclaman cada día una competencia nueva? ¿Qué es más urgente, acabar con las 17 licencias de caza o poner coto a las 17 eventuales versiones de una misma y única Historia, hoy destrozada a placer en función de la ideologías? El plan Chaves de licencia única tiene sentido pero parece mentira que un líder de su relieve haya empezado la casa por el tejado.

Basura para todos

Al portavoz parlamentario del PSOE-A, que reclamaba a la Cámara de Cuentas aclaración sobre si el PP presentó en tiempo y forma, allá por el 2004, las facturas de cierta empresa relacionada hoy con la trama de Garzón, ha respondido el vicesecretario general del PP devolviéndole la pelota al pedir que se aclaren las cuentas del PSOE con la empresa del alcalde de Punta Umbría, es decir, ‘El Paraíso’, durante la campaña electoral del 2008. ¿Qué pasa, que unos y otros guardan la basura como oro en paño, por si acaso, dispuestos a sacarla y esparcirla en el momento más oportuno a los intereses de cada cual? Tan indigna es la corrupción misma como su utilización maquiavélica en la lucha política. Los ciudadanos deberían tomar nota de estas trampas que le tienden a la opinión lo mismo tirios que troyanos.

Otra de indios

Un bisnieto del gran jefe lo los chiricahuas apaches, el gran Jerónimo, acaba de montar el pollo en Estados Unidos reclamando a una sociedad secreta que funciona en Yale desde principios de siglo, “Cráneos y huesos”, a la que habrían estado vinculados, los Bush y hasta John Kerry, los despojos de su antecesor robados a principio de siglo del cementerio de Fort Hill, en Oklahoma, por un grupo de pijos entre los que se dice que figuraba el abuelo Bush. Nada tan duro e hiriente en la historia del genocidio amerindio (que ése sí que fue un genocidio) como el triste final de esos jefes heroicos que acabaron, como el propio Jerónimo, exhibido en la Exposición de San Luis o como el mítico Sitting Bull en el circo de Búfalo Bill, una epopeya desconocida a pesar de que en España, desde los años 70, existe una espléndida bibliografía publicada por Juan J. de Olañeta que abarca amplísimos aspectos de la vida indígena con notable rigor antropológico. El bisnieto de Jerónimo, basándose en una célebre carta descubierta en la época que contenía la confesión de uno de los miembros de aquella espantosa fraternidad, acaba de demandar ante los tribunales al propio Obama y al secretario de Defensa, invocando el derecho familiar a dar a su antepasado una tumba atenida a las prescripciones de su cultura, sin la que el espíritu estaría condenado a vagar sin descanso posible por toda la eternidad. En Internet puede contemplarse el alegato de este ex-combatiente de Vietnam que, a estas alturas, resulta verdaderamente conmovedor.

¿Yale? Yale en silencio, como era de esperar, aunque la prensa reproduce por doquier el tremendo anacronismo de esa secta iniciática que parece ser que venera el número 322 e incluye en su ritual el reconocimiento de debilidades sexuales junto al beso a la calavera. Hoy no se lleva el uso del término ‘salvaje’ y es una lástima porque en este proceso habrá ocasiones sobradas para aplicarlo, en su sesgo más peyorativo, no a los pueblos nativos que defendían lo suyo sino a esa élite ocultista y ridícula cuya íntima relación con la clase dirigente en sus niveles más altos constituye un auténtico atentado a la democracia americana y lo que, en definitiva, es mucho peor, al sentido común de ese gran pueblo que no sabe en manos de quiénes está. Los restos de Buffalo Bill están protegidos por una tonelada de cemento en su tumba de Denver. Los países con historia corta se aferran al mito saqueando si es preciso tumbas y héroes.