Guerra en el hospital

No es tolerable lo que está ocurriendo en el “Virgen de las Nieves” de Granada, donde unos médicos denuncian la presencia de un hongo letal –y de hecho, algo debe de haber cuando se ha cerrado una planta y trasladado a los enfermos—mientras algún otro califica a sus compañeros de intoxicadores y de “gentuza”. ¡Como para confiar en ellos! La Junta debe aclarar con urgencia por qué se ha cesado al gerente, por qué no se hicieron autopsias en los casos sospechosos y si lleva o no lleva razón ese agresivo crítico de los críticos que sostiene que todo es una simple campaña de desprestigio. Entre otras cosas porque sobran sentencias condenando al SAS y porque la primera obligación de un sistema sanitario es la transparencia. La guerra en el hospital es lo último y el pobre usuario su víctima evidente.

Palabras al viento

En campaña electoral se promete mucho. ZP prometió, por ejemplo, la Estación del AVE, como quien le ofrecía un gladiolo a la candidata frustrada, pero ¿alguien ha visto  Huelva moverse  un solo ladrillo, incluso una sola gestión para cumplir esa promesa de coyuntura? Nadie. Chaves, por su parte, comprometió su palabra con el Alcalde tanto para desbloquear el proyecto del Ensanche como para construir los famosos tres puentes de Manterola. Bien, ¿alguien ha oído que se haya convocado siquiera la comisión de seguimiento que también se comprometió en vísperas electorales a desatascar el tema? ¿Y de los puentes, ha oído alguien hablar de los puentes múltiples que iban a comunicar la capital y la provincia con la costa en un pis pas?  Pues tampoco. El PSOE tiene ahora cuatro años por delante para olvidarse de sus promesas, como se ha olvidado antes de tantas otras una vez en el Poder.

El fichaje de Pepe

Nos hemos hecho el cuerpo a las catástrofes, vamos asimilando cada día mejor los cataclismos, acostumbrándonos a paliar, entre la desgana y el fatalismo, el escándalo de la desdicha ajena. No hay noticia, por lo demás, que resista mucho tiempo en titulares porque el atractivo de la actualidad es tan potente como efímero. El seísmo atroz que azota China lo olvidaremos en poco tiempo, como hemos olvidado tantos otros desastres, relevado por alguna otra mala nueva más reciente. Mucho está durando, en este sentido, la atención prestada a Birmania, donde los muertos y desaparecidos se cuentan ya en cifras en ningún caso menores a los 135.000, y donde dos millones de desgraciados vagan sin nada en las manos mientras se recuentan las víctimas mortales. Una situación ante la que los EEUU han reaccionado prorrogando las sanciones que ya pesaban sobre esa infame Junta Militar y hasta demandando en el Congreso una “intervención humanitaria”, concepto, dadas las anteriores experiencias, realmente inquietante. Gran Bretaña, la antigua potencia colonial, ha calificado la situación de “inhumana e intolerable” (por lo visto no se lo parecía la que vive el país desde los primeros 60) y el canciller francés Kouchner de “crimen contra la Humanidad”, pero otras voces, más precisas, a mi juicio, de lo que hablan es de “guerra de la Junta contra su propio país”. ¿La ayuda? La ayuda aguarda la autorización de los sátrapas en puntos cercanos, pero los sátrapas ven en su distribución un peligro capaz de quebrar el hermetismo de un régimen dentro del cual las violaciones masivas están acreditadas como habituales y en el que la condición de soldado es la única garantía de seguridad, siquiera relativa. Desde Washington y Bruselas se sermonea y anuncian socorros que, en el caso europeo, alcanza un valor de 30 millones de euros, es decir, lo que costó al Real Madrid el fichaje de Pepe y aproximadamente un  tercio de lo que se rumorea que constarán varios otros inminentes. Pero verán como dentro de poco no nos acordamos siquiera. El presentismo es una de las flores del mal de esta sociedad de la comunicación.

 

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 Sobre la ayuda se comenta, por un lado, que la muy escasa autorizada hasta la fecha no ha llegado a mano de los desesperados sino que ha sido repartida entre la soldadesca, y de otra parte, se dice que la andan comercializando a discreción los propios jefes. Se cuenta que Tachito Somoza hizo transbordar la ayuda de un avión de socorro enviado por nuestro país a otro aparato dispuesto en la misma pista que despegó luego rumbo a una lonja convenida, lo cual puede ser tan cierto como las rapiñas de Evita o Pinochet, pero sin duda constituye un  argumento temible contra la escasa solidaridad aún disponible. De todas maneras, la imagen de una comunidad internacional asistiendo impávida a esa situación atroz nos hacen cuestionar ese derecho a la injerencia que con mano tan férrea se aplicó por Occidente a la hora de garantizar el petróleo irakí o a la de bombardear tardíamente Belgrado, pero que en esta ocasión no parece capaz ni de gestionar el reparto de una ayuda imprescindible para esa muchedumbre que se muere a chorros. Claro que todo se olvidará en breve, eso también es cierto, y otras desgracias ocuparán la atención de la actualidad, escandalosas pero breves, tremendas pero reconocibles como un eco de las anteriores, aparte de que a ver cuánta gente se percata de que la ayuda de la opulenta UE viene a ser lo que el madridismo se ha gastado en Pepe y más o menos un tercio de lo que se puede gastar en Kaká o en cualquiera de los ‘cracks’ en alza. Quizá Malthus no contó con esta cruel “astucia de la Naturaleza” que diezma la población desbocada por medio de estos fracasos humanos y la posterior indiferencia de las naciones. Un buen central como Pepe vale por todo un país desdibujado en el espejo sin azogue de la distancia.

La ley y la trampa

No falla la excusa de los políticos ante el descontrol o el abuso: todo ha sido legal. La legalidad, entendida “pro domo sua” es la gran coartada, teniendo en cuenta, además, la práctica imposibilidad de control externo de las cuentas públicas. Dice la Cámara de Cuentas que sólo tres de cada diez contratos adjudicados por la Junta lo fue por concurso público mientras que por el procedimiento de subasta se adjudicó apenas dos de cada cien. Entre la urgencia, la emergencia y la negociación directa con las empresas contratantes se completa ese círculo vicioso que cabe en una ley vigente pero leonina, en manos de unos administradores insensibles a la necesidad de transparencia. Es la consecuencia del “régimen” y quizá también, en buena medida, su requisito o condición. La Junta es la mayor empresa de Andalucía y actúa desde la seguridad que da saberse inmune a un control que es apenas papel mojado.

Arriba y abajo

Cuenta Hans Küng en una reciente reflexión sobre la mentira política que, en una ocasión en que tuvo la ocurrencia de reprocharle a Henry Kissinger su empleo habitual, ese probado tramposo y presunto criminal de Estado le contestó que el problema consistía en que, mientras los teólogos contemplaban tan ardua cuestión “desde arriba”, ellos, los estadistas, la contemplaban “desde abajo”, es decir, desde la realidad inmediata y palpable, quizá la única interesante para el político. Küng comenta esa desvergüenza con la inevitable referencia a Maquiavelo y su idea de las “dos morales”, es decir, del concepto de que el gobernante goza de un derecho a la mentira del que carece el ciudadano privado que sería, eventualmente, el beneficiario de la acción de gobierno, un tópico fatal de la teoría política que finge ignorar una evidencia de todos conocida: que la mentira política es un uso inmemorial y no un invento teórico del Renacimiento. Pocos motivos éticos y morales han merecido, en todo caso, tanta hipócrita atención de los moralistas, esa banda dedicada a fingir que ignora la universalidad de la mentira política y frente a los que Maquiavelo es, en realidad, un raro ejemplo de sinceridad desde su convencimiento de que el “estatus” distinto conlleva un derecho diferente, de tal modo que si el súbdito egoísta y agresivo por naturaleza está obligado a reconocer la verdad, el político, que es su custodio, carece de esa obligación: el fin justifica los medios, en definitiva. Refiere también Küng que el Consejo de ex-jefes de Estado y de Gobierno aprobó en 1997 una declaración en la que, se detestaba la mentira política, por importante que fuera el afectado, pero no sin añadir este párrafo elocuente: “Nadie está obligado, sin embargo, a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo”. Nuestro teólogo resume la cuestión benévolamente diciendo que de lo que se trata es de que “no debemos ser fanáticos de la verdad”. Quizá ése ha sido siempre el problema de Küng, su tira y afloja.

 

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 Es triste reconocer que la mentira ha prosperado más y resulta más imprescindible en los regímenes libres que en las autocracias, ni que decir tiene que porque en estas últimas el tirano no precisa andaderas para moverse según su albedrío. Un romano se hubiera tronchado de risa si alguien criticara al orador en el foro el recurso a la mentira, que el propio moralismo cristiano atenúa luego, con un criterio circunstancial, al distinguir la mentira abominable de la “piadosa” o de la perpetrada “iocandi causa”, esto es, motivada por la inocente diversión. Sin salir del Renacimiento escuchamos decir a Shakespeare alguna vez (en ‘Hamlet’) que el camelo puede ser el cebo que permita atrapar una buena carpa, una fórmula que ha servido a muchos para desarrollar la teoría instrumental de la mentira, una vez más legitimada por su buen fin. Asombra escuchar a este viejo roquero de la progresía la afirmación de que, desde la Ilustración al menos, la Verdad –esa luz que ciega, según Camus—es una “condición previa fundamental” para la sociedad humana, y digo que asombra porque la evidencia más aplastante demuestra que el ejercicio del Poder se basa en la falacia en la inmensa mayoría de los regímenes, con independencia de su signo y color. Personalmente prefiero el pesimismo maquiavélico, tanto en su perspectiva aristotélica, que la tiene y bien visible, como en su versión  tacitista, a un ejercicio de vacuo voluntarismo hecho a sabiendas de que la realidad es otra muy distinta. Küng, el pobre, dice que hay políticos honrados, faltaría más, pero se descubre distraídamente al decir sin percatarse del alcance de la frase: “Yo mismo conozco a unos cuantos…”. ¡A unos cuantos! El realismo político es una convención unilateral que acaba fatalmente traduciéndose en un injustificado aristocratismo. Churchill jamás justificó sus mentiras. Pensaría que una guerra no se gana así como así.

El INI de Chaves

Las empresas públicas dependientes de la Junta son un doble de la Administración autónoma y un agujero negro por el que se arruina nuestro presupuesto, pero también un instrumento clientelar decisivo en el tinglado del “régimen” y un medio disuasor frente a las legítimas aspiraciones de los funcionarios a monopolizar la gestión de la autonomía. La Cámara de Cuentas descubre ahora, además, que como el que mantenía Franco, el INI de Chaves es costosísimo y se mantiene sólo a base de subvenciones milmillonarias enviadas desde la Junta a sus arcas, aparte de hacer un gravosa competencia a la empresa privada hasta arruinarlas en algunos casos. Es unba lástima que este Parlamento –el que hay: no hay otro—carezca de nivel (echen un vistazo a los curriculos) para enfrascarse en un tema tan complejo, pero un debate sobre esta suplantación  ruinosa de la Administración hace tiempo que resulta imprescindible y urgente.