No son personas

Mucha hablar y mucho proclamar derecho y maravillas, pero la verdad es que la Junta trata a los emigrantes más en función del color del municipio donde malviven que en razón de su condición humana. Lo que está ocurriendo en la localidad onubense de Lucena del Puerto, donde ha tenido que intervenir el Defensor del Pueblo ante lo extremado de la situación, no tiene nombre: siete mil criaturas desprotegidas y carentes de todo lo imprescindible porque el Ayuntamiento “independiente” del pueblo está siendo castigado por la Junta que le niega una subvención de casi medio millón de euros a pesar de la bancarrota en que el gobierno municipal del PSOE legó al actual. Que tras las elecciones, en el Pleno, los sociatas avisaran al gobierno legítimo de que la Junta y demás Administraciones afines les “cerrarían el grifo” no fue una baladronada sino la expresión de un método político vigente hoy en toda Andalucía.

Mal camino

El enfrentamiento entre nuestros pescadores y las fuerzas del orden, que tuvo lugar el miércoles en Sevilla, deja un balance moral pésimo. Resulta imposible justificar la actitud violenta de los manifestantes, por más que se comprenda su desesperación económica, pero ahí ha faltado una voz que los avisara de que ese es un camino imposible. Por el otro lado, el Gobierno –que ha tratado mucho mejor a transportistas que pescadores y agricultores—debería distinguir entre firmeza y brutalidad, sin contar con que ha tenido todo el tiempo del mundo, no sólo para arbitrar medidas de alivio a esos sectores, sino para prever razonablemente el orden en estas inevitables manifestaciones. Esas tristes escenas no benefician a nadie y perjudican a todos, incluso si, en alguna medida, responde a la insolvencia de una Junta que,. Como única solución, vuelve a proponer por enésima vez la modernización del sector y demás zarandajas.

Un doble silencio

En medio del desconcierto nacional, mientras el ama de casa madruga para hacer la compra amenazada y el espectáculo de la barbarie consentida se exhibe en el telediario, dos silencios deben hacernos reflexionar sobre el papel de las instituciones en esta huelga salvaje. El primero de esos silencios, el más llamativo quizá, es el de los sindicatos. ¿Alguien entre los lectores ha oído un solo pronunciamiento serio de los sindicatos durante estos primeros días de conflicto? Supongo que no, puede que porque el sindicalismo no es hoy más que un compañero de viaje del poder político y del económico en el marco de ese invento “neoverticalista” que es la “concertación social”, ese pacto de no agresión cebado con dinero público. El segundo silencio atronador es el del Gobierno, que está “missing”, desaparecido en combate, desde el Presidente al penúltimo mono, lejos del alcance de la artillería huelguística, echando por delante a un equipo de segundos y terceros al mando de una de las personas menos indicadas para dialogar o negociar que existen en este país, Magdalena Álvarez, una demostrada adicta a la provocación en cuyo haber, aparte de tantos fracasos gestores, hay que contar con la “guerra de las Cajas” que ella se encargó de librar hasta que Chaves se libró de ella. Dos silencios, dos ominosas ausencias cobardes de las que tendrán que responder en su momento ambas instituciones, aunque tal vez cuando llegue ese momento ya se hayan producido daños irreparables. Planea sobre este asunto una grave pregunta: ¿para qué sirven sindicatos y Gobierno ante un conflicto como el que  los contribuyentes estamos soportando, acaso hubieran sido distintas las jornadas vividas hasta ahora si ninguna de esas instituciones existiera? Creo que, lamentablemente, la respuesta sincera es que no, sin que se me oculte que semejante conclusión encierra una carga deslegitimadora de primera magnitud. ¿Por qué gastar miles de millones en burocracias sindicales que a la hora de la verdad desaparecen como por ensalmo? ¿Y para qué sirve un Gobierno incapaz de garantizar a la población, frente a unos miles de rebeldes, desde la normalidad alimentaria hasta la libre circulación?

 

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 Puede que esta lección negativa sea lo único positivo que acabemos sacando del enfrentamiento entre ese sector abrumado por la coyuntura y su propio desorden interno, pero no me digan que esa conclusión no resultaría desmoralizadora más allá de la pura ensoñación ácrata. Pero es posible también, que se desprendan de la experiencia otras evidencias incómodas, entre ellas, de una parte, la precariedad en que funciona la superstición neoliberal, y de otra,  la insalvable dependencia, que aún no parece que hayamos comprendido del todo (empezando por el Gobierno), entre nuestro Estado soberano (es un decir)  y la Unión Europea a la que voluntariamente pertenecemos y ante cuyas normas la autarquía residual que entorpece nuestra vida colectiva tendría que liquidarse de una vez. Ni nuestro Gobierno se ha preocupado de preparar con tiempo una respuesta a esta crisis anunciada, ni Europa va a admitir las condiciones que tratan de imponer por las bravas los huelguistas. Y claro está que, en todo caso, nos iría mejor si dispusiéramos de la ley de Huelga que la Constitución prevé y nadie ha querido afrontar hasta el momento, pero también que ese vacío no puede justificar que un grupo de ciudadanos, por muchas razones que tengan, secuestren un país entero y mantengan a un pueblo entero en un sinvivir. ¿Dónde están los sindicatos y el Gobierno, no resulta imprescindible que la crisis se aborde en el primer nivel, arriesgando cada cual lo que la partida le exija? Hoy todavía podemos plantear estas preguntas desde una relativa tranquilidad; mañana, no sabemos. Eso es lo que convierte en temeraria esa cobardía institucional que, al menos, va a servirnos para derribar mitos y saber a ciencia cierta quién es quién.

La estela de Gil

Lo que ha ocurrido en Marbella fue un invento de Gil aunque, evidentemente, por lo que hemos sabido luego, no fue sólo obra suya. Pero a los mangazos milmillonarios, a los saqueos (que ya hasta se numeran), a los chalaneos urbanísticos e incluso a algún escandaloso cohecho a la Junta/PSOE demostrado al juez por el propio Gil, tenemos que añadir ahora, cuando se va devanando la madeja del revés, hechos tan extravagantes como el de que el Ayuntamiento tenga embargado hasta lo inembargable, o que haya en la actualidad 80 edificios municipales no catalogados siquiera. ¿De verdad pueden decir la Junta o los sucesivos Gobiernos que no sabían lo que estaba ocurriendo en Marbella, en serio pueden seguir manteniendo que la responsabilidad es exclusiva del alcalde “ostentóreo” y sus mariachis? Hay que llegar hasta el fondo en Marbella y luego mirar hacia fuera. Nadie puede perpetrar un caos tan enorme sin la connivencia, activa o pasiva, de los poderes superiores.

Bollulos, prueba del 9

Lo que acabe pasando en Bollullos va a ser la prueba del 9 de Diego Valderas, un coordinador general que no puede controlar su propio pueblo, lo cual no deja de ser significativo. Meses lleva Valderas tratando de neutralizar a los críticos locales que proponen plantarse frente al PSOE pactando ton el PP –algo similar al pacto que permitió a Valderas presidir el Parlamento—y amenazando con sanciones disciplinarias que, finalmente, no servirían de mucho, en especial si el nuevo gobierno municipal funciona como la gente. Claro que lo que Valdera se juega es, en términos simbólicos, casi más trascendente que lo que pueda significar un Ayuntamiento cualquiera, porque va entrillado entre la exigencia de libertad interna del partido y su interés personal. Bollullos, prueba del 9. Valderas lo tiene más bien crudo en su pueblo.

Limpieza de sangre

El maximalismo negro (no quiero hablar de racismo en la medida de lo posible) parece que anda disgustadillo porque la efemérides de un eventual presidente “de color” haya recaído en un mestizo como Obama, que ya se cuida él de enseñar a todo trapo a su abuela keniata mientras esconde discretamente a la blanca. Lo querrían más negro, negro integral a ser posible, algo lógico, en fin de cuentas, en un país cuya legislación  blanca establece que es negra cualquier persona que tenga una sola gota de sangre negra en sus venas. Ahí los tienen, todos ilusionados con la novedad, y todos medio cabreados por esa circunstancia racial, mientras algún instituto genético, como el ‘African Ancestry’ se pone las botas averiguando por un precio módico la genealogía de los afroamericanos a pesar de la creciente evidencia de que la negritud yanqui tiene mucho de mito. Hoy se sabe, gracias a la tarea de estos buceadores del pasado, que un treinta por ciento de las mujeres afroamericanas que viven en USA y hasta un cuarenta por ciento de los varones de esa supuesta raza, llevan, quien más quien menos, su cuarterón de sangre blanca o, para ser más precisos, su cuota de material genético procedente de Europa y no del África primordial, es decir, el silencioso testigo biológico de antiguas violaciones coloniales pero también de amores ocultos entre amos y esclavas. Legendarios fueron los amoríos de Washington con su esclava Venus, los del gran Jefferson con Sally Hemings y hasta se dio el caso de que, en la “dinastía” de los Adams –quizá la primera, no recuerdo ahora—, el presidente John Quincey Adams tendría un hijo con una esclava hija de su propio padre, es decir, con su media hermana. Ése es un recelo antiguo que corroe la conciencia del racismo negro en términos que nada expresa mejor que la frase bien conocida de Malcom X: “Odio cada gota de sangre blanca que hay en mí”. Ya ven que el soplagaitas de Michael Jackson lleva el paso cambiado.

 

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 Pocas leyendas tan ilusas como las racistas, pero al mismo tiempo, pocas tan vehementes. En Estambul aprendí que hay grupos sefardíes especialmente encoñados con la matraca de que son judíos puros, algo que un alto representante israelí me aseguró alguna vez que también ocurre en muchos grupos sionistas. Y en cuanto a España, baste decir que los expedientes de “limpieza de sangre”, esa infamia, perduran entre nosotros como procedimiento habitual hasta su abolición en 1835, es decir, que funcionan lo menos durante tres siglos. Estoy convencido, sin embargo, de que en poco tiempo el dominio de la genética demostrará la falacia básica de las razas, esto es, la idea de que existen razas puras, “no contaminadas”, como decían nuestros inquisidores y siguen diciendo los negros americanos, entre otras cosas (lo repetía recientemente en nuestras ‘Charlas’ el profesor Francisco Mora) porque no habría habido tiempo evolutivo, por decirlo así, para el surgimiento en la especie de etnias genuinas y diferentes. Los impulsores de esa agencia mencionada, ‘African Ancestry’, Rick Kittels y Gina Paige, acabaron hallando entre sus genes materiales de aluvión europeos amalgamados inextriblemente con otros mandigas o hausa arrastrados a través de los siglos ya por el cromosoma Y, ya por el ADN mitocondrial. Sólo para el KKK, Obama es un negro negro, un maldito jodido negro ante cuya puerta habría que quemar una cruz en medio de un círculo de ensabanados. No saben, los muy pringaos, que lo mismo, chispa más o menos, rebulle por las cabezas más radicales del racismo negro, desolado, al parecer, en muchos casos, al enterarse de que su imaginaria nobleza nigeriana o bantú navega a través de los tiempos nublada por la mancha blanca de algún viejo pecado. No hay razas, hay racismos, o al menos eso creo yo. Sucesos como el triunfo probable de Obama pueden acelerar esa evidencia que nunca quisieron ver ni amos ni esclavos.