A dónde vamos

“Soy un optimista respecto al futuro del pesimismo”. La frase no es mía, que más quisiera yo, sino de Jean Rostand, de su “Carnet d’un biologiste’, y la recordaban el miércoles los guasistas de ‘Le Figaro’, como si quisieran adelantar las noticias que en ese momento se estaban cociendo para el día siguiente. Una, un joven frustrado que en Alemania, en las cercanías de Stuttgar, mata a quince personas y luego se suicida perseguido por la policía. Otra, un segundo joven hace lo propio en Alabama y tiene el mismo fin en circunstancias parecidas. Un taxista que se lleva por delante en Murcia a la doctora que estaba tratándole el asma, una menor de catorce años, novia de un presunto asesino que vivía con ella en casa de su familia, enreda en los juzgados. ¿Qué nos está pasando?, se pregunta el gentío desconcertado ante la crecida de tanta inconsciencia, ¿tan profunda es la crisis social que atravesamos, tan minúsculo el poder, tan decaída la autoridad que ha de hacerle frente? Se suele repetir que en todas las épocas el hombre atento ha creído advertir signos más o menos apocalípticos a su alrededor y que en ninguna de ellas los profetas han sido escuchados, cosa que es bastante cierta aunque advirtiendo que en algunos de esos momentos –en el Barroco, por ejemplo–, la percepción de riesgo colectivo y desastre moral haya sido mayor o más aguda. La crisis actual, sin embargo, por la propia naturaleza de nuestras sociedades, parece irremediablemente más compleja y fatal. Los pesimistas llevan todas las de ganar cada mañana al abrir el periódico.

Hay una crisis moral profunda bajo la superficie de estas fenomenologías hoy deformadas por el efecto amplificador de las técnicas audiovisuales, un fracaso estrepitoso del sentido de lo justo, una debacle del equilibrio indispensable que resultan, a mi juicio, poco remediables habida cuenta de la potencia de los medios de que dispone y de su efecto difusor. El financiero Madoff no es sólo un oportunista del negocio sino un pervertido moral para el que los valores no cuentan frente a sus designios. La familia que permite a una catorceña convivir con un sujeto capaz presuntamente de matar es una auténtica ruina. El casi adolescente que mata a mansalva porque se siente frustrado, no es sólo un anómico cimarrón sino una víctima de un sistema social que ha eliminado su fundamento moral. No ha fallado el mercado por malicia de sus agentes como quieren los todavía paladines de su causa, sino porque la sociedad no ha encontrado frente a él el sólido parapeto de una axiología compartida. Rostand llevaba razón en su ironía: el pesimismo tiene más porvenir que nunca justo cuando el hombre dispone de más medios para la conquista del progreso. Echen una mirada alrededor y díganme cómo llevarle la contraria al ilustre sabio.

Robar al pobre

La investigación sobre el fraude a la Seguridad Social que se lleva a cabo en Granada cuenta ya con 180 detenidos, cifra que habla por sí sola de la condición masiva de esa delincuencia especializada en el robo a los fondos previstos para el socorro del parado. Cuatro millones y medios se ha llevado, al parecer, esa mafia que sólo es concebible en una circunstancia como la nuestra, es decir, en una sociedad subvencionada a tope en la que no debe de resultar más que difícil controlar al legítimo beneficiario y distinguirlo del fraudulento. No funciona un sistema de previsión que permite que se le cuelen defraudadores arracimados, ni un sistema penal que no se decida a poner ante quienes sientan esa despreciable tentación sanciones disuasorias.

Ahora, el uranio

De una vez por odas hay que conseguir que la evaluación de riesgos sanitarios derivados del Polo Químico se vea libre de presiones políticas (incluyendo las empresariales) para atenerse en exclusiva a un dictamen científico común y definitivo. No es posible continuar ofreciendo cada cual el informe que le conviene, sino que corresponde a la Junta asumir la responsabilidad y ofrecer un  único referente. Por ejemplo, en el nuevo asunto del uranio que parece que se detecta en los trabajadores próximos a las balsas de fosfoyesos, urge saber qué hay en ello de cierto para poder actuar con todas sus consecuencias. Hay demasiados fantasmas sobre Huelva, en todos los sentidos del término, por supuesto, y eso debe acabar.

Arca de Noé

Son frecuentes las noticias sobre perros y gatos en relación con la política, incluso al margen de la mera relación entre sus protagonistas. Quitando a los linces, al menos en España, pocas criaturas tienen tanta presencia política como esa dos especies domésticas que han adornado pro tradición la intimidad de los próceres retratando de paso, mejor que cualquier espejo, la recóndita condición de sus poseedores. El perro de Obama, quiero decir, el que el Presidente le ha regalado a sus hijas, será al fin un perro de aguas portugués, pero no sin antes haber elevado la polémica a niveles considerables puesto que había en la opinión ideas para todo, desde un razonado catálogo de razas hasta la propuesta derecha que sugería la adopción de un callejero como símbolo de gran alcance político, para suceder al relamido y fotogénico ‘Barney’ del último Bush (toquemos madera) como dueño y señor de los jardines presidenciales. Lo último en la materia, sin embargo, no va de mascotas sino de política pura, pues se trata de la iniciativa de una diputada del PSOE madrileño que ha lanzado sobre aquella abrumada Asamblea nada menos que 77 preguntas sobre la situación en que se encuentran perros y gatos dentro de esa hoy convulsa autonomía. La crisis puede esperar, el fantasma del paro, incluso las comisiones que investigan los escándalos recientes no parecen correr tanta prisa como saber qué tal les va en la vida a esos amigos del hombre tan incondicionales como ese minino de nombre ‘Boïan’, perdido en una mudanza, que acaba de recorrer, en la Siberia Oriental, setenta kilómetros hasta encontrar a sus dueños o como diría Antonio Burgos, hasta dar con su familia.

Yo no sé qué dirían los socialistas clásicos si levantaran la cabeza para ver en qué han quedado sus generosos maximalismos, pero tengo por evidente que una exhibición como la de esa diputada cae más lejos de Pablo Iglesias que del “mínimo y dulce Francisco de Asís”, el que trataba con los lobos y predicaba a los peces. Lo que no sé es que pensarán sobre el particular, arracimados en la cola del comedor público, esos miles de ciudadanos desarbolados por la crisis que andan comprobando lo poco que les sirve en la práctica una presunta izquierda que concentra su atención en las mascotas perdidas, en la suerte del lince, o en el carril bici antes que en sus duquitas negras, en las penas y problemas reales y urgentes que afligen al animal que hasta ayer se tuvo por el rey de la Creación. La frivolidad es un exponente incontestable en toda decadencia. Dentro de la política es, además, una estafa al electorado.

Crisis para largo

Los sindicatos de clase mayoritarios, es decir, CCOO y UGT, se han manifestado en Córdoba con discreto éxito en defensa del empleo aprovechando para decir que no ha llegado aún la hora las huelga general porque la crisis va para largo aunque, eso sí, se plantarán firmes ante la patronal y el Gobierno, y contengan la risa floja, por favor. Es curioso que hasta ahora sea la derecha la única fuerza capaz de mover la gente y llenar la calle frente a la crisis. Pero ni eso inquieta a estos síndicos que ya nos dirán como se van “a plantar” frente al Gobierno que los mantiene con el dinero de la “concertación social”. Menos lobos, porque esta crisis puede que acabe devorándolos también a ellos.

Preguntas, no

Mucho político cree que el derecho de los contribuyentes a la información sobre el uso de los recursos públicos es una prerrogativa caprichosa del Poder. No informar de lo que ha costado el obrón del Hotel París, por ejemplo, ¡y en plenas gurrumías de crisis!, no tiene sentido por más que se anuncien ventajas y ahorros. ¿Por qué apagar la luz, acaso se teme algo, qué partida puede intranquilizar a los responsables tanto como para dar esta muestra de opacidad? A lo peor no es ni siquiera eso sino mera soberbia y gesto despótico. Pues peor que peor. El dinero de la Dipu es de todos y su gestión tiene que ser transparente. Cualquier otra cosa es despreciar a la gente y pasarse la democracia pr el forro.