Bronca sindical

Lo que le faltaba al Polo, con las altas tensiones que está viviendo en medio de la crisis galopante, es una bronca sindical. Y ya ha estallado entre CCOO y UGT, entre las que se cruzan acusaciones de todo tipo y zarpazos de lo menos solidarios. ¿Creerán los  síndicos que ayudan a los trabajadores dirimiendo a dentelladas y en público sus diferencias que no son otra cosa que el producto de la competencia entre ellos? Una bronca sindical es lo que menos puede ayudar en este momento crucial, cuando hay problemas planteados, como el de los fosofoyesos de Fertiberia o el de los despidos de Tioxide que amenazan muy seriamente la misma continuidad de nuestra industria y hasta un zombi como Llamazares se entromete ya en esa riña tumultuaria.

Españoles desiguales

Muchos españoles acaban de descubrir los riesgos del ‘puzzle’ de las autonomías a propósito de la machada del ex-ministro de Justicia de cazar sin licencia en Andalucía, es decir, cuando se han enterado de que, en realidad, para tener derecho a cazar en toda España hacen falta no un permiso sino diecisiete (sin contar el preceptivo en Melilla), lo mismo que para pescar en nuestros ríos, de tal manera que si una trucha, como el otro día comentábamos, se pesca en la orilla de un río fronterizo, pero se debate hasta alcanzar la otra, el pescador perdería su trofeo en el caso de no poseer ambos permisos. Por supuesto hay supuestos peores, y de hecho ya nuestros enseñantes o nuestros sanitarios saben que sus colegas catalanes o vascos cobran más que ellos en Andalucía por realizar idéntico trabajo desde el mismo nivel. O ‘a más a más’, como diría el beneficiario de alguna de esas autonomías privilegiadas, que hasta para liquidarle al Estado los derechos por la herencia legítima o en razón del patrimonio, ocurre que los contribuyentes de las “diversas Españas” se ven tratados también de modo diferente en función del partido que las gobierne. Así, por ejemplo, las autonomías ‘peperas’ han suprimido aquella obligación en los casos de herencia directa (de padres a hijos) mientras las ‘sociatas’ las mantienen y, lo que es peor, y en ambos casos, con tratamientos diferentes según la comunidad. Un español paga más o menos impuestos, además de cobrar menos o más, eventualmente, dependiendo de qué formación política parta y reparta el bacalao en su territorio, así como puede  cobrar a fin de mes sueldos distintos según el color electoral de su comunidad. Bueno, después de todo, las mujeres vienen  cobrando un 30 por ciento menos que los hombres, y ahí las tienen.

Pocas cosas tan estupefacientes como el hecho de que en el seno de un Estado las cargas entre los ciudadanos se repartan de manera desigual, pocas tan absurdas como transferir esa potestad estatal supina que es la fijación de los impuestos a las numerosas piezas del rompecabezas constitucional. Lo que se está evidenciando cada día más al ciudadano es que el Estado de las Autonomías ha roto internamente al país histórico, beneficiando a unos ciudadanos “de primera” frente a otros descolgados por voluntad de su propia autonomía. En Andalucía, ésta madrugó una mañana encareciendo las transmisiones patrimoniales y duplicando los actos jurídicos documentados, mientras que si en Madrid y otras comunidades, la herencia es fiscalmente gratuita, o en Castilla-León, por ejemplo, goza de un tipo único (el 1 por ciento) casi simbólico, aquí hemos de pechar ante el notario apoquinando cantidades a veces prohibitivas. Como pueden ver, la trucha española se mueve siempre de manera caprichosa entre las inevitables dos orillas.

Dividir por dos

La oferta del PP al PSOE para buscar un “pacto andaluz por la educación” como base de un  progreso imprescindible para luchar contra el desempleo, ha sido frontal e inmediatamente rechazada. No quiere Chaves ni oír hablar de ideas ajenas, y menos de proyectos positivos pero no propios que puedan tener éxito, ni siquiera tratándose de una materia tan sensible (o quizá por eso) sin afrontar unidos la cual resulta difícil imaginar un progreso efectivo en nuestra comunidad. ‘Partidos’ quiere decir eso, por lo visto: cada uno por su cuenta y, a ser posible, nunca juntos. Chaves, presidente del PSOE, podría mirar hoy hacia el País Vasco antes de permitirse estos insensatos desdenes.

El término medio

Hombre, me parece una pasada calificar de “lujo asiático” el gasto de la Diputación en su nueva sede y despacho de su presidenta, como se ha hecho desde el PP, pero hay que reconocer, a la vista de la relación de encargos de mobiliario publicada por El Mundo, que se les ha ido la mano sobradamente. No hay manera, por lo visto, de encontrar siquiera de vez en cuando el término medio que en este caso equivaldría a rechazar ese dispendio que habrá de escandalizar a la Andalucía en crisis sin necesidad de meter por medio la metáfora del continente legendario. La Dipu tendría que ser suprimida más que limitada. En un régimen autonómico carece de sentido esa administración antaño ‘periférica’ hoy por completo prescindible pero económicamente prohibitiva.

A dónde vamos

“Soy un optimista respecto al futuro del pesimismo”. La frase no es mía, que más quisiera yo, sino de Jean Rostand, de su “Carnet d’un biologiste’, y la recordaban el miércoles los guasistas de ‘Le Figaro’, como si quisieran adelantar las noticias que en ese momento se estaban cociendo para el día siguiente. Una, un joven frustrado que en Alemania, en las cercanías de Stuttgar, mata a quince personas y luego se suicida perseguido por la policía. Otra, un segundo joven hace lo propio en Alabama y tiene el mismo fin en circunstancias parecidas. Un taxista que se lleva por delante en Murcia a la doctora que estaba tratándole el asma, una menor de catorce años, novia de un presunto asesino que vivía con ella en casa de su familia, enreda en los juzgados. ¿Qué nos está pasando?, se pregunta el gentío desconcertado ante la crecida de tanta inconsciencia, ¿tan profunda es la crisis social que atravesamos, tan minúsculo el poder, tan decaída la autoridad que ha de hacerle frente? Se suele repetir que en todas las épocas el hombre atento ha creído advertir signos más o menos apocalípticos a su alrededor y que en ninguna de ellas los profetas han sido escuchados, cosa que es bastante cierta aunque advirtiendo que en algunos de esos momentos –en el Barroco, por ejemplo–, la percepción de riesgo colectivo y desastre moral haya sido mayor o más aguda. La crisis actual, sin embargo, por la propia naturaleza de nuestras sociedades, parece irremediablemente más compleja y fatal. Los pesimistas llevan todas las de ganar cada mañana al abrir el periódico.

Hay una crisis moral profunda bajo la superficie de estas fenomenologías hoy deformadas por el efecto amplificador de las técnicas audiovisuales, un fracaso estrepitoso del sentido de lo justo, una debacle del equilibrio indispensable que resultan, a mi juicio, poco remediables habida cuenta de la potencia de los medios de que dispone y de su efecto difusor. El financiero Madoff no es sólo un oportunista del negocio sino un pervertido moral para el que los valores no cuentan frente a sus designios. La familia que permite a una catorceña convivir con un sujeto capaz presuntamente de matar es una auténtica ruina. El casi adolescente que mata a mansalva porque se siente frustrado, no es sólo un anómico cimarrón sino una víctima de un sistema social que ha eliminado su fundamento moral. No ha fallado el mercado por malicia de sus agentes como quieren los todavía paladines de su causa, sino porque la sociedad no ha encontrado frente a él el sólido parapeto de una axiología compartida. Rostand llevaba razón en su ironía: el pesimismo tiene más porvenir que nunca justo cuando el hombre dispone de más medios para la conquista del progreso. Echen una mirada alrededor y díganme cómo llevarle la contraria al ilustre sabio.

Robar al pobre

La investigación sobre el fraude a la Seguridad Social que se lleva a cabo en Granada cuenta ya con 180 detenidos, cifra que habla por sí sola de la condición masiva de esa delincuencia especializada en el robo a los fondos previstos para el socorro del parado. Cuatro millones y medios se ha llevado, al parecer, esa mafia que sólo es concebible en una circunstancia como la nuestra, es decir, en una sociedad subvencionada a tope en la que no debe de resultar más que difícil controlar al legítimo beneficiario y distinguirlo del fraudulento. No funciona un sistema de previsión que permite que se le cuelen defraudadores arracimados, ni un sistema penal que no se decida a poner ante quienes sientan esa despreciable tentación sanciones disuasorias.