La paz vertical

No quiere la Junta acceder al “pacto político contra la crisis” que le propone la leal oposición. Prefiere el modelo bien rodado de la “concertación vertical” pura y dura, empresarios y sindicatos a la sombra y en la nómina del Poder, a falta sólo de la sonrisa dentífrica del ministro Solís. Se trata de amarrar la eventual protesta, de asegurar el silencio callejero, de atar corta la libertad de los llamados “agentes sociales” (que no sé por qué han de ser sólo esos dos), antes que de enfrentar la crisis como un bloque sólido formado por tirios y troyanos, codo con codo. A la Junta le interesa más el pájaro en mano de esa “paz vertical” que la propia crisis. Como dirían en Cádiz, “el que la lleva la entiende”.

A buenas horas . . .

Desde el PSOE y la Dipu acaba de descubrirse la pólvora: Huelva, como provincia, anda mal promocionada, carece de ambición, no tiene una ‘marca’ lo suficientemente atractiva. Y lo han descubierto los mismos que llevan gobernando la provincia treinta años –en el Gobierno, en la Junta, en la Diputación–, como quien se cae del guindo sobre el colchón imaginario de la culpa ajena, que sería, ni qué decir tiene, la de la oposición. Es verdad lo que se dice desde la Diputación y conviene, en efecto, reaccionar ante ello, a ser posible con algo más que con viajes gratis total al extranjero e inexplicables oficinas por esos mundos de Dios. Nunca es tarde, pero admítase que nadie tiene tanta responsabilidad en el atraso relativo de Huelva como quienes la gobiernan desde que hay democracia.

El saber apócrifo

Llevo oídos  muchos elogios de la cultura de Internet. En especial sobre la utilidad exponencial de la información y la cultura acumulada y disponible en “motores de búsqueda” –creo que así se llama– o ventanas que en cuestión de segundos nos proporcionan datos hasta de los asuntos más rebuscados. Vicente Verdú puso a Wikipedia como ejemplo de esa carrera sin fin que se está viviendo en la Red en una de nuestras ‘Charla’ veraniegas, no sin dejar de reconocer los riesgos inherentes a un saber difícil de controlar y tantas posibilidades de abuso como ofrece un “libro abierto” de esas características, en el que cada quisque puede modificar el contenido, ampliarlo o corregirlo a placer, salvadas unos mínimos fielatos. Pues bien la prensa británica informa estos días de la broma de un estudiante francés que ha hecho picar de plano a varios periódicos de primer nivel (The Guardian, The London Independent, Daily Mail…) al reproducir, tomándola a ciegas, una cita textual del fallecido compositor Maurice Jarre –el autor de la música de ‘Lawrence de Arabia”, por ejemplo—que el audaz falsario consiguió “colgar” en la famosa enciclopedia cibernética al tercer intento. Y han sido de pena las excusas dadas por los timados, en general basadas en las prisas que rodean el quehacer periodístico, aparte de algunas protestas éticas reclamando rigor a la hora de “cortar y pegar” no importa de dónde en los propios trabajos. Internet ha abierto una nueva era en el comercio cultural, no cabe duda, benéfica en un sinfín de aspectos y sentidos, pero no exenta de estos peligros que amenazan con cuestionar la fiabilidad de esos “saberes rápidos”,  como se les llama ya en los círculos estudiantiles.

No hay progreso sin riesgo, ni siquiera en el saber más gratuito.

 

Claro que hay que reconocer que semejante riesgo no es exclusivo de de la blogosfera. Ahí están las auténticas estafas perpetradas por sabios eminentes que han sido descubiertas luego, en tantas ocasiones, por la crítica minuciosa, sin dejar de producir por ello efectos irreversibles. En Internet, no obstante, el riesgo se agiganta por la facilidad de acceso y por la inmediatez de los intercambios que han hecho del tráfico cultural un fenómeno irreconocible. Después de todo hay una infinidad de celebrados apócrifos que pasan por genuinos porque, como alguna vez dijo con ironía Italo Calvino, casi la totalidad de las frases célebres atribuidas a los grandes personajes jamás fueron pronunciadas por ellos, y si embargo son las que nos los hacen reconocibles a primera vista. La fluida corriente de la memoria colectiva es un “motor de búsqueda” de lo más ambiguo pero de lo más eficaz. Probablemente ni César dijo nunca “alea jacta est” ni El Rey Sol lo de “después de mí, el diluvio”, pero en ese perfil los conservamos vivos y estáticos en el museo de cera de nuestras convenciones.

El ámbito penal

Puede que lleve razón (uno es lego en la materia) el Fiscalk almeriense cuando sostiene que la divertida situación, a todas luces, fraudulenta, descubierta en la Diputación de Almería por una cámara oculta periodística, “no pertenece al ámbito penal”. Es posible, ya digo, pero, hombre, a algún ámbito punitivo habrá de pertenecer, una escena en la que varios “asesores” del PSOE almeriense explican con detalle que sus estupendos sueldazos políticos no son más que un truco del partido para “liberarlos” con cargo al contribuyente a través de las instituciones. Penal o no, ése es uno de los casos más desvergonzados de que haya memoria en la crónica autonómica. Sus responsables, en lugar de blandir querellas harían bien entonando el ‘mea culpa’. Por lo menos.

La prueba del romero

Será verdad, no digo yo que no, que el consumo se recupera de su retracción y los índices de confianza aumentan según las encuestas, pero ahí están las especulaciones en torno a la afluencia de romeros al Rocío e incluso la constatación de que se prevén dificultades importantes que afectan a mucha gente para indicar que la hondura y gravedad de la crisis resulta ya indisimulable. Es sabido, por supuesto, que estos acontecimientos, por su especial naturaleza, no son ejemplos idóneos para medir la realidad económica y social. De lo que ocurra este año en la romería podrán deducirse, en todo caso, conclusiones importantes.

El juez universal

Hay mucha gente desorientada con motivo de las repetidas actuaciones de los jueces de la Audiencia Nacional en procedimientos sobre asuntos extranjeros. En este momento, si no me olvido de alguno, esos magistrados están empapelando (hay 14 actuaciones en curso) a tres ministros del Gobierno chino por su actuación en los sucesos del Tibet, al primer ministro israelí por los bombardeos de Gaza, a los responsables de torturas en Guantánamo y hasta a la “sombra de padre”, al mismísimo ‘caudillo’ Franco, cuyas relaciones con el Holocausto se pretende esclarecer y sancionar. Naturalmente, como digo, muchos españoles se llevan las manos a la cabeza ante lo que, de entrada al menos, parece un mero prurito de “jueces estrella” siguiendo entusiastas la senda abierta –con evidente entusiasmo, hay que reconocerlo—por el juez Garzón cuando arremetió contra Pinochet y que le ha reportado, junto a la fama internacional, unos beneficios nada desdeñables. Pero no es así o no tiene por qué serlo, pues la realidad es que esas intervenciones judiciales obedecen al imperativo legal, ya que la Ley Orgánica del Poder Judicial consagra la competencia universal de la Audiencia, una ocurrencia política que los hechos están demostrando no sólo estrafalaria sino potencialmente peligrosa. El eco extraordinario de la acción contra Pinochet, por lo demás, produjo el efecto secundario de cohibir al legislador, incapaz en estos momentos de dar marcha atrás como reclama al sentido común y también, desde hace bastante tiempo, no pocos jueces entre otras razones porque, como bien sabía Pascal, si la fuerza sin justicia es tiranía, la Justicia sin fuerza es pura impotencia. Ya me dirán si no es puro vodevil esa imagen de su Señoría empapelando Ehud Olmert o a los ministros chinos, por no hablar de ese Hamlet interrogando en la niebla a la sombra del tirano.

 

Tienen que cambiar esa ley si no quieren comprometer aún más el prestigio de los jueces, ya lastimado sobradamente por las circunstancias, que se ven legalmente obligados a actuar, con independencia de que, en muchos casos, haya entre ellos quienes disfruten con la exhibición. Y más en un momento en que la estadística confirma el aumento imparable de los asuntos judiciales (un 20 por ciento en el último año) y en el que millones de expedientes duermen apilados el sueño de los justos, sin que la gente sepa, que es lo malo, que los Pedraz, Andreu, Moreno o Velasco no están haciendo con sus pintorescas pesquisas más que dar cumplimiento a lo que el legislador les ha impuesto. Estuvo bien mientras duró el show de Pinochet, con su instructor exhibicionista y sus lores empelucados, pero los hechos han derivado de tal modo que resulta inaplazable una reforma que devuelva la Audiencia a su alfoz y permita a los jueces dedicarse a lo que tanta falta hace. La alternativa sería pasar del discutido prestigio del “garzonazo” a convertir a nuestros juzgadores en el hazmereir del planeta.