Sobre jamones y chorizos

En el Parlamento se ha visto por encima el caso de los jamones y embutidos regalados por el PSOE de Cumbres Mayores a altos cargos de la Junta y del partido. Y otra vez la defensa –ahora a cargo del autodidacta Jiménez—ha echado mano de la sal gorda: “Los ciudadanos de Cumbres están con el sentido común y no con los fusilamientos al amanecer”. Vale, lo que quieran ustedes y dos huevos duros, pero ¿por qué un pueblo casi aldea ha de regalar lo que no tiene a los mandamases de la política? Eso queda fuera de la absurda razón dada por el autodidacta, que ha querido meter la guerra civil hasta en la despensa.

Leche y dátiles

La hospitalidad es una ley no escrita y universal. El cantero gótico representó a Abraham (todavía ‘Abrán’) ofreciendo  Melquisedec el pan y el vino cuando lo encontró en el desierto, a la vuelta de sus victorias contra los cuatro reyes. En Grecia los viajeros y los héroes eran acogidos con ceremonia en los palacios reales y en las islas de las brujas. En Roma pervive aún ese rito en las comidas de las curias donde se ofrecían frutas y tortas de harina en vajilla de barro sobre mesas de madera. En la Edad Media el peregrino era sagrado e inviolable antes de que el cristianismo confiriera a la hospitalidad clásica (Júpiter era su dios tutelar) carácter soteriológico. Los nómadas se ofrecen leche y dátiles a la puerta de la tienda. Es la vieja ley del Hombre para el Hombre, antes de que apareciera el licántropo, la regla de oro de la paz en un mundo que aún no necesitaba reglas para mantener la armonía, toda una cultura perdida, una ceremonia en almoneda en las sociedades modernas. Dar de comer al hambriento es una idea cristiana que el paganismo, religioso sin saberlo, observaba ya por mero instinto de conservación. Hoy se ha perdido. Miren si no esa ley que prepara el Gobierno ‘socialista’ en virtud de la cual se castiga con dureza al hospitalario, a todo aquel, persona física o jurídica, que tienda la escudilla u ofrezca techo al inmigrante, a quien le dé una manta o le alargue unas monedas, convirtiendo en delito la piedad milenaria expresada en esa tendencia inmemorial. Pocas veces se había llegado a semejante cota de ignominia, pocas el hombre había valido tan poco.

Han hecho la vista gorda mientras se explotó a esos desdichados, mientras se les estuvo envenenado bajo el plástico asfixiante de los invernaderos o alquilando con usura el cuchitril y el grifo, y ahora proponen un trato de perros para ese “ejército de reserva” que, sólo en veinte años, ha pagado con más de veinte mil vidas su viaje al paraíso imaginario. Los mismos que pregonan la “alianza de civilizaciones” castigan a quien se apiade de sus paraninfos, esos náufragos dobles que buscan desolados la patria en el fondo vacío del plato. No recuerdo una disposición más impía ni, por supuesto, un precepto más disparatado, que seguramente acabará explotando bajo la línea de flotación de este pragmatismo sin alma. Cuando Europa propone castigarnos como a país rapaz y cueva de ladrones, nos lucimos con el afarolado más innoble que pueda improvisar la maldad acordada con la ignorancia. La más vieja ley del instinto, esa religión cívica de la misericordia, borrada de un plumazo. Si a esta gente le queda algo del antiguo humanismo, que venga Dios y lo vea.

Baena como paradigma

Al tiempo que desde Bruselas se propone congelar la “corrupción endémica” de este castigado país, el propio partido del Gobierno se niega a ventilar con luz y taquígrafos en su Ayuntamiento de Baena, con el alcalde-senador a la cabeza, la famosa trama de las facturas falsas para pagar sobresueldos y puticlubs, que constituye una de las vergüenzas más aplastantes de los últimos agitados tiempos. No quieren saber, nada de claridades y menos de reconocimiento y expiación de culpas. El toque está en saber por qué, qué es lo que teme el PSOE que se averigüe a parte de lo que ya se sabe a ciencia cierta. Hay oscuridades cegadoras. A lo mejor es eso lo que temen.

¡Qué nivel!

La consejera de Gobernación de la Junta es una soberbia corralera. No se entiende de otro modo la respuesta dada en sede parlamentaria a la pregunta de la oposición sobre el gasto suntuario (y habrá pronto novedades en el caso, ya lo verán) realizado por la presidenta de la Dipu en su doble y céntrica sede de la capital. “A quien le pique que se rasque”, espetó esa verdulera (con perdón de las verduleras) a toda una Cámara: elevada noción de la política, noble idea de la responsabilidad, elegancia baturra de “don/doña Nadie” revestido/a de púrpura. ¡En manos de quiénes estamos! No se trata ya de política sino de educación elemental, pero habría que dignificar la vida pública librándola de personajes como esa malhablada consejera.

El negocio urbano

Parece ser que uno de los grandes problemas que se plantea la banca en crisis es cómo deshacerse de la masa de viviendas que los desahucios han echado en sus manos. Se dice que en las de las Cajas está el mayor patrimonio inmobiliario de su historia y un banco señero como el Santander, además de correr con los gastos de Garzón en sus aventuras americanas, proyecta ahora meter el hombro para tratar de vender esas viviendas que nadie está en condiciones de comprar. También que más de uno está amasando un fortuna colosal comprando a la baja lo que mientras duró la burbuja famosa llevó a una considerable mayoría ciudadana a al ilusión de creerse millonarios sobrevenidos, algo que no constituye ninguna novedad histórica pues bien sabemos que la especulación urbana es tan vieja como la civilización urbanita. Los historiadores atentos a la economía (los de la escuela de “Annales”, por ejemplo) vieron claramente la oportunidad que supuso el proceso de urbanización ocurrido en el siglo XIII, pero la cosa es mucho más antigua. En el estupendo blog del profesor Chic, encuentro una breve y brillante nota de Gonzalo Gala recordando la antigüedad del “pelotazo” y el caso de Marco Licinio Craso, el magnate de su  momento, que hizo la fortuna comprando solares de edificios incendiados (y quizá mandándolos incendiar él mismo: ‘nihil novum’, como ven) y reconstruyendo sobre ellos las célebres ‘colmenas’ romanas de muchas alturas que nos son de sobra conocidas. Gala recuerda la normativa romana que hubo de salir al paso de estos abusos entrando a saco en un mercado salvaje en el que podía uno cruzarse con Cicerón o el propio César, acreditados especuladores, y sugiere el absurdo que supone que en España nadie haya pensado en regular esa desbocada carrera  actuando sobre el propio mercado o limitando discretamente los créditos. Nada nuevo, en efecto, bajo el incorregible sol humano.

Ya metidos en harinas, el titular del blog echa su cuarto a espadas en el debate sobre el imaginario “fin del capitalismo” que algunos pretenden ver en la crisis, y lo hace para decir con acierto que probablemente nadie pueda con ese sistema que, en fin de cuentas, salvadas las precisiones conceptuales, nació allá en pleno Neolítico, entre los escombros de las murallas derrumbadas de Jericó. Y apunta que, divididos entre los 44 millones de españoles los 30.000 millones de euros que el Gobierno le ha largado a la Banca, cada español hubiera tocado a 682. He echado mano de la calculadora, incrédulo ante ese hallazgo. Y es verdad. Puede dormir tranquilo el ‘Tio Gilito’. Por que el que no daría yo duro de los antiguos es por el pato ‘Donald’.

O yo o nadie

Ése es le dilema habitual del PSOE, el principio metodológico que articula sus estrategias parlamentarias. Que presenta un proyecto el PP o IU, pues se le tumba con la mayoría absoluta o pactada a precio de oro, y a otra cosa, por necesaria y hasta urgente que pueda ser la materia que se propone regular. La atención a las víctimas, sin ir más lejos, fue antier rechazada por tercera vez en esta Cámara de piñón fijo, en ausencia de Chaves, para más inri, y argumentada por un tercerón desconocido que se agarró a la lenguaje duro y a la agresividad como a un clavo ardiente. Las víctimas pueden esperar. Hasta que el PSOE decida, por lo menos.