El ojo público

La vigorosa reacción de muchos afectados ha obligado a Google a retirar de la circulación cierto número de imágenes ofrecidas por su sistema “Street View”. Se trata de vistas en directo captadas por cámaras ocultas en las calles de las grandes ciudades, un sistema capaz de proporcionar fotos interactivas a 360 grados, es decir, ni más ni menos que la retransmisión en directo del espectáculo callejero. El debate sobre las cámaras callejeras está obviamente imbricado en la vieja cuestión ética y jurídica que complica las exigencias de la libertad con las derivadas del derecho a la seguridad, y tiene, me parece a mí, al menos a medio plazo, todas las de ganar como consecuencia de la creciente intranquilidad pública, tal vez inevitable en una sociedad tan compleja. Google ha accedido por esta vez a retirar de la Red las imágenes que resulten embarazosas para los retratados, así como las que recogen fachadas de inmuebles cuyos propietarios no lo desean o matrículas de coches que pudieran servir en malas manos para fines perniciosos, pero al mismo tiempo el invento acaba de estrenarse en la resistente Gran Bretaña, dos años después de funcionar en los EEUU además de los Países Bajos, Francia, Nueva Zelanda, Australia o Japón, y cuando en nuestro país mismamente ya no son ninguna novedad en el centro de Madrid o en las calles de Zaragoza, Bilbao o Almería entre otras ciudades. Especial resonancia han tenido las instaladas en la madrileña calle de la Montera o en otros enclaves ciudadanos convertidos en prostíbulos en régimen abierto, pero es evidente que la vigilancia callejera es cada día más una exigencia de la inquietud ciudadana. En ‘Gara’ leo que, en opinión de la izquierda aberchale, vigilar la calle es “meterse en el fangoso terreno del control social”. Y tanto, pero viniendo la advertencia de donde viene, insisto en que esta batalla la acabarán ganando los inquietos.

El tema está en entender la razón de la protesta tanto como la de la demanda, en legitimar el derecho al anonimato con la que está cayendo, pero sin olvidar la delicadeza de una cuestión en la que la más ahilada línea roja separa la lógica precaución del abuso. No entiendo la queja de un traficante de armas o de un tratante de blancas porque una cámara oculta desvele su crimen porque no es posible dudar de que la mera existencia de ese ojo público constituiría una medida eficacísima en infinidad de situaciones. La tensión entre libertad y seguridad no tiene fácil respuesta después de Erich Frömm. Saber que apuestan por la primera chulos, navajeros y proetarras, sin embargo, nos facilita circunstancial y considerablemente la elección moral.

Los olvidados

Olvidados de hecho, fuera de las frías estadísticas. Suman ya quinientos los ‘sin papeles’ llegados en patera a nuestra costa, pero casi no se habla de ellos porque no hay noticia que perdure. Emigran, empeñan cuanto tienen, se juegan la vida en busca de una oportunidad –como nosotros, como todos los pueblos alguna vez—para acabar tras unas alambradas en el mejor de los casos. Ninguna piedad se advierte ya hacia esos desdichados por parte de una sociedad en crisis que va teniendo también su propio infierno dentro. Es más fácil olvidar que cualquier otra reacción. No existe aquello de lo que no se habla.

Si lo pagara él…

Si la indemnización por despido improcedente la pagara el alcalde, todavía, pero que eche a quien quiera y le pase la factura a los vecinos, es demasiado. Y eso es lo que hace el alcalde de Aljaraque, decidido a excluir a rajatabla de sus plantillas públicas a todos y cada uno de los trabajadores que no sean de su cuerda partidista: aceptar la improcedencia y pagar con dinero de todos ese injusto capricho suyo. En la vida laboral pública, por lo demás, no debería admitirse ese truco del despido improcedente para librarse de “diferentes” políticos y pagar la clientela propia. No es justo que la hegemonía de un partido la paguen los ciudadanos y no el propio partido.

Retratos de África

No me ha sido fácil conseguir el visionado del documental de Natham Rissman sobre Malawi, una pieza escalofriante al parecer sugerida por Madonna al autor, que retrata una de esas Áfricas torturadas que todos lamentan y casi nadie ampara. Malawi, en la zona austral, tiene 12 millones de habitantes, de los cuales un millón, es decir, uno de cada doce, es un niño huérfano que encabeza un hogar al que el sida ha arrebatado los padres. Rissman ha rodado un documental en vivo, sin excluir comentarios de próceres (el inevitable Al Gore, ‘of course’), a uno de los cuales, Desmond Tutú, ha tomado en préstamo el título, “I am because We are”, es decir, la tesis misma del reportaje que viene explicar que los problemas a todos afectan lo mismo que las soluciones y que no hay sociedad problemática que pueda salvarse sin cierta idea fuerte de entidad colectiva. Tremendo panorama de necesidad, de hambre, de abandono, en el que la subsistencia es un reto diario y la escuela una palabra vacía, mientras la peste de nuestra era, ese sida incontenible, diezma implacable a los pueblos. Se explica el furor que ha despertado en todo el mundo desarrollado la afirmación del papa Ratzinger de que el condón podría empeorar la marcha de la epidemia, una sinrazón clamorosa que contrasta con la conmovedora realidad de una humanidad doliente que ignora casi todo sobre el contagio y cultiva ideas bárbaras sobre su prevención, incluyendo la violación de vírgenes incontaminadas. Me he puesto malo viendo ese reportaje que ojalá llegue pronto a nuestros ‘medios’ y a nuestras conciencias. Y ya de paso a ver si llega también a otras más encumbradas.

Bien es verdad que contrasta esa absurda actitud pontificia y su ‘receta’ de “transformación moral” de esos miserables abismados en su particular neolítico, con el diagnóstico preliminar que servirá de apoyo al próximo sínodo sobre el continente negro, un certero y durísimo zarpazo sobre el papel de las oligarquías locales pero también sobre el jugado por los neocolonizadores, el egoísmo, la avaricia, la sed de poder, las guerras provocadas o la estrategia de aplastar las iniciativas aborígenes. Vale, pero ¿qué ocurrirá mientras tanto con la población expuesta al sida, como imaginar que una reforma de las conciencias logre detener la catástrofe, en qué moral basar la prohibición de métodos tan elementales de preservación? Ha dicho Ratzinger, hablando por boca de un amigo desaparecido, el cardenal Gantin, que la tarea de su iglesia ha de cifrarse en una auténtica “teología de la fraternidad”. ¡Y a mí que eso me suena, aunque con sordina, a teología de la liberación! No me hago ilusiones, pero tendría guasa que acabara recentándose a África la misma medicina que se anatematizó en América.

Contratos a medida

Cada vez está más claro que uno de los factores decisivos de la corrupción hay que buscarla en los contratos de las Administraciones, esas trampas derivadas de la propia ley en virtud de las cuales se “legaliza” todo lo ilegalizable. El informe de la Cámara de Cuentas para el 2007 es aplastante: “casi todos” los contratos y subastas de la Junta, por ejemplo, son tramposos, eluden el control alegando urgencia o se saltan sin pértiga lo que se tercie. Una merienda de negros que, a estas alturas, se ve, no ya como normal, sino como inevitable.

A cal y canto

La Diputación se cierra a cal y canto. El PSOE no está dispuesto a mostrar en exposición las obras presuntamente suntuarias y el costosísimo mobiliario adquirido a costa del contribuyente para satisfacer el afán de notoriedad de estos dirigentes que menos mal que son de modesta extracción porque si fueran de alcurnias altas acababan con el cuadro. Ni hablar de dar cuentas cabales, y es legítimo presumir que por algo será, pues a nadie incomoda dar explicaciones pertinentes cuando nada tiene que temer. Todo indica que se han gastado el manso en el mal llamado “palacete”. La oposición no logrará nada pidiendo que se investigue el caso pero sí que logrará dejar en evidencia a los gastosos.