Prietas las filas

Se equivocan los partidos –lo comprenden el país entero—amparando a sus presuntos corruptos a pesar de las clamorosas evidencias que se multiplican. El PP en el “caso Correa” lo mismo que el PSOE en los suyos. La defensa a ultranza de la tragicomedia de Baena, por ejemplo, es ridícula, porque cualquiera que haya oído las cintas grabadas por orden del juez sabe a qué grado de abyección  llegaban sus protagonistas, y porque proponer un complot que incluye al PP, IU, la Guardia Civil y Luis Carlos Rejón no puede resultar más que desopilante. Lo que hay que preguntarse es  la razón de ese apoyo. Ahí es donde está la clave de estos cierres de fila.

Ante la Historia

La presidenta de la Dipu nos ha emplazado ante la Historia, nada menos, para valorar su paso despilfarrador por el organismo. Lo que no ha hecho es dar una sola razón que justifique el enorme gasto de la nueva sede ni mostrar un papel en condiciones que despeje las dudas sobre la legalidad de la operación. La Historia incluye el presente y lo que este presente tenso no podrá explicarse es por qué se han tirado por la ventana 4 millones de euros en alquileres suntuarios y muebles de lujo. Esta “nueva clase” deja chica a la que entrevió Djilas y gastan bastante más desahogo que aquella.

El fiasco radical

Ayer apenas había rastro en la prensa española de la muerte del ex–presidente argentino Raúl Alfonsín –“Sic transit gloria mundi!”–, el hombre que despertó un vendaval de admiración progresista en todas partes allá a comienzo de los años 80, y con cuyo “radicalismo” de partido creyeron adecuado identificarse los diversos progresismos del momento. Yo estuve en Buenos Aires justo entre la salida de Alfonsín y la llegada de Menem, en aquel momento terrible de desfondamiento de una nación en que la inflación había llegado a crecer un 200 por ciento mensual y los pobres se multiplicaban por día y a la vista de todos, un país rehén de su moneda depauperada en el que el turista reinaba intratable en un mercado que era más bien una almoneda. Alfonsín debió irse antes de tiempo empujado por el neoperonismo y dejó una mala herencia que sus sucesores se encargaron de empeorar con una disparatada carrera de nacionalizaciones amañadas y medidas que obligaban al consumidor a esperar, por ejemplo, el fin de la carrera del taxi o el postre de la comida para adaptar el precio a la evolución horaria del dólar. Pero la conclusión que saqué de todo aquello fue que el desastre económico –la famosa “hiperinflación” que ataba de pies y manos al país—no era ajeno a la catástrofe ética y moral provocada por aquella esperanza blanca que fue el radicalismo más rapaz de que haya memoria. En aquel país en cuadro, en el que incluso en la gran urbe, se apagaba la luz por barrios para economizar, todo estaba en venta: personalmente he visto venderle a un periodista español, por mil dólares cabales, las grabaciones oficiales del juicio de los militares de la dictadura. Raúl Alfonsín defraudó a todos al permitir la institucionalización de las corrupciones hasta niveles casi desconocidos incluso en Argentina. El signo político no es garantía de nada, está visto.

 

Pero llama la atención este silencio, este olvido del hombre sin duda bienintencionado que llegó a procesar a los “milicos” devolviendo a su patria siquiera la ilusión de un gobierno normalizado y libre, al fin, de la inacabable perspectiva del golpe de Estado. Quizá su larga influencia en la política más allá de su mandato se explique por ese resto de respeto que logró conservar a pesar de la debacle ética que no fue capaz de impedir, cuando en la Argentina “se vendía todo lo público a precio de saldo” y “todo lo privado a precio de empeño”. Pocos han recordado a Alfonsín fuera de Argentina en el momento de su muerte. Quizá funciona todavía el resquemor ante el fiasco vivido por tanta gente como quiso mirarse en él como en un espejo antes de que trituraran su proyecto aquella cuadrilla de logreros.

La cocina del SAS

La Junta, o sea la consejería de Salud, se jalea sola, como los flamenquitos de colmao. Por ejemplo, con esa encuesta “sobresaliente” en la que no se indaga sobre los dos grandes problemas que tiene planteado el sistema público, a saber, las listas de espera y las urgencias. Que viene a ser como contestar al cuestionario respondiendo que todo va sobre ruedas… “quitando lo que ustedes saben”. Pocos ejercicios impertinentes como éste con el que Salud insulta al sentido común de los ciudadanos, pocos desplantes tan cínicos. La Junta prohíbe la crítica e impone “de encargo” su verdad, incluso sobre la sufrida evidencia de los contribuyentes.

Calabozos sin luz

El alcalde accidental de Valverde, el ‘bienpagao’ que se pasó de IU al PSOE con armas y bagajes, ha negado a su antigua coalición el elemental derecho humanitario a fiscalizar el estado de los calabozos –el “avellano” valverdeño—ya denunciado como intolerable por el Defensor del Pueblo. Dale cuatro duros a uno de estos profesionales de la política y será tu mejor cancerbero, incluso si se trata de morder la antigua mano amiga. Es ahora cuando el Defensor del Pueblo debería proceder de oficio y cuando la autoridad judicial –ladre o no ladre Cerbero– tendría que pronunciarse sobre el estado de esas dependencias imprescindibles.

Disciplina inglesa

A la ministra inglesa de Interior la ha pillado, en plena preparación de la cumbre del G20, un escandalillo que, visto desde esta Jauja nuestra, no deja de parecer insólito. Resulta que a la ministra, Jacqui Smith le han sacado los tabloides una nota de gastos en la que incluía el alquiler de cinco inocentes videos más dos calificado de ‘X’ que habría adquirido y cargado en cuenta su marido durante una ausencia de la esposa. El importe total es de 20 euros, no vayan a creerse ustedes, cantidad que la sorprendida se ha apresurado a reintegrar tras dar cumplidas excusas a la prensa, a pesar de lo cual algunos medios, como el ‘Daily Express’ reclaman todavía su dimisión fulminante por considerarla éticamente contaminada. Rodeado de alcaldes mangantes que guardan su botín bajo el colchón o pagan con facturas falsas sus devaneos putiferarios, comprenderán que este tipo de sucesos más provocan admiración por un sistema implacable que otra cosa, pues hay que imaginar el estupor de nuestros predadores al enterarse de que deslices tan irrelevantes y dispendios de tan menguada significación pueden dar origen en una democracia consolidada a reacciones que aquí no se contemplan siquiera para escándalos mayúsculos perpetrados desde la más indecente conciencia de impunidad. Contrasta el tenor de las excusas de la “Home Secretary” con el tono sinvergüenza recogido en esas cintas policiales en las que se habla de apropiarse de lo público con la misma naturalidad con que podría tratarse un asunto de puro trámite. En todas partes hay corrupción, ya sé, no hace falta que me lo recuerden. Pero les sugiero que compare la ingenua odisea de Jacqui Smith con la suerte de los alcaldes de Baena o Alcaucín, y luego continuamos hablando.

 

Hace poco nos dijo Melchor Miralles en una “Charla de El Mundo” que no se determinaba a calificar la corrupción como ‘generalizada’ o como ‘universal’. Uno tampoco se atreve, pero a la vista está que hay ambientes políticos y sociales donde todavía el corrupto, incluso el diminuto u ocasional, se las taerá tiesas con una opinión para la que la ética mantiene su fuero intacto en lugar de ser papel mojado. Veinte euros de nada han sido suficientes para amargar a una figura del Gobierno británico precisamente en fechas de lo más comprometida para su ministerio. Al margen de la casi anécdota, la verdad es que su historia deja en el aire una discreta esperanza para mucha gente. Para esa legión de contribuyentes que se niega a aceptar como inevitable la gestión miserable de la vida pública.