El fin y los medios

No acabo de explicarme tanto revuelo porque Le Pen, ese paradigma de la mediocridad autocrática, pudiera llegar a presidir la asamblea europea como miembro de mayor edad. Los casos de políticos que han utilizado medios contrarios a sus ideologías son innumerables y de todos los tiempos, como sabe cualquiera que se haya asomado a la Historia. Pongamos el caso, hoy en boga, de nuestra idealizada Segunda República, aquella ocasión perdida (lo dijo hasta Primo de Rivera) en la que no creían ni unas Derechas que la usaban sólo como fase en el camino hacia el ideal fascista, ni unas izquierdas sovietizantes en las que los discretos que se percataron de ese riesgo invalidante, para qué vamos a engañarnos, no pasaron de excepciones. Liberales tan eminente como Marañón u Ortega contribuyeron a la beatificación democrática de Pablo Iglesias –un personaje sin duda honrado que es preciso interpretar en su contexto histórico y nunca fuera de él—sin reparar, o reparando, vaya usted a saber, en que ‘el Abuelo’ que dibuja con trazo devoto Juan José Morato y venera a un tiempo toda una tradición obrera y burguesa, no ocultó nunca su aceptación meramente instrumental de la democracia que entonces se llamaba “burguesa”, y llegó a decir cosas como que estaría dentro de la legalidad mientras ésta le procurara sus objetivos pero ni un segundo más cuando no fuera así, o que aceptaba el sufragio universal como “medio de agitación y propaganda” pero nada más, sin contar con la desdichada frase con que satanizó a Maura en 1910: “Antes de que su Señoría llegue al Poder llegaríamos hasta el atentado personal”. Le Pen puede negar las cámaras de gas, el muy imbécil, pero no creo que se atreviera a arengar en sus mítines con declaraciones de ese tenor.

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El fascismo es, más allá de su fenomenología política, una invariante de la ambición política, razón por la cual, si no constituyera evidente anacronismo, podríamos decir que tan fascista fue César como Fini, mantenga o no en su despacho el busto del Duce. El Poder tiende a su dimensión absoluta y por esa inclinación se salta a la torera, llegado el caso, hasta los más elementales condicionantes ideológicos. ¿Qué más da, en consecuencia, que el merluzo de Le Pen, un bárbaro irredimible, reine por un día encaramado en su tribuna? Un euroescéptico como Vaclav Klaus reina hoy sobre Europa desde el Castillo al que Kafka miraba con terror desde el puente de Carlos IV reflejado en las aguas del Moldava, y nadie se rasga por ello las vestiduras. La política es ante todo instrumentalización. Olvidar eso de vez en cuando puede resultar tan políticamente adecuado como ingenuo de necesidad.

Los hermanos de la costa

Desde Bruselas la UE nos amenaza con quitarnos los fondos de cohesión –vitales en estos tiempos pasados—como sanción por el descomunal abuso perpetrado por la construcción en la costa con el consentimiento de las Administraciones. Un abuso que ya denunció la propia ministra Narbona y sobre el que se han desgañitado los ecologistas sin el menor resultado positivo. Y encima ahora trata el consejero del ramo de quitarse de encima el muerto echándoselo a la inversión extranjera y a la ambición indígena. Cuentos. Todo el mundo sabe que la ficción del crecimiento se basaba en ese festín y que, por eso mismo, la Junta la amparaba mientras los Ayuntamientos hacían su agosto.

Sobre jamones y chorizos

En el Parlamento se ha visto por encima el caso de los jamones y embutidos regalados por el PSOE de Cumbres Mayores a altos cargos de la Junta y del partido. Y otra vez la defensa –ahora a cargo del autodidacta Jiménez—ha echado mano de la sal gorda: “Los ciudadanos de Cumbres están con el sentido común y no con los fusilamientos al amanecer”. Vale, lo que quieran ustedes y dos huevos duros, pero ¿por qué un pueblo casi aldea ha de regalar lo que no tiene a los mandamases de la política? Eso queda fuera de la absurda razón dada por el autodidacta, que ha querido meter la guerra civil hasta en la despensa.

Leche y dátiles

La hospitalidad es una ley no escrita y universal. El cantero gótico representó a Abraham (todavía ‘Abrán’) ofreciendo  Melquisedec el pan y el vino cuando lo encontró en el desierto, a la vuelta de sus victorias contra los cuatro reyes. En Grecia los viajeros y los héroes eran acogidos con ceremonia en los palacios reales y en las islas de las brujas. En Roma pervive aún ese rito en las comidas de las curias donde se ofrecían frutas y tortas de harina en vajilla de barro sobre mesas de madera. En la Edad Media el peregrino era sagrado e inviolable antes de que el cristianismo confiriera a la hospitalidad clásica (Júpiter era su dios tutelar) carácter soteriológico. Los nómadas se ofrecen leche y dátiles a la puerta de la tienda. Es la vieja ley del Hombre para el Hombre, antes de que apareciera el licántropo, la regla de oro de la paz en un mundo que aún no necesitaba reglas para mantener la armonía, toda una cultura perdida, una ceremonia en almoneda en las sociedades modernas. Dar de comer al hambriento es una idea cristiana que el paganismo, religioso sin saberlo, observaba ya por mero instinto de conservación. Hoy se ha perdido. Miren si no esa ley que prepara el Gobierno ‘socialista’ en virtud de la cual se castiga con dureza al hospitalario, a todo aquel, persona física o jurídica, que tienda la escudilla u ofrezca techo al inmigrante, a quien le dé una manta o le alargue unas monedas, convirtiendo en delito la piedad milenaria expresada en esa tendencia inmemorial. Pocas veces se había llegado a semejante cota de ignominia, pocas el hombre había valido tan poco.

Han hecho la vista gorda mientras se explotó a esos desdichados, mientras se les estuvo envenenado bajo el plástico asfixiante de los invernaderos o alquilando con usura el cuchitril y el grifo, y ahora proponen un trato de perros para ese “ejército de reserva” que, sólo en veinte años, ha pagado con más de veinte mil vidas su viaje al paraíso imaginario. Los mismos que pregonan la “alianza de civilizaciones” castigan a quien se apiade de sus paraninfos, esos náufragos dobles que buscan desolados la patria en el fondo vacío del plato. No recuerdo una disposición más impía ni, por supuesto, un precepto más disparatado, que seguramente acabará explotando bajo la línea de flotación de este pragmatismo sin alma. Cuando Europa propone castigarnos como a país rapaz y cueva de ladrones, nos lucimos con el afarolado más innoble que pueda improvisar la maldad acordada con la ignorancia. La más vieja ley del instinto, esa religión cívica de la misericordia, borrada de un plumazo. Si a esta gente le queda algo del antiguo humanismo, que venga Dios y lo vea.

Baena como paradigma

Al tiempo que desde Bruselas se propone congelar la “corrupción endémica” de este castigado país, el propio partido del Gobierno se niega a ventilar con luz y taquígrafos en su Ayuntamiento de Baena, con el alcalde-senador a la cabeza, la famosa trama de las facturas falsas para pagar sobresueldos y puticlubs, que constituye una de las vergüenzas más aplastantes de los últimos agitados tiempos. No quieren saber, nada de claridades y menos de reconocimiento y expiación de culpas. El toque está en saber por qué, qué es lo que teme el PSOE que se averigüe a parte de lo que ya se sabe a ciencia cierta. Hay oscuridades cegadoras. A lo mejor es eso lo que temen.

¡Qué nivel!

La consejera de Gobernación de la Junta es una soberbia corralera. No se entiende de otro modo la respuesta dada en sede parlamentaria a la pregunta de la oposición sobre el gasto suntuario (y habrá pronto novedades en el caso, ya lo verán) realizado por la presidenta de la Dipu en su doble y céntrica sede de la capital. “A quien le pique que se rasque”, espetó esa verdulera (con perdón de las verduleras) a toda una Cámara: elevada noción de la política, noble idea de la responsabilidad, elegancia baturra de “don/doña Nadie” revestido/a de púrpura. ¡En manos de quiénes estamos! No se trata ya de política sino de educación elemental, pero habría que dignificar la vida pública librándola de personajes como esa malhablada consejera.