Museo de la nada

En el pueblo aragonés de La Muela, últimamente en la picota por enredos municipales, existen y funcionan un museo del Viento, otro del Aceite y un tercero de la Vida, pero no hay Instituto. En Europa se crea un museo al día desde 1990, según ha comentado con sorna ese atractivo filósofo que es el ex-ministro Luc Ferry, autor de una extensa obra entre la que me permito recomendar al lector “Aprender  a vivir”, un delicioso ejercicio de reconciliación de la filosofía con la curiosidad que le dio origen. Vivimos una era bastante iletrada en la que se lee poco pero se vivita mucho museo, en ocasiones rompiendo todas las expectativas como ha ocurrido, una vez más, con las recientes muestras de Picasso y Andy Warhol, un fenómeno que plantea a la sociología de la cultura la curiosa cuestión de decidir qué es lo que hace posible que un público tan alejado de la cultura en sentido lato, muestre tan desenfrenada afición por un arte en muchas ocasiones previsiblemente inasequible a su estimativa. Claro que no es difícil conjeturar que el auge del museo venga determinado por la boga del turismo y responda, en consecuencia, a la razón consumista antes que a ninguna otra. Ferry mismo señala que, después de todo, el valor de la obra de arte no es diferenciable hoy del de otros objetos museizados, lo que permite el absurdo de que una ocurrencia como el urinario de Duchamp valga tanto como un Veermer y un monocromo de Klein lo mismo que un Van Gog. Se ha eliminado la “dimensión del sentido” a favor de un supermercado cultural en el que lo mismo se disparan los precios de obras maestras que se pagan fortunas por un coche antiguo. Dice el filósofo que la masificación del museo no es más que una forma de embrutecimiento de la sociedad de consumo, descalabro al que ha contribuido especialmente la acción corrosiva de un vanguardismo deplorable pero venerado. El museo historifica los objetos y ello deslumbra a un mundo que ha perdido el sentido de la historia. Hay paradojas resplandecientes.

 

Quizá pasó el tiempo en que el museo permitía al aficionado abismarse en sus colecciones, soñar ante una obra dilecta, acogerse a sagrado a la sombra del cuadro revisitado o de la escultura preferida, siempre desde la conciencia de quien, siquiera imaginariamente, habitara un ámbito propio. Hoy el museo es bulla, visita masiva e indiferente aunque quizá también búsqueda de ese sentido extraviado que el hecho mismo de la exposición confiere al objeto expuesto. Un museo diario son demasiados museos, obviamente. Quizá se está cumpliendo sin que lo advirtamos la profecía de Malraux.

Botón de muestra

Un supermercado asaltado en la localidad onubense de Palos de la Frontera por cuatro inmigrantes hambrientos (trataron de comerse crudas las salchichas hurtadas). Un buen botón de muestra de la que tal vez se avecina con motivo de esta crisis cruel que para muchas personas no es una contrariedad sino una tragedia. Ojo al caso, porque no parece casual sino indicativo, sugerente, de lo que pueda ocurrir en un futuro si no cambian las circunstancias, lo cual no parece fácil. Hay hambre y eso es lo último. Tomar a título de inventario incidentes como el aludido no es más que una prueba de ingenuidad o de imprevisión.

Sol y sombra

Buen dato del empleo: Huelva es la provincia andaluza en la que el mes pasado aumentó menos el paro. Mal indicador de la gestión: seis de cada diez Ayuntamientos onubenses no han presentado aún ante la Cámara de Cuentas las suyas correspondientes al año 2006, lo cual es una demostración patente de desprecio por la legalidad e indiferencia ante la administración tantas veces calamitosa que nos aflige. Sol y sombra sobre nuestra realidad sociopolítica, cal y arena de cara a un futuro incierto para todos en la autonomía y más que inquietante para los onubenses. Si la economía nos da una tregua la política nos acucia. No quiero ni pensar en la situación si aquella, como es probable, vuelve por sus deprimentes fueros.

El oso en la cancha

Insisten algunos sabios en colocarnos la trola inmensa del control neurológico del deseo y, más concretamente, la idea de que los avances de esa ciencia prodigiosa permitirían hoy operar desde una disciplina que se podría llamar “neuromartketing” por dedicarse a indagar en el córtex o bucear en lo profundo para averiguar los mecanismos de la elección del consumidor, es decir, para apoderarse de él. Ha habido ya importantes congresos y pueden verse en la Red ‘sitios’ en que se ofrecen los supuestos servicios de una psicología del consumidor capaz de facilitarnos las claves del éxito comercial. Pero la verdad es que, a medida que se va sabiendo más y que más cercanos nos quedan los enigmas del cerebro, menos verosímiles son esas ofertas que, por lo general, vienen a ilusionar con la promesa de la posibilidad de programar la oferta a la mediad estricta de la demanda, como si la decisión (la de adquirir o cualquier otra) no fuera, en última instancia, una maniobra racional por mucho que pueda hundir sus raíces hasta el abismo reptiliano. El profesor José María Delgado me descubrió una grabación de un partido de baloncesto entre chicos y chicas en el que los testados –a los que se les incitaba a contar las intervenciones de ambos sexos—resultaban incapaces de ver a un oso de grandes dimensiones que, en un momento determinado, cruzaba por la escena. Y yo recuerdo otro que hace muchos años se exhibía en los cines de París en el que la cuidada y agobiante visión de una travesía del desierto, convenientemente trufada de imágenes subliminales de una coca-cola, provocaba una verdadera estampida hacia la cantina en el intermedio en busca de esa “chispa de la vida”. Se han empeñado, sin éxito por el momento, en convencernos de nuestra condición de víctimas del consumo. De lo que no estoy nada seguro es de que no acaben consiguiéndolo.

 

Quizá no sea humanamente provechoso sino todo lo contrario, reducir la humanidad a su dimensión biológica, como pretende hacer este materialismo sin etiqueta que se entretiene en espiar las reacciones de nuestro cerebro reduciendo el deseo a una mera variable o encerrándolo a cal y canto en una estadística entre cuyos pliegues se pretende localizar la voluntad, esa facultad prodigiosa que, en última instancia, se resuelve en razón pura y dura. Nadie se compra una camiseta o un perfume porque se lo imponga el íntimo reptil sepultado en nuestra mente, hace tanto tiempo, por la evolución salvadora. Aunque funcione la oferta imaginaria que presenta al consumidor como un “mente captus”. Después de todo, el mercado sabe que, como corderos, no tenemos precio.

La estafa más infame

No es la primera vez que ocurre y lo triste es que haya de ser alguna organización civil la que lo denuncie desde fuera, como si en los ámbitos provinciales no resultara fácil un control policial en las mismísimas oficinas públicas. La estafa a inmigrantes en la propia Oficina de Extranjería, aparte de un crimen canallesco, constituye un ultraje injustificable por parte de los responsables políticos y policiales, y es una de las ocurrencias más miserables que haya podido inventar esta garduña picaresca. ¡Robar a un desgraciado que busca un pedazo de pan! La inmigración merece unas garantías que ni de lejos les ofrece hoy un país que incluso permite que la estafen desde su misma sede.

La UHU, nueva etapa

Tras la campaña no poco dura de estas semanas, la Onubense ha reelegido rector por un margen contundente, casi un 60 por ciento de los votos. El rector Martínez –tan cercano que se anunciaba electoralmente como ‘Francis’– recibe así el espaldarazo a una gestión que, a la vista está, es valorada positivamente por una aplastante mayoría y tiene ahora ante sí el reto de rematar con una nueva legislatura el trabajo de sus primeros cuatro años. La UHU se ha reforzado, sin duda en ese periodo, se ha abierto a la sociedad y, a pesar del momento crítico que vive el modelo universitario, ha hecho no poco por modenizarse y modernizar su enseñanza. Un buen  comienzo que tiene todo el sentido prorrogar a quien le corresponde el mérito en mayor medida.