El declive político

Cuando discutimos sobre el increíble enredo en que se halla inmersa la política española solemos olvidarnos de algo tan sencillo y obvio como es el declive de la “clase política”. Tenemos hoy en nuestro Parlamento y el resto de nuestras instituciones, el peor plantel de personajes políticos no sólo de la democracia sino tal vez de nuestra historia, un hecho que tiene fácil comprobación con un simple repaso a la información gráfica que nos demuestra lo insondable de nuestra crisis indumentaria. Hemos pasado, casi sin darnos cuenta, de la cartera a la mochila, de la formalidad en el vestir a la funcionalidad más ramplona, de los viejos currículos apretados de títulos a esos historiales que caben en un papel de fumar y sobra sitio, y eso es algo que va a pagar España, no ya a lo largo de una legislatura casi imposible, sino ya, de entrada, cuando se constituyan una instituciones ocupadas por paracaidistas ocasionales procedentes de la agitación callejera o de la astucia mediática. Nunca hemos dispuesto de un elenco tan desastrado e inexperto como el que ha salido de las últimas elecciones generales que será, por lo demás, el que habrá de enfrentarse, más tarde o más temprano, a la exigente política que nos impone la crisis y la pertenencia a la Unión Europea. Y no es que uno eche de menos a los Romanones de chaqué y chistera, sino que un somero conocimiento de lo que es la política y la Administración nos avisa del riesgo de un informalismo que más que expresar novedades anuncia un más que probable descalabro.
Nuestra democracia ha heredado de la Dictadura que la precedió la idea de que la política práctica puede depositarse en manos de cualquiera con tal de que el beneficiado mantenga lealtad a su fautor. Ha bajado el nivel de formación de nuestros cuerpos funcionariales, multiplicados en las autonomías, y ahora, además, se ha abierto la puerta a la calle para que penetren en el “sancta santorum” los más bullangueros de la chirigota, que no suelen ser, normalmente, los mejor formados ni tienen por qué ser los más inteligentes y capaces, y ello en el peor momento histórico que ha vivido España en régimen de libertades. Aseguran los expertos que el descenso del paro no ha sido espectacular en diciembre a causa de la incertidumbre de los inversores que reclaman ante todo, como es natural, una seguridad jurídica que el cuadro que acabo de describir dificulta sin duda. Jamás ha alcanzado la política española un fondo tan abismado.

Suum cuique

Lo dijo el romano: dar a cada uno lo suyo. En el Parlamento de Andalucía hay que lamentar el acuerdo unánime de los partidos en trincar sueldo, dietas e indemnizaciones se trabaje o no en la institución, un acuerdo provocador en esta hora de ajustes y recortes. No les da vergüenza atribuirse dos meses de vacaciones pagadas –enero y agosto—mientras la muchedumbre se aprieta el cinturón. Todos menos Podemos, hay que reconocerlo, lo que demuestra la debilidad ética y política de las formaciones clásicas y hasta qué punto han asumido los representantes del pueblo la desvergonzada capacidad de regularse a sí mismos trabajos y privilegios. Si esos son los encargados de controlar al Gobierno, imagínense lo que podrá hacer éste.

Curiosidad infantil

Escucho a una experta por la radio. Cuenta que cuando explicaba a unos niños que la Luna gira alrededor de la Tierra y que ésta lo hace alrededor del Sol, uno de ellos le lanzó el dardo de la inocencia: “Y entonces, Seño, el Sol alrededor de quién gira”. Confiesa que no sin incomodidad les ha explicado que el Sol, como todas las estrellas de nuestra galaxia, giran en una milenaria danza astral, alrededor de un gigantesco agujero negro que va engulléndola poco a poco –es un decir—sin que nadie tenga idea ni repajolera idea de qué es lo que sucede tras su “horizonte de sucesos”. Los niños tienen una robusta curiosidad comparados con los adolescentes y, por supuesto, con los jóvenes recién barbados, quienes, por lo visto, pierden ese interés por el enigma que secretamente arrastra la imaginación infantil. ¿Por qué el hombre nace curioso y, salvo raras excepciones, pierde luego la curiosidad, sustituida acaso por un pragmatismo que tal vez ya no le abandone nunca? No lo sabemos, pero así es y mucho me temo que irá a peor a medida que destruyamos la inocencia feliz e inquisitiva a base de esos milagros electrónicos que la santa infancia aprende a manejar mejor que nadie por el simple pero científico procedimiento de “prueba y error”. Según los expertos, la zanja que separa las primeras etapas de la vida es ya casi insalvable pero también es seguro que irá ensanchándose con el tiempo.
Sospecho que la futura pedagogía deberá introducirse en esos trebejos electrónicos si quiere aprovechar el vertiginoso progreso tecnológico que, sin darnos cuenta apenas, nos lleva en volandas. Nada explica mejor la entidad y vida de una célula, pongo por caso, que un diseño visual adecuado, en el que el neófito “vea” lo que tiene que “entender”, pues ya Heisenberg demostró en su día que nuestro cerebro requiere –tal que en la caverna platónica– “ver para entender” aunque sea por sombras: sólo somos capaces de comprender lo que es visualizable, lo que la imaginación sea capaz de proyectar en la pantalla primitiva de nuestro cine interior. ¿Pero por qué perdemos tan pronto la curiosidad, origen del conocimiento, si dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo? Tengo entendido que no se sabe y, pensándolo bien, a ver qué más da mientras la tentación lúdica se obceque en el pasatiempo en lugar de mostrar tanto motivo apasionante como hay dentro y fuera de nosotros. Quizá habría que prolongar la inocencia en vez de cambiar el plan de estudios.

Clientelismo autonómico

Lo que empezó con escasa fe y cabía en un pabellón de la Expo del 29, es decir, la autonomía andaluza, se ha convertido en la mayor empresa de Andalucía, lo que no sólo ayuda a entender los resultados electorales del clientelismo sino que explica nuestra famosa falta de competitividad. Cualquiera que haya visitado la Junta sabe, por supuesto, que hay trabajadores azacanes, aunque también hay otros ociosos, pero lo que seguramente ignora ese visitante es que tiene delante a la mayor empleadora de la región, esa Junta en la que cobra a fin de mes el diez por ciento de la población activa –nada menos que más de 240.000 personas—sin contar los apalancados en las entidades “instrumentales” ni los millares de proveedores que de ella viven. Lo raro sería que el “régimen” perdiera las elecciones.

Ritos laicos

El laicismo rampante en nuestro imaginario político está batiendo en un tiempo muy breve todos los récords de la extravagancia. Se trata, por supuesto, de ocultar tras cortinas de humo el vacío ideológico abismal que padece nuestra Izquierda, huérfana ya de la herencia antañona, y sometida, de grado o por fuerza –ahí está el caso e Tsipras en Atenas—a la hegemonía del ideario neoliberal, pero eso para nada le exime de responsabilidad en sus maniobras secularizadoras. En Madrid, por ejemplo, doña Carmena ha decidido ofrecer ante el altar animalista la eliminación de las ocas y camellos de la cabalgata de Reyes por consideración hacia esas criaturas que, según ella, podría “estresarse” (el barbarismo es municipal, no mío) y ya de paso sentar en el trono de Baltasar a una mujer negra como conquista suprema de la paridad. Y en Valencia, el alcalde Ribó –Coalitió Compromis, 3 concejales— ha entronizado, en lugar de los tres Magos de Oriente, a tres hembras rotundas llamadas “Libertad”, “Igualdad” y “Fraternidad” como en un retorno terco y guerracivilista a la circunstancia republicana del año 37. Lo que no consiguió nunca la competencia nórdica y comercial de Papá Nöel y Santa Claus, trasunto absurdo del mítico san Nicolás, intenta conseguirlo ahora la hidra secularizadora, aunque sea avasallando el sentimiento y la fantasía infantil de toda la vida.

Cuesta comprender cómo los autores de estas tropelías culturales no se percatan de su ingenua trivialidad ni calculan la previsible reacción masiva de una población que tiene en sus ritos, como todas, uno de los más eficaces artefactos culturales de integración social. El nuevo extremismo es, ante todo, banal y contrahecho a partir de un espíritu vindicativo que poco puede aportar a la convivencia y mucho a las tragedias prácticamente olvidadas de nuestro pasado común. Privar a los niños de esas fantasías inveteradas, sin ir más lejos, además de una estupidez, constituye un atentado contra una idiosincrasia de la que sólo los secularizadores y los sexistas quedan marginados. Son como niños, ellos mismos, pero como niños resabiados en los que el rencor supera a la inocencia. Lo único tranquilizador en este cuento es que, seguramente, las providencias de estos munícipes iconoclastas, no durarán más que ellos mismos. Decía Mauss que pocas cosas tan difíciles de desarraigar del inconsciente colectivo como los viejos ritos. El problema es que estos fautores no se han asomado siquiera a la antropología.

No pudo ser

Se marcha Javier Arenas de la política andaluza tras haber resistido una de las campañas en contra más duras que se recuerdan en esta democracia. Con sus defectos y sus virtudes, Arenas se va con el pasivo de no haber podido gobernar en la taifa andaluza del PSOE pero también con la satisfacción de haber sido el único que ha logrado vencerla en unas elecciones. Tampoco lo lograron Anguita, Rojas-Marcos o Hernández Mancha, todo hay que recordarlo, pero ninguno de ellos logró ganarle a este “régimen” unas elecciones”. Lo que le ha fallado a Arenas es la irresponsabilidad de su propio electorado, esa Derecha que no tiene más que lo que se merece. Él se ha dejado aquí media vida. Sólo el fanatismo o la envidia pueden negar eso.