Comer bien

Los esfuerzos de los dietistas aconsejando una alimentación saludable y nutritiva me han parecido siempre un poco ingenuos. Los animales, como los hombres, no comen para nutrirse sino para procurarse un cierto placer satisfaciendo una necesidad. Ni un guepardo ni un hombre están pensando en conseguir proteínas cuando devoran un solomillo, no se busca en la fruta proveernos de antioxidantes para contrarrestar los radicales libres que son el precio de la vida, sino que, en la inmensa mayoría de los casos. lo que se pretende es satisfacer el gusto, ese quinto sentido tan equívoco como delicioso. Mi experiencia me lleva a descreer en las dietas ideales, incluso en las idóneas, porque he visto demasiado mundo como para tragarme esa albóndiga. A medida que se desarrolla el turismo y la gente se orea por el planeta, además, vamos adquiriendo poco a poco la evidencia de que el “paladar” no responde a razones objetivas sino que suele ser el efecto de una simple adaptación a la oferta, lo que supone aceptar que hay dietas muy distintas y gustos muy diferentes que, en definitiva, sirven a un mismo objetivo alimentario. Los prohibitivos crustáceos que se comen en la sociedad opulenta no son mejores ni peores, desde un punto de vista nutricional, que los gusanos o arácnidos que se ofrecen abundantes en las freidurías asiáticas o africanas, ni su sabor es peor o mejor sino, simplemente, preferido por unas poblaciones u otras, sin contar con el peso de los mismos tabúes religiosos o culturales. Comemos porque nos gusta no para nutrirnos, a salvo los anacoretas y otros adversarios del propio cuerpo. Eso es todo. Y ni siquiera creo que nadie haya probado nunca que una dieta tradicional es objetivamente mejor que otra. Eso de “dime lo que comes y te diré quién eres”, que decía Savarin, es puro aristocratismo cateto, etnocentrismo cultural, ingenuidad.

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Nosotros mismos no sabíamos, hasta que el ministerio de Agricultura –para darle salida comercial a nuestras desprestigiadas legumbres y demás productos del país– le encargó su brillante campaña al doctor Grande Covián, que nuestra dieta histórica, la del Mediterráneo, era un verdadero tesoro, la mejor del mundo, lo cual no creo, francamente, que haya mejorado gran cosa nuestra salud colectiva pero, desde luego, ha puesto por las nubes los garbanzos de Escacena y las judías de El Barco. Y ahora la Junta providente que vela por nosotros ha tomado la iniciativa para que se declare esa dieta nuestra –siguiendo el concepto académico de Antonio Burgos– “patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad”, expresión que, dicho sea lo más seriamente posible, no deja de resultar de lo menos apropiada por referencia a un cocido serrano con todos sus avíos o a unos frijones con perdiz y gurumelos, el clásico frito variado o los huevos con chorizo. Si contar con que ya me dirán que es o incluye eso de “mediterráneo”, ámbito culinario tan dudoso que incluiría desde la cocina turca a la portuguesa pasando por la francesa o la griega, amén de la nuestra y las magrebíes, lo que obligaría, en consecuencia, a embutir en una misma “cultura” pautas que prohíben el cerdo con otras que lo devoran hasta el rabo, y tabúes que prohíben el alcohol con otros que lo recomiendan como saludable. En algo tienen que entretenerse, las criaturas, se comprende, y más en una consejería que gestiona una agricultura casi en extinción y una pesca casi agónica, pero no deja de dar por saco tanto invento y tanta camelancia como proliferan en este país de las maravillas. Siempre funcionaron, por lo demás, este tipo de propagandas: el Levítico acertaba al señalar a los rumiantes domésticos como la fuente alimentaria más eficaz al alcance de su pueblo y Grande Covián también, probablemente, al bendecir nuestro condumio. Sencillamente, se come lo que más gusta pero también, por supuesto, lo que se puede.

El libro mercancía

Los editores españoles han proclamado en Sevilla una cosa estupenda: que el fracaso escolar se debe al sistema de préstamo de libros. Dicen esos vendedores que “el alumno debe usar el libro, subrayarlo y estropearlo (sic), el niño tiene que ser el propietario (¡) del libro, al margen de contar con el apoyo de las bibliotecas escolares”. ¿Qué les parece? Pocas veces he escuchado un alegato cultural más mediatizado por el negocio y menos aún recomendaciones como las que anteceden, tan impropias, se miren por donde se miren, desde la perspectiva educadora, con independencia de que, desde el negocio mismo, puedan estar justificadas. El libro como instrumento imprescindible no puede someterse a las exigencias del mercado en una sociedad desigual porque le convenga a quienes viven de él, ni tiene el menor fundamento que el hecho de compartirlo entorpezca la enseñanza. El libro necesario es una mercancía. De lo que se trata, precisamente, es de que deje de serlo.

El poder amenaza

Resultan tremendos los comentarios del jefe provincial del PSOE a propósito del pacto en marcha en Bollullos entre IU y el PP, un aviso a los navegantes que aún no se hubieran percatado por sí mismos de que el poder sociata utiliza las instituciones, de manera sistemática, como instrumentos electoralistas. Prometer más ayuda a sus “socios” y amenazar con restringírsela a los adversarios, es un atentado contra el sentido democrático que no cabe justificar de ninguna manera, incluso si Barrero no fuera un reconocido muñidor de pactos –incluso con tránsfugas del PP—y uno de los mayores responsables del descrédito de la lealtad electoral, sobre todo, después del escándalo de Gibraleón. Esa concejala de IU que se acuerda ahora de su conciencia para descolgarse del pacto puede que obedezca a esta presión que ni siquiera baja la voz para perpetrar semejantes presiones. Como tantos/as otros/as. El nuevo caciquismo funciona hoy a la luz del día.

La edad prohibida

No se ha cumplido el vaticinio de Rostand, no ha resultado cierto que mientras más vieja fuera la humanidad más necesidad tendría de sus ancianos. Un anciano es hoy una carga y como una carga es tratado en esta sociedad implacable. La prensa refleja estos días el informe del Centro Reina Sofía sobre la violencia ejercida contra nuestros viejos dentro de la propia familia: unas 60.000 personas, o sea, una de cada cien mayores de 65 años, sufre maltrato doméstico a manos de los suyos, un maltrato invisible, ocultado por las propias víctimas temerosas de la represalia o abrumadas por la ofensa. Seis de cada diez mayores de 74 años padecen esa infamia que no merece el trato singular que otros tipos de violencia ha logrado, afortunadamente, por lo que ni siquiera existe la posibilidad de un remoto control por parte de la autoridad. Hablo de la familia, insisto, de los viejos que sufren el desprecio y la violencia de los suyos, no de los miles que la soportan –cada dos por tres tenemos esas ominosa noticia en los periódicos—en los centros de acogida, los antiguos asilos, tan frecuentemente ilegales, para que no falte de nada. Y no se escapan ni los grandes dependientes, sino que, por el contrario, puede que sean (nunca lo sabremos, claro) los más agredidos en su solitaria indefensión. No hay un instituto del anciano, el viejo no cuenta para la autoridad más allá de una edad crítica y prácticamente sólo a efectos electorales. Las papeletas del viejo valen como las del joven sin que el viejo se entere siquiera, pero a nadie escandaliza la comprobación de que nuestros mayores estén siendo manejados como un desecho social tanto en régimen familiar como en los morideros externos. Un viejo es, con frecuencia, todo lo más una carga, aunque también una pensión que perciben sus propios maltratadores, un detritus con el que un universo productivista no sabe qué hacer. Dicen los expertos de ese informe que la cifra de los 60.000 ancianos maltratados en casa les resulta inferior a sus previsiones. En una época en que la ancianidad se respetaba, Terencio decía ya que la vejez es en sí misma una enfermedad. Veintidós siglos más tarde la triste metáfora se queda corta.

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El anciano está solo, aislado de todos, vegeta como un autista voluntario. Eso es, supongo, lo que Goethe quería decir al constatar que el viejo ha perdido una de las principales prerrogativas del hombre: la de ser juzgado por sus iguales. Un problema que se agrava en el modelo urbano de vida, con la reducción de la familia extensa a familia nuclear, y con el consiguiente estrechamiento del marco de vida, del domicilio, pero también con la inhumana imposición de los criterios más jóvenes que, en ese modelo social, han reforzado sensiblemente su papel. Jamás la Humanidad (¿) respetó menos las reglas de este juego circular que es la vida, aunque es posible que aún se superen estas cotas de maldad por efecto de ese alargamiento de la esperanza de vida que convierte al viejo en un fantasma vitalicio. Es verdad que en ninguna parte se encontró la piedra filosofal para resolver esta grave disfunción en que se ha convertido la vejez, que fracasaron los intentos americanos de las ciudades para ancianos, que las residencias son en su mayoría auténticos aparcamientos del familiar inservible. Por eso nadie quiere saber nada del problema, ni siquiera en los casos flagrantes de ilegalidad, y nadie denunciará nunca lo que el propio maltratado calla por temor o por vergüenza, aplastado en ocasiones por una falsa conciencia de gravamen que le inculca la propia sociedad y le certifica su propia familia injuriándole con el maltrato. ¿Una enfermedad la vejez? La que está enferma de cuidado esta sociedad desmesurada que ha desestructurado la unidad familiar en una espiral de violencia que, además del anciano indefenso, incluye a la mujer y al niño. La vejez es una edad prohibida. Sólo los ricos tienen garantizada la piedad.

Ni luz ni taquígrafos

No hay una comisión investigadora en el Parlamento desde que, durante la legislatura de “la pinza” PP-IU se trató de investigar la condonación a Chaves y sus amigos de un préstamo millonario que debían a Caja Jerez. Natural, nadie tira ni deja tirar –si puede—piedras contra su propio tejado. Por eso no sabremos nunca si de verdad hubo y ya no hay hongos en los hospitales, si hobo o no pelotazo en Sanlúcar la Mayor, cómo funciona en realidad el clan familiar de Chaves en la Junta ni tantos otros casos inquietantes. La última vez que la mayoría sociata rechazó una comisión de ese tipo fue el jueves al cerrar el paso a la propuesta de que se averigüe por qué la Junta hizo desaparecer de las listas del paro, antes de las elecciones a unos, 10.000 andaluces. Lo malo es que cada rechazo cerrado de este tipo conlleva que mucha gente dé por demostrado lo que sin otra razón que el peso parlamentario se trata de ocultar. Si lo tapan, será por algo, suele pensarse. Y resulta evidente.

Velas azules

Dentro de unos pocos días, concretamente el 24 de este mes, se celebrará, aunque les cueste creerlo, una insólita fiesta ecuménica, el ‘Día Mundial del Orgullo Pedófilo’, cuyo banderín  de enganche e incontrolable difusor ha sido Internet. Los amantes de los niños o muchachos (Juan Eslava nos recordó hace poco el testimonio de Estratón, que describía las delicias correspondientes a las edades entre los 12 y los 16 año, puesto que la de 17 o más ya era cosa del propio Zeus o de bujarrones sin estilo) salen a la palestra. Se pretende “regresar” al clasicismo, no en el amor al saber o en la búsqueda de la sabiduría, sino en el repugnante restablecimiento de la vieja relación pederasta, la que jugaba entre el ‘erastés’ adulto que asumía el rol de iniciador del menor, y el “erómenoi’ indefenso entregado a su depravado mentor, algo que tenía que llegar, a ver por qué no, y que, seguramente, no será la última ni la penúltima barbaridad canalla que “recupere” esta sociedad que ha perdido, evidentemente, el rumbo y el oremus. Se anuncia que ese infausto día, esos malhechores dispondrán velas azules en lugares visibles para que la paciente humanidad comprenda y asuma “la solidaridad entre los amantes de jovencitos” y quede en evidencia su “personalidad buena y amorosa”, una perspectiva frente a la que ya han reaccionado algunos Gobiernos, entre los que no figura el español, probablemente más condicionado por sus propios planteamientos erráticos en torno a la extraña revolución sexual a la que el país asiste atónito pero que gana terreno a ojos vista cada día que pasa. Día podría llegar en que ya no sea preciso al depravado viajar a lejanos paraísos sexuales para disfrutar por unas monedas del amor del hambrientos/as y marginales/as, y por si acaso valga el ejemplo del juez europeo que ya autorizó la concurrencia electoral de un partido, el NVD, cuyo ideario se concretaba en la demanda de libertad para la pornografía infantil, el bestialismo con animales y la rebaja de la edad legal del “erómenoi” a los doce añitos. Unas velas azules maquillarán esta basura humana ante la indiferencia de la autoridad. En adelante, el turismo sexual podría ir de culo.

 

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 En serio: estamos rozando un punto de insensata tolerancia que cuestiona gravemente la viabilidad del sistema de libertades en nombre de un criterio ilimitado de tolerancia que incluso llega a convertir a los grupos excéntricos en lobbies irresistibles para Gobiernos débiles o demagógicos como el que padecemos. Es verdad que Flaubert, que sabía más de mujeres que de caballeros, dijo aquello de que la pederastia es una enfermedad que sufren todos los hombres al llegar a cierta edad –en fin, él sabría– aunque hay quien relativiza ese ‘dictum’ en el sentido apuntado por Baudelaire de que pederastia es también amar a la mujer inteligente, máxima machista donde las haya. Lo que no tiene sentido es mirar a Grecia u otras culturas en busca de justificaciones, porque esa práctica sería peligrosa en muchos otros supuestos que la civilización ha ido eliminando no sin gran coste humano. Recuerden las maldiciones de un bujarrón sensato como Walt Whitman contra los “asesinos de palomas”, esos julandrones que –decía él—“dan a los muchachos gotas de sucia muerte con amargo veneno”, o al Lautréamont que los trató como “grandes depravados”. Un  tipo tan “mondain” como Paul Morand hablaba todavía, adelantándose, por lo visto, a su tiempo, del “proletariado amargo de los pederastas”, por más evidente que resulte que la única ‘Internacional’ amarga que hay en ese submundo es el de los chaperos explotados, el de los niños comprados como mercancía de usar y tirar, por la hez de un mundo sin principios que, encima, pretende, legitimarse con velas azules. Ese día infausto tiene el Poder su penúltima ocasión de cortar por lo sano la gangrena invasora que trata de borrar en el mapa de las moralidades todo límite entre el bien y el mal.