La estafa más infame

No es la primera vez que ocurre y lo triste es que haya de ser alguna organización civil la que lo denuncie desde fuera, como si en los ámbitos provinciales no resultara fácil un control policial en las mismísimas oficinas públicas. La estafa a inmigrantes en la propia Oficina de Extranjería, aparte de un crimen canallesco, constituye un ultraje injustificable por parte de los responsables políticos y policiales, y es una de las ocurrencias más miserables que haya podido inventar esta garduña picaresca. ¡Robar a un desgraciado que busca un pedazo de pan! La inmigración merece unas garantías que ni de lejos les ofrece hoy un país que incluso permite que la estafen desde su misma sede.

La UHU, nueva etapa

Tras la campaña no poco dura de estas semanas, la Onubense ha reelegido rector por un margen contundente, casi un 60 por ciento de los votos. El rector Martínez –tan cercano que se anunciaba electoralmente como ‘Francis’– recibe así el espaldarazo a una gestión que, a la vista está, es valorada positivamente por una aplastante mayoría y tiene ahora ante sí el reto de rematar con una nueva legislatura el trabajo de sus primeros cuatro años. La UHU se ha reforzado, sin duda en ese periodo, se ha abierto a la sociedad y, a pesar del momento crítico que vive el modelo universitario, ha hecho no poco por modenizarse y modernizar su enseñanza. Un buen  comienzo que tiene todo el sentido prorrogar a quien le corresponde el mérito en mayor medida.

Derecho al harén

Un auto del Tribunal Supremo ha confirmado la nacionalidad española a un varón senegalés, vendedor ambulante, a quien el ministerio del Interior y la Audiencia Nacional se la habían denegado al considerarla incompatible con su condición de polígamo. Consideran nuestros ropones que la poligamia, admitida en su país y por su religión, no debe ser obstáculo en el camino hacia la integración, en particular cuando un sujeto ha dado muestras palpables de su voluntad de integración y ha aceptado como propio, manifestándolo con su respeto, el orden vigente consagrado por la ley entre nosotros, lo cual, me parece a mí, no basta para explicar cómo es posible legalizar un derecho a mantener una situación que en el caso de otros es castigada con severidad, únicamente basado en que ésa es su tradición y su costumbre. También es costumbre de muchos de esos países la mutilación sexual de las mujeres y esperemos que ello no acabe por constituir una razón para legalizarla en nuestra sociedad, como no lo sería, eventualmente, admitir legalmente el derecho del caníbal o la tortura vigente en tantos países. Uno creía ingenuamente que la ‘integración’ implicaba justamente lo contrario de lo que trata de expresar torpemente ese término contrahecho que es “multiculturalismo”, o sea, que integrarse en una sociedad quiere decir aceptar su orden renunciando al aborigen, y no superponer sin más el uno al otro.

No entiendo, aparte de esto, cómo se compagina esta deriva “multiculturalista” con la implacable estrategia de igualación de los sexos, pero dudo que si llegara a plantearse en el TS una demanda de legalización de la poliandria fuera admitida a trámite siquiera y eso que, como bien saben los etnólogos, hay casos sobrados en el mundo para justificar la analogía. Ignoro cómo habrá acogido el feminismo esa providencia de nuestro más alto tribunal, aunque no veo la forma de negar que la aceptación legal del harén no contribuye, ni mucho menos, a nivelar esta sociedad que se pretende parigual en la política y en la empresa pero no en la cama. Opina el juez de esa sentencia que la “posibilidad de integración” de un inmigrante debe primar incluso sobre una conducta hoy por hoy delictiva, y que la adaptación al modo de vida y a las costumbres constituye un “proceso evolutivo” que no debe impedirse. Ya tenemos poligamia, pues, a no ser que se prefiera decir que lo que tenemos es un derecho discriminatorio que respetará cuanto se quiera la costumbre senegalesa, pero que, por supuesto, dinamita la inmemorial institución de la familia que no es propia desde hace milenios. ¡Ah, la alianza de civilizaciones! Ninguna simpleza tan peligros y con tan escaso futuro.

Prietas las filas

Se equivocan los partidos –lo comprenden el país entero—amparando a sus presuntos corruptos a pesar de las clamorosas evidencias que se multiplican. El PP en el “caso Correa” lo mismo que el PSOE en los suyos. La defensa a ultranza de la tragicomedia de Baena, por ejemplo, es ridícula, porque cualquiera que haya oído las cintas grabadas por orden del juez sabe a qué grado de abyección  llegaban sus protagonistas, y porque proponer un complot que incluye al PP, IU, la Guardia Civil y Luis Carlos Rejón no puede resultar más que desopilante. Lo que hay que preguntarse es  la razón de ese apoyo. Ahí es donde está la clave de estos cierres de fila.

Ante la Historia

La presidenta de la Dipu nos ha emplazado ante la Historia, nada menos, para valorar su paso despilfarrador por el organismo. Lo que no ha hecho es dar una sola razón que justifique el enorme gasto de la nueva sede ni mostrar un papel en condiciones que despeje las dudas sobre la legalidad de la operación. La Historia incluye el presente y lo que este presente tenso no podrá explicarse es por qué se han tirado por la ventana 4 millones de euros en alquileres suntuarios y muebles de lujo. Esta “nueva clase” deja chica a la que entrevió Djilas y gastan bastante más desahogo que aquella.

El fiasco radical

Ayer apenas había rastro en la prensa española de la muerte del ex–presidente argentino Raúl Alfonsín –“Sic transit gloria mundi!”–, el hombre que despertó un vendaval de admiración progresista en todas partes allá a comienzo de los años 80, y con cuyo “radicalismo” de partido creyeron adecuado identificarse los diversos progresismos del momento. Yo estuve en Buenos Aires justo entre la salida de Alfonsín y la llegada de Menem, en aquel momento terrible de desfondamiento de una nación en que la inflación había llegado a crecer un 200 por ciento mensual y los pobres se multiplicaban por día y a la vista de todos, un país rehén de su moneda depauperada en el que el turista reinaba intratable en un mercado que era más bien una almoneda. Alfonsín debió irse antes de tiempo empujado por el neoperonismo y dejó una mala herencia que sus sucesores se encargaron de empeorar con una disparatada carrera de nacionalizaciones amañadas y medidas que obligaban al consumidor a esperar, por ejemplo, el fin de la carrera del taxi o el postre de la comida para adaptar el precio a la evolución horaria del dólar. Pero la conclusión que saqué de todo aquello fue que el desastre económico –la famosa “hiperinflación” que ataba de pies y manos al país—no era ajeno a la catástrofe ética y moral provocada por aquella esperanza blanca que fue el radicalismo más rapaz de que haya memoria. En aquel país en cuadro, en el que incluso en la gran urbe, se apagaba la luz por barrios para economizar, todo estaba en venta: personalmente he visto venderle a un periodista español, por mil dólares cabales, las grabaciones oficiales del juicio de los militares de la dictadura. Raúl Alfonsín defraudó a todos al permitir la institucionalización de las corrupciones hasta niveles casi desconocidos incluso en Argentina. El signo político no es garantía de nada, está visto.

 

Pero llama la atención este silencio, este olvido del hombre sin duda bienintencionado que llegó a procesar a los “milicos” devolviendo a su patria siquiera la ilusión de un gobierno normalizado y libre, al fin, de la inacabable perspectiva del golpe de Estado. Quizá su larga influencia en la política más allá de su mandato se explique por ese resto de respeto que logró conservar a pesar de la debacle ética que no fue capaz de impedir, cuando en la Argentina “se vendía todo lo público a precio de saldo” y “todo lo privado a precio de empeño”. Pocos han recordado a Alfonsín fuera de Argentina en el momento de su muerte. Quizá funciona todavía el resquemor ante el fiasco vivido por tanta gente como quiso mirarse en él como en un espejo antes de que trituraran su proyecto aquella cuadrilla de logreros.