Fuera hace frío

Un lector publicaba aquí mismo ayer una carta espléndida en la que, glosando a Luis Carlos Rejón, le cantaba las cuarenta a los cabreados de IU en el sentido de que si Rosa Aguilar había claudicado ante la “tentación demoníaca permanente” del PSOE (Cayo Lara), la verdad es que ellos, los cabreados, sin excepción probablemente, llevan años dejándose los nudillos en la puerta de la “casa común” sin que le hayan abierto ni el postigo de servicio. Rosa ha apostado a ganador, cierto, cosa que se veía venir desde hace la tira, pero a ver quién en la coalición puede, en conciencia, arrojar contra ella la primera piedra.

Aron

También en el Andévalo han aprendido a calzón quitado las técnicas de escamoteo presupuestario y burla de la intervención. Más de 125.000 euros dice el PP (y si no lo demuestra debería golpearse el pecho) que están por justificar en El Cerro y la Mancomunidad andevaleña, dinero esfumado que nadie sabe dónde está ni a dónde fue, sin  que la autoridad administrativa ni el propio partido en el poder le haya pedido explicaciones a esos escamoteadores encabezado por un tránsfuga de oro. Más o menos como en Beas y como en otros pueblos: la provincia es ya un queso de Gruyère con tanto agujero negro en su contabilidad pública. Una vergüenza pero, sobre todo, un escándalo que resulta de lo más revelador.

La oreja de Van Gogh

Sostiene José María Vaz de Soto que, contra lo que anuncian apocalípticos y los alarmistas, la crisis de la literatura auténtica está siendo obra del propio libro más que de Internet. Es en el oportunismo y en la miseria temática, en el camelo literario y en la superchería histórica, donde hay que buscar el auténtico motivo de una degradación del arte que, por supuesto, no concierne sólo a la escritura sino que señorea hoy por hoy a las demás artes, y muy especialmente a las llamadas ‘plásticas’. Vaz se refiere al éxito de los “bestsellers” que han revolucionado la “mass cult” hasta convertir el mercado en una mísera lonja de vanidades y estupideces extrañamente aceptadas por el vulgo lector y, con frecuencia, relanzadas luego por el cine o la tele, entre las cuales no me resisto a incluir el mamotreto que parecen haber aparejado dos autores alemanes en torno al manoseado tema del desorejamiento de Van Gogh, que ellos niegan que fuera una automutilación para proponer la tesis de que no fue la navaja barbera de aquel pobre loco genial la que hizo el disparate, sino el sable de su amigo Gauguin, su huésped en Arles. ¿Prueba? Pues que Gauguin serían un “consumado sablista” (y lo era, ciertamente, en alguna castiza denotación española de esa palabra), una razón, como comprenderán, poco consistente a poco que se pare uno a considerar que cercenar limpiamente de un mandoble una oreja no debe de resultar tan fácil ni para el más hábil espadachín, a pesar del caso evangélico que relata el corte de la oreja de Malco por parte de algún discípulo armado. Hace falta tener poco en la cabeza para centrar un ensayo en semejante ocurrencia pero quizá en ello precisamente reside el previsible éxito de esa monserga en el mercado.

 

La referida masificación del arte y la creación en general fue explicada hace muchos años por la sociología de la cultura americana, con Dwight Macdonald a la cabeza, como el hábil recurso mercantil de una oferta que creaba su propia demanda, pero Adorno y Horkheimer postularon en su día que, en realidad, todo producto de ese mercado nace de una necesidad de los consumidores y acaba fraguándose en el círculo de hierro en que la manipulación retuerce a esa necesidad. Vivimos una nueva edad media (Eco) en la que hallan su campo abonado enigmas y fantasmagorías, templarios y griales, y ahora también, por lo visto, la triste escena bohemia del desorejamiento del genio sustituida por una suerte de ordalía entre famosos, tan inverosímil como ridícula. A esos dos gandules aventureros, que presumiblemente venderán la tira de ejemplares de su monserga, les sorprendería enterarse de que Flaubert se dejó las pestañas en manuales de toxicología para trazar con tino el envenenamiento de la Bovary.

Digo Diego

El presidente Griñán ha ordenado “movilizar” en Andalucía a jubilatas y prejubilatas para colaborar con su Administración. “No se deben quemar esas bibliotecas” en las que tanto saber y experiencia hay acumulados –dicen que ha dicho—sino reengancharlos en la máquina productiva tal como proponía hace poco, a su manera, el Banco de España, y negaba el ministro de Trabajo. Extraña era ésta en que, en plena hecatombe del paro, se piensa en prolongar la vida laboral y hasta se proponen jornadas de trabajo anteriores a la revolución industrial que sacó a Europa de la economía de subsistencia agraria. Y extraña propuesta que propone objetivos pero silencia medios. Cuando hay poco margen, no hay duda de que  hay que echarle imaginación a la cosa.

Carteles en balcones

Mientras en Portugal se rechaza el proyecto del controvertido oleoducto, en nuestros pueblos afectados proliferan los carteles en los balcones oponiéndose al proyecto. En Moguer, que está lleno de ellos, me dicen que temen a una obra que supone riesgos graves y no aportará nada, ni siquiera en concepto de eventual compensación. Y me sugieren que por eso ha sobrevivido la consejera Castillo: porque para forzar contra viento y marea ese compromiso del PSOE y del propio Zapatero la han puesto donde la han puesto y no la han relevado ahora que ha habido ocasión. Para desdoro de la democracia, es verosímil que el oleoducto de la discordia termine haciéndose sólo por una razón que no lo es tanto: porque donde hay patrón no manda marinero.

Las manos libres

Sobre el fondo dramático de luchas internas que están desgarrando al PS francés, hasta el punto de que, muy probablemente, va a liquidar para una temporada la alternativa de la izquierda del país, la lectura de un curioso libro de conversaciones de Jack Lang con el periodista Jean Michel Helvig, supone una ocasión  estupenda para considerar las posibilidades reales que todavía cabe esperar de la libertad personal de los políticos sin perjuicio de su razonable disciplina de partido. Lang, una de las figuras políticas más señeras del último cuarto de siglo, se ha convertido, para bien y para mal, en una referencia obligada en el debate sobre la posible “colaboración” ocasional con el rival político –un tema relanzado en Francia por la exitosa estrategia aperturista de Sarkozy, que ha logrado interesantes incorporaciones incluso de ministros opositores–, es decir, de la posibilidad para el político de trabajar en proyectos adversarios sin perder la dignidad y el decoro que de él debe esperarse. Quien fuera ministro mimado de Mitterand, de Jospin y de Bérégovoy, no ve posible su integración en un gabinete conservador pero tampoco inconveniente en aceptar misiones concretas –de hecho y con gran discreción, ha realizado una en Cuba hace bien poco tiempo—justificadas por lo que él califica en ese libro de “interés superior”. Interesante lección, y desacomplejada que es lo bueno, por parte de este narcisista que antes fue docente y dramaturgo entre otras ocupaciones. Nada debe limitar la libertad de quien ha estado en la vida pública de manera que quede reducido, tras su retiro de ella, a una mera reliquia partidista. Está ya bien de amortizar talentos en nombre de disciplinas que luego cada cual vulnera como puede o le viene en gana. Lang piensa que el PS es para él algo muy importante pero que Francia lo es más.

 

Leyendo ese alegato he sentido cierta envidia en la medida en que hoy semejante disposición no es concebible en España fuera del supuesto tránsfuga. No sé por qué no podríamos contar aquí con la posibilidad de que un hombre público prestara su concurso –incluso con el beneplácito de su partido, por qué no—al partido de enfrente, de manera que el servicio público primara por encima de las miserias sectarias. Claro que esa posibilidad –no hay más que seguir el hilo biográfico del libro para convencerse—requiere un nivel que no abunda en política y me temo que menos que por ahí, aquí entre nosotros. He cerrado el libro considerando la distancia que en tantos sentidos nos separa de la praxis normal en países con mayor experiencia democrática. A Jack Lang aquí lo hubieran crucificado sus propios sayones sólo por abrir su conciencia como lo acaba de hacer.