Golpe sucesorio

Si se confirman los rumores de cambio, parece lógico pensar que el éxodo de Chaves a Madrid no es sino una “patada hacia arriba” para desatascar por las bravas el problema de su sucesión en Andalucía, incluido el riesgo electoral que suponía para el PSOE su manifiesto desgaste. ZP se lo quita de en medio de esta manera inobjetable para quien tanto se resistió a cambiar Madrid por Sevilla y liquida, aunque sea con el paripé de una recuperación del gonzalismo, a toda una generación, salvo a Rubalcaba. ¿Para Andalucía? Pues probablemente ni bueno ni malo, pero seguro que los motivos de ZP no incluían nuestros intereses.

Socios a palos

Siempre fue así, o casi siempre: los “pactos de progreso” o se han pagado a precio de oro o han acabado como el rosario de la aurora. Ahí tienen la trifulca de Aljaraque, con el alcalde rompiendo la vajilla en la cabeza del socio y viceversa. Son recelos, incluso odios antiguos, una suerte de incompatibilidad congénita entre sociatas y comunistas que viene dando tumbos –aunque muchos de ellos no lo sepan—desde los orígenes de la competición. En Aljaraque pueden salir a palos del camarote del que entre los dos echaron al PP mayoritario. Nada nuevo, pero un ejemplo pésimo que echa por tierra, una vez más, la leyenda de esos pactos “progresistas”.

La sexta vía

Al contrario de lo sucedido en otras grandes ciudades, la gerencia de los transportes berlineses ha negado autorización a los empecinados ateístas comandados por Dawkins –“Probablemente Dios no existe”, ya saben—para exhibir su propaganda en los autobuses berlineses. Lo mismo han hecho ‘in continenti’ sus colegas de las demás ciudades germanas, desde Hamburgo a Dresde y desde Leipzig a Bremen pasando por Stuttgar o Potsdam, acaso en atención al hecho nada despreciable de que, si bien es cierto que un 32 por ciento de la población tudesca se declara no confesional, el resto, es decir, esa amplísima mayoría de casi un 70 por ciento, mantiene relaciones fervorosas o discretas con las iglesias cristianas del país. No habrá “publicidad ideológica”, alega esa autoridad municipal, que acaso no tiene por tal a la que ofrecen con frecuencia las distintas confesiones, pero que teme ver que el concierto público se convierte en un imprevisible berenjenal de continuar sustanciándose la disputa teológica a bordo del autobús. Es curiosa la tenacidad de los ateístas, desde luego, que viene a hacer buena la idea del viejo físico Gustavo Le Bon cuando apostaba porque la propagación del ateísmo rompería fatalmente en una religión más intolerante incluso que las clásicas. En cualquier caso, la verdad es que mal momento han escogido estos salvadores de la especie para dar su batalla, y que extraño humanismo es ése que aparca los enormes problemas de este fenomenal momento histórico para ocuparse a calzón quitado de una cuestión que, salvo a los creyentes, no tendría por qué afectar a nadie y menos aún más allá de su fuero íntimo. Balzac, que era un oráculo, escribió en su “Catéchisme Social” que una sociedad finalmente atea volvería a inventar una religión, hipótesis mucho más práctica, me parece a mí, que la irónica de Voltaire de que si Dios no existiera habría que inventarlo. Conviene no perder de vista a los clásicos.

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El negacionismo hodierno prefiere la publicidad a la teología, como si ese Dios negado fuera una mercancía más en el zoco de nuestra economía libidinal y como si ese propósito erradicador de la creencia fuera nuevo y no tan viejo como la Tana filosófica y la vulgar. Lo que llama la atención, como digo, es la determinación, la tenacidad dignas de mejor causa de estos profetas negativos a los que , por fortuna, nadie va a mandar ya al exilio por defender su causa como los atenienses mandaron a Protágoras ni a ofrecerles la cicuta como al maestro Sócrates. Eso de anunciarse en los autobuses será muy moderno pero no deja de sugerir, se mire por donde se mire, una insoportable levedad.

Del dicho al hecho

La Ley de Dependencia fue el gran éxito de la pasada legislatura, hasta el punto de que se aprobó por rara unanimidad. El problema es que resulta, en enorme medida, papel mojado: una anciana centenaria citada a varios años vista, multitud de solicitantes enredados en la tela de araña de una calculada burocracia dilatoria. Lo último: un hombre sin brazos “favorecido” con una ayuda de 168 euros al mes. Se trataba, pues, de vestir el muñeco, más que nada. Del dicho al hecho –la duda resulta ya imposible—media un trecho que deja al aire las vergüenzas perdidas de los políticos.

Pérdida de peso

La influencia onubense está puesta “a régimen” y pierde peso a ojos vista. Dos puestos entre veinte le han correspondido esta vez –le han sido asignados en Sevilla, quiero decir—en el importante consejo de Cajasol, de soltera “Caja de Ahorros de Huelva y Sevilla”, ¿recuerdan? Una vicepresidencia, eso sí, le ha caído a la presidenta de la Dipu que redondea con ello su boyante nómina. Pero la provincia pierde peso, no tiene quien la represente en la principal institución crediticia de nuestra vida, ni siquiera en atención a la que está cayendo y a la débil posición de Huelva en el conjunto regional y español. Nos hemos quedado sin Caja, ésa es la verdad. Algo que habría que haber pensado en su día y a lo que ahora no se le ve fácil solución.

Museo de la nada

En el pueblo aragonés de La Muela, últimamente en la picota por enredos municipales, existen y funcionan un museo del Viento, otro del Aceite y un tercero de la Vida, pero no hay Instituto. En Europa se crea un museo al día desde 1990, según ha comentado con sorna ese atractivo filósofo que es el ex-ministro Luc Ferry, autor de una extensa obra entre la que me permito recomendar al lector “Aprender  a vivir”, un delicioso ejercicio de reconciliación de la filosofía con la curiosidad que le dio origen. Vivimos una era bastante iletrada en la que se lee poco pero se vivita mucho museo, en ocasiones rompiendo todas las expectativas como ha ocurrido, una vez más, con las recientes muestras de Picasso y Andy Warhol, un fenómeno que plantea a la sociología de la cultura la curiosa cuestión de decidir qué es lo que hace posible que un público tan alejado de la cultura en sentido lato, muestre tan desenfrenada afición por un arte en muchas ocasiones previsiblemente inasequible a su estimativa. Claro que no es difícil conjeturar que el auge del museo venga determinado por la boga del turismo y responda, en consecuencia, a la razón consumista antes que a ninguna otra. Ferry mismo señala que, después de todo, el valor de la obra de arte no es diferenciable hoy del de otros objetos museizados, lo que permite el absurdo de que una ocurrencia como el urinario de Duchamp valga tanto como un Veermer y un monocromo de Klein lo mismo que un Van Gog. Se ha eliminado la “dimensión del sentido” a favor de un supermercado cultural en el que lo mismo se disparan los precios de obras maestras que se pagan fortunas por un coche antiguo. Dice el filósofo que la masificación del museo no es más que una forma de embrutecimiento de la sociedad de consumo, descalabro al que ha contribuido especialmente la acción corrosiva de un vanguardismo deplorable pero venerado. El museo historifica los objetos y ello deslumbra a un mundo que ha perdido el sentido de la historia. Hay paradojas resplandecientes.

 

Quizá pasó el tiempo en que el museo permitía al aficionado abismarse en sus colecciones, soñar ante una obra dilecta, acogerse a sagrado a la sombra del cuadro revisitado o de la escultura preferida, siempre desde la conciencia de quien, siquiera imaginariamente, habitara un ámbito propio. Hoy el museo es bulla, visita masiva e indiferente aunque quizá también búsqueda de ese sentido extraviado que el hecho mismo de la exposición confiere al objeto expuesto. Un museo diario son demasiados museos, obviamente. Quizá se está cumpliendo sin que lo advirtamos la profecía de Malraux.