Payaso blanco

El flamante vice del PSOE, Luis Pizarro, va de payaso blanco incluso cuando no se lo propone. Antier dio lugar a un extraordinario jolgorio entre los plumillas que asistían a una de sus estólidas ruedas de prensa cuando tuvo la audacia de decir –nada más conocerse la debacle laboral de Andalucía—que, al fin y al cabo, lo importante de la crisis es que el Gobierno la reconozca al primer síntoma, “como ha hecho el de Andalucía”. Díganme si no es para troncharse, que es lo que no tuvieron otro remedio que hacer los asistentes a la rueda de prensa, tras una negativa emperrada que ha durado hasta que hemos estado literalmente sepultados bajos los primeros escombros, siempre con un Gobierno estático probablemente incapaz de reconocer nada que no le estalle en las manos. A quien nadie ve a es al director del circo, ya conveniente refugiado en algún paraíso estival. En septiembre hablaremos. Es decir, nos lamentaremos todos.

El paro sigue subiendo

El desempleo onubense creció durante el mes de Julio en un 1’6 por ciento, situando el paro provincial en 32.811 parados. No está del todo mal, si se compara con otras provincias, pero es tremendo si se tiene en cuenta que la cifra actual supera a la del mismo mes del año anterior en 103.667 personas que han perdido su puesto de trabajo, es decir, un 21’34 por ciento más, cifra alarmante que contrasta con la absoluta falta de iniciativa de la Junta regional y de las demás Administraciones. Vamos listos si esperamos a que el problemón se nos resuelva desde fuera, como por arte de birlibiloque, en plan “ya escampará”. Echen una ojeada a la evolución de nuestro trabajo provincial y saquen sus propias consecuencias.

Cambio de parejas

El optimismo esencial de la izquierda está en crisis y no le faltan motivos. No hay más que echar una mirada al mundo, a  esta Europa de nuestros pecados antes que a ninguna parte, para ver cómo se hunde el viejo bergantín de las ilusiones utópicas y navega viento en popa el mercante de los conservatismos. Por la prensa ruedan informes, comparaciones, estudios, sondeos y estadísticas que vienen a coincidir en algo decisivo: la Izquierda –en su único modelo actual, la socialdemocracia— va cediendo terreno, se desangra lenta pero abundantemente en todas las organizaciones partidistas, mientras a la Derecha le ocurre lo contrario, y más de un factor indica que no se trata de uno de los cambios más o menos cíclicos que se han registrado siempre, sino que tal vez hemos llegado a un final de partida en el que, o bien convergen sin remedio los caminos que antes se bifurcaban, o bien desaparece uno de ellos cediendo al otro su territorio. Miren hacia Italia, tras la caída del Muro primero y la crisis insuperable de la descendencia izquierdista después, vean a Prodi decretar por las bravas gravísimas sanciones contra los “diferentes” allanando el camino a Berlusconi. Consideren lo que ocurre en Alemania, donde según la minuciosa estadística teutónica, en ausencia de un PC constitucionalmente excluido, el SPD, o sea, la socialdemocracia parece empeñada en dar la razón a André Gorz o al viejo Dährendorf y su profetizada catástrofe: no hay socialmocracia que perdure ni ‘Welfare State’ que cien años dure, porque la lógica histórica del desarrollo –con sus imprevistas mejoras generales– no lo permiten. Dicen que el SPD pierde en Alemania dos mil militantes al mes, lo que supone cerca de 400.000 desde el año 90, que más de la mitad son jubilados y que no parece haber recambio en las nuevas cohortes. En fin, no olviden que en Inglaterra los laboristas acaban de exigir a Brown, tras perder veinte punto frente a los ‘tories’, que cambie de baraja y sea realista. El realismo ha cambiado de acera. La fuerza de la Izquierda radicaba, en buena medida, en que lo creía exclusivamente suyo.

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El experimentado militante socialista con el que desayuno me dice que ese fracaso no es tanto de la Izquierda como de la generación, y me lo dice con una punta de amargura contenida, como de quien ve la corrida desde el burladero impuesto por las circunstancias, como quien no ha dejado de sentir el tirón por el lance pero sabe que esta fiesta no es ya la nuestra. Yo también lo creo. De nuestra generación se han salvado –quién sabe si por razones arqueológicas—los Rollings y un puñado de puretas conservados en el formol del lisérgico y el opio narcisista: no nos hagamos más ilusiones. Y ahora sólo queda esperar para ver si este sistema bípedo, la democracia alternante, puede sostenerse sobre un solo pie, si este perro mundo puede mantener cojintranco su marcha desigual. Pero si es verdad que el utopismo no sabe ya qué lleva en las alforjas, también lo es que su rival ideológico, pragmatismo aparte, carece, a su vez, de fórmulas viables. Nadie sabe, por ejemplo, qué será de este planeta crítico hace poco en alas de la “new age” y hoy en abierta recesión, nadie tiene recetas fuera de emplastos y cataplasmas de oportunidad. En Europa se dice que no hay relevo generacional, pero en España parece que lo ha habido y miren cómo va la cosa. Crisis generacional, cambio de parejas: el baile ha acabado donde empezó. Franz y Fritzie Manuel, Ernst Bloch, tantos otros gurús de época que nos aseguraban la inevitabilidad de la utopía, han hecho silencioso mutis, y aquí estamos, expectantes, no estoy muy seguro de si esperando a Godot o en el final de partida. La generación somos ya la tercera edad y el sueño de un mundo mejor apenas un gráfico sobre la mesa del ‘broker’. Percibo en mi amigo un dejo de templada amargura. La madurez es nuestro único refugio.

¿Qué pasa en el SAS?

La crisis financiera del SAS, su quiebra manifiesta, no debe pasar por la opinión como una noticia más, porque significa el fracaso de uno de los objetivos prioritarios, no ya del sistema político, sino de la propia “modernidad”. Una gestión opaca y, por lo que se ve desafortunada del servicio no ve ya otra salida que despedir en masa a los sanitarios (6.000 auguran los sindicatos) para reducir gastos, como antes se ordenó reducir a toda costa el gasto farmacéutico (primando económicamente a los médicos, ojo). La Junta proyecta, por tanto, “empeorar” el sistema sanitario para abaratarlo, lo que en poco tiempo puede transformar un servicio bueno en líneas generales, a pesar de sus fallos concretos (urgencias, listas de espera, etc.), en un mal servicio. ¿No sería más lógico relevar a los gestores fracasados poniendo en su lugar a gente con experiencia en lugar de a clientes políticos?

Pleitos tengas…

Lo aseguran tanto el Consejo Judicial del Poder Judicial como el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA): Huelva es la “provincia cenicienta” en materia de Administración de Justicia, una realidad que corroboran datos tan tremendos –sobre todo tras las protestas y rasgamientos de vestiduras provocados por el “caso Mari Luz”—como el de que los juzgados de lo Penal dejaran de ejecutar casi dos mil sentencias el año pasado. Están hasta las trancas y la consejería de la Junta no se propone más que paliar con tres nuevos Juzgados una situación que los sindicatos sostienen que precisa la menos de diez, aparte de que sigue dándole hilo a la cometa de la Ciudad de la Justicia provincial y sorda a las reclamaciones y sos de los funcionarios agobiados. CCOO habla incluso de “discriminación a la provincia”. Cierto o exagerado, la verdad es que en Huelva vale el cínico adagio de “`pleitos tengas y los ganes”.

Miradas altivas

Coincidencia general en los medios al calificar como altivas las miradas de Karadzy y De Juana. La altivez del loco y la del estúpido, finalmente no tan distintas, el recurso extremo ante la falta absoluta de razón. Hay dudas, eso sí. Sobre por qué Karadzy no fue detenido antes, teniendo en cuenta que la región en que ha vivido estuvo siempre plagada de tropas internacionales, una pregunta retórica, claro está, porque es sabido ya que su nueva identidad se la había dado la autoridad actual, ella sabrá pro qué. O sobre el pacto de impunidad, no sé si inverosímil o no, que el bárbaro sostiene que tenía tramado con la diplomacia yanqui y que ésta desmiente. Cualquiera sabe. En cuanto a De Juana, no se explica tanto revuelo en un país en el que todo el mundo sabía que el asesino sería liberado en breve y al que, no se olvide, ya liberó en su momento el Gobierno mientras negociaba con la banda terrorista. Es verdad que extraña la pasividad (excesiva, incluso para la Justicia de este país) a la hora de ver qué hay de cierto en la antigua y renovada denuncia de que sus redenciones de pena son fraudulentas, burdos trucos sumamente fáciles de aclarar, pero que la Justicia no ha sido capaz de hacerlo en tres largos años. ¿Será que no se quiere resolver el asunto, es posible que se tema alguna impertinencia por parte de quien, eventualmente, bien podría suceder que pusiera al Gobierno en un aprieto revelando la letra chica de aquella ignominiosa negociación? ¿O será que se pretende no liquidar enteramente la perspectiva negociadora como, no sabemos bien en qué términos, le confirmó ZP al PNV hace días? Lo único seguro es que los infames andan sueltos, a socaire del garantismo democrático y a despecho del sentido común, y que el Estado no tiene ni idea de qué hacer para conciliar ese prurito extremado y la exigencia de rigor que plantean unas sociedades lógicamente desconcertadas. Sobran las preguntas. Tanto los “aliados” como nuestro Gobierno hubieran preferido correr un velo sobre esos negros negocios y si no lo han hecho, tampoco van a explicar ahora por qué.

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Todos sabíamos que soltarían al asesino, que no pagaría sus indemnizaciones pendientes, que acabaría por vivir junto a las víctimas, puesto que no es el primero ni el segundo. Lo que no vale es seguir excusando esta ignominia con el argumento de que con ello no se hace sino cumplir la Ley, algo que es tan cierto como que esa Ley está ahí porque han querido todos y cada uno de los Gobiernos sucesivos, todos en la cuerda floja de los pactos con los nacionalistas y, en concreto, con el PNV. Como no vale continuar ignorando la contumacia de un personaje como este criminal, porque carece absolutamente de sentido que un convicto contumaz se aproveche –¡y hasta puede que mediando un fraude documental!–  de los beneficios de un sistema penitenciario permisivo donde los haya. ¿No van a mirar altivamente esos enemigos públicos, auténticos monstruos pero venerados en sus enloquecidos entornos, y al que el propio Presidente del Gobierno, que hoy lo desprecia, consideraba no hace mucho un hombre de paz, tal vez imprescindible para llevar a buen término su insensato “proceso”? Verán como ahora nos vienen con eso de que no hay que precipitarse, que vamos a abrir un debate muy serio sobre la materia y que nada tiene que reprocharse una política incapaz de meter el freno en ese tren desbocado durante los tres últimos decenios. ¿Por qué no querrían coger a Karadzy los gobernantes legítimos que vinieron luego, por qué no han querido nunca nuestros Gobiernos –sólo ahora comienza a oírse tímidamente hablar del delicado tema—plantear una reforma que contemplara el cumplimiento íntegro de las penas? No espero respuestas, por descontado, pero sé de sobra que las miradas altivas de esos malnacidos esconden más de un secreto. ¿O caso puede entenderse esta tragicomedia de otra manera?