No escarmientan

Hay quien piensa que la corrupción es intrínseca a la democracia actual, que es “demasiado humana”, como diría Niestzche, para mantenerse limpia. La grabación de Punta Umbría, como la de Baena y tantas otras, demuestra que, desde el Poder, el prepuesto se ve como propio del partido y la ley como un mero estorbo que hay que saber esquivar. Expresiones tales como “Te lo digo ‘pa’ que lo sepas”, “te he dicho que éste es un tema político, más claro no te lo puedo decir”, “si quieres seguir trabajando, tú te lo piensas”, merecerían la inmediata expulsión de sus autores de la vida pública. “Somos los que gobernamos y ya está”; más claro el agua”. Dicho por un miembro de la Ejecutiva, el PSOE deberá elegir entre la expulsión o la complicidad.

Visita en mal momento

Hay que agradecerle al presidente Griñán sus dos visitas seguidas a Huelva, aunque la de ayer hubo de celebrarse en mal momento, teniendo en cuenta la vergüenza de Punta Umbría, la grabación en la que un miembro de la Ejecutiva Provincial del partido y varios ediles y técnicos de aquel Ayuntamiento hablan con un constructor en términos de una intolerable connivencia corrupta. Hay que suponer que el Presidente –hombre ajeno hasta ahora a la corrupción—tomaría cartas en el asunto aunque fuera por lo bajini y a cencerros tapados, porque es evidente que en esos niveles de podredumbre política no se puede mantener una democracia normal. Si el PSOE de Huelva, una vez comprobado lo que haya que comprobar, no pone en la calle a esos logreros, será sencillamente cómplice de las mismas fechorías que no se cansa de denunciar.

Gastos pagados

No parece que vaya a tener pronto final el escandalazo organizado por las informaciones del Daily Telegraph sobre la desvergüenza con que los diputados británicos, igual los conservadores que los laboristas, se gastan el dinero público con  el mayor desahogo del mundo. Los últimos han sido la denuncia de que uno de ellos, laboristas por más señas, habría instalado a su hija en el apartamento londinense amueblado que previamente había adquirido con dinero de los contribuyentes, y el descubrimiento de que otro, en este caso conservata, se habría hecho construir un refugio para sus patos en una isla, ni que decir tiene con cargo al erario. Se espera que los implicados, que ya pasan de 120, lleguen a constituir una verdadera legión si el periódico termina por explotar íntegramente la información disponible en los 200 DVD de minuciosa información  que adquirió al mejor postor, una vez que la competencia (Times, Sun y Daily Express) renunciara a pagar los quizá 300.000 euros exigidos por el vendedor pero, en cualquier caso, no se recuerda en la historia del parlamentarismo británico un escándalo tan sensacional como el que ha ido degradándose desde que se supo que la ministra de Interior había pagado con su tarjeta pública los videos pornos de su marido. El ‘Telegraph’ administra, además, el material con un  tacto digno de admiración, de manera que cada día deja caer cuatro o cinco casos para que el lector vaya coleccionando evidencias del descaro de la clase política y la absoluta impunidad en que hasta ahora se han venido moviendo sus miembros. Aquí hemos de conformarnos con los justificantes que los munícipes de Baena recibían de los puticlubs que visitaban en sus ratos de esparcimiento y que ellos cargaban piamente a obras benéficas y de caridad. Hay que decirlo para que se vea que, por una vez, no somos únicos ni estamos solos en esta crisis moral profunda que atraviesan las democracias.

 

Lo peor del caso es el momento que vivimos, quiero decir que la noticia del indecente despilfarro nos llegue en plena crisis, es decir, cuando los políticos son uno de los escasísimos colectivos inmunes a sus efectos devastadores, dado que ellos seguirán cobrando igual pase lo que pase, que para eso son ellos quienes deciden por sí y ante sí. No obstante, el despilfarro del erario –algo que ha existido siempre—es posible que haya tocado fondo. Personajillos que vuelan (que volaban) en el ‘Concorde’ en lugar de hacerlo en línea normal, consejera autonómica que, disgustada con el peinado de su estilista sevillana, viaja de Sevilla a Granada en su coche oficial para repeinarse a gusto, vicealgo que se hace recoger y devolver a cien kilómetros diariamente por el coche oficial, aquellos que alquilaron limusinas con “azafatas” durante el viaje oficial… Yo creo que el ‘Telegraph’ ha hecho un gran servicio a la democracia invirtiendo en ese secreto tan bien guardado aunque haya puesto en el alero a un todo un Gobierno.

El lío de los menores

No es razonable negar la dificultad grande que implica cualquier política de menores. La intromisión del poder en el ámbito de la intimidad familiar constituye siempre un asunto delicado y difícil, sobre todo cuando se trata de gestionar miles de casos. Ahora bien, eso es tan lógico como impropia la excusa de la Junta de que “sólo” el 0’5 por ciento de los casos diligenciados por sus servicios fueron revocados por los tribunales, fría e inhumana razón que parece ignorar que un solo fallo en esta materia –separar a los padres de sus hijos—cuestionaría todo un sistema, cuanto más siete. A la Junta le falta sensibilidad para reconocer y remediar esos dolorosos fracasos que desde hace ya años vienen ensombreciendo su tarea.

Un mal momento

Que Huelva necesita de un ejercicio excepcional de unidad no merece siquiera ser discutido. Asómense al periódico, si no, y anoten nuestra realidad: el Polo se desploma a ojos vista, la venta de vivienda se reduce a la mita, la afluencia de turistas decrece casi un 14 por ciento en el primer cuatrimestre, las compras a plazos merman llamativamente, no hay un duro (ni ganas) para cumplir el compromiso de inclusión social y el mismo PSOE que en Sevilla se niega a fraguar un  pacto contra la crisis reclama en Huelva por boca de ganso un “acuerdo andaluz para el impulso”, ya ven qué chorrada. Mal momento para Huelva, sin duda, y sin la menor perspectiva de que el interés general llegue a imponerse alguna vez sobre los designios de partido.

Aquí no pasa nada

A punto de darnos su espléndida “Charla” sobre la ‘gripe A’ (de alguna manera han de llamarla, claro), el profesor Badiola se enteró del caso de nuestros soldados griposos en un cuartel de Madrid. Luego nos explicó que estamos ya, en realidad, ante una pandemia, por más que, gracias a Dios, el comportamiento de la “influencia” esté siendo benigno hasta ahora. Los especialistas, como los Gobiernos, han de aprender a ir por la vida con cara de póquer que, hay que reconocerlo, es lo único sensato que puede hacerse ante una posible catástrofe cuando no cabe hacer otra cosa. Manzoni, en “Los novios”, esa epopeya cursi pero profunda, habla del éxito de la desdramatización oficial, le ceguera voluntaria compartida por el propio pueblo durante la célebre crisis lombarda de 1630, una actitud en la que muchos autores creen ver el anverso del propio miedo del Poder. Y lo mismo sabemos que ocurrió en todas partes durante las tres epidemias aterradoras de los siglos XVI y XVII, en las que España registró 1.250.000 víctimas sobre su exigua población. Casi nada salvo rezar se hacía en la Sevilla que llegó a perder la mitad de su población a mediados de ese último siglo, en el Londres aterrado cuya crónica escribió Daniel Defoe, en la Florencia que Bocaccio vio derrumbarse alucinado, en las numerosas pestes venecianas en las que los médicos asistían a los apestados con máscaras de pájaro. La experiencia histórica de las epidemias es que el Poder mira para otro lado hasta que ya no hay nada que hacer aparte de esperar el milagro, culpando a los pecadores o apuntando contra los animales (cerdos, gallinas, perros, gatos, caballos, y hasta ballenas…) como acaban de hacer en Egipto sacrificando la piara. Aquí no pasa nada o que sea lo que Dios quiera.

 

Vendría bien una actitud serena pero capaz de asumir el riesgo en su dimensión imprevisible. La gripe española (que no fue tal) mató 40 millones de personas, la asiática, 2 millones, la de Hong Kong, 1 millón. La que ahora amenaza al mundo es más benigna, de momento, pero habrá que aguardar a ver qué ocurre en las dos siguientes oleadas convencionales, para enfrentar las cuales, según  la OMS, sólo hay 35 países preparados hoy por hoy. Mientras tanto, tranquilidad a toda costa: la ministra de Sanidad, lega en la materia, se enteró por casualidad –¡encima!– en el Congreso de que su colega de Defensa le estaba ocultando el brote del cuartel madrileño, y la OMS se tienta la ropa antes de pasar a la ‘fase 6’ que define la pandemia en tanto brotan por doquier teorías conspiratorias que van desde el negocio del fármaco hasta la estrategia del terror. Aquí no pasa nada, por ahora, y cuando pase, ya se verá. Estos dramas sirven para comprobar la relatividad del Poder, su limitación radical y su apego a la rutina. Mientras la cosa no pase de aquí, lo suyo es obedecerlo. Eso es algo que ya sabía Tucídides y de lo que ojalá nosotros no lleguemos a  enterarnos.