Ruido de cadenas

No se comprende con facilidad el imparable avance de la secularización de nuestras sociedades con el progreso simultáneo de la credulidad. Se explica que la llamada “racionalidad postindustrial” ande socavando los cimientos psíquicos de la creencia en lo sagrado, un fenómeno decisivo que conocemos bien desde que lo estudiara Max Weber y que los fenomenólogos, como Paul Berger o Thomas Luckmann, perfilaron en términos incontestables. Es normal que las sociedades desarrolladas, en las que el psiquismo colectivo está dominado sin miramientos por la Razón, el mundo se desacralice y aleje progresivamente del modelo arcaico que subyace en nuestras culturas manteniéndolas, hasta donde le es posible pero contra viento y marea, en el ámbito de lo mítico. Ahora bien, lo que ya no cuadra es comprobar que esas mismas colectividades que prescinden de la creencia experimenten al mismo tiempo tan extraordinario progreso de la credulidad. Un estudio reciente realizado en Gran Bretaña ha descubierto, por ejemplo, que junto al auge de las actitudes formalmente racionalistas, resulta que la población se pirra por las fantasías de manera que un cuarenta por ciento del conjunto de los ciudadanos cree a pie juntillas en la existencia de fantasmas, cifra que se incrementa aún en Londres donde llega a incluir a la mitad de los habitantes. ¿Cómo hablar seriamente de desacralización de un grupo si el 53 por ciento de sus componentes declara de forma paladina que cree en el cielo además de dar por ciertas las consejas de fantasmas? Pues no tengo ni idea pero así son las cosas.

 

Se dice, y puede que razón, que no debe ser ajena a esta involución prelógica el peso mental de una inmigración que está aportando al conjunto social fuertes dosis de efusiones míticas y una decisiva opción religiosa que incluye desde las creencias convencionales del monoteísmo en sus diversos formatos actuales, hasta el éxito de un animismo prestigiado por su origen exótico. Pero ello no me parece suficiente para deshacer ese nudo dialéctico, que permanece atado y bien atado en medio de la insólita profusión de una cultura intensamente esotérica y paranormal. ¿Será la fe –la religión en definitiva—tan decisiva para el nuevo siglo como preveía Malraux? Les engañaría si no les dijera que creo que sí, a pesar de lo de los fantasmas.

Fuera hace frío

Un lector publicaba aquí mismo ayer una carta espléndida en la que, glosando a Luis Carlos Rejón, le cantaba las cuarenta a los cabreados de IU en el sentido de que si Rosa Aguilar había claudicado ante la “tentación demoníaca permanente” del PSOE (Cayo Lara), la verdad es que ellos, los cabreados, sin excepción probablemente, llevan años dejándose los nudillos en la puerta de la “casa común” sin que le hayan abierto ni el postigo de servicio. Rosa ha apostado a ganador, cierto, cosa que se veía venir desde hace la tira, pero a ver quién en la coalición puede, en conciencia, arrojar contra ella la primera piedra.

Aron

También en el Andévalo han aprendido a calzón quitado las técnicas de escamoteo presupuestario y burla de la intervención. Más de 125.000 euros dice el PP (y si no lo demuestra debería golpearse el pecho) que están por justificar en El Cerro y la Mancomunidad andevaleña, dinero esfumado que nadie sabe dónde está ni a dónde fue, sin  que la autoridad administrativa ni el propio partido en el poder le haya pedido explicaciones a esos escamoteadores encabezado por un tránsfuga de oro. Más o menos como en Beas y como en otros pueblos: la provincia es ya un queso de Gruyère con tanto agujero negro en su contabilidad pública. Una vergüenza pero, sobre todo, un escándalo que resulta de lo más revelador.

La oreja de Van Gogh

Sostiene José María Vaz de Soto que, contra lo que anuncian apocalípticos y los alarmistas, la crisis de la literatura auténtica está siendo obra del propio libro más que de Internet. Es en el oportunismo y en la miseria temática, en el camelo literario y en la superchería histórica, donde hay que buscar el auténtico motivo de una degradación del arte que, por supuesto, no concierne sólo a la escritura sino que señorea hoy por hoy a las demás artes, y muy especialmente a las llamadas ‘plásticas’. Vaz se refiere al éxito de los “bestsellers” que han revolucionado la “mass cult” hasta convertir el mercado en una mísera lonja de vanidades y estupideces extrañamente aceptadas por el vulgo lector y, con frecuencia, relanzadas luego por el cine o la tele, entre las cuales no me resisto a incluir el mamotreto que parecen haber aparejado dos autores alemanes en torno al manoseado tema del desorejamiento de Van Gogh, que ellos niegan que fuera una automutilación para proponer la tesis de que no fue la navaja barbera de aquel pobre loco genial la que hizo el disparate, sino el sable de su amigo Gauguin, su huésped en Arles. ¿Prueba? Pues que Gauguin serían un “consumado sablista” (y lo era, ciertamente, en alguna castiza denotación española de esa palabra), una razón, como comprenderán, poco consistente a poco que se pare uno a considerar que cercenar limpiamente de un mandoble una oreja no debe de resultar tan fácil ni para el más hábil espadachín, a pesar del caso evangélico que relata el corte de la oreja de Malco por parte de algún discípulo armado. Hace falta tener poco en la cabeza para centrar un ensayo en semejante ocurrencia pero quizá en ello precisamente reside el previsible éxito de esa monserga en el mercado.

 

La referida masificación del arte y la creación en general fue explicada hace muchos años por la sociología de la cultura americana, con Dwight Macdonald a la cabeza, como el hábil recurso mercantil de una oferta que creaba su propia demanda, pero Adorno y Horkheimer postularon en su día que, en realidad, todo producto de ese mercado nace de una necesidad de los consumidores y acaba fraguándose en el círculo de hierro en que la manipulación retuerce a esa necesidad. Vivimos una nueva edad media (Eco) en la que hallan su campo abonado enigmas y fantasmagorías, templarios y griales, y ahora también, por lo visto, la triste escena bohemia del desorejamiento del genio sustituida por una suerte de ordalía entre famosos, tan inverosímil como ridícula. A esos dos gandules aventureros, que presumiblemente venderán la tira de ejemplares de su monserga, les sorprendería enterarse de que Flaubert se dejó las pestañas en manuales de toxicología para trazar con tino el envenenamiento de la Bovary.

Digo Diego

El presidente Griñán ha ordenado “movilizar” en Andalucía a jubilatas y prejubilatas para colaborar con su Administración. “No se deben quemar esas bibliotecas” en las que tanto saber y experiencia hay acumulados –dicen que ha dicho—sino reengancharlos en la máquina productiva tal como proponía hace poco, a su manera, el Banco de España, y negaba el ministro de Trabajo. Extraña era ésta en que, en plena hecatombe del paro, se piensa en prolongar la vida laboral y hasta se proponen jornadas de trabajo anteriores a la revolución industrial que sacó a Europa de la economía de subsistencia agraria. Y extraña propuesta que propone objetivos pero silencia medios. Cuando hay poco margen, no hay duda de que  hay que echarle imaginación a la cosa.

Carteles en balcones

Mientras en Portugal se rechaza el proyecto del controvertido oleoducto, en nuestros pueblos afectados proliferan los carteles en los balcones oponiéndose al proyecto. En Moguer, que está lleno de ellos, me dicen que temen a una obra que supone riesgos graves y no aportará nada, ni siquiera en concepto de eventual compensación. Y me sugieren que por eso ha sobrevivido la consejera Castillo: porque para forzar contra viento y marea ese compromiso del PSOE y del propio Zapatero la han puesto donde la han puesto y no la han relevado ahora que ha habido ocasión. Para desdoro de la democracia, es verosímil que el oleoducto de la discordia termine haciéndose sólo por una razón que no lo es tanto: porque donde hay patrón no manda marinero.