Un mal momento

Que Huelva necesita de un ejercicio excepcional de unidad no merece siquiera ser discutido. Asómense al periódico, si no, y anoten nuestra realidad: el Polo se desploma a ojos vista, la venta de vivienda se reduce a la mita, la afluencia de turistas decrece casi un 14 por ciento en el primer cuatrimestre, las compras a plazos merman llamativamente, no hay un duro (ni ganas) para cumplir el compromiso de inclusión social y el mismo PSOE que en Sevilla se niega a fraguar un  pacto contra la crisis reclama en Huelva por boca de ganso un “acuerdo andaluz para el impulso”, ya ven qué chorrada. Mal momento para Huelva, sin duda, y sin la menor perspectiva de que el interés general llegue a imponerse alguna vez sobre los designios de partido.

Aquí no pasa nada

A punto de darnos su espléndida “Charla” sobre la ‘gripe A’ (de alguna manera han de llamarla, claro), el profesor Badiola se enteró del caso de nuestros soldados griposos en un cuartel de Madrid. Luego nos explicó que estamos ya, en realidad, ante una pandemia, por más que, gracias a Dios, el comportamiento de la “influencia” esté siendo benigno hasta ahora. Los especialistas, como los Gobiernos, han de aprender a ir por la vida con cara de póquer que, hay que reconocerlo, es lo único sensato que puede hacerse ante una posible catástrofe cuando no cabe hacer otra cosa. Manzoni, en “Los novios”, esa epopeya cursi pero profunda, habla del éxito de la desdramatización oficial, le ceguera voluntaria compartida por el propio pueblo durante la célebre crisis lombarda de 1630, una actitud en la que muchos autores creen ver el anverso del propio miedo del Poder. Y lo mismo sabemos que ocurrió en todas partes durante las tres epidemias aterradoras de los siglos XVI y XVII, en las que España registró 1.250.000 víctimas sobre su exigua población. Casi nada salvo rezar se hacía en la Sevilla que llegó a perder la mitad de su población a mediados de ese último siglo, en el Londres aterrado cuya crónica escribió Daniel Defoe, en la Florencia que Bocaccio vio derrumbarse alucinado, en las numerosas pestes venecianas en las que los médicos asistían a los apestados con máscaras de pájaro. La experiencia histórica de las epidemias es que el Poder mira para otro lado hasta que ya no hay nada que hacer aparte de esperar el milagro, culpando a los pecadores o apuntando contra los animales (cerdos, gallinas, perros, gatos, caballos, y hasta ballenas…) como acaban de hacer en Egipto sacrificando la piara. Aquí no pasa nada o que sea lo que Dios quiera.

 

Vendría bien una actitud serena pero capaz de asumir el riesgo en su dimensión imprevisible. La gripe española (que no fue tal) mató 40 millones de personas, la asiática, 2 millones, la de Hong Kong, 1 millón. La que ahora amenaza al mundo es más benigna, de momento, pero habrá que aguardar a ver qué ocurre en las dos siguientes oleadas convencionales, para enfrentar las cuales, según  la OMS, sólo hay 35 países preparados hoy por hoy. Mientras tanto, tranquilidad a toda costa: la ministra de Sanidad, lega en la materia, se enteró por casualidad –¡encima!– en el Congreso de que su colega de Defensa le estaba ocultando el brote del cuartel madrileño, y la OMS se tienta la ropa antes de pasar a la ‘fase 6’ que define la pandemia en tanto brotan por doquier teorías conspiratorias que van desde el negocio del fármaco hasta la estrategia del terror. Aquí no pasa nada, por ahora, y cuando pase, ya se verá. Estos dramas sirven para comprobar la relatividad del Poder, su limitación radical y su apego a la rutina. Mientras la cosa no pase de aquí, lo suyo es obedecerlo. Eso es algo que ya sabía Tucídides y de lo que ojalá nosotros no lleguemos a  enterarnos.

El TC, en Marinaleda

Anda reclamando el alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, que quienes reclamaron en IU la expulsión de los ediles que habían apoyado a la lista proetarra para las elecciones europeas, fueran expulsados de la coalición. Va ‘crecido’, como pueden ver, y la causa de ese crecimiento es la sorprendente (y temible) coincidencia de su criterio radical con el del Tribunal Constitucional, coincidencia que debería servir al alto tribunal para reflexionar sobre el papelón que está haciendo. Los proetarras en cuestión ya han dejado claro lo que son y en lo que están al aceptar la legitimidad de la violencia. Y eso puede que no escandalice ni mucho menos al alcalde de Marinaleda pero debería forzar a aquellos altos jueces a entender lo que acaban de hacer.

Los excluidos de Huelva

Nada quieren saber la Junta ni el Gobierno sobre la aplicación en Huelva de un plan de inclusión social para paliar la dramática situación de tantas familias, a pesar de que en el Estatuto famoso se instituye ese derecho y hasta se habla del derecho a la “renta básica” de todo andaluz. En Huelva, sin embargo, Gobierno y Junta no quieren, como propone el Ayuntamiento, coordinar esfuerzos. Un caso: la proposición municipal de IU apoyada por el PP de declarar a la barriada Pérez Cubillas “zona con necesidad de transformación social” fue apoyada en Huelva por el PSOE pero rechazada en Sevilla con los votos de éste. Doble moral y muchísima cara que convendría que la gente conociera con detalle para saber con quien se juega los cuartos.

Lo que hay que oir

Si les digo la verdad no he tenido el menor problema para entender a la ministra Bibiana sostener que el feto de catorce semanas es un ‘ser vivo’ pero no un ‘ser humano’ sencillamente porque, según ella, ese extremo “está demostrado científicamente”. No hay por qué darle vueltas a la propuesta de una ignorante, ni merece en absoluto la pena detenerse a disputar con quien, con  toda seguridad, sería incapaz de plantear racionalmente la cuestión dada su incultura palmaria. De una persona que inventa “miembra” para referirse a los miembros femeninos no hay por qué esperar más que tonterías, mayores y más graves, es verdad, a medida que el ámbito dialéctico se hace más profundo, por la razón elemental de que de donde no hay, no se puede sacar. Más me ha sorprendido el deslucido capotazo con que ha querido hacerle el quite el ministro de Educación, esa sorprendente manifestación de que, como metafísico profesional, él “necesitaría un buen rato para decidir que es un  ser humano”. Son la monda estos metafísicos o, al menos, algunos metidos a políticos, y en este caso el despropósito es de tal envergadura que cuestiona seriamente la coherencia intelectual de quien lo produce. Claro que Gabilondo, el ministro, no sabemos si encuentra la dificultad en la propia noción de “ser” o en la condición “humana”, pues en el primer caso habría que darle cuartelillo, dada la antigüedad de la cuestión que alguien resumió muy bien explicando que, ya en los albores de nuestra civilización, los razonantes advirtieron pronto la dificultad léxica ligada a la ontológica que implicaba la cuestión. Hablando de lo que nosotros llamamos “ser” no es lo mismo traducir el “tò ón” de los griegos que el “quod est” de los romanos, ni sería cosa de meternos en Parménides y Heráclitos. Por su lado insigne, Aristóteles distinguía, bien lo sabemos, entre el ‘ser’ propiamente dicho y ‘el hecho de que algo sea’, pero lo que nunca estuvo en cuestión, fuera del pragmatismo jurídico romano, es la ‘humanidad’. ¿Lo ven? Ya nos estábamos liando por culpa del metafísico.

 

No hay por qué estar con el fundamentalismo dogmático en el asunto del origen. Hay tiempos y tiempos, y un óvulo fecundado no es todavía,  evidentemente, un niño, del mismo modo que un huevo con engalladura no es un pollo. Ahora bien, la embriología nos proporciona hoy una perspectiva tan apabullante de la ‘continuidad’ del proceso reproductor que hay que ser, a su vez, otro fanático para defender que un cuerpo humano, de origen humano y con destino humano no lo es. No sé para un metafísico tan erístico como Gabilondo, pero para mi lega y modesta noción está tirado decidir lo que es un ‘ser humano’. Porque desde luego, si ya dio malos resultados aquello de hacer de la filosofía “ancilla theologiae”, peor los da, como está a la vista, convertirla en sierva de la política. Bibiana, sin oficio aunque con todo el beneficio del mundo, puede decir lo que se le antoje. El metafísico debería tentarse la ropa antes de entrar a ese trapo.

El bien general

El politiqueo y el partidismo han mandado al carajo al “bien común”. Miren el “caso Camas”, el pueblo sevillano paralizado durante seis años a partir de un laberinto de corrupciones y en función de la degradación de una política minúscula de pactos y contrapactos, en acuerdos y transfugazos, durante los cuales el pueblo ha vivido un notable desgobierno bajo los mandatos de nada menos que cinco alcaldes. Ese espectáculo no hay moral democrática que lo resista, pero es lo que hay, es decir, lo que aceptan –hoy por ti mañana por mí, como en este embrollo camero—todos y cada uno de los partidos.