Cigarra confiada

 

La Junta renuncia sin disimulos al ahorro que le reclaman desde todos los azimuts, no quiere saber nada de ahorros ni austeridades. Seguirá habiendo millones para contratos mil, para alfombrar las incontrolables empresas públicas, para financiar orquestas con famoso que permitan fotografiarse al Presidente en plan mecenas, para forrar a los sumisos sindicatos encargándoles hilarantes informes, para lucirse en Marruecos, para viajes faraónicos, para coches de alta gama, para residencia palaciales con pisito para el Presidente, para derramas municipales a Ayuntamientos fieles, para promocionar flamencos/as igualmente fieles, en fin, para lo que se tercie, menos para la alcancía. El año que viene nos endeudaremos y a otra cosa. Digo yo que para gestiones como ésta estamos perdiendo el tiempo en elecciones y mandingas dado que serviría cualquiera.

Más ahorro en salud

Me resisto a creer eso que se dice de que el SAS tiene asignado a cada hospital onubense una cifra de ahorro al precio que sea. Incluido el ‘Juan Ramón Jiménez’ y al margen de las antiguas medidas de premiar al médico que baje el gasto farmacéutico (que recete menos o más barato, vamos) o al que de más altas en menos tiempos. Pero ahí tienen la noticia de que en otoño habrá probablemente nuevos “recortes”, que tal vez las plazas que queden vacantes por traslados voluntarios no se cubran y que el servicio se encomiende a facultativos bisoños, en plena etapa de formación, mientras los experimentados huyen al extranjero en busca de mejor trato y mayores retribuciones. ¿Será verdad lo del ahorro asignado a cada hospital? El Parlamento debería investigar esa barbaridad denunciada por los propios sanitarios. 

Licencia para matar

Es un  fenómeno natural que, a medida que sube la violencia, disminuya la capacidad de rechazo moral frente a ella. La estimativa pública es elástica pero sólo hasta un límite, no más allá, desde luego, de la linde a la que alcanza su capacidad de atención. Se satura, como si dijéramos. ¿Cómo esperar que se mantenga activa una conciencia moral contra la violencia cuando constantemente se la somete a la prueba de nuevos atentados, quién escaparía inmune al telediario que cada sobremesa nos ilustra con noticias luctuosas, atentados terribles, cifras escalofriantes de víctimas provocadas que los ‘combatientes’ suicidas han elevado de modo exponencial, cómo sería posible mantener encendida la llama revulsiva ante el escándalo de la violencia cotidiana, la legión de mujeres asesinadas o los jóvenes muertos en las reyertas ya habituales? De ninguna manera tal vez. Escribo abrumado por una noticia que me asalta desde las páginas del excelente periódico mexicano ‘La Jornada’ y que dice así: “Al menos 25 personas han sido ‘ejecutadas’ en las últimas horas, tres de ellas decapitadas”. En Chihuaha, cinco hombres fueron fusilados en un rancho y una mujer asesinada a tiros por tres hombres, en Ciudad Juárez, un varón ‘ejecutado’ cuando conducía su vehículo y otro hallado con la cabeza destrozada en plena carretera. En Tijuana hallan a tres hombres decapitados y con las caras abrasadas, en Lázaro Cárdenas, un policía y cuatro civiles fueron acribillados con un rifle AK-47. También fueron recuperados los cuerpos torturados de dos hombres y con impactos de bala, abandonados en una camioneta. Me llama la atención el “por lo menos” que emplea el titular. Y la asunción inconsciente del lenguaje malevo: “ejecutados”. Estamos ante un silencioso, casi inapreciable deslizamiento del criterio moral que se traduce en esa sorda permisividad que nos vuelve casi indiferentes más allá del impacto inicial que la noticia produce. Nos vamos haciendo malos pasivos casi sin darnos cuentas.

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No ignoro las perspectivas que el psiconálisis abre a la interpretación de la violencia, ni la grave conjetura del maestro René Girard sobre su “carácter fundante”, simplemente entiendo que en esta sociedad, en la que vivimos hoy mismo, se está produciendo un fenómeno moral degenerativo como consecuencia de la “mediatización” del mensaje que nos trae la mala noticia. Pierde valor la vida, lo pierde la dignidad humana, frente a la pleamar de un nietzcheísmo de tres al cuarto que devalúa esos valores absolutos combatidos por el prestigio de la propia violencia. Razón por la que elevamos inconscientemente al asesino a “ejecutor” o tendemos a dar por inevitable la matanza, lo mismo en México que en Bagdad. Estos días ha llamado la atención algo tan ‘natural’ como el hecho de que una chiquilla convertida en bomba humana se entregara aterrada a la policía antes de cometer el atentado, como si ésa ‘defección’ no debiera ser considerada simplemente como la conducta lógica en situaciones semejantes, sino como una inexplicable reacción timorata. Como previó la teoría sociológica, lo que está ocurriendo no es más que la desaparición del criterio que apoyaba tradicionalmente la distinción entre culpa e inocencia, el fracaso del imperativo categórico que ‘moralizaba’ la ‘ejecución’ a cambio de mantener incólume el derecho a la vida, y junto a ello el relajamiento de una perceptiva acosada por la ferocidad cotidiana de unas sociedades incapaces de evitar la anomia provocada por su complejidad. No es posible, seguramente, mantener intacta la valoración de la vida en un medio en el que mueren en unas horas veinticinco personas o en el que diariamente se nos informa de hecatombes superadoras de nuestra capacidad de horror. La vida no vale ya un pito. No le pidamos al peatón que vea las cosas de otra manera.

Verticalismo

La Junta solicita a los agentes sociales –empresarios y sindicatos—la “unidad de acción”, leo con estupor en un titular. Gobierno, sindicatos y empresarios reunidos, juntos y revueltos: ¿qué diferencia este diseño del que mantuvieron los Girón y los Solís, los Monviedro y los Conde Bandres? Una cosa es “concertar” el desfile y otra marcar el paso, diferente es cuidar discretamente de no enturbiar la paz social de vederla/comprarla a precios prohibitivos? Porque todos sabemos que la propuesta de Chaves exigirá más dinero, así de simple, más pasta a cambio del favor, por más que el favor que se pide sea de interés crítico. Quienes defendemos la sociedad civil veríamos más lógico que los agentes sociales marcharan razonablemente acompasados pero por libre, sin consignas, cada uno en su sitio. Lo demás es cambalache. Lo ha sido hasta ahora con las vacas gordas y a lo será también con la crisis.

Dos medidas

Ridículo el rechazo de la moción presentada por los ediles “populares” en Isla Cristina proponiendo introducir en el callejero la memoria de las víctimas del terrorismo. Eso se llama, sin excusa posible, oponerse por el mero hecho de ser el rival quien propone, negarse a aceptar una medida razonable y necesaria sólo porque proviene del adversario. Y eso es injusto, particularmente si se tiene en cuenta cual ha sido la crispada actitud del PSOE en todo lo relativo a otras memorias históricas, por ejemplo la de la guerra civil, en las que, lejos de la parsimonia que ahora reclama, se ha lanzado en tromba, más de una vez y más de diez con escasa sensatez, a favor de un memorialismo declaradamente partidista. A lo mejor bastaba con una calle –“Víctimas del Terrorismo”–, pero eso, evidentemente, no es lo que urgía al PSOE, sino oponerse a los demás.

Crisis de confianza

No corren buenos tiempos para confiar en los garantes del sistema. Los expertos, los inspectores, los sabios referentes que nos sirven de faro andan de capa caída este duro ferragosto, un poco por todas partes y en todos los ámbitos. Si desde el Gobierno se protesta que, en lo que va de año, se han hecho a la compañía Spanair cien inspecciones con resultados favorables sin excepción, enseguida alguien echa las cuentas y descubre que, habiendo operado 75.000 vuelos en estos ocho meses, la realidad es que la citada compañía no ha inspeccionado más que un vuelo de cada 750, una cifra que, de poder conocerla, pondría los pelos de punta a cualquier pasajero. El truco del referente, como el de la inspección, se ha ido deteriorando a medida que crecía el universo controlable, de tal manera que un enólogo americano, Robin Goldstein –un tío con más cara que espaldas y más imaginación que cara– ha logrado que una acreditada revista gastronómica, el ‘Wine Spectator’, concediera un premio de excelencia a un restaurante de su invención que supuestamente existiría en Milán con el nombre de ‘L’Intrepido’ y que como tal campeaba en Internet. Los expertos garantes han reconocido una realidad inexistente, como ven, y encima han tratado de justificarse con vehemencia alegando precisamente las trampas dispuestas por el inventor, pero dejando fuera de juego a la antigua convención que presume la certeza en el testimonio de esos intocables fedatarios que guían nuestro gusto a través de la jungla del negocio desconocido. Menos mal que la fe mueve montañas, pues de otro modo iría al paro fatalmente ese ejército de sabios.

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Hay que extremar el cuidado con todas las propagandas, esa “fuente de la fortuna” a la que se refería irónicamente Flaubert, tan equívoca, tan mendaz, pero tan prestigiosa como para hacernos comulgar constantemente con  ruedas de molino. Alguien que la desdeñaba en extremo, Gertrudis von Stein, se preguntaba en su autobiografía cómo podríamos creer en nuestras propias creaciones cuando la publicidad inviste a las suyas de más realidad de la que pudiera soñar la imaginación más desbordada. Grave y añeja experiencia a la que hoy es preciso añadir el riesgo implícito en la dimensión virtual en que viajan las cosas de nuestro mundo, como hemos podido comprobar hace poco en Pekín al enterarnos de que los fastos admirables que vimos por televisión no eran efectos genuinos sino el resultado de un estricto filtraje informático que ajustaba colores y perfilaba líneas. Cierto que la Humanidad doliente no sabe vivir sin agarrarse con fuerza a ese clavo al rojo vivo y que, como se ha señalado desde la psicología, algo tan estimado como el criterio propio es, en definitiva, si bien se mira, dependiente al máximo del ajeno, de tal modo que la opinión pública sería, más que un soberbio bloque colectivo de opiniones socializadas, la suma simple de actitudes asumidas en función del prestigio consagrado. Un tío puede inventarse un restaurante milanés, ofrecer su carta de 250 vinos y su menú de 17 platos, hasta conseguir que los árbitros más encumbrados se traguen la patraña sin rechistar e incluso premien la impostura, una hazaña que, a mi juicio, constituye un alegato sociológico demoledor que debería hacernos recapacitar sobre la fragilidad de esos referentes nuestros a los que solemos ajustar nuestra conducta y, por supuesto, nuestro consumo. Se dirá que no somos nadie, que estamos a merced del vendavalillo constante de los spots, que pendemos de los hilos que maneja diestramente, desde arriba, los linces de esta selva. Y es cierto, aunque menos todavía era ‘L’ Intrepido’ y ahí lo tienen con el laurel ceñido a la frente imaginaria. Sastre dijo en ‘L’Imaginarire’ cosas muy a tener en cuenta, pero tal como están las cosas, francamente, más me fío de Goldstein.