El SAS, arruinado

No es novedad la deuda del Servicio Andaluz de Salud (SAS), antigua como el propio organismo, pero sí es lamentable que, tras casi 30 años de rodaje, el sistema público de salud esté tan arruinado que sus profesionales hablan abiertamente de quiebra técnica. Y eso conlleva mal servicio, a veces intolerable, como el siempre desmentido pero evidente, de las listas de espera maquilladas o el mucho más lacerante de las Urgencias colapsadas. El Defensor del Pueblo acaba de darle fuerte y flojo nada menos que al hospital de referencia, el ‘Virgen del Rocío’ sevillano, al que plantea como exigencia doblar las plantillas de médicos de puerta, mejorar las lamentables condiciones físicas del espacio de atención, renunciar a los contratos basura (por meses y aún por días) y acabar con el “espectáculo lamentable” de los enfermos aparcados en los pasillos. No son cosas que la consejera pueda liquidar con uno de sus habituales exabruptos, ciertamente. Son más bien un cargo grave contra la rutina de una autonomía que suele tener dinero para todo menos para lo más urgente.

Habrá que esperar

Al Gobierno y sus Administraciones se le puede reprochar que haya demorado durante años los proyectos de infraestructuras prometidos a Huelva (AVE, aeropuerto, desdoble de la nacional 435, carreteras San Juan-Santa Olalla o Huelva Cádiz y algún otro), pero quizá no sea el actual el momento de exigirle que cumpla sus promesas. Huelva se quedará sin todo eso, como poco, mientras dure la crisis que acaba de comenzar, entre otras cosas porque la filosofía del zapaterismo no considera ‘gasto social’ más que el despilfarro electoralista, no desde luego las infraestructuras, a no ser que pertenezcan a “amigos políticos”. A nuestra provincia la aguardan, seguramente, años duros, con escasa inversión oficial y habrá que olvidarse, de momento, de aquellos sueños que nunca, en realidad, pasaron de tales. Incluso si vuelven a ser prometidos en otras campañas. Huelva tiene tan probado su conformismo que no debe de preocupar a los que mandan en Sevilla o en Madrid.

El mal mayor

Ha caído Karadzic, Radovan Karadzic, el genocida, el criminal contra la Humanidad, y ustedes me disculparán por no llamar “presunto” a ese hijo de perra. Al fin, trece años después, al poco tiempo de ser relevado el servicio de inteligencia del país, lo cual quiere decir lo que quiere decir y no otra cosa. Los yanquis ofrecían por él cinco millones de recompensa, pero lo han pillado en un autobús, dicen que gracias a informes extranjeros, y hay que imaginarse la conmoción que la noticia habrá causado entre los bosnios de Sbrenica y las familias de las víctimas de Sarajevo, especialmente entre las 20.000 mujeres ferozmente violadas por los serbios, hoy abandonadas en la chabola, y cuyos hijos inasumibles viven lejos en la adopción o arrastran el estigma mientras los verdugos se pasean por las calles. Todas esas cosas ocurrieron entonces pero ya han sido, en buena medida, olvidadas, como es natural, porque la memoria tiene un límite y las noticias un plazo de caducidad, pero ocurrieron y no parece que hayamos sido capaces de repararlas siquiera con la sanción de los bárbaros. Karadzic, el psiquiatra, el poeta (no es broma) que hacía versos en su juventud, el asesino sádico que ordenó y asistió impávido a una de las mayores tragedias de la historia europea, mujeres violadas en presencia de sus maridos, maridos liquidados en presencia de sus mujeres, hijos degollados. ¿Es posible castigar algo semejante, hay sanción proporcionada a una maldad tan enorme? Cuentan que, en una entrevista, ese bestia dijo que los bosnios no tendrían que contar sus muertos, sino que les bastaría con contar sus supervivientes. Pero se habla menos del abandono de las víctimas, de su perra vida, de su vergüenza (¡) por el irreparable ultraje, aunque también por su pobreza absoluta. ¿A quién interesa una viuda arrastrada rebuscando en la basura? Una película ha sacado el tema en el Festival de Berlín pero, en general, silencio. Nadie quiere saber nada ni dentro ni fuera del país. Habrá que tener en cuenta todo esto a la hora de juzgar al monstruo.

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Hay demasiadas barbaries, demasiados genocidios impunes en los últimos tiempos. En África –donde ahora se sugiere la tesis (Vázquez Figueroa, por ejemplo)  de que, bajo la excusa del tribalismo, lo que ha provocado la locura de los exterminios ha sido la explotación del coltán, ese mineral estratégico imprescindible para occidente–, pero también en esta lonja europea incapaz de hacer valer el fuero de los derechos elementales del Hombre. Ahora, ya lo verán, todo serán presunciones y derechos para el cafre, Occidente pondrá en el tablado, como tantas veces, la antigua farsa de la justicia formal, del procedimiento puntilloso, como un supremo sarcasmo tratándose de un sujeto como el doctor Karadzi, el que quiso edificar el sueño de la Gran Serbia sobre el inmenso cementerio del adversario. En tiempos lo habrían paseado por Belgrado y por Bruselas en una jaula, como hicieron con Ezra Pound por mucho menos, pero es seguro que se le otorgarán todas las garantías que son de justicia más aquellas otras con las que el narcisismo ultracivilizado gusta de engalanarse. Recuerden el teatral juicio de su amigo Milosevich, con sus gestos mussolinianos y su escandalosa exigencia de pulcritud procesal. No hay justicia, sencillamente. Ni entre los violadores y asesinos serbios ni entre los macheteros africanos, ni en las dictaduras amigas ni en las lejanas satrapías. Dispongámonos a ver en el telediario la imagen frecuente del verdugo, la imagen ya convenientemente remozada, quizá injuriando con soflamas al sentido común y al sentimiento de las víctimas. Impunes andan por ahí desde Kissinger o Videla a Mugabe u Obiang, protegidos con honores y fortunas en Suiza murieron Pinochet lo mismo que Bokassa o Idi Amín. Veremos que ocurre con este poeta vesánico y altivo y hasta dónde puede la Justicia medirse con el Mal.

Chiringuitos culturales

Asombra el nivel y la temática de los cursos de verano celebrados en Andalucía, la acumulación de obviedades, la superficialidad de los temas, la propia estatura de muchos de los ponentes. Es verdad que sería raro que funcionara en vacaciones y en plan lúdico lo que no funciona durante el curso oficial, pero incluso concebidas como meras agitadoras culturales, parece claro que no sería muy difícil superar esos mínimos listones. A lo mejor merecía la pena plantearse si tanta insustancialidad merece un dispendio tan grande, aunque hay que insistir en que lo suyo sería atenerse a un proyecto serio, abierto y no partidista, que no necesitara, como necesita tantas veces, arrastrar al aula a unos cuantos parroquianos para que haya quórum. Cuesta lo mismo, en principio, un curso elevado que una medianía. Aquí habría que plantearse por qué no salimos de esta última.

Saltarse el pleno

El alcalde de Aljaraque (PSOE) se ha saltado el mandato del Pleno de su Ayuntamiento que le exigía presentar alegaciones contra la construcción del oleoducto del “amigo político” de su partido, el Grupo Gallardo. Bueno, es lo natural, porque ese hombre no hace más que obedecer a sus superiores. Ahora bien, ¿qué me dicen de IU, que se abstuvo en aquel Pleno y ahora no se ha opuesto a ese salto del alcalde? ¿Se puede montar toda una campaña contra un proyecto, como ha hecho IU, y abstenerse luego o dejar sin respuesta esa actitud antidemocrática del socio? Se comprende que la dirección del PSOE (ni la visible ni la que no se ve) calle la boca, pero ni por asomo cuela esta doble moral/doble actitud de Valderas y su directiva. No se puede servir a dos señores a la vez. Quizá eso es, precisamente, lo que sabe bien Valderas.

El tercer ojo

 

La generalización  del sentimiento de inseguridad está contribuyendo, como no podía ser de otra manera, al abuso de los controles ejercidos por el Poder con el curioso e ingenuo beneplácito de amplios sectores de la sociedad. Se trata de una consecuencia de la complejidad también creciente de la vida social, de que las dificultades de control por parte de la autoridad de unos flujos frenéticos de población van en aumento y también, por qué no decirlo, de una exigencia de seguridad planteada por las propias poblaciones, incómodas ante fenómenos como la inmigración masiva y asustada ante el impacto de sucesos que han conmocionado al planeta en su conjunto. En Francia, por ejemplo, julio se ha estrenado con el anuncio oficial de la creación de un inquietante fichero, el ‘Edvige’, destinado a explotar la información documental relativa a cualquier persona susceptible de la mera sospecha de suponer algún tipo de riesgo para el orden público, por supuesto al margen del control judicial, fichero que reunirá, junto a responsable sindicales o políticos, empresarios o a particulares, al margen de cualquier presunción de inocencia, incluso si carecen en absoluto de antecedentes. Al parecer, ya figuran en ese fichero 20 millones personas que, naturalmente, lo ignoran, y en él figuran, por si fuera poco, sospechosos menores de 13 años, cuyas huellas figurarán desde ahora, con toda probabilidad, en ese banco de datos junto al de ciudadanos inocentes, una situación frente la que ya han reaccionado cientos de asociaciones y que la Liga de Derechos Humanos ha elevado para su consideración al Consejo de Estado. Se ha dicho, con razón, que medidas de esta naturaleza conducen fatalmente a la “sociedad vigilada” según el paradigmático modelo del “Gran Hermano” entrevisto genialmente por Orwell, cuyas cámaras de videovigilancia y demás controles son ya una triste realidad. La informática ha abierto amplios horizontes de libertad al tiempo que nos ha atado corto y la crisis de la ‘división de poderes’ está haciendo el resto.

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El problema es mayor en la medida de que el abuso manifiesto del control social se está produciendo en sistemas libres tan acreditados y no en territorios sometidos a la autarquía. Italia mismo acaba de zanjar la polémica sobre la ficha colectiva de los gitanos rumanos con el expediente, seguramente falso, de ampliar la ficha a toda la población pero comenzando por los asentados en los campamentos de inmigrantes, al margen de que ya se vienen expulsando masivamente extranjeros incursos en responsabilidades penales. Ficheros informáticos, bases de huellas, depósitos de controles de ADN, reservados hasta ahora, al menos en teoría, a los delincuentes comunes y especialmente peligrosos (en principio, exclusivo para los delincuentes sexuales), se multiplican ampliados en los propios países democráticos cuya complexión ética y moral no es la misma ni mucho menos después de la catástrofe del 11-S y de los feroces atentados de Madrid y Londres. Y leo en la prensa americana algo que también tropiezo en la europea: que una creciente masa ciudadana transige con estas medidas de supercontrol siempre, claro está, desde la ingenua presunción de que no se verá afectada por ellas, aparte de que incluso va abriéndose paso una corriente de comprensión y tolerancia en el mismo ámbito judicial. Evidentemente la democracia no ha superado el reto terrorista internacional ni el que plantea la complejidad originada por los grandes éxodos, y no ve otra salida de urgencia que avanzar hacia el control total, es decir, hacia una “sociedad vigilada”, en la que todo el mundo será sospechosos mientras no se demuestre lo contrario. “Un día vinieron por los gitanos y no me inmuté porque no soy gitano”, permítanme la conocida paráfrasis. Si algo puede afirmarse con certeza de nuestra convivencia democrática es que nadie escarmienta en cabeza ajena.