Mal asunto

Por más filas que cierren o puños que aprieten, por más que reutilicen la manoseada teoría del rencor, el último “caso Chaves” tiene una gravedad indisimulable. Se trata, sencillamente, de uno de los sucesos de tráfico de influencia teñida de nepotismo más clamorosos de que haya memoria, y en absoluto se trata de acosar a Chaves por esa decisión de su gobierno, sino de que su gobierno y su partido traten de explicar lo que, a juicio, de la inmensa mayoría resultará, seguramente, inexplicable. No se pueden arreglar las leyes a medida como aquí se ha hecho, ni se debe consentir que quien negocie con una Administración sea hijo o deudo próximo de quien la preside. Eso va a misa se ponga como se ponga Chaves. Desde luego, si no fuera por la propia robustez del tinglado que dejó montado en Andalucía, éste sería el mayor escándalo mediático de la historia autonómica.

Carcajadas municipales

El fracaso de la oposición municipal del PSOE en el ayuntamiento capitalino es la demostración más incuestionable de la mediocridad de los dirigentes locales y provinciales del partido. No pueden con Pedro Rodríguez –no han podido en cuatro legislaturas, de momento—y no son capaces tampoco siquiera de plantear una oposición seria (lo de ‘leal’ ni se sueña, a estas alturas). El mismo espectáculo de antier, cargando contra el alcalde pero volviendo a abstenerse en la votación a favor de los trabajadores del Polo, deja ver a las claras que no tienen idea de a dónde van. Eso sí, los trabajadores defendidos por esa pinza a la griega IU-PP, habrán de tenérselo en cuenta, sin duda. Pocas demostraciones de flaqueza tan fenomenales como esa incapacidad del partido hegemónico para mantener el tipo medianamente ante un alcalde que los pone de los nervios, incluso ausente.

El doble manco

No creo que sea preciso insistir en que el propósito, al menos anunciado, de cambiar de “modelo económico” más o menos por decreto no deja de ser un brindis al sol, venga de la izquierda o de la derecha. En un reciente pronunciamiento aparecido en la prensa inglesa, el viejo maestro Eric J. Hobsbawm ha entrada a saco en la cuestión sobre la base de que el gran obstáculo que se opone a ese cambio fundamental es de orden ideológico y consiste en la quiebra del binomio dialéctico que dio juego a lo largo del siglo XX –la visión de la economía en términos de dos opuestos irreductibles, capitalismo y marxismo–, pero también  en el fracaso práctico de los respectivos sistemas, el colectivista, que quiebra en los años 80, y el liberal que acaba de venirse abajo con estrépito por más que maquinen sus fanáticos sobre las ruinas todavía en movimiento. Ni la derecha ni la izquierda disponen hoy de una idea clara sobre la que asentar su teoría del modelo social, convencida esta última de que el papel del socialismo no debe sobrepasar el objetivo de garantizar una distribución igualitaria en la medida de lo posible, y agarrotada aquella y ésta ante la imprevisibilidad de una crisis que nadie sabe cómo atajar. La invención hayekiana de lo que Hobsbawn califica de especie de “anarquismo burgués” no saldrá de esta crisis mejor parada que el ideal del socialismo planificado y ajeno a la contaminación del beneficio porque, en fin de cuentas, Blair o Brown y, verosímilmente, también Obama  no serían más que otras tantas “Thatcher con pantalones”. No hay más futuro que la vuelta al sistema “mixto” en el que lo público y lo privado se imbriquen de algún modo inevitable pero hoy por hoy no definido. La “teología” del mercado libre global le ha salido por un  pico a las vastas clases medias aparte de apuntillar al difuso proletariado una vez que las dos opciones ideológicas la hubieran aceptado.

 

Diseñar un nuevo “modelo” económico supone, probablemente por ambas partes, superar primero esa mutilación de la ideología. Sobre todo para la izquierda, que deberá romper, en un grado u otro, con los presupuestos con que se ha bandeado mal que bien durante el último cuarto de siglo, para aceptar que el crecimiento ha de ser un medio pero no un fin en su estrategia. Mucha, demasiada tela que cortar, pues, pendiente del sastre reformista, y siempre en la atmósfera adversa de una crisis cuyo alcance no es de momento previsible ni cuyos remedios se vislumbren siquiera todavía. La imagen de un ciego en un laberinto dando palos a diestra y siniestra, la esfinge doblemente manca. Ese “nuevo modelo” de que hablan los propagandistas puede que no esté hoy al alcance de ninguna mano.

De mal en peor

Ha respondido el PSOE onubense al escándalo de Punta Umbría (hoy ampliado en esta páginas) diciendo que “lo único ilegal es grabar conversaciones privadas” y que es legítimo que un Ayuntamiento proceda a hacer un “reparto equitativo” de las contratas municipales. Lo que no sabemos todavía es qué dirá a propósito de la adjudicación de Chaves de más de 10 millones a una empresa controlada por su hija, aunque no parece arriesgado suponer que el enroque no variará. Desde el alcalde monterilla que guarda su botín bajo el colchón al presidente que favorece a sus familiares más próximos, pasando por el que carga a obras pías facturas de puticlubs, esto sobrepasa ya todo lo tolerable. Que el partido se cierre sobre sí mismo garantiza, por si algo faltaba, una complicidad que explica lo que está ocurriendo.

Justos por pecadores

No es la información independiente, es la política ocultista del propio partido la que está comprometiendo al conjunto del PSOE, muchos de cuyos militantes reprueban el choriceo al que asistimos. Y que no vengan con cuentos porque lo que ha ocurrido en Punta Umbría es de juzgado de guardia, como, con la boca chica, reclama alguna portavoz. “Tenemos 80.000 euros que te vamos a dar. Y el resto, en una de las (obras) que saquemos que seas adjudicatario (sic), pues lo iremos metiendo, como antes”. ‘Como antes’: no se pierdan el dato. Hay que ser tonto para tragar con que estamos ante un incidente aislado y casual, y no ante un modo pervertido de gestionar. En efecto, somos muchos los que creemos que un montaje como ése debería acabar en el banquillo.

La nueva Alemania

Se me queja un amigo enseñante de que sus alumnos de bachiller suelen creer que Alemania es un país tan viejo como cualquier otro de los europeos, ignorándolo todo sobre el complejo y largo proceso de formación del Reich, justo cuando aquel gran país vive con creciente vehemencia el 60 aniversario de la República Federal y el disparado optimismo de los analistas que ven como desaparece a ojos vista el “complejo alemán”, al tiempo que crece sin pausa un sentimiento patriótico que en las encuestas es expresado tanto por el 60 por ciento de ciudadanos que se sienten orgullosamente alemanes como por el 80 por ciento que entiende al patriotismo como un fenómeno típicamente alemán. Se acabó, al parecer, la larga noche del remordimiento y el pesar, para dar paso a un optimismo que pronto celebrará, además, la caída del Muro y la reunificación de las dos Alemanias, un optimismo que tiene base de sobra en el vigoroso esfuerzo que ha aupado al país –a pesar del contratiempo económico que supuso la reunificación—al primer puesto entre las economías europeas y al tercero entre todas las del planeta. Una muchedumbre ha festejado el acontecimiento alrededor de la Puerta de Brandenburgo soplando las sesenta velas simbólicas que certifican la definitiva reinserción  y mayoría de edad de esa imprescindible Europa demasiado tiempo averada por imposición externa y, por supuesto, por una discreta autoexclusión de naturaleza purgativa. No hace tanto después de todo, como ahora se ha recordado allí, que un presidente como Gustav Heinemann era capaz de decir en público aquello de “amo a mi mujer pero no amo a mi país”.

 

No toda la presunta modernidad opta, pues, por la disgregación y el minifundismo político. Hay grandes países, los más grandes sin duda posible, que refuerzan su sentido de la unidad como prerrequisito del éxito histórico de la nación y como garantía de progreso material pero también como causa de decisivos avances morales. Alemania ha expiado durante medio siglo una locura que, desde luego, no sería justo atribuir sólo a una minoría enloquecida, pero que tampoco tiene ya sentido mantener sobre una conciencia colectiva contrita y renovada. Esos cientos de miles de ciudadanos celebrando el aniversario tienen  derecho, tras 60 años de esfuerzo y república, al sentimiento patriótico que, durante tanto tiempo, se les ha negado.