¿Asambleas para qué?

IU tiene una difícil problema en Bollillos, el pueblo del coordinador general, Diego Valderas. Expulsar a los ediles que han realizado lo que decidió la Asamblea sería tanto como descalificar a ésta, aparte de que si la cosa acaba en los Juzgados, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Se comprende el mosqueo de Valderas, su fracaso íntimo, pero mientras se mantenga, aunque sea de aquella manera, la representatividad y la democracia interna de las Asambleas, no respetar sus decisiones es absurdo. Ya en Valverde le costaron caros a la coalición los trajines del ‘bienpagao’ que salvó a Cejudo, se forró personalmente y rompió la organización. Otro tanto o peor le podría ocurrir a Valderas en Bollillos si persiste en su actitud.

El saber fragmentado

Tropiezo con la queja doliente de un profesor a propósito de la crisis del libro, que el supone –dándola por demostrada– la causa mediata del fracaso docente y, más allá de éste, de la debacle cultural fácilmente comprobable en las nuevas generaciones. Según él, no habrá de mantenerse en pie mucho tiempo un sistema educativo que casi ha prescindido de los libros para sustituirlos por los dudosos apuntes de clase, consolidando la sustitución de las fuentes, en el mejor de los casos, por breviarios pirateados en la fotocopiadora. Son las copisterías las que progresan, no la educación ni el saber –dice el cuitado–, que calcula con los dedos de las manos los años que aún podrán resistir en pie estos trajines subculturales tras los que la educación resplandecerá solitaria en su cielo haragán. Podría ser, por qué no, sólo que el debate sobre los instrumentos de la enseñanza es tan antiguo que algunos historiadores de la educación nos recuerdan la severa prohibición de los apuntes decretada en la universidad de Coimbra hace más de dos siglos así como la censura de nuestro excepcional bibliógrafo Menéndez Pelayo que a ellos atribuía, más que a cualquier otra causa, “la reducción del horizonte del saber”, perceptible ya en su tiempo. Dando por aceptable el fondo de esa queja, debo decir que no estoy de acuerdo con el detalle, en el sentido de que la realidad es que hoy resultaría impracticable un plan de aprendizaje basado en el estudio directo de las fuentes, ciertamente inabarcables, sea cual sea el campo elegido. De ahí que algunos profesores laboriosos preparen antologías de breves textos claves que faciliten al aprendiz un primer contacto tras el que, eventualmente, podría surgir el interés por el conocimiento directo de las fuentes, una técnica no poco lógica pero que, en efecto, contribuye a la crisis del libro generalizada, paradójicamente, en una sociedad que consume esos ingentes centones encaramados sin remedio en los ránkings de libros más vendidos. Si don Santiago no comulgaba siquiera con “los llamados libros de texto”, un profesor actual debe conformarse con administrar el saber a la ‘basca’ en dosis homeopáticas.

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Hay quien dice, a este respecto, que siempre nos quedará Internet, esto es, un instrumento de acceso rápido al saber, capaz de facilitarnos, en unos segundos, noticia de la materia que sea, estableciendo una cultura de urgencia que tiene no pocos riesgos junto a sus evidentes ventajas, pero que, sin duda también, tiene que contribuir a fragmentar el saber, a ‘desistematizarlo’ si me permiten la expresión, a dotar a todo conocimiento de una autonomía imaginaria que liquida el ideal de “sapientia” en que tradicionalmente se basaba la esperanza de alcanzar algún día una inteligencia unitaria de la realidad. No creo que haya signo más característico y elocuente del conocimiento actual que esa fragmentación que parcela el saber, demotizándolo en cierto sentido, es cierto, pero también descoyuntando la cultura hasta extremos cuya gravedad hoy no creo que estemos en condiciones de predecir. Por supuesto, eso sí, que semejante modelo de aprendizaje no es la causa sino el efecto de nuestro  modelo de sociedad, dicho sea en el sentido en que John D. Bernal explicó el paradigma científico en función de la necesidad social. Y nada expresa mejor esa limitación de la exigencia pedagógica que la nota de “suficiente” con que el sistema califica el saber raspado, nota que ilustra la estrategia de desarme crítico que emplea la postmodernidad, probablemente como medida instintiva de autopreservación. En plena ascensión  burguesa, Flaubert dudaba de que habiendo leído cinco o seis libros solamente se pudiera ser sabio. Hoy el sistema no descarta fabricar una sabiduría a base de retales ensamblados, compatible con el vértigo vital y útil al designio de desarmar la crítica a toda costa. El ideal no lo dibuja hoy Leonardo sino Arcinboldo. Y así nos va.

Elocuente imprevisión

La designación de Mar Moreno como miembro de la ejecutiva federal del PSOE deja vacante, casi sin estrenarse, la consejería de Obras Públicas, lo que plantea el grave grado de improvisación de un proyecto autonómico para el cual quien sea titular de la consejería inversora no parece tener importancia o, en cualquier caso, es evidente que está supeditado al interés de partido. Habremos perdido otro año en ese departamento venido a menos que no ha levantado cabeza –“casos” aparte—desde que Montaner lo convirtiera en el instrumento básico de una Administración autónoma con poquísima experiencia de gestión y carente aún de imagen propia. Ahora, como se ve, dan igual tres que trescientas, lo que constituye una clara señal de la importancia menguante de la inversión autonómica. Tampoco Moreno tenía mucha idea de gestión, que digamos. Veremos si, al menos, la tiene el improvisado sustituto.

Justicia y derecho

La manifestación convocada en Sevilla por Juan José Cortés, el padre de la niña Mari Luz asesinada en Huelva por el pedófilo, debería, tal vez, poner punto final a la explicable inquietud de este hombre que se siente lógicamente destrozado por la insuficiencia de la Justicia y por la lenidad de las leyes. Porque una cosa es reclamar penas más justas contra esos monstruos y su efectivo cumplimiento, y otra muy diferente exigir la destitución de un  juez cuya labor ha sido respaldada por el CGPJ, mientras se guarda silencio, además, sobre las responsabilidades del Gobierno y la Junta como responsables mediatos de lo que está ocurriendo. Los jueces andaluces están hartos de repetir que no pueden con su carga de trabajo pero la Junta se hace la sorda. Y ello supone que, aunque se excluyera a ese juez, la situación crítica de nuestra Justicia no variaría. Cortés sabe hoy que ni ZP, ni Bermejo ni el presidente del TS le dieron más que palmadas en Madrid antes de hacerse una foto. Lo que quizá no sepa es que el juez de su obsesión sigue sin verse las manos y con los mismos medios.

El rojo placebo

El Congreso del PSOE ha eludido escrupulosamente todos y cada uno de los grandes temas que embargan la opinión pública. No se ha mencionado la palabra “crisis” (dicen que el término está disciplinariamente prohibido en su ámbito), no se ha discutido sobre el enorme problema de la inmigración salvo para proponer su voto que el partido supone favorable, no se ha mentado la escabrosa cuestión territorial sino para alinearse con el monolingüismo impuesto por el socio nacionalista, ni el problema de la vivienda, ni el que plantea el reparto racional del agua, ni cómo habrán de financiarse las autonomías. La proverbial capacidad de la socialdemocracia para el oportunismo ha proporcionado, en cambio, un temario cómodo para los delegados en el que el radicalismo sustituye a la utopía: el establecimiento de la laicidad del Estado, la ampliación legal de las condiciones del aborto y el establecimiento de la “eutanasia” bajo el eufemismo de “muerte digna”, son para el partido del Gobierno los problemas mayores que tiene planteada la sociedad española. Ni una palabra, pues, de la subida de los precios, del aumento del paro, de la situación catastrófica del mercado financiero y la angustia de tantas familias que probablemente perderán su vivienda al no poder hacer frente a su hipoteca, ni media sobre el desafío separatista vasco o la exclusión del español perpetrada en Cataluña a pesar, incluso, de la oposición judicial. La radicalidad es un placebo que no suele fallar y un recurso inestimable cuando se carece de ideas fuertes o, simplemente, el ‘ideario’ ha degenerado en ‘ideología’, pero también cuando resulta obvio que a ras del suelo no resulta posible ganar la batalla. Una enorme cortina de humo para ocultar uno de los peores momentos vividos por el país en la etapa democrática, eso es todo. A ZP puede que acabe devorándolo la crisis pero no va a ser en su casa, sino en las ajenas.

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Esta pseudoizquierda tiene poco que ver con la histórica, con aquella en cuyos congresos se debatía con pasión la supresión de la propiedad privada o de la herencia, la reducción de la jornada de trabajo, la extensión de la cultura o el recurso a la huelga revolucionaria, y ello tiene su lógica, sin duda, en la evolución global de la cultura política. El problema es que, privada de esos objetivos de máximos, libre del peso de la utopía, el contenido de sus programas revela una inanidad rayana en el ridículo y en una mera estrategia radical destinada a la conciencia incauta, deslumbrada por un calculado enfrentamiento con la tradición. No es casual que esos tres proyectos máximos ocultadores de la realidad más grave –es decir, la defensa del laicismo, el aborto y la eutanasia—converjan en una misma ofensiva antirreligiosa y anticlerical tendente a convertir al catolicismo en buco con cuyo sacrificio entretener a la tribu, pero sí que resultan no poco extravagante teniendo en cuenta que el progresismo histórico (de Valera a Pérez de Ayala pasando por Galdós) hace mucho que superó ese ingenuo motivo resucitado trágicamente por la República. Claro que la política es teatro, tinglado de la antigua farsa, y el guionista está en su papel adaptando el libreto a sus propios intereses, lo que implica eliminar cualquier cuestión peligrosa e introducir cuantos efectos especiales puedan contribuir a engatusar al respetable. ZP no va a enfrentarse a una crisis galopante que él insiste en negar mientras ésta no socave el suelo bajo sus pies, pero hay que echar de comer a la fiera y para eso está la radicalidad demagógica y la caricatura banal de una sociedad moderna a ultranza cuyo territorio histórico se amenaza, cuya lengua se prohíbe y cuyo pueblo soberano se debate frente a la ruina. En política, como en medicina, también hay placebos. De lo que no hay noticias es de que jamás hayan curado una enfermedad real.

Peter al poder

A partir de ahora, las políticas de Educación del PSOE y, en consecuencia, del Gobierno, correrán a cargo de la ex-consejera Cándida Martínez, la misma que durante años consiguió situar y mantener la educación andaluza a la cola de la nación. Extraño criterio, incompresible fuera de la lógica interna de partido, que está provocando gran jolgorio en la “comunidad educativa” que sufrió su más que discutible competencia. Con ese método de la patada hacia arriba, ya ensayado con Carmen Calvo y Magdalena Álvarez, Chaves conserva el control de la organización regional, apuntalado en cuotas de diversa naturaleza pero siempre equilibradoras de grupos y tendencias. Quizá no hubo en las últimas legislaturas mandataria más cuestionada que doña Cándida. Quizá esa circunstancia lo explica todo.