El TC, en Marinaleda

Anda reclamando el alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, que quienes reclamaron en IU la expulsión de los ediles que habían apoyado a la lista proetarra para las elecciones europeas, fueran expulsados de la coalición. Va ‘crecido’, como pueden ver, y la causa de ese crecimiento es la sorprendente (y temible) coincidencia de su criterio radical con el del Tribunal Constitucional, coincidencia que debería servir al alto tribunal para reflexionar sobre el papelón que está haciendo. Los proetarras en cuestión ya han dejado claro lo que son y en lo que están al aceptar la legitimidad de la violencia. Y eso puede que no escandalice ni mucho menos al alcalde de Marinaleda pero debería forzar a aquellos altos jueces a entender lo que acaban de hacer.

Los excluidos de Huelva

Nada quieren saber la Junta ni el Gobierno sobre la aplicación en Huelva de un plan de inclusión social para paliar la dramática situación de tantas familias, a pesar de que en el Estatuto famoso se instituye ese derecho y hasta se habla del derecho a la “renta básica” de todo andaluz. En Huelva, sin embargo, Gobierno y Junta no quieren, como propone el Ayuntamiento, coordinar esfuerzos. Un caso: la proposición municipal de IU apoyada por el PP de declarar a la barriada Pérez Cubillas “zona con necesidad de transformación social” fue apoyada en Huelva por el PSOE pero rechazada en Sevilla con los votos de éste. Doble moral y muchísima cara que convendría que la gente conociera con detalle para saber con quien se juega los cuartos.

Lo que hay que oir

Si les digo la verdad no he tenido el menor problema para entender a la ministra Bibiana sostener que el feto de catorce semanas es un ‘ser vivo’ pero no un ‘ser humano’ sencillamente porque, según ella, ese extremo “está demostrado científicamente”. No hay por qué darle vueltas a la propuesta de una ignorante, ni merece en absoluto la pena detenerse a disputar con quien, con  toda seguridad, sería incapaz de plantear racionalmente la cuestión dada su incultura palmaria. De una persona que inventa “miembra” para referirse a los miembros femeninos no hay por qué esperar más que tonterías, mayores y más graves, es verdad, a medida que el ámbito dialéctico se hace más profundo, por la razón elemental de que de donde no hay, no se puede sacar. Más me ha sorprendido el deslucido capotazo con que ha querido hacerle el quite el ministro de Educación, esa sorprendente manifestación de que, como metafísico profesional, él “necesitaría un buen rato para decidir que es un  ser humano”. Son la monda estos metafísicos o, al menos, algunos metidos a políticos, y en este caso el despropósito es de tal envergadura que cuestiona seriamente la coherencia intelectual de quien lo produce. Claro que Gabilondo, el ministro, no sabemos si encuentra la dificultad en la propia noción de “ser” o en la condición “humana”, pues en el primer caso habría que darle cuartelillo, dada la antigüedad de la cuestión que alguien resumió muy bien explicando que, ya en los albores de nuestra civilización, los razonantes advirtieron pronto la dificultad léxica ligada a la ontológica que implicaba la cuestión. Hablando de lo que nosotros llamamos “ser” no es lo mismo traducir el “tò ón” de los griegos que el “quod est” de los romanos, ni sería cosa de meternos en Parménides y Heráclitos. Por su lado insigne, Aristóteles distinguía, bien lo sabemos, entre el ‘ser’ propiamente dicho y ‘el hecho de que algo sea’, pero lo que nunca estuvo en cuestión, fuera del pragmatismo jurídico romano, es la ‘humanidad’. ¿Lo ven? Ya nos estábamos liando por culpa del metafísico.

 

No hay por qué estar con el fundamentalismo dogmático en el asunto del origen. Hay tiempos y tiempos, y un óvulo fecundado no es todavía,  evidentemente, un niño, del mismo modo que un huevo con engalladura no es un pollo. Ahora bien, la embriología nos proporciona hoy una perspectiva tan apabullante de la ‘continuidad’ del proceso reproductor que hay que ser, a su vez, otro fanático para defender que un cuerpo humano, de origen humano y con destino humano no lo es. No sé para un metafísico tan erístico como Gabilondo, pero para mi lega y modesta noción está tirado decidir lo que es un ‘ser humano’. Porque desde luego, si ya dio malos resultados aquello de hacer de la filosofía “ancilla theologiae”, peor los da, como está a la vista, convertirla en sierva de la política. Bibiana, sin oficio aunque con todo el beneficio del mundo, puede decir lo que se le antoje. El metafísico debería tentarse la ropa antes de entrar a ese trapo.

El bien general

El politiqueo y el partidismo han mandado al carajo al “bien común”. Miren el “caso Camas”, el pueblo sevillano paralizado durante seis años a partir de un laberinto de corrupciones y en función de la degradación de una política minúscula de pactos y contrapactos, en acuerdos y transfugazos, durante los cuales el pueblo ha vivido un notable desgobierno bajo los mandatos de nada menos que cinco alcaldes. Ese espectáculo no hay moral democrática que lo resista, pero es lo que hay, es decir, lo que aceptan –hoy por ti mañana por mí, como en este embrollo camero—todos y cada uno de los partidos. 

El salvador del Polo

Se ha desmelenado en Huelva el consejero de Gobernación  y responsable del PSOE andaluz, Luis Pizarro, otro aficionado y meritorio de partido encumbrado a la cima de las decisiones. Y lo ha hecho para decir que “no se puede perder la única industria química de Andalucía” que hay que conseguir “un solo Polo” (¿) competitivo y ecológico (él lo ha dicho más jergalmente, pero da lo mismo), y que el PSOE “no tiene un doble discurso sobre el asunto como los demás partidos”. En fin. Los Pizarros no suelen aportar más que política y maniqueísmo y en este caso es economía y unidad lo que se precisa con urgencia. Que diga qué están haciendo el Gobierno y la Junta para evitar la caída en picado de nuestras fábricas y se deje de cuentos.

Amor de casados

Un cura polaco, el padre Ksawery Knotz, acaba de sacar a la luz un libro que le están quitando de las manos en las librerías. Se trata de un tratado sobre el sexo dentro del matrimonio, un “Kama Sutra para católicos”, en cuyas páginas el buen hombre –cuya experiencia erotológica cuesta imaginar de dónde procede—aconseja a los cónyuges como conducirse en la “dulce pelea” del amor de la que habló el poeta, recomendándoles plena libertad para introducir en el juego íntimo toda clase de caricias, posturas y artes hasta ahora cuestionadas por ese fundamentalismo inconsciente que hizo decir a cierto pensador célebre que hay buenos matrimonios pero que no los hay felices, o afirmar al maestro Taine que el casorio es la institución en la que “los protagonistas se estudian mutuamente tres semanas, se aman tres meses, se pelean tres años y se toleran treinta”. El padre Knotz parece convencido de que la crisis de la institución viene de lejos y se debe en buena medida a una visión espartana de la vida sexual que, aunque es más que probable que jamás fuera observada con  rigor, ha contribuido lo suyo a demoler la atracción mutua entre los esposos y también, claro está, a empujarlos (sobre todo a ellos) a buscar fuera de casa lo que dentro se les prohibía.  De momento no hay protestas de la jerarquía y hasta se preparan a calzón quitado nuevas ediciones y traducciones a varios idiomas con la intención de procurar al personal una tranquilidad de ánimo que se supone, puede que con cierta ingenuidad, inexistente en la actualidad. No sé qué diría el papa Wojtila si viviera, por supuesto, pero sospecho que se le habría empinado la oreja simplemente con ver ese título provocador.

 

Pocas falsedades tan exitosas como ésta de los rigores matrimoniales de la coyunda católica, que no en balde parte de aquella dura frase de Pablo de que “más vale casarse que abrasarse”, como si el matrimonio fuera un apagafuegos y no lo que, por debajo de las apariencias y salvo excepciones, ha sido seguramente toda la vida. Ovidio no inventó nada en su “Ars amandi” que no practicaran ya sus trasabuelos y aún , seguramente, se quedó corto, como cortos y discretos fueron los extremos de Margarita de Navarra o tantos otros difundidos por la literatura erótica, acaso la más ingenua de las literaturas. Unos años han bastado para convertir en puras “carrozas” a Miller y sus “Trópicos” y unos siglos para que las imaginaciones “ilustradas” parezcan hoy poco más que retorcimientos pacatos. Al cura polaco le echo, por mi parte, unas cuantas semanas antes de pasar del deliro del ‘best seller’ al purgatorio de las devoluciones al editor. Descubrir a estas alturas que, como se ha dicho, el sexo es el cerebro del instinto, la verdad es que no merece otra cosa.