Se acabó el disimulo

En el Ayuntamiento de Sevilla, casa de Monipodio según parece, se están produciendo cosas tan raras como facturaciones falsas, obras inexistentes, desapariciones de bienes y nepotismo por un tubo. Son cosas ya prácticamente asumidas poro el ciudadano –¡y por la Justicia, en cierta medida!—que a los políticos importan más bien poco porque saben que gozan de una especie de impunidad mil veces comprobada. Ahora la portavoz del consistorio, sorprendida por la evidencia de un montón de contrataciones de familiares de ediles, no ha tenido mejor respuesta que decir que, al fin y al cabo, “el enchufismo no es un delito”, que ya hay que tener cara de sobra y vergüenza justita para esgrimir ese argumento. La corrupción –los últimos casos lo demuestran—ni tiene arreglo fácil ni siquiera tiene conciencia. Esa frase inconcebible vale por todo un psicoanálisis del Poder.

La crisis en Huelva

La culpa de la crisis en Huelva no la tiene el lío de las “sub prime”, el ruinoso tinglado norteamericano de créditos e hipotecas basura, ni el efecto dominó inevitable tras los desplomes de los gigantes de Wal Strett, ni el quietismo del Gobierno que hasta hace poco llamaba ‘antipatriotas’ a quienes osaran sacarla a colación y que ahora recomienda “pedagogía”, como si los ciudadanos fueran tontos y no supieran contar solos lo que llevaban y lo que llevan en el bolsillo. No señor: la culpa de la crisis en nuestra provincia la tiene al alcalde de la capital, o al menos eso proclama la más que cortita oposición sociata en el consistorio, que le acusa de subir los impuestos a la construcción. Es grave esta estrategia de la mentira, de la desinformación sistemática, que practica hace tres legislaturas lo que no perdieron las tres elecciones. Y el problema irá a peor a medida que el tiempo corra y el PSOE no decida quién sucederá a Parralo como candidata como, lógicamente, tendrá decidido, hace tiempo.

Alcobas cerradas

Varios grupos críticos se han levantado de manos frente a la iniciativa de las mujeres de un pueblo turco –presentada en público por una diputada de su Parlamento– de cerrar a cal y canto sus alcobas y negarse a mantener relaciones sexuales con sus maridos en tanto no se solucione el problema del agua que padece la comunidad. Un viejo y caudaloso manantial, del que el pueblo solía abastecerse, ha sucumbido a la sequía que sufre la zona y esas diligentes mujeres deben acarrear diariamente el precioso líquido desde una fuente situada a trece kilómetros, el cántaro apoyado en el cuadril o sobre el rodetillo en la cabeza, ni más ni menos que como millones de mujeres del Tercer Mundo vienen haciendo día a día desde que el mundo es mundo. La razón de esos críticos/as se centra mayormente en el bien traído argumento de que negar u ofrecer condicionalmente el sexo supone la asunción, por parte de las mujeres, de un concepto que convierte a aquel en contrapartida y, lo que es peor, en arma secreta y extrema de la hembra para medirse con el macho, cuando lo lógico y pretendido por la modernidad, en este sentido, es hacer del sexo de ambos géneros un don complementario y libérrimo, no sujeto a contraprestaciones ni requisitos previos. Y llevan mucha razón, desde luego. No es buena cosa formalizar las relaciones entre los sexos en régimen de intercambio ajeno al propio sexo –la prostitución es, al cabo, un trueque de ese tipo–, ni tiene grandes probabilidades de salir adelante una huelga de piernas cruzadas como la que el genio irónico de Aristófanes propuso en ‘Lisístrata’ para acabar con la guerra. Lo que esas mujeres tendrían que hacer, en todo caso, frente a los haraganes de sus maridos, es negarse a ir al pozo y esperar a ver qué sucede.

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Hay entre los objetores a las rebeldes turcas algunos grupos feministas que comparten, al parecer, el criterio apuntado, sabedores, a buen seguro, de que la dramatización ideada por Aristófanes era más un guiño cómplice (y macho) a la desigualdad entre hombres y mujeres que una propuesta verosímil de solución a su razonable convivencia. Pero a mí me parece que, más que el negocio sexual, de suyo tan pirotécnico y llamativo, lo que a aquella diputada y al pueblo en general debiera preocuparle es la situación de miseria que, a estas alturas, sigue agobiando a esas muchedumbres privadas hasta del agua, en las que alguna solvente ONG estima que podría reducirse drásticamente la aterradora mortalidad infantil simplemente enseñando a las madres unos rudimentos de higiene que, naturalmente, requieren lo primero ese agua de la que carecen. En Turquía, de todas maneras, no es la primera vez que se produce un altercado de este tipo, pues ya hubo otras similares en lugares de Anatolia y otras zonas, aparte de que dicen que es un clásico del cine turco cierta película sobre el tema realizada hace un cuarto de siglo, sin que, fuera de la ficción, se tenga la menor noticia de que en alguna de esas ocasiones la revolución femenina sirviera para gran cosa. El gran equívoco de la farsa griega consiste en su alta improbabilidad –y no faltan en la pieza bromas bien significativas al respecto—pero, sobre todo, su gran trampa está en que el mismo gesto de utilizar el sexo como instrumento de fuerza conlleva inevitablemente su cosificación al convertir el deseo en una mercancía y su ponerle un precio a su satisfacción. Lo que asombra, después de todo, es que este tipo de fábulas sigan reapareciendo, puntuales como perseidas, cada vez que se plantea el conflicto desigual, y más todavía, si cabe, que lo haga en un país como ése en el que las relaciones entre los sexos son rígidas hasta la caricatura. Vamos a esperar unos días hasta ver cómo termina el rentoy de esas hembras turcas terciadas de griegas enfrentadas a sus machos parásitos. Aunque sólo sea para comprender mejor a Aristófanes y su esmerada ironía.

Razón y circunstancia

El dimitido presidente del Consejo Audiovisual Andaluz, Vázquez Medel, ha explicado en un curso e la UNIA que el órgano que encabezó y rigió sin rechistar durante su mandato “debe actuar al margen de las presiones políticas y mediáticas” y no ser “una institución para políticos profesionales” a los que se designa consejeros “como premio a los servicios prestados” a quienes “para medrar termina callándose muchas cosas”. Será difícil ponerle peros a esa teoría tan lejana, desde luego, de la práctica mientras él mismo dirigía el montaje como si ignorara que su propia naturaleza partidista no permite otra regla que las impuestas por la mayoría parlamentaria de que emana el órgano. Está bien siempre que quienes han ocupado cargos políticos hablen alto y claro: Estaría mejor que lo hicieran desde la credibilidad que tiene la crítica lanzada desde el despacho oficial y no después de perderlo.

Exceso de celo

No se entiende bien el rebote desmesurado del ugetista Luciano Gómez frente a las iniciativas del diputado ‘verde’ David Hammerstein en relación con el medioambiente onubense. ¿Por qué ese miedo a que la UE investigue seriamente nuestras condiciones ambientales si, como el sindicalista dice, no hay nada que temer porque está garantizada la “normalidad”? Es una barbaridad, en efecto, lastimar nuestra imagen con ataques al Polo pero no debería olvidarse que no todo el mundo está tan convencido como Gómez de que todo es tan normal, en especial tras las insistentes denuncias de organismos solventes sobre la elevada tasa de mortalidad que padecemos en comparación con el resto de España. Un sindicato tan próximo al poder debe tener bien presente que tan deplorable es el alarmismo como la ceguera voluntaria.

El mundanal ruido

Una campaña televisiva está poniendo de moda –es un decir—a un mínimo lugar turolense, Miravete de la Sierra, cuyos doce habitantes se han propuesto recaudar fondos para reconstruir su arruinada iglesia ofreciendo su recoleto paisaje a los caprichos del turismo como si se tratara de un tesoro inaudito. No vende Miravete atracciones sino, precisamente, la falta absoluta de ellas, siempre desde la idea de que esa suerte de vacío vital que es la soledad puede constituir en sí misma un poderoso atractivo, acaso un antídoto contra el estrés urbanita, quién sabe si el secreto anacoreta de la felicidad en un caserío desierto cuya hora punta no es otra que aquella en la que los vecinos acuden a comprar el pan. “Aquí no pasa nunca nada –viene a decir su portavoz–, no pasa ni el tiempo aunque adelantemos la hora”, es decir, la contraoferta turística ideada por quienes, desde su asumida soledad, han creído ver en el diario agitado de estos tiempos un mal insufrible que se puede remediar renunciando, como quien dice, al mundo y sus laberintos. ‘Menosprecio de Corte y alabanza de aldea’, pues, nuevamente el ideal sempiterno de la “escondida senda” calderoniana, el regusto quijotesco por las soledades que llega rebotando hasta Juan Ramón o Cernuda desde los orígenes de la imaginación literaria. En pleno tumulto de la Revolución Francesa decía Chamfort que el hombre es más dichoso en la soledad que en el mundo, no sé si consciente o no de que pisaba el mismo camino que otros había recorrido antes que él desde que el mundo es mundo. El ocio absoluto, como un nirvana eventual, pretende convertirse en atracción turística lo que, en cualquier caso, no deja de suponer una elocuente lección sobre las tensiones que vivimos. En Miravete simplemente se está, la aventura ofrecida es la existencia misma, aislada, despaciosa, íntima, del hombre saturado de acción, el recreo para la conciencia abrumada. Puede que acaben teniendo cola.

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Lo que yo no sabía es que la despoblación rural llevaba la velocidad que lleva en España, que el INI tiene localizados casi tres mil pueblos deshabitados, que tantos lugares estuvieran siendo abandonados definitivamente a causa de la constante sangría hacia las grandes ciudades. Sólo en un quinquenio, entre 1996 y 2001, en Andalucía se han despoblado treinta y cinco de ellos, pero son Galicia y Asturias las regiones se llevan la parte del león –casi la mitad del total– y Madrid la provincia o autonomía con mayor número de pueblos abandonados. La antigua queja arbitrista por la despoblación del país vendría hoy al pelo, bien cierto que por motivos y circunstancias diferentes, y de hecho hay alguna preocupación administrativa por este fenómeno que ha llevado, incluso, a la UE al concepto de que la agricultura del futuro tiene entre sus objetivos el de conservar el paisaje. Lo de Miravete, en todo caso, es más sencillo y más metafísico, más moral, si me apuran, porque no consiste en otra cosa que en el redescubrimiento de las paces aldeanas, del ideal lugareño, opuesto a la noción urbana de la vida, amasado más con la harina en flor del viejo cinismo que con la fermentada materia del activismo ilustrado o del frenesí postmoderno. Nada que hacer, “dolce far niente”, aspirar lentamente el paso del tiempo –los ojos entrecerrados, la mente al ralentí– como alternativa al ideal capitalino de la diversión que estraga el cuerpo y desordena el ánima. Se me ha venido a la cabeza un amargo aforismo de Cioran que dice que nadie puede cuidar su soledad si no sabe hacerse odioso, pero quizá el filósofo se refería a otras soledades y no a esta simple paz intacta en medio del estruendo. No tengo idea de por dónde le saldrá el negocio a esos ‘doce de la fama’ pero no hay quien me quite de la cabeza que su ocurrencia apunta muy hondo en nuestra disforia colectiva.