El juez culpable

Dice el ministro de Justicia, refiriéndose a la ridícula sanción impuesta por el CGPJ al juez Tirado, que le parece  “difícil contentarse con tan poca cosa”. Dice el padre de la niña asesinada que la decisión “avergüenza a todos los jueces”, sostienen los jueces que no era cosa de buscar en ese juez “una cabeza de turco” y argumentan los funcionarios (que conocen bien el tejemaneje) que sale “más barato cargarse a un juez que arreglar la Justicia”. Por su parte, la Junta, por boca de la consejera de Justicia, deja caer que “se ha perdido una gran ocasión de trasladar a toda la ciudadanía que la Justicia llega a todos los rincones ya todo el mundo”, algo en lo que estamos de acuerdo pleno porque es esa Junta la que debería cargar con este mochuelo por su terca cicatería y su política tan poco atenta a las necesidades de esa Administración en crisis. Sí, es barato y fácil cargarse a un juez (que de todas maneras, es culpable) y demasiado caro, por lo visto, pasarle factura a la Junta por su intolerable indiferencia ante el caos judicial.

El alcalde se queja

Da pena escuchar al Alcalde quejarse –uno cree que con toda la razón del mundo—de la persecución realmente maniática a que lo someta el PSOE municipal, su fracasada alternativa desde hace cuatro legislaturas, y augurar que no ve posible que la tensión en el debate y en la convivencia municipal amaine y se suavice en vista de la “neurosis obsesiva” contra él que padece esa alternativa en la oposición, y no hay más que pensar en el número de demandas y querellas contra él que ésta lleva perdidas para comprender que no le falta la razón a Pedro Rodríguez. Es una pena que el objetivo no sea mejorar Huelva sino cargarse al Alcalde, como lo sería cualquier actitud hostil del regidor hacia sus adversarios. Nuestra clase política –me atrevo a decir que en Huelva más que en parte alguna—parece incapaz de compartir responsabilidades a favor del bien común.

Falló la Bestia

No estaban justificadas las alarmas de esos científicos que han pedido al Tribunal Europeo de Derechos Humanos la paralización del experimento que tuvo lugar ayer en el gigantesco colisionador de hadrones instalado en Suiza por el Laboratorio Europeo de Física de Partículas. La reproducción artificial de la circunstancias del ‘Big Bang’, el origen del Universo, no ha generado ‘agujeros negros’ ni acabado con la vida del planeta, como temían esos sabios, bien sabe Dios que animados de una lógica nada extravagante, y esta mañana, con sus nubes y claros, ha amanecido como si tal cosa por donde siempre, ni que decir tiene que con sus malas nuevas económicas y sus truculencias habituales. ¡El fin del mundo! Un monje medieval, Raúl Glaber predijo con precisión el Apocalipsis para el famoso año 1000 pero cuando pasó sin novedad la fecha prevista, volvió a las andadas proponiendo el año 1033 como definitiva, dado que en ella se cumplía el milenario de la Pasión. Hubo otras muchas alarmas por entonces –Focillon y Duby han estudiado el tema con detalle–, normalmente debidas al magín de frailes vaticinadores que retorcían la letra bíblica, como demostró Jacques Heers en una obra memorable, y aún durante el resto del siglo, a pesar del fracaso de las profecías, el miedo siguió haciendo estragos entre una población mísera e ignorante. Pero todavía Newton sostuvo bizarramente que el mundo habría de acabarse en 2060, es decir, 1260 años después de la reconstitución del Sacro Imperio por Carlomagno, del mismo modo que Williams Miller anunció en su día que la fecha fatídica del ‘Harmagedón’ sería el 22 de octubre de 1844, ni un día más ni un día menos. Es una lástima que no dispongamos de la tesis de Ortega sobre “Los terrores del año 1000”, fervorosamente recogida y ocultada primero por él mismo y luego por sus discípulos y deudos. La idea del fin del mundo –“dies certus an incertus quandum”—tentó y sigue tentando al hombre, como puede verse, pero una vez tras otra, la Bestia apocalíptica falla en su trágico propósito. Menos mal.

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Hay que reconocer, en todo caso, que la prevención mostrada por estos físicos ante la reproducción controlada de la Creación, resulta no poco razonable, como decía, quizá porque un proyecto como éste –desencadenar de nuevo el cataclismo fundante—supera la capacidad imaginativa de cualquiera. La gran explosión, los fascinantes “tres primeros minutos del Universo” de que nos habló Weinberg, el asombroso despliegue de la materia en el vacío a compás de la creación del espacio-tiempo, la película de “El momento de la Creación” que nos mostró James S. Trefil, el “estado estacionario” de Bondi, las dudas y certezas cosmogónicas de Merleau-Ponty, acaso el cuadro sereno del “universo estable” pintado por Fred Hoyle…, demasiados prodigios, no cabe duda, como para verlos venir con tranquilidad. Una vez más, eso sí, aquí seguimos plantados, superada de nuevo la profecía del fin, el anuncio de la postrimería, y encima con la esperanza de que de este ‘génesis’ artificial saquen los sabios enseñanzas que contribuyan a abrir las mentes y no a cerrarlas, viejas intuiciones sagradas finalmente laicas, traducida en la ecuación prometeica más descomunal que el ser humano haya sido capaz de soñar. Quienes vuelven a fallar son los agoreros, los sembradores del miedo, a los que la experiencia vuelve a noquear sobre la lona de este ring de certezas y dudas, de precisiones portentosas y fatales lagunas en las que naufraga hoy como ayer la soberbia de la especie. Hemos sobrevivido, en fin, a este temido miércoles, como sobrevivimos al ‘día de la Bestia’ y a tantas vanas premoniciones, como sobreviviremos, probablemente, en el futuro a las que han de venir. Ayer el hombre ha jugado a ser dios. El resultado, después de la publicidad.

Réplica merecida

Vaya réplica que le han dado los empresarios a los sindicatos a propósito de su denuncia de las “condiciones indecentes” en que se lleva a cabo la contratación y el trabajo en el campo. Dicen los primeros que cómo se puede hacer una acusación semejante tras haber firmado un convenio por cuatro años, como es el caso, a lo que habría que añadir que si los sindicatos sabían que esas condiciones era realmente indignas, más indignante resulta su silencio hasta ahora. En el campo, en especial con la mano de obra inmigrante, se producen abusos que son secretos a voces, pero la patronal lleva razón cuando pide que no se generalice y cuando subraya la incoherencia sindical. De todas formas, en el esquema actual de la “concertación”, tampoco hay que alarmarse demasiado porque es obvio que esas diferencias se volatilizarán en cuanto el poder siente a su mesa a tirios junto a troyanos.

Caco en Aljaraque

¿Tiene sentido discutir sobre la conveniencia de recurrir a una seguridad privada en vista del prolongado fracaso de la pública ante los asaltantes de Aljaraque? No lo parece. El Estado, vamos el Gobierno, tiene la obligación primerísimo de garantizar la seguridad de los ciudadanos, pero su fallo no debe suponer la vuelta a la anacrónica autodefensa. Eso sí, en consecuencia, esos ciudadanos están en todo su derecho de exigir al Gobierno que se deje de humos y acometa de una vez un plan de seguridad, como el que con toda la cara viene prometiendo el alcalde del pueblo desde hace qué sé yo el tiempo. Una banda campando por sus respetos en un lugar tan reducido como ése constituye un escandaloso bastinazo de la autoridad. La Subdelegación del Gobierno –que está en el limbo– no puede consentir que los vecinos tengan que recurrir a contratar guardaespaldas.

Jueces y partes

La verdad, uno hubiera esperado de nuestro partidos, del Poder y de la Oposición, un poco de sentido del decoro a la hora de zanjar el inacabable pleito de la renovación del CGPJ, el órgano de gobierno de los jueces. Que hubieran elegido a personajes de fuste, por ejemplo, más o menos escorados hacia una u otra formación, que hubieran prescindido de ‘clientes’ sin mejor título, que hubieran tenido el gesto de tener en cuenta a la mitad de los jueces en ejercicio que no pertenecen a esas asociaciones profesionales que sirven de coartada a los socios de este cambalache. Pero no, ni se han molestado en disimular sino que han resuelto el problema repartiéndose a prorrata la tarta judicial, ‘fifty-fifty’, pero, ay, con dos “votos sueltos”, como se dice ahora, que en manos de los nacionalistas, podrán deshacer los previsibles empates, y un presidente para rematar, en última instancia, una improbable situación de equilibrio. Definitivo: el Poder Judicial es ahora un apéndice de los partidos políticos, con lo que se elimina sin remedio la clásica separación de poderes y la imprescindible independencia del juzgador. “No hay libertad si el poder de juzgar no está separado del poder legislativo y del ejecutivo… Entre los turcos, donde los tres poderes están reunidos, reina un horrorosa despotismo”, sentenciaba Montesquieu en el libro XI de “El Espíritu de las Leyes”. La grave crisis de la Justicia que está viviendo hace años la democracia española es consecuencia de la deriva partitocrática que ha hecho degenerar nuestra vida pública hasta un punto dramático. Hoy no hay más que una institución soberana en nuestro horizonte político y es el partido. Y ni uno sólo entre ellos, posiblemente, es capaz, a estas alturas, de supeditar su conveniencia al interés general.

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Desde ahora será perfectamente previsible el desenlace de cada cuestión sometida a ese Consejo que sus muñidores no se cortan a la hora de calificar de “órgano político”. Para conocer de antemano su resultado, no habrá más que tirar la raya y echar la cuenta sumando las adscripciones de sus miembros y teniendo en cuenta el interés de los nacionalistas en el caso concreto, cosa que es cierto que ya venía pudiéndose hacer (y que vale también para el TS y para el TC) pero que, en adelante, resultará mucho más fácil. La voluntad del partido –de esos partidos privilegiados, no de todos—determinará sin concesiones el veredicto y la Justicia pasará a ser un estamento subordinado a las ejecutivas de cada uno de ellos, debiendo plegarse su disciplina a lo que en éstas se decida. Un juez incómodo podrá ser eliminado sin mayores problemas, un magistrado cimarrón podrá ser sancionado a gusto de los jefes políticos que es, tristemente, hay que decirlo, lo mismo que ocurría en el ámbito de la dictadura sólo que convenientemente afeitado. Se ha impuesto de una vez por todas la tesis de que, puesto que la soberanía reside en el Parlamento, son los partidos que lo componen quienes debe regir la actividad judicial en lugar de mantenerla separada e independiente como es condición de toda democracia. Han preferido el modelo turco de que hablaba Montesquieu con tal de concentrar todos los poderes en manos del Poder, aunque sea mediante un reparto acordado con los rivales –hoy por ti mañana por mí—y con los eventuales socios de gobierno, algo que no es imputable en exclusiva al PSOE puesto que el PP tuvo ocho años para modificar el plan y no movió un dedo. Que la mitad de los jueces y magistrados de España se mantenga voluntariamente fuera de estas reglas del juego al no afiliarse a ninguna asociación profesional, es un hecho que habla por sí solo del estado de ánimo de una Justicia por lo demás empantanada en una situación más o menos caótica. “Cuando la Justicia cede al poder ejecutivo el derecho de aprisionar a los ciudadanos, se acabó la libertad”. A Montesquieu se lo pasa esta tropa por el arco del triunfo.