Manipulación electoral

Un líder de la UGT onubense anda sacando partido del escándalo que supone el nuevo “caso Chaves”, en plan de “venderle” a los trabajadores beneficiados por la subvención que las críticas a la evidente barbaridad que ha supuesto el procedimiento nepótico utilizado por la Junta suponen, en realidad, un cuestionamiento de la necesidad de esas ayudas. Y eso es sencillamente manipular, engañar a los trabajadores, porque nadie ha cuestionado en ningún momento la subvención concedida a esa mina en la miseria sino el hecho de que se haya dado conculcado presumiblemente la ley y hasta cambiando ésta de antemano. Ese ugetista engaña a los trabajadores a sabiendas. Y la mentira es el recurso más vil que se puede permitir un sindicato.

 

Mal momento

Después de tanto tiempo muerto, el Gobierno de la nación ha decidido solicitar a la Audiencia que ejecute la sentencia de Fertiberia, es decir, la que ratifica la caducidad de la licencia para verter fosfoyesos. Es probablemente una buen anoticia medioambiental que no llega, sin embargo, en el mejor momento y que no parece que cuente con el acuerdo de las partes, lo cual puede acarrear nuevos problemas a la situación del Polo.

No hay nada que objetar a la decisión, por supuesto, salvo el hecho notorio de que existan no pocas sentencias, incluso en Andalucía, cuya ejecución el Gobierno ha ‘olvidado’ en espera de tiempos mejores. Lo que ahora hace el Gobierno hubiera sido inobjetable al día siguiente de pronunciarse el TS. Al cabo de tan largo despiste, la cosa ya no está tan clara.

Devolver lo ajeno

Tuve ocasión de vivir en Buenos Aires la llegada de Menem al poder, aquellos entusiasmos vividos en medio de la llamada “hiperinfalación” que obligaba al taxista o al camarero a advertirte que el pago del servicio contratado debería ajustarse a la fluctuación horaria de la cotización del dólar, y a los porteños a soportar, entre tantas privaciones, los severos cortes de luz que ensombrecían por barrios la gran ciudad mientras el “tarifazo” enviaba a los usuarios facturas impagables bajo la autoridad de María Julia Alzogaray –la hija del viejo capo de la UCD– entonces mano derecha del nuevo líder carismático. María Julia entró como caballo en cacharrería, prometiendo “limpiar el río en mil días” sin perjuicio de mirar para casa de tal manera que, durante el memenismo, logró aumentar su patrimonio declarado desde los 400.000 dólares a los dos millones y medio, tras privatizar –y nunca mejor dicho—empresas estratégicas como la siderúrgica Somisa o la telefónica ENTEL. Hasta que un buen día, denunciada por un adversario radical, la ministra hubo de reconocer ante la Justicia su incapacidad para justificar la licitud de sus ingresos. Eso fue ya en 1994 y dio con los huesos de María Julia en la cárcel, condenada a tres años de los que sólo cumplió 19 meses. Y ahora, otro tribunal acaba de condenarla a restituir al Estado más de tres millones de dólares de los que ella declara no disponer en su exiguo y, por supuesto, ‘transperante’ patrimonio. Bueno, algo es algo, al menos uno/a que tiene que devolver lo ajeno siquiera sea por una vez.

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Que algo semejante esté ocurriendo en Argentina, un país hecho de antiguo a la inevitabilidad de la corrupción, no deja de tener su trascendencia, aunque sólo sea porque no hay duda de que el factor más desmoralizador de las corrupciones en la vida pública es el hecho de que nadie devuelva lo ilegalmente adquirido. Entre nosotros, la crónica resultaría inacabable y tendría que incluir un caso-límite como el del “maletín de Ollero”, es decir del ‘corpus delicti’ de la trama descubierta en la Junta hace años, y que acabaría siendo reclamado por el duelo ilegítimo una vez anulada la sentencia por motivos formales. ¡Una ministra devolviendo el caudal mangado! Eso no es una noticia sino un trompetazo apocalíptico que me figuro que habrá hecho tentarse la ropa a más de uno incluso en un país como el nuestro, en el que la ingeniería patrimonial aprendió hace mucho a mantener vacía la cuenta corriente de los comprometidos. Que no cunda el pánico, en todo caso, porque es poco probable que aquí alcancemos siquiera el nivel argentino, que ya es decir. España es según Solchaga el país del mundo en el que uno puede enriquecerse en menos tiempo. No vamos a pretender echar por tierra así como así una conquista semejante.

Entre ceja y ceja

La izquierda andaluza no tiene nada mejor en qué pensar, a pesar de la crisis y su propio hundimiento, que en competir con la religión exacerbando hasta el ridículo el proceso de secularización que afecta a nuestras sociedades. El invento del “bautismo civil”, mismamente, es un puro solecismo que implica, de entrada, ignorar que cosa es ‘bautismo’, y de salida, pretender una suplantación efectiva de la Iglesia que no tiene otro sentido que el que pueda conferirle la intención. Si no se bautiza a un niño –cosa legítima y frecuente—basta con inscribirlo en el Registro Civil. Lo demás no es sino el antiguo reflejo antirreligioso en el que cierta izquierda ha sublimado siempre –¡y a qué precio!—su incapacidad política.

Uhu

La universidad de Huelva, la Onubense, la UHU, no quiere ser compartimento aparte de la sociedad sino agente activo en su vida. Lo ha dicho el renovado Rector (y lo valoraba que aquí Sánchez Canales), al anunciar su implicación radical con las necesidades sociales, al tiempo que reclamaba su distanciamiento de la política partidista, cuya inútil acritud, con razón, repudia. El Rector sabe que una universidad del siglo XXI dista mucho de ser un “hortus conclusus”. Al contrario, esa “alma mater” debe animar al cuerpo social instilándole todo su saber y toda su energía. No hay agente social más revulsivo que una universidad. Con nuestras limitaciones, desde nuestra relativa bisoñez, en Huelva parece que gana terreno, afortunadamente, el buen propósito de implicar el conocimiento en la realidad.

El escarnio dorado

Las productoras sin conciencia han dado con un nuevo filón eficacísimo y barato para explotar el sentimiento morboso del público (de cualquier público, al parecer) a base de proponerle la paradoja que significa un candidato impresentable que acaba revelando un talento excepcional para la música. Pocos signos tan elocuentes de nuestra era como ése de los concursos televisivos en los que lo que se propone no es la búsqueda del talento sino el espectáculo de la privación y el sufrimiento, del mismo modo que lo que se busca no es tanto el mérito mismo del concursante como el contraste entre el personaje grotesco y sus impensables facultades, un género nuevo que inauguró al patético Paul Potts, continuó Susan Boyle y ahora acaba de ser rematado por una anciana china, enseñante jubilada de 80 años mal contados, también beneficiada con el ‘escarnio dorado’ que supone al salto a la fama en virtud precisamente del escandaloso contraste entre el personaje impropio y sus admirables facultades. Más allá de las ofertas millonarias y del éxito avasallador, la pobre Susan Boyle rumiaba hace poco su huida de ese escenario artificioso incapaz de resistir la enorme presión que suponía pare ella tan penoso papel, y algo parecido tengo entendido que ha ocurrido con Potts, víctimas ambos de la impiedad de un programa, el “Britain’s Got Talent”, especializado evidentemente no en el hallazgo de nuevos valores, sino de “casos raros” en los que la auténtica mercancía es la humillación del candidato tentado por la fama. Esa galería de monstruos es ya demasiado recurrente como para no evidenciar su malvado propósito, apenas disimulado tras el disfraz de la sorpresa casual. Después de todo no ha habido mujer barbuda o engendro bicípite que no se haya dejado retratar en la barraca.

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He escuchado la voz rotunda y clara de la viejecita china entonando una canción patriótica mientras los consabidos miembros ‘in’ del jurado ponían la proverbial y estudiada cara de estupor, y el público estallaba en una ovación cerrada con la sugestión de las viejas aclamaciones con que el circo acogía la victoria sorprendente del gladiador menos dotado frente al favorito. Y he sentido el mismo asco que en las ocasiones anteriores, la misma impotente indignación del contemporáneo que ve pudrirse su tiempo a su alrededor como una ingente gusanera. Wu Zhoutong luce el pelo blanco, el palmito vencido, y se apoya trabajosamente en su garrota, atenta sólo a las inflexiones precisas de su dignísima voz pero como asustada ante el fantasma de un público del que espera la limosna que supone el premio a su impropiedad, ese ‘escarnio dorado’. Dicen que el fracaso final de la Boyle está ocupando más espacio en la prensa británica que el desprecio francés a la reina y, por supuesto, que el ruido de la discusión europea. Ése es también el mundo en que andamos pregonando unos valores que esos pobres adefesios agradecen con sonrisa de artista mientras tienden la mano de bufón.