Los blindajes de la Junta

Si ayer informaba este diario a sus lectores de los contratos blindados que las Administraciones gestionadas por el PSOE han puesto de moda, hoy nos enteramos de otro caso, el de la Diputación de Huelva, obligada judicialmente a pagar a la propiedad de un fastuoso inmueble que alquiló en su día los cerca de 700.000 euros que le adeuda por rescindir el contrato antes de cumplirse el plazo. ¿Por qué “blinda” la Junta sus alquileres, desechada la idea del agio si es que esto es posible? No lo sé pero es obvio que este personal administra el dinero de nuestros impuestos como quien tira con pólvora ajena. ¿No sería lógico establecer una responsabilidad subsidiaria de quienes incurrieran en pelotazos semejantes?

La oreja de Van Gog

La noticia del fin de semana ha sido el hallazgo por los inspectores de Hacienda de un cuadro de Van Gog en la caja fuerte de un presunto defraudador, que lo tenía allí a buen recaudo aunque él diga, en su defensa, que por cuenta de terceros. Hay que ponerse en situación, imaginarse la sorpresa de los funcionarios al encontrar el tesoro escondido pero, sobre todo, no hay más remedio que rasgarse las vestiduras recordando las duquitas negras que pasó en vida el pobre Vincent para buscarse las habichuelas y el hecho rotundo de que ese genio prolífico no lograra “colocar” más que un cuadro en su vida –¡y a su propio hermano Theo!–, hecho que confirma la inconsistencia de los criterios estéticos tanto de los marchantes como de los propios vanguardistas. Se ha hablado con este motivo de la pila de millones que, sólo en los últimos años, ha dado de sí la pintura de los llamados “modernistas” en general, fortunas millonarias en que el tiempo ha trocado unos bienes que, en su momento, no bastaron para proporcionarle a esos genios siquiera un buen pasar. Y ha dado también que hablar el hecho mismo de la tesaurización del arte, es decir, de la conversión del hecho artístico en pura y simple “cosa”, valiosísima, cierto, pero cosa al cabo. En el caso que nos ocupa el lienzo no estaba siquiera enmarcado, a ver para qué, si no estaba destinado al gozo eventual de los aficionados, sino convertida ya la obra de arte en mera mercancía y sujeta ésta a los vaivenes de un mercado tan imprevisible como ajeno. Se rebela uno ante esa gran estafa que supone valorar en una fortuna mayúscula no ya la obra completa de uno de esos creadores, sino una simple obra de las muchas que, probablemente, durmieron semiolvidadas en sus talleres, despreciadas por la misma Mano Invisible que un día, andando el tiempo, las revalorizaría exponencialmente.

Muchos miles de millones ha custodiado hasta su reciente muerte, en su piso de Münich, ese alemán, hijo del marchante de Hitler, que había heredado una colosal colección de obras, en gran parte arrebatadas a sus dueños, limitándose como el dragón guardián a custodiar el tesoro encomendado. ¿No tenía colgado un Miró en su cuarto de baño uno de los expoliadores de Marbella? Pues eso, que la obra de arte se ha reconvertido en moneda fuerte como simple garantía de su dueño y en su caso también como su indicador de prestigio. ¡Un Van Gog en una caja fuerte! Si se entera el pobre Vicent se corta la otra oreja.

Sin excusa

Incluso sin la foto feriante que ha mostrado en público a la presidenta de la Junta posando con la mismísima “ilocalizable” a la que su Gobierno reclama (¿) la restitución de los 66.000 euros obtenidos ilegalmente en una subvención, resulta impresentable el cinismo de nuestra primera institución. Retratarse con la misma persona que se declara oficialmente “ilocalizable” es una exhibición de irresponsabilidad que certifica sin excusa la doble cara de nuestra Administración autónoma y la insolencia de una Presidenta acaso demasiado atada entre los lazos de la corrupción aunque de boquilla diga combatir sin tregua a los corruptos.

Otra de vampiros

Nunca comprenderé por qué la leyenda del vampiro conserva tanto vigor en plena postmodernidad. Está en la pantalla de la tele cada dos por tres, hasta el punto de haberse convertido en un poblador más del imaginario doméstico, probablemente favorecido por la pérdida del miedo, en una época en la que el murciélago hematodipsio no es ni mucho menos el peor fantasma que se ofrece a la imaginación. Por mi parte, entiendo que el éxito del tema estriba en su inserción en eso que alguien, usando el viejo concepto de Lyotard, ha llamado la “economía libidinal”, es decir, en el vasto campo de la oferta sexual con que la imaginación humana tienta a su propia ingenuidad. El mito de la sangre, por su parte, es inmenso y antiguo, y es susceptible de ser utilizado por la industria del terror lo mismo que por la fábrica de la sexualidad, pues, al margen de las elecubraciones –brillantísimas, hay que reconocerlo—del maestro Ernst Iung, parece claro que el simbolismo de la sangre conlleva íntimamente el germen de visiones fascinantes de su capacidad y poder, de las que se derivan infinidad de imaginaciones más o menos abyectas. Resulta, sin embargo, que algo pudiera haber de verdad en que el renuevo de sangre, no necesariamente con la componente sexual, tenga sobre el consumidor efectos regenerativos, o así, al menos, lo han propuesto algunos sabios que en “Science” admiten la posibilidad de que la sangre joven permita renovar la vieja, contribuyendo a regenerar la antigua dado que parece que hay sustancias químicas capaces de rejuvenecer al sujeto tratado, al menos en el caso de los ratones. Siguiendo el rastro del tema encuentro en “Nature” el reconocimiento de que la sangre joven inyectada a ratones viejos ha provocado una sensible mejora en sus facultades cognitivas de tal modo que han aumentado su capacidad de memorizar y de aprender tareas nuevas. Nadie nos dice que Drácula, lejos de ser un monstruo, no fuera más que un simple incomprendido.

No hay quien nos apee de la idea de que la sangre es la vida, ni de la idea, que Frazer explicó con detalle, de que es en ella donde se ubica y expande el espíritu de muchos pueblos. Un criterio tan elevado como peligroso si nos detenemos un momento a recordar los extremos catastróficos a que ha llevado en numerosas ocasiones su exaltación dogmática. Nos queda por ver ahora si el resultado de estos hallazgos científicos acarrea sólo beneficios o lleva también ínsito en su noción la semilla del mal.

La implosión democrática

Por más que repitamos la reflexión siempre estará justificado cuestionar un régimen político que, manteniendo por completo su legitimidad, se ve rechazado casi unánimemente por los ciudadanos. En Francia son más de uno de cada ocho franceses los que rechazan al presidente Hollande, aunque, ciertamente, pocos menos son los que consideran la posibilidad de que Sarkozy lo hubiera hecho mejor. Se discute erísticamente hasta la terminología, porfiando quienes rechazan el uso de la palabra “desafección” porque preferirían “desafecto”, en un alarde típico de estas situaciones límites en las que lo que parece que interesa es distraer a la opinión de lo fundamental. Y lo fundamental es que la “clase política” recibe hoy un suspenso colectivo de una ciudadanía que no sale de su asombro ante el abuso desmesurado de los privilegios y la ineficacia de la gestión. ¿Es legítimo un régimen en el que todos y cada uno de los políticos relevantes son suspendidos por los ciudadanos, y en el que si el jefe de la Oposición obtiene una calificación pésima, el presidente del Gobierno aparece aún por debajo de éste? Por supuesto que sí, al menos mientras nos movamos dentro del paradigma democrático, pero resulta obvio que difícilmente puede funcionar una vida pública en cuyos dirigentes no creen ni por asomo los súbditos que los votaron, lo que equivale a admitir que la realidad democrática ha quedado reducida a la periódica liturgia electoral. La crisis del “leadership” sobre la que avisaban a principio de los 60 observadores tan cualificados como Schlesinger Jr. o el entonces profesor Kissinger es hoy otra profecía autocumplida. Las democracias han de ser hipócritas por la misma razón que las dictaduras han de ser cínicas, decía Bernanos. Algo cruje, en todo caso, en los cimientos del tinglado de la antigua farsa cuando ya no queda en la corrala ni un espectador.

El círculo vicioso

Uno puede acostumbrarse, si acaso, al bochorno de que día a día nos desayunemos con un nuevo “caso” de mangancia o de abuso de poder. Parece como si nadie –ningún estamento—se librara ya de este hecho política y cívicamente calamitoso, pero todo lo malo puede empeorar, como demuestra la noticia conocida ayer de que el Fiscal General de Andalucía ande investigando ¡al propio Tribunal Superior de Justicia (TSJA)! para comprobar si prevaricó o no al declarar urbanizable el suelo de El Algarrobico. Sólo el hecho de ver a esos altos magistrados presuntos de prevaricación basta para demostrar que estamos tocando fondo.