Mal estreno

Resulta extraño, en un técnico con tanta experiencia política como Griñán, el revuelo organizado por la consejera de Medio Ambiente en la Agencia del Agua. Echar por las bravas a un experto curtido como Jaime Palop, hombre conciliador que se había ganado el respeto por su competencia y por su talante, es un disparate y más en plena discusión del proyecto de ley regional que tantos problemas tiene pendientes. Y encima, la dimisión en bloque del equipo le pondrá las cosas aún más difíciles a un sucesor que dista mucho del cesado, por más que la Junta se desgañite diciendo, como es usual en estos casos, que no hay dimisiones sino ceses. Vamos a ver qué ocurre en esa consejería con materia tan importante, sin técnicos experimentados y con una consejera lega por completo, parachutada por el partido con otros objetivos.

Ocurrencias de políticos

Hasta Huelva se han “bajado” los consejeros de Innovación, Ciencia y Empresa, Martín Soler, y el de Empleo (más bien habría que decir el de “desempleo”), Antonio Fernández, para dorar la píldora, a estas alturas tan deteriorada, de la situación de nuestra industria y nuestro trabajo. El primero ha descubierto la pólvora y pide ahora “diversificación y redefinición de la industria”, no sé si les suena, y el segundo se ha dejado caer, en medio de la catástrofe, diciendo que un ERE “no es una tragedia” y que “incluso puede ser curativo”, afirmaciones que habrán levantado el vello a los parados pero que se explican enteramente porque para él son, efectivamente, ciertas. Gobierno y Junta tienen que reaccionar ante esta situación límite. Venir ahora con paños calientes constituye una intolerable tomadura de pelo.

Otro 68

El líder radical Olivier Besançenot, a quien aquí seguimos el rastro desde sus inicios, es hombre “duro’ e boca”, como diría ‘Martín Fierro’. Hace pocos días se mostró abiertamente comprensivo e incluso partidario de los secuestros de empresarios por parte de una clase obrera que me temo que, en su concepto, tornasola tonos que perdió hace mucho tiempo. Y ahora se ha dejado caer con que lo que nos está haciendo falta como el comer es otro 68, la reedición de la utopía generacional que precisamente Sarkozy propone erradicar con todas sus consecuencias de la mentalidad social. El 68 fue lo que fue más mucho de lo que luego se le ha atribuido, pero no me cabe duda de que constituyó una revolución que, como tantas otras, funcionó con efecto retardado a pesar de su aparente derrota. Eso le pasa con frecuencia a las revoluciones, que las idealizan los John Reed correspondientes hasta confundir inextricablemente lo que ocurrió realmente en ellas con lo que nunca pudo pasar siquiera, y si no echen un  rato a perros entretenidos con la revisión de la revolución por antonomasia, es decir, por la francesa de 1789, de la que ahora sabemos tantas cosas como para dudar de que, en efecto, la toma de la Bastilla pudiera no ser más que un adorno eficacísimo, algo así como una revolera o un afarolado que le vino de perlas a la negra corrida de los reyes decapitados o las monjas y aristócratas en carreta camino del patíbulo. Qué dé de sí una revolución sólo puede saberse con el tiempo, cuando se echa la vista atrás con perspectiva bastante para distinguir con nitidez los perfiles y los colores. Y el 68, con su toma de la Sorbona (de la que aquí casi no se enteró ni Dios), es un buen ejemplo de ello en la medida en que fue, en realidad, por encima de las leyendas, la ocupación psíquica de una sociedad vieja cuyo mejor exponente era un De Gaulle vencedor al que le quedaban dos cortes de pelo.

 

Besancenot juega con ventaja quizá porque ni él tiene idea cabal de qué ocurrió de verdad entonces, aunque puede que haya intuido con agudeza lo que ha venido acarreando luego, a saber, que ni Europa ni América fueron ya nunca más lo que habían venido siendo en el desolado paisaje de la postguerra mundial. Otra cosa es su propuesta de reproducir la Historia, esa mala ocurrencia que ha llevado a muchos al fracaso no sin arrastrar a otros muchos con ellos. No se puede reproducir el estilo mental de una generación que este aprendiz de brujo a lo peor no se ha percatado de que va ya incluido en el de la suya. Como no se puede volver atrás en busca de lo que no sólo no existe ya, sino que quién sabe si fue alguna vez como lo recordamos. Estos días ha habido en la misma Sorbona una teatralización insurgente que, una vez liquidada, se ha saldado con unos cuantos titulares. No es fácil ni quizá posible volver atrás y menos cuando ese pasado imperfecto está latiendo en nuestro presente tenso. ‘Prohibido prohibir’, aquella hermosa ‘boutade’ está hoy al alcance de cualquier tonto del bote o de cualquier ministra Aído.

El último mono

La Justicia se está buscando a pulso situarse como el último mono en este circo de locos. Unas veces por sus rigores desmesurados, otras por sus lenidades, el caso es que hemos llegado a un punto en el que cualquier mindundi puede pasarse por el arco al TS o al TC sin la menor consecuencia. Fíjense en la decisión del grupo municipal de IU en el Ayuntamiento de Sevilla de prestarle una sede –¡como si fuera suya!—a la candidatura proetarra Iniciativa Internacionalista (II) ilegalizada por los jueces y noten, sobre todo, el silencio de las instituciones ante semejante chulería. Que con dinero y bienes públicos se perpetren estos atentados es un síntoma pésimo de nuestra situación real.

Y ahora celulosa

El Grupo Ence también se suma a las empresas del Polo que se proponen despedir a sus trabajadores por medio de esos EREs no sabemos hasta qué punto justificados. Celulosa, en fin, también cerrará sus puertas provisionalmente a partir de junio dejando fuera a sus más de 300 trabajadores actuales, cerrando prácticamente un círculo maldito que se ha precipitado en estas últimas semanas hasta dejar el mundo industrial onubense a los pies de los caballos. Y mientras los sindicatos se pelean y la Dipu se compra sedes suntuarias, Gobierno y Junta, Junta y Gobierno, dejan pasar los días en espera de no se sabe qué milagros que habrían de llegar. Huelva, hay que repetirlo, esté en plena emergencia laboral. Si esa coyuntura no se supera pronto no es difícil predecir un crak completo que afectaría a toda la provincia.

Come y calla

Hace mucho que dura la discusión pero seguimos sin saber a qué atenernos. ¿Es peligroso para la salud el alimento transgénico? Si lo es ¿cómo es posible que protejan su cultivo los propios Gobiernos? Y si no lo es ¿cómo entender que la explicación solvente no acabe de llegar? La última noticia sobre el asunto es la prohibición alemana de cultivar –“por decisión científica, no política”—cierto maíz modificado genéticamente al que se le habrían implantado genes de una bacteria productora de una proteína capaz de matar a los insectos que asedien a la planta, una decisión especialmente grave para nosotros dado que ese maíz es, precisamente, el más plantado en España, el único país de la Unión Europea que mantiene su apoyo oficial a esos cultivos mientras Francia, Italia, Austria, Polonia, Grecia, Rumanía o la propia Alemania mantienen políticas restrictivas frente a ellos. La oposición  a la novedad –a los “novatores” decían nuestros clásicos—es tan antigua como la crítica social, pero no hay por qué creer que implique en sí misma una actitud regresiva pues bien sabemos que el progreso general, junto a su imprescindible aportación civilizatoria, contiene efectos indeseables que no cabe ignorar por mero prurito ideológico. Esta es la hora, en todo caso, en que seguimos sin saber a ciencia cierta si ese avance decisivo que permite modificar a voluntad los productos destinados a la alimentación es inofensivo además de ganancioso o no lo es, de la misma manera que continuamos sin disponer de información tranquilizadora sobre los posibles efectos antiecológicos, acaso irreversibles en muchos casos, que se vienen denunciando. Nada menos cierto, a estas alturas, que el adagio de que “con las cosas de comer no se juega”. Se juega y, probablemente, en una timba decidida a no revelar los secretos de su ruleta.

 

Pero ¿es o no es peligroso alimentarse con esos productos por los que han apostado países tan importantes, entre ellos el nuestro, haciendo oídos sordos a un extendido clamor que exige seguridad en la información sobre una cuestión tan elemental? Hay no pocas incógnitas en el aire, desde luego, pero hoy no cabe ya mantener el argumento de que la nueva técnica se justifica por su eventual aportación a la lucha contra el hambre, pues son de sobra conocidos sus efectos tanto sobre la creciente dependencia de los países necesitados como sobre el empobrecimiento efectivo de las zonas cultivadoras. No es fácil explicar el impávido apoyo de un Gobierno como el nuestro a estrategias productivas que están siendo reducidas en toda Europa o mantienen un enérgico pulso incluso en los países que las exportan. No saber siquiera, en definitiva, si lo que comemos es inocuo o peligroso, aparte de ignorar si entre tanto se están produciendo daños sin remedio a la Madre Naturaleza. Las más avanzadas democracias modernas mandan comer y callar a sus ciudadanos, libres para tantas cosas pero no, ya ven qué absurda excepción, para informarse medianamente sobre lo que los acecha en el plato.