Un registro de guasa

A la portavoz parlamentaria del PP le han pedido que aclare su declaración de patrimonio para justificar el estado de sus bienes. ¡Pues ya son ganas! Porque aunque ese registro vale para bien poco dadas las circunstancias, si se revisara la evolución del patrimonio de sus Señorías iba a costar Dios y ayuda comprender tanta y tan propicia mudanza como revelarían sus datos. Nadie se toma en serio ese registro, de todas formas, porque hasta el más pardillo sabe que existen uno y mil recursos para disimular el patrimonio. Mejor no meneallo, me parece a mí, si quieren tener la fiesta en paz.

IU a lo suyo

Tras el intento de compra de un concejal del PP ha fracasado el proyecto de coalición tripartita en Ayamonte. IU prefiere que el propio partido comprometido en la miserable acción –el PSOE local—gobierne apoyado en ella, como tantas veces, aunque esta vez teatralizando la fórmula minoritaria. Nada nuevo, en fin de cuentas, sino el sempiterno prurito frentista para “cerrar el camino a la derecha”, incluso si se trata de permitir que gobierne una fuerza a la que, al parecer, han sorprendido en una práctica tan indecente. Lejos queda la IU marcada por Anguita con su sello ético. Esta IU en decadencia no se molesta siquiera en disimular su papel ancilar junto a la mesa del PSOE.

Triste record

Así ha titulado el informe anual de la FAO la situación del hambre en el mundo. Triste récord. Nunca hubo más hambrientos y desnutridos en el planeta, jamás había ocurrido que una de cada seis personas vivas sobre al faz de la Tierra pasara hambre a diario, hasta alcanzar una cifra global de 1.020 millones de afectados, un 11 por ciento más que el año pasado, según prevén los organismos internacionales. ¿No se había firmado un  acuerdo para reducir drásticamente el hambre en el mundo? Sí, desde luego, pero no se contaba con el azote la crisis de los ricos que, como era de esperar, ha rebotado con estrépito en casa de los pobres. ¿Y cómo es eso posible si los alimentos han bajado hasta le punto de inspirar tan grave inquietud en los países desarrollados que ven en esa caída el camino más corto hacia la deflación? Pues siendo, que es como las cosas ocurren en el misterioso ámbito de la economía. Fíjense en el dato: un pan, un vaso de leche, un almud de grano cuesta hoy en los países pobres casi un 25 por ciento más que en el 2006, a pesar de valer mucho menos en los países productores. Un 11 por ciento, es decir, cien millones de criaturas más han de ingresar este año en el ejército de los pobres de ese mundo, sin contar, naturalmente, con los pobres hambrientos que también hay en éste. Desde la FAO se advierte que esta “crisis silenciosa del hambre” supone un riesgo cierto de para la estabilidad y la seguridad del mundo entero aunque es obvio que nadie en los países ricos se toma demasiado en serio una amenaza que la geografía se encarga de paliar. Una gigantesca crisis humanitaria, en resumen, pero muna crisis previsible tal vez porque no hay desdicha en el mundo feliz que no recaiga como un boomerang sobre los pueblos desheredados. He repasado la prensa, he estado atento a las noticias de otros medios y nada: no encuentro ninguna reacción fuera del obligado comentario al informe. La realidad se sublima en la estadística. No es fácil vivir la angustia de un hambriento lejano.

 

Teorías es lo que sobra. Desde el tratado de Rousseau a los informes de Owen o las aceradas soflamas de Marx, disponemos de un arsenal de teorías inútiles y hasta de algunas curiosas como la de Du Bos (cito de memoria) que veía en la desigualdad de hecho el requisito de una imperiosa fraternidad. Palabras. En África se mueren a chorro, sin nada que llevarse a la boca, más de trescientos millones, en Asia y Oceanía más de seiscientos. Y la FAO ha dado la voz de alarma como es obligado, casi litúrgico, en un mundo que cuida las formas tanto como se inhibe del fondo en estas cuestiones. Un cierto fatalismo ajusta las piezas del rompecabezas moral y todos contentos. Pero mientras escribo estas líneas, como ustedes saben, un niño muere famélico cada tres segundos. En el 2009 serán más las víctimas aunque no tantas como en el año siguiente.

El gran chiringo

El Gobierno desiste de acudir a la expropiación del hotel de El Algarrobico –la mayor tropelía jamás perpetrada en la costa andaluza—y más todavía, por descontado, renuncia a coger la piqueta. Debe de haber mucho busilis dejado de ese negocio para que Ayuntamiento y Junta encajen impávidos las graves acusaciones que le ha hecho la Justicia y para que el Gobierno indulte de la noche a la mañana a un  alcalde condenado por delito electoral. Poco queda del propósito expresado en su día por la ministra Narbona, consecuente con la obviedad y decidido a impedir un atropello semejante. Pero ¿qué habrá bajo o tras ese proyecto que la Junta traga carros y carretas con tal de no incomodarlo? Eso es lo que debería investigar el Parlamento autónomo pero, sobre todo, el Congreso que se supone que controla al Gobierno de la nación.

Nunca mais

Llevábamos razón cuando informamos, en agosto del 2004, mientras ardía sin remedio el monte en media provincia y Chaves proseguía impávido su veraneo, que la superficie siniestrada era mucha mayor que la que la Junta se empeñaba en hacernos creer, concretamente, 35.626 hectáreas y no 27.839 como sostenía contra viento y marea (nunca mejor dicho) la versión oficial. Lo dice ahora el Fiscal y aunque la constatación llegue un poco lejana, supone un motivo de satisfacción para el periódico haber debelado una vez más los cuentos de la Junta. Casi todo en aquella catástrofe se gestionó mal, pero tratar de engañar a la opinión (no queremos creer en la hipótesis de la incompetencia) debería ser algo inadmitido en una democracia.

El rey negro

Tras la muerte del presidente gabonés Omar Bongo en una clínica barcelonesa circulan por todas partes numerosas leyendas, que a lo peor no son tales, y que afectan a la imagen realmente fabulosa del viejo tirano, a la fortuna inaudita que deja tras de sí y al enigma de una sucesión, por supuesto familiar, que habrá de dilucidarse entre los diversos grupos que forman los deudos de su extensa familia. El caso de Bongo no es extraño, ciertamente, ni por sus métodos ni por sus resultados, sino probablemente casi un arquetipo de lo que ha llegado a ser el poder en el horizonte postcolonial africano, donde las “monarquías” de hecho se multiplican ante la vista gorda o incluso la complacencia de las potencias protectoras (a los funerales de Bongo se ha desplazado Sarkozy acompañado de Chirac), que son las grandes beneficiarias de este crimen de lesa humanidad que ha supuesto la generalización de la hegemonía de las elites locales, auténticos monarcas absolutos del atormentado continente. Bongo, para que se hagan una idea si no conocen el tema, ha gobernado con mano de hierro durante medio siglo un país, Gabón, poblado por un millón y medio de habitantes, de los que un 58 por ciento es analfabeto, y lo ha hecho de manera que todo el aparato del Estado quedara en manos de su clan familiar, una caterva inacabable, como puede sugerir el dato de que deja reconocidos 70 hijos entre las numerosas hetairas de su harén. El protocolo lo ha tenido crudo a la hora de colocar esa inacabable presidencia en la que el hijo predilecto era a su vez ministro de Defensa, una hija jefa del negocio petrolero, su hija más cercana administradora de su fortuna y hasta el jefe de la “oposición” no era otro que su distinguido consuegro. Bongo le cambió el nombre a su pueblo natal para ponerle el suyo y cuentan que pagó a un intermediario muchos millones de euros a cambio de una entrevista con Bush. Probablemente ni los reyes más absolutos de nuestra historia pudieron imaginar semejante secuestro de un país.

 

Pero Bongo no ha sido sino un caso más en la regla africana y, por supuesto, otra creación de la complicidad occidental, sobre todo de Francia, arrastrada por la tentación de sus reservas de crudo, por sus minas de oro, por sus yacimientos de magnesio y por sus bosques sin leyes. Como Bocassa, como Idi Amin Dadá, como Mobutu, como Obiang, como Sassou-Nguesso, como Mugabe, como Gadaffi, como Kabila… Esos reyes de oro son los hombres de paja del mundo llamado “libre”. De sus robos y de sus crímenes no sólo ellos tendrían que dar cuenta si es que alguna vez llegara esa hora